Obama y la defensa explícita de la neutralidad de la red

Neutralidad y cables

Aunque últimamente hable menos del tema, a estas alturas nadie debería dudar que la neutralidad de la red es uno de los temas que atraen mi atención de forma más continua. Libertades básicas como las de información y comunicación, pero también básicas como la libertad de ganarte la vida emprendiendo sin trabas, dependen de que se preserve esta neutralidad.

Vilipendiada, atacada, asediada, pero también defendida (sí, por menos, y menos ruidosos, pero también defendida), la neutralidad de la Red está sometida al negro futuro de todas las cosas sobre las que se preguntará una y otra vez hasta que sean tumbadas, para luego no volver a ser preguntados al respecto. La UE o EE.UU. recibirán una y otra vez peticiones para tumbarla, y una vez caiga, probablemente nunca vuelvan a votar sobre su restauración, bajo el pretexto de que hacerlo dañaría a un sector entero.

Así, resulta algo sorprendente pero muy gratificante ver cómo algunos de los dirigentes más importantes del planeta como Obama se compromete pública y abiertamente a defender la neutralidad de la red. «Quiero que la FCC prohíba el cobro por acceso preferente en Internet».

Sé que a estas alturas es poco consuelo, pero menos da una piedra. Obama ha peleado políticamente para sacar adelante algunas de las líneas maestras de su programa (algunas de las más duras como la Affordable Care Act conocida como ObamaCare están transformado la prestación de servicios de salud tan sólo 1 año después de su entrada en vigor). En otros frentes se ha plegado ante la maquinaria industrial de ese país.

Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con su figura y sus políticas, pero a la sociedad occidental en general le viene muy bien que el actual presidente de los Estados Unidos sea sensible al problema que representa la eliminación de la neutralidad de la red.

Práctica deliberada y desempeño, otra idea de Gladwell para guardar en el cajón

Malcolm Gladwell, David and Goliath

Resumen del artículo publicado en Psychological Science y titulado Deliberate Practice and Performance in Music, Games, Sports, Education, and Professions: A Meta-Analysis:

More than 20 years ago, researchers proposed that individual differences in performance in such domains as music, sports, and games largely reflect individual differences in amount of deliberate practice, which was defined as engagement in structured activities created specifically to improve performance in a domain. This view is a frequent topic of popular-science writing—but is it supported by empirical evidence? To answer this question, we conducted a meta-analysis covering all major domains in which deliberate practice has been investigated. We found that deliberate practice explained 26% of the variance in performance for games, 21% for music, 18% for sports, 4% for education, and less than 1% for professions. We conclude that deliberate practice is important, but not as important as has been argued.

A menos que te hablemos de juegos, música, o deportes, la práctica deliberada explica una parte pequeñísima de las diferencias encontradas en el desempeño de diferentes personas. Para cualquier profesión no mencionada anteriormente, menos del 1% de la diferencia es atribuible a ésta, lo cual es verdaderamente poco. Si hablamos de rendimiento estudiantil, vía Antonio Ortiz descubro otro artículo recién publicado que avala precisamente la alta heredabilidad de la inteligencia; vamos, que la cosa va en los genes.

Así que a pesar de ser una referencia en libros de «ciencia popular», a estas alturas casi un cliché, la influencia de la práctica deliberada en la calidad del resultado/desempeño obtenido es mucho menor de lo que nos suelen decir.

Uno de los máximos valedores en términos de divulgación de la crucial importancia (ahora desmentida) de esta práctica deliberada y continua en la calidad de lo que las personas hacen es Malcolm Gladwell (dedicó un libro entero a este tema: Outliers, año 2008), representante de esa tipología de ideológos poco rigurosos aunque hábiles y cuyos argumentos suelen ser a la par llamativos y vacíos.

Economía colaborativa, tener la audacia de vender lo que ningún otro hombre ha vendido antes

Dicen que cuando Martin Varsavsky, estando al frente de Jazztel, llamó a las puertas de Renfe y se ofreció a pagarles por el permiso para tirar cables de cobre usando para ello los espacios al margen de las vías del tren, en Renfe no se podían creer lo que oían: ¡Martín estaba dispuesto a pagar por algo que ellos ni siquiera pensaban que pudiera comercializarse! Por supuesto, desde Renfe aceptaron. Y dicen que esa negociación ahorró a Jazztel millones de euros y le permitió suplir con ingenio la capacidad financiera de otros competidores que hace quince años invirtieron sumas enormes de dinero en cavar zanjas por las que pasar cables. La capacidad de ver que ese bien que nadie estaba comercializando era comercializable fue uno de los aciertos que Varsawsky tuvo al frente de esa compañía.

En Breve historia del futuro Jacques Attali cuenta cómo la historia de la sociedad y del comercio ha pasado desde hace siglos por la producción y comercialización de cosas que hasta ese momento no eran percibidas como «bienes por los que poder cobrar dinero». Se introduce en los estamentos de valor comercial elementos que no pertenecían a él y que de repente dejan de estar ociosos para pasar a ser explotados. Es lo que sucedió cuando se desarrolló la industria textil (hasta entonces todo el mundo cosía su propia ropa), o posteriormente el transporte colectivo (tren) e individual (Ford), que hasta entonces no se concebían como «algo por lo que la gente pague». Es también lo que está detrás del gran boom de todas las compañías que recogen y venden datos sobre las personas sin parar: antes esos datos no se vendían, porque para empezar ni siquiera existían. Ahora los ordenadores generan enormes cantidades de datos sobre las personas, y las empresas que ganan dinero vendiéndolos han hecho millonarios a sus dueños.

El auténtico reto es percibir con antelación la posibilidad de vender (o ayudar a otros a vender, siendo intermediario) lo que ningún otro hombre ha vendido antes. Si os parece mejor, lo expreso en forma de paráfrasis de Star Trek: lo que conocemos como economía colaborativa no es más que una nueva hornada de negocios que, como todos los negocios cuando fueron novedosos, construyen su éxito sobre la audacia de vender lo que ningún otro ha vendido antes.

Así puesta, la economía colaborativa se parece alarmantemente a la aclamada visión empresarial de Steve Jobs, cuando inventó o canibalizó mercados enteros teniendo la audacia de vender lo que nadie había vendido antes (ya fuera el iPod original, tablets, o un teléfono sin botones y con la superficie cubierta completamente por una pantalla táctil). Mejor lo dejo que comienzo a pensar que estos de la economía colaborativa (sin pecado concebida) al final lo que están es… intentando ganar algo de dinero para pagar los gastos del día a día, esa dignísima meta que todos y cada uno de nosotros perseguimos alcanzar a final de mes.

Desde hace un tiempo la moda es hablar de la «economía colaborativa» como una especie de maná caído del cielo. El discurso más extendido viene a decir que viene a desintermediar a las personas y a liberarlas de la búsqueda de enriquecimiento personal; ya saben todo eso de que el dinero mancha. Según el mantra, en la economía colaborativa los intercambios se hacen no para ganar dinero, sino para solucionar problemas prácticos entre personas, sin empresas de por medio que se enriquecen y acumulan las rentas de transacción. De ahí que ciertos públicos también la llamen «economía peer to peer». No quiero decir que Joey tuviera razón, pero por desgracia temo que no todo el mundo es tan altruista como Phoebe parecía creer en aquel memorable episodio de Friends.

En lo que a mí respecta, cada vez que veo a alguien hablar de «economía colaborativa» usando los argumentos expuestos arriba sufro un pequeño aneurisma.

Presentada una nueva red social para…

Cada vez que veo un titular en modo «una nueva aplicación para la economía colaborativa permite compartir…» recuerdo aquellos viejos titulares de hace ya muchos años con estructura similar: «Presentada una nueva red social para [introduzca aquí su tema vertical]». (Máscotas, cinéfilos, amantes de la música, empresas, fans de Lady Gaga, todo servía para el generador de titulares todo a 100; la mayoría de servicios de este tipo cerró, o languidece sin pena ni gloria camino del olvido.) Ni siquiera voy a culpar a los periodistas, no creo que eso tenga solución aunque les llamase la atención al respecto así que me concentro en otra cosa. Es tan sólo la constatación de que ese tipo de titulares rápidos y grandilocuentes, que sugieren que se trata de un hito histórico, rara vez van acompañados de la realidad.

La primera faceta de esa realidad es que la mayoría de aquellos servicios de hace años y de estos nuevos servicios «colaborativos» van a morder el polvo y de ellos no quedará ni una línea en los libros de historia. Y lo harán porque alguien no conseguirá ganar dinero con ellos.

Pero hay más, claro: una segunda faceta de esta realidad es que todos estos nombres deliberadamente inocentes («colaborativa») son fruto de una brillante acción de marketing, porque los negocios en la economía colaborativa o peer to peer ni son más colaborativa que cualquier otro tipo de negocio ni son más horizontales y desintermediados que los «clásicos». Ningún economista que te diga que la economía colaborativa es en realidad colaborativa y sin ánimo de lucro ha pensado en esto el tiempo suficiente. Y si lo ha hecho, o no se ha enterado de nada o al afirmar tal cosa no está siendo honesto. No hay más opciones. Sorry, pals.

¿Qué es colaborativo, y qué no? La gran campaña de marketing de BlablaCar y el corolario de la economía colaborativa

Cuando una persona anuncia en BlablaCar que va de Madrid a Denia en su coche y que tiene varios asientos libres, lo que pretende es ahorrarse una parte del gasto de su viaje. Esto es, pretende a final del día tener en el bolsillo un puñado de euros más que si hubiera ido solo. Eso es ganar dinero, y no es más colaborativo que levantarse temprano para hacer buen pan y que unas horas más tarde alguien (que ha dormido plácidamente toda la noche) se lleve una hermosa y generosa hogaza a cambio de un par de euros. Pero claro, lo del pan no es colaborativo ni cool ni tiene glamour.

Los panaderos (y otros colectivos) necesitan más asesoría comercial postmoderna, y más estilistas hipster.

Pese a lo que mucha gente suele pensar, Uber y BlablaCar solamente difieren en cuanto al tipo de trayecto que introducen al mercado de transportes (corta distancia y con horario no previsible, algo tipo taxi, frente a media distancia o larga distancia organizado con planificación previa, más como un autobús o tren intercity), pero son idénticos en cuanto a lo que hacen respecto del sistema de transporte público de una ciudad: habilitan como transporte de pago a vehículos y prestadores que antes no formaban parte de ese ecosistema empresarial. También son idénticos en que ambos acumulan la atención del cliente potencial, centralizándola en torno a ese proyecto, lo que hace que sea más fácil vender tu capacidad de transporte anunciándote en esas webs que ya tienen la atención del consumidor que hacer la guerra por tu cuenta, en solitario. Pero en tanto ambos tienen la atención del consumidor, ambos son intermediarios en la transacción y ambos terminarán comisionando por ese servicio prestado; es la particular renta de posición de este prestador de servicios de intermediación. Sí, BlablaCar también; es inevitable y lo fue desde el principio.

Esta última es la gran lección, algo así como el corolario de la intermediación de mercados en la «economía colaborativa»: si al introducir o crear un mercado para bienes que actualmente no se comercializan existe la opción de intermediar ese mercado y «capturar» una cuota importante del mismo, entonces alguien va a desarrollar un negocio (bajo la piel de un servicio/«app») para intermediar y capturar ese nuevo mercado. El objetivo, por supuesto, no es otro que ganar dinero articulando un mercado de bienes que actualmente no estaban siendo vendidos en ningún mercado (¿tienes hueco libre en tu mochila o maletero? Conviértete en un «MRW colaborativo»; ¿pasas temporadas fuera de casa? Alquila tu plaza de parking) obtener tal efecto red que se dificulte (o inhabilite) la creación de un competidor que fuerce el establecimiento de un «mercado disputado».

Si no es posible actuar claramente como intermediario, la situación recordará a la de los proyectos de software libre: es fácil lanzar un proyecto de software libre, pero es harto complicado conseguir los apoyos sostenidos en el tiempo necesarios para mantenerlo (para evolucionar el software, corregir vulnerabilidades, pulirlo, etc.). Porque es muy difícil obtener rentas de ello, se puede uno ganar la vida, pero no habrá rentas. Y sin rentas es muy difícil contentar a inversores que paguen campañas de marketing enormes como las de ciertos actores relevantes de la mal llamada economía colaborativa.

Es economía, sin más

De forma que la economía colaborativa no es ni más ni menos colaborativa que la de toda la vida. Lo que conocemos como economía colaborativa tiene en común que son sistemas con la audacia suficiente para concebir como comerciables bienes con los que nadie jamás ha comerciado antes.

Por lo demás, sus dinámicas son las de capturar la atención y generar efecto red como es común en todos los negocios digitales. Si atendemos a su vocación, la de quien monta el negocio y construye la marca es netamente intermediadora (como sucede en mercados tan «caspas» como el inmobiliario) y si nos fijamos en el usuario su vocación es la de ganar unos euros con algo que está desaprovechando (como quien vende en eBay un objetivo de su cámara réflex porque ya ha comprado el nuevo modelo).

Unos y otros tienen el mismo buen corazón (o mal corazón, pero presupongo bondad porque es lo más normal) que el panadero que madruga mientras tú duermes para que desayunes pan caliente, y espera que le pagues por ese pan una cantidad de dinero justa y razonable.

Todo es de lo más normal, y lo único novedoso es el tipo de productos y servicios que en cada caso se comercializan (habitaciones sin usar, espacio en el maletero del coche, asientos libres en vehículos, etc.).

La gran pregunta pendiente es: ¿cuándo los creyentes y más firmes defensores de la economía colaborativa perderán la inocencia en torno al hype y aceptarán que este tipo de servicios son muy saludables pero que desde luego no son altruistas ni persiguen erradicar el concepto de dinero para instaurar una especie de cultura del trueque?

Perfectopía, algunas buenas ideas que podrían estar más pulidas

Perfectopía

Estos días anduve leyendo Perfectopía de León Hernández, libro que compré este verano (por recomendación de Alfredo) en formato digital pero cuya lectura no pude abordar hasta hace apenas nada.

Se trata de un libro breve, apenas 300 páginas, y que por tanto se lee verdaderamente rápido. Es un libro de acción y la historia de los personajes te engancha para leer bastante seguido, con lo que ese objetivo lo cumple bien.

La trama transcurre en un futuro próximo (arrancando en un hipotético 2017 para llegar a una futurista década de 2030 descrita en la que es probablemente la parte más disfrutable del libro), que se debate en sus páginas entre la distopía y la utopía.

Perfectopia

La novela trata las implicaciones para Europa de una radicalización de la situación de crisis económica prolongada como la actual, con deterioro de instituciones estatales y supraestatales que desemboca en la instauración en paralelo de diferentes regímenes (desde el pseudo-totalitario inspirado en el 1984 de Orwell a una teocracia radical cristiana, o las opciones socialdemócrata y liberal), pero eso sí, todos ellos perfectamente democráticos y elegidos voluntariamente en las urnas por quienes deciden someterse a esos diferentes modos de vida, durante 4 años (el sistema descrito permite cambiar a los cuatro años, en las siguientes elecciones).

La propuesta es interesante, pero creo que peca de inocente, o quizá sea infantil en términos de narrativa por ser muy directo en la narración, o un tanto sencillo en la elaboración del mapa situacional de quiénes son los buenos y quiénes los malos. El sabor de boca que me queda es similar al que me quedó tras ver las películas de Harry Potter, la idolatrada saga que tras ocho películas (y aquí hay una gran diferencia, ocho novelas largas frente a una historia de longitud medianita) es incapaz de aportar tridimensionalidad ni a los buenos, ni a los malos, ni a sus motivaciones.

El descargo, claro, es que aquí son sólo 300 páginas, y quizá esto nos da pie a hablar de cómo más allá de lo que uno piense sobre los diferentes escenarios descritos en la novela, creo que aunque el libro habría perdido la esencia de obra breve, dedicar más tiempo a matizar todos ellos para que fueran menos arquetípicos y más creíbles habría mejorado la obra en su conjunto desde el punto de vista literario, algo que seguramente ayudaría a juzgar con mayor seriedad las ideas contenidas en ella. Me habría encantado saber algo más acerca de ese entorno futurista que apenas se muestra en pinceladas en el libro. Quizá el autor pecó de excesivamente ambicioso queriendo introducir y resolver una trama en un mundo ficticio como éste en tan pocas páginas.

No lo digo con ánimo de nada, yo precisamente jamás escribí una obra de ficción de esta envergadura, ni me veo capaz de hacerlo aunque me gustaría acudir a talleres como los que se organizan en Casa Tia Julia. Pero una vez me dijeron que «en literatura la caída de una hoja puede ser tan buen vehículo como la caída de un ángel», y que por tanto no hace falta que cada vez recurrir a grandes cosas, ni magnitudes enormes ni eventos tremendos, para contar la historia que se quiere contar. De ese exceso de magnitud en la trama peca un poco este libro, aparte de, como digo, ser quizá demasiado raso/transparente/breve en sus planteamiento.

Por lo demás, para ser una obra breve que se lee rápidamente y que me ha divertido, estoy corriendo el peligro de que mi post haga demasiados spoilers o resulte más aburrido y largo de leer que el libro. Así que lo dejo aquí.

Un viaje en el tiempo

Uno de mis juegos favoritos, la Serpiente de los móviles Nokia, es un juego al que vuelvo una y otra vez y que lo que está contando en realidad es una historia de viajes en el tiempo: te enfrentas a tu yo del pasado y a sus actos.

Nacho Vigalondo, en una entrevista sobre ciencia ficción publicada en Xataka.

Nunca lo había visto así, pese a que sólo los dioses saben la cantidad de veces que jugué a ese juego en mi viejo Nokia 3210, ¡mi primer teléfono móvil, y un teléfono verdaderamente memorable!

Potencias de diez

Potencias de diez

Si hay algo que me sorprende en mi día a día cuando me relaciono por motivos de trabajo con personas que no tienen formación científica es en la dificultad de visualizar las escalas cuando hablamos de potencias.

Las potencias son una forma sencilla de anotar un número, y cualquiera podría explicarte el concepto. Sabemos que 102 equivale a 100 (un uno y dos ceros a su derecha), y que 106 equivale a 1 000 000 (esto es, un uno y seis ceros a su derecha). Si nos dijeran que en apenas 60 gramos de sal común (cloruro de sodio) hay aproximadamente 1023 átomos (esto es, un uno y veintitrés ceros a su derecha) y luego nos dijeran que en el universo hay entre 1078 y 1082 átomos (un uno y ochenta y dos ceros a su derecha), podría parecernos que en el universo hay pocos átomos para lo que podemos contemplar en un puñado de sal.

Por eso me parece tan maravilloso este vídeo clásico, original del año 1977, sobre potencias de diez. Porque de una forma muy didáctica ayuda a comprender el efecto de las mismas, lo que sucede al añadir un sencillo cero a la derecha de una distancia o un tamaño, la transformación que tiene lugar.

Y ojo, apenas llega a la vigésima potencia. Intenten visualizar a esa pareja tomando el picnic desde la distancia más lejana que explica el vídeo. E intenten multiplicarla por millones de millones de millones (esto es, hasta llegar a una distancia de 1080 metros, un uno seguido de ochenta ceros).

Es abstracto, soy consciente, muchos quizá podrían pensar en estos números como en pequeños poemas en un idioma extranjero. Y también soy consciente de que esa capacidad de entender la abstracción es valiosa aún cuando no trabajemos con estas magnitudes. La mayoría de personas con las que tratan a diario tendrían bastantes problemas enfrentados a esta abstracción, por eso comparto este vídeo, porque es un recurso didáctico fenomenal que dura apenas 9 minutos. La mitad de lo que dura una charla TED superficial de ésas que prometen cambiar tu concepción del mundo a base de ramplón cherry picking.

El mito de que en Internet no hay barreras de entrada al negocio

Juego de tronos, al norte del muro

Uno de los grandes mitos de Internet es que en Internet no hay barreras de entrada para impulsar nuevos negocios. Es repetido hasta la saciedad por personas que llegaron a Internet tarde y que en 2014 siguen hablando en términos de «2.0».

Hace unos días, sin ir más lejos, llegué vía mi buen amigo Luis Rull a un post sobre el tema, que incurre en todos los errores habituales de quienes en realidad tienen un discurso flojo, desfasado, respecto de cómo funciona el lanzamiento y enfoque de una startup. Seguramente porque jamás han estado cerca del lanzamiento de una, aunque se pasen la vida hablando de «management 2.0» y otros humos arcoiris.

Es tremendo encontrar regurgitado sin más, y a estas alturas, el mito de que no hay barrera de entrada para lanzar un negocio en Internet a la vez que se habla de lo sencillo rápido barato y chupiguay que es lanzar un clon de Uber, empresa que suma un total de 1500 millones de dólares de financiación en 4 rondas con un total de 32 inversores diferentes, según los registros de Crunchbase.

Es difícil tener los pies más lejos del suelo de la realidad y es una barbaridad tan grande que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que el que afirme tal cosa esté en lo correcto.

Programar la idea básica de un servicio web o una aplicación móvil puede ser relativamente accesible sobre todo si tienes al hacker ya «en casa», sin duda menos gravoso que abrir un negocio clásico de retail (un restaurante, por ejemplo, con su licencia de apertura, sus certificados de sanidad, su local, sus stocks, …).

Pero eso aplica sólo a la idea inicial. Pulir el software, sin embargo, comienza a ser caro. Los buenos programadores son caros como cualquier otro trabajador de alta cualificación y en Internet el ganador se lo lleva todo por lo que has de tener el mejor servicio/producto en cualquiera que sea tu nicho. Eso es caro, desarrollar buen software lleva tiempo, requiere buenas manos y mejores mentes. Los miles de euros se comienzan a acumular.

Agárrense porque estamos comenzando. Si darle la forma básica a una startup cuesta 100.000 euros, construir la marca y publicitarla es comparativamente el gran bocado presupuestario. Caro, carísimo. El presupuesto de marketing fácilmente multiplicará el de desarrollo, al menos si no queremos abandonar los objetivos de negocio. De entre todos los capítulos que vagamente se engloban en marketing, el capítulo de captación de usuarios suele ser un pedazo enorme de la tarta en este tipo de proyectos. Aún ahora, valorada en miles de millones y habiendo puesto en jaque al sector del taxi en EE.UU., Europa y América latina, Uber continúa subvencionando trayectos para captar usuarios.

¿De verdad vamos a tener que seguir oyendo que en Internet no hay barrera de entrada para lanzar negocios? Puede que eso fuera así antes, con muchas reservas que apuntarían a tipos concretos de negocios. Ahora podemos preguntarnos si este mito no es una idealización de la meritocracia en Internet alimentada, precisamente, por la nueva élite razonablemente reaccionaria que ha emergido de esta primeras dos décadas de negocios en Internet. Cuando Internet era cosa nueva a la que el big business no prestaba atención. Actualmente hay dos factores que van en contra de esto:

  • La lógica de winner takes all tan propia de Internet y su potentísimo efecto red unida al crecimiento salvaje y desorbitado de Internet hacen que para tener opciones de ser ese ganador que consigue sobrevivir y hacer negocio tengas que crecer mucho, probablemente necesites tener envergadura para ser un actor global solvente y con un producto suficientemente bueno para evitar que los usuarios te abandonen. Esto si ya tienes el efecto red a favor, porque si no lo tienes, te tocará superar ampliamente el valor ofrecido por la competencia para luchar contra un efecto red adverso (esto es, una inversión aún mayor que la de construir tu servicio en ausencia de un competidor que haya llegado primero al mercado).
  • Desde que se descubrió la forma de aplicar lógica intensiva en capital a los negocios de Internet, lo que junto a la paradoja de Internet desembocó en la recentralización y el cloud computing, no hay una sola idea de negocio que no sea replicada aplicando estos principios de la computación como servicio y en remoto, porque el que la monta sabe que así alza las barreras de entrada a los competidores. Ergo, quizá tú no lo tengas en cuenta, pero más te vale asumir que la competencia va a recurrir a economías de escala para que un acceso intensivo a capital suponga una ventaja competitiva.

Ambos factores suman a la consecuencia general: por supuesto que hay barrera de entrada para lanzar una startup que pretenda hacer negocio en Internet. Por todos los dioses, a estas alturas resulta complicado incluso construir una audiencia en torno a un sencillo blog de empresa.

Sí, sí hay barrera de entrada a lanzar negocios por Internet, puede que lanzar determinados negocios no tenga una barrera alta como el muro de hielo que describe George Martin en Canción de hielo y fuego, pero la hay. Hace falta mucho capital y rara vez encontraremos más de un proyecto exitoso atendiendo a un mismo nicho. El presupuesto para crecer más rápido que la competencia y captar usuarios será grande o no será, sopena de que a los inversores les apetezca tirar el dinero (escenario poco convincente) o no tengan mucha idea sobre el tema.

Supongo que este post servirá de poco: el uso de argumentos de hace una década sin ponerlos al día va a seguir teniendo lugar porque hay, ante todo, una gran cantidad de personas que, cuan Mulder, quieren creer, y que seguramente pasa más tiempo atendiendo a sesiones de asesoría de gestión propias de los años 70-80 (aunque lo llamen design thinking o coaching, o como quieran) que de asesorarse debidamente sobre la correcta toma de decisiones tecnológicas para la empresa, y sobre todo para una empresa que quiere poner Internet a su servicio, y no al revés.

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