Escenas inquietantes en tiempos de pandemia

Van pasando las semanas y seguimos confinados en nuestras casas. Entre tanto, a medio camino entre el aburrimiento y la desesperación, nuevas rutinas y memes se van abriendo hueco: desfiles de coches de policía cantando el cumpleaños feliz o manifestaciones de balcón, entre las más visibles ahora mismo.

El primero que quiero comentar pudimos presenciarlo desde casa hace unos días. Una procesión de vehículos de cuerpos policiales diversos rondando el barrio mientras pone música infantil a todo volumen. En casa hubo consenso inmediato: es de lo más inquietante que hemos visto en estas semanas. Transmite algo a medias entre estar en un búnker nuclear y en el campo de concentración de La vida es bella. Es puro madmaxismo.

Codo a codo con esos convoys están las concentraciones multitudinarias en los balcones, que lo mismo sirven para aplaudir que para sacar a pasear las cacerolas a favor o en contra de unos y otros, o para silvar y denunciar a quien pasea por la calle, aunque desconozcamos sus motivos ni su situación. Estamos a dos excusas de tener a un populista avispado que saque partido de estos sentimientos.

Con el agravante de que los grandes extremos populistas que podrían sacar partido de esta deriva ya están en el parlamento. Es más, al menos uno de esos grupos está incluso en el gobierno. Y están encantados con estas performances. Saben que son su caldo de cultivo y lo van a alimentar.

Solo por eso vale la pena no sumarse a estas cosas.

No se trata, en absoluto, ni de afear la valiosa labor de la policía ni las buenas intenciones a quienes quieren mostrar agradecimiento (o queja). Debe haber otras formas de canalizar esas ganas de hacer las cosas bien; eso es todo lo que quería decir hoy.

Distanciamiento social

¿Piensas que coronavirus va a ser la palabra del año? No te falta parte de razón, pero creo que lo que de verdad va a perdurar socialmente de este 2020 no va a ser el coronavirus, sino el concepto de distanciamiento social. De la desglobalización que este fenómeno va a contribuir a apuntalar ya hablamos hace unos días.

La gran pandemia de nuestro tiempo

Las consecuencias de este nuevo virus, formalmente SARS-CoV-2 y popularmente el coronavirus, van a ser dramáticas y sobrecogedoras en este 2020 y quizá también en 2021. Pero si todo va bien en un año y medio o dos años tendremos vacuna para la enfermedad que provoca, COVID-19, y la cosa mejorará. Es el futuro, y no lo sabemos, pero es un escenario optimista al que me gusta agarrarme para mantener (un poco al menos) la serenidad.

Mientras tanto, anda medio mundo encerrado en sus casas y saliendo únicamente para lo imprescindible. Los militares van desplegándose en las ciudades occidentales, y las medidas aplicadas en casi todo el primer mundo van pareciéndose a un estado de excepción encubierta.

A falta de tratamiento médico, que aún no hay, una de las precauciones para ralentizar la expansión de la enfermedad es lo que han venido a llamar distanciamiento social. Pautas de comportamiento que ayudan a minimizar el riesgo de contagio entre personas, para ralentizar la curva logística de contagio. (Nota: el tiquismiquis que llevo dentro me obliga a aclarar que eso que todos estos días están llamando crecimiento exponencial no es exponencial, sino que se trata de curvas logísticas.)

En las ocasiones cuando se ha recurrido a este distanciamiento social (como hace un siglo en la epidemia de gripe de 1918), el mismo ha incluido cosas como no darse la mano al presentarse, no saludarse con dos besos, evitar los lugares abarrotados y las aglomeraciones a menos que sea imprescindible, disminuir la asistencia a cines, restaurantes y, en general, evitar la mayoría de interacciones. Con la tecnología que tenemos disponible, sería ingenuo no pensar en que esta vez se pueda ir más allá.

¿Qué tiene de nuevo el distanciamiento social en 2020?

Lo nuevo es la simbiosis con la tecnología. Ahora mismo es posible conocer la ubicación y movimientos de la población en tiempo real, o casi. ¿Y si la tecnología se usa para prevenir contagios, trazar las rutas de quienes den positivo y ayudar a limitar contagios? Es un buen uso de la tecnología, y siendo que el sistema está ahí y no hace falta nada nuevo para exprimir esos datos, pocos de nosotros se negarían a una medida que puede contribuir a combatir una verdadera emergencia sanitaria como la que sufrimos ahora.

No piensen solo en geolocalización. En la siempre presente ofensiva contra el dinero en efectivo, el uso de monedas y billetes ha sido la primera víctima de este distanciamiento social.

La misma tecnología, no obstante, puede combinarse para usar este histórico de ubicaciones y comportamiento (¿cuántas veces has salido sin permiso, o ido a un bar sin permiso, o… ?) para enriquecer tu perfil y el sistema de crédito social con el que algunos países construyen distopías propias de la ciencia ficción.

Es pronto para valorar si esta pandemia dejará una huella en la forma de trauma colectivo. Si así fuera el caso, ¿se aceptará una reescritura del contrato social que ayude a prevenir escenarios similares a cambio de entregar aún más libertad y privacidad a cambio de seguridad? Hace casi 15 años, en este mismo blog, ya recordábamos a Benjamin Franklin:

«They who would give up an essential liberty for temporary security, deserve neither liberty nor security».

En condiciones de saturación del sistema sanitario, cuyo mantenimiento es caro (y el dinero es un recurso finito), ¿está justificado que nos monitoricen a cambio de facilitar el diagnóstico y que se nos priorice debidamente la atención? ¿Y si el sistema penalizase a quienes no se dejen monitorizar? Parece un debate loco, o nuevo al menos, pero no lo es: hace muchos años algunos países como Dinamarca coquetearon con la idea de subir impuestos a los alimentos con grasas porque se considera que generan sobrepeso y, a la larga, más uso del sistema sanitario.

El coronavirus y el avance de la sociedad de control

En efecto, es posible que temporalmente se acepte la implantación de medidas de control muy fuertes. La tecnología está ahí esperando hace mucho tiempo. Publiqué La sociedad de control en 2008 y, en general, es un tema del que no hablo demasiado últimamente porque creo que es una batalla que ya se perdió, incluso si pareciere que no. Forma parte de la derrota el mantener la ilusión de no haber perdido nada.

Hay una posibilidad de que las propuestas liberticidas se intensifiquen, y cuando las imágenes de ataúdes apilados en hospitales de campaña (perdón, espacios públicos medicalizados; disculpen pero siempre suspendí neolengua) abunden en televisión, la opinión pública tendrá la tentación de comprarlas. A partir de ahí es solo esperar a que una medida administrativa de carácter temporal y excepcional sedimente en permanente. Es algo que con frecuencia sucede por su propio peso porque sucede de forma natural por la inercia del propio estado y su maquinaria gigantesca.

En el hilo de la historia no hay camino de retorno; en el mejor de los casos existe coste de oportunidad y oportunidades perdidas. Veremos cómo evoluciona la sociedad en que vivimos, pero no se hagan ilusiones de vivir como han vivido hasta 2019. Ese tiempo es pasado.

Desglobalización

Para varias generaciones de europeos que han crecido en los países más ricos del continente, entre los que se encuentra España, la vida ha transcurrido al margen de grandes catástrofes: ni guerras, ni hambrunas, ni tsunamis, ni terremotos que llenen las calles de muertos. Hemos tenido la suerte de disfrutar el periodo de mayor paz y prosperidad de la historia del continente, y quizá del mundo.

Una de esas cosas que damos por sentadas porque ya estaban ahí cuando muchos llegamos es la internacionalización: la globalización de todo, que tanto ha contribuido a llevar libertad y prosperidad a casi todos los rincones del mundo, también y sobre todo para nosotros.

No obstante, una parte de la población siempre ha recelado de la globalización. Hasta el punto de hacer bandera de esa oposición y autodenominarse partidarios de una antiglobalización.

Pues bien, para bien o para mal, todos nosotros (también este grupo de detractores de la globalización) va a tener la oportunidad de probar cómo sería el mundo si esta globalización se deshace por lo menos un poquito. La crisis sanitaria del famoso coronavirus COVID-19 está conllevando una cascada de cierres de fronteras y restricciones al viaje que conducen a una suerte de desglobalización: un camino más allá de la globalización y en dirección contraria.

Esta desglobalización va a ser, además, fuertemente asimétrica: los movimientos financieros no se van a detener, los movimientos de mercancías encontrarán la forma de restituirse, pues ya saben que si las mercancías no cruzan las fronteras, los soldados lo harán. La vuelta atrás afectará sobre todo a la globalización de las personas. Justo el peor y más asimétrico escenario posible.

No sabemos cuánto tiempo se va a prolongar, pero sí que esta inercia va a apoyarse sobre el populismo nacionalista que campa a sus anchas en Europa y Estados Unidos desde hace unos años, y que a buen seguro está encantado empujando esta desglobalización, siquiera para hacer sus propios experimentos.

¿Qué estás optimizando hoy?

Una cita en el blog de Tobias Bernard que no puedo dejar de pasar:

We need to invest our (very limited) time and energy in solutions that scale. This means good defaults instead of endless customization, apps instead of scripts, “it just works” instead of “read the fucking manual”. The extra effort to make proper solutions that work for everyone, rather than hacks just for ourselves can seem daunting, but is always worth it in the long run.

El énfasis lo he puesto yo.

Una de las constantes en todos los proyectos que he arrancado en mi vida ha sido la de no repetir tareas.

Una máxima que siempre apliqué a la relación directa con clientes, con quienes el principal objetivo siempre ha de ser el dotarles de autonomía, con la egoísta ambición de que mañana no me pidan exactamente lo mismo sino que internalicen esa tarea y a ti te pidan otra diferente, más sofisticada, más compleja, y también nueva, con la que puedas seguir aprendiendo sin sentir que repites una y otra vez lo mismo.

En una línea parecida, ahora ando implicado en un proyecto hercúleo con muchísimos equipos de trabajo implicados (unos 10 equipos de Scrum con perfiles diversos y luchando por aplicar esa visión de eso que ahora llaman DevOps tan mía), y me paso el día repitiendo que si algo puede automatizarse, debe automatizarse: con tantas personas implicadas, incluso una mejora que ahorre 5 minutos al día a cada uno se paga sola en cuestión de días.

La pregunta más importante de cada una de tus jornadas laborales es qué estás automatizando hoy, qué estás optimizando hoy. Si no quieres estar cada día haciendo exactamente lo mismo, ésta es la única forma de, mañana, tener tiempo para ir un paso más lejos.

Aquella maravillosa web

Leí hace unos días un artículo fenomenal y nostálgico sobre los primeros años de la web, en los que no había CSS para estilar la visualización y en los que yo mismo hice mis primeras webs recurriendo a todos los trucos de baja tecnología que en él se mencionan. Como no me lo quito de la cabeza he decidido copia aquí un par de párrafos:

Keeping your site consistent was thus something of a nightmare. One solution was to simply not style anything, which a lot of folks did. This was nice, in some ways, since browsers let you change those defaults, so you could read the Web how you wanted.

A clever alternate solution, which I remember showing up in a lot of Geocities sites, was to simply give every page a completely different visual style. Fuck it, right? Just do whatever you want on each new page.

That trend was quite possibly the height of web design.

Damn, I miss those days. There were no big walled gardens, no Twitter or Facebook. If you had anything to say to anyone, you had to put together your own website. It was amazing. No one knew what they were doing; I’d wager that the vast majority of web designers at the time were clueless hobbyist tweens (like me) all copying from other clueless hobbyist tweens. Half the Web was fan portals about Animorphs, with inexplicable splash pages warning you that their site worked best if you had a 640×480 screen.

El problema no es que echemos de menos esa forma incómoda de mantener una web, eso no es más que nostalgia de un tiempo en el que además éramos muy jóvenes, sino que hemos perdido mucho más que eso:

Sadly, that’s all gone now — paved over by homogenous timelines where anything that wasn’t made this week is old news and long forgotten. The web was supposed to make information eternal, but instead, so much of it became ephemeral. I miss when virtually everyone I knew had their own website. Having a Twitter and an Instagram as your entire online presence is a poor substitute.

Léanlo entero, luego hace un repaso de tiempos ya pasados pero no tan remotos. Si no vivieron aquellos años dudo mucho que lleguen a imaginarlo tan solo a través de esta lectura, pero si los vivieron van a disfrutar todas y cada una de sus palabras.

Christopher Tolkien, in memoriam

Ha fallecido Christopher Tolkien, hijo del que quizá sea el autor con el que más he disfrutado jamás: J. R. R. Tolkien.

De la necrológica de El País no digo nada porque parece escrita hace años, como en el Lisboa de Sostiene Pereira. No se mencionan los últimos libros editados que completan el trabajo profundo en torno al núcleo principal de El Silmarillion: La caída de Gondolin y Beren y Lúthien. Da la sensación de que ni siquiera se han molestado en ponerla mínimamente al día: son flojos a más no poder.

Justo hace unos días comencé a leer Beren and Lúthien, que me está sorprendiendo gratamente porque va mucho más allá de ser una edición sacaperras de un fascículo del Silmarillion para abarcar toda la evolución de esa leyenda -mi preferida de toda la edad antigua de la Tierra Media- a lo largo del tiempo en el propio imaginario de Tolkien. Y es que yo siempre busco excusas para volver a Tolkien.

Christopher Tolkien tuvo la buena suerte profesional de ser hijo de su padre y poder bucear intelectualmente en su obra, y la decencia de tratarla con devoción y respeto, algo por lo que en este blog siempre le estaremos eternamente agradecidos. Precisamente en el prefacio comenta Christopher que:

In my ninety-third year this is (presumptively) my last book in the long series of editions of my father’s writings.

De eso hace un par de años y tenía razón. Ahora, a sus noventa y cinco años, va camino de las estancias de Mandos.