Tele por cable 2.0

En Wired comentan el cambio de última hora que hará que la serie de Star Trek que andan vendiendo ahora se vea en un servicio diferente al que estaba previsto, cambio que ha llegado apenas dos días antes de la fecha prevista de emisión:

The average American household accesses eight streaming and video on demand services in a given week, according to data gathered by technology research company Omdia—though that includes free catch-up services and websites like YouTube. In the UK, the average is nearer six to seven, and in mainland Europe, five to six.

La cifra es muy llamativa, pero bien leída se rebaja un poco, pues se incluyen cosas como Youtube o Twitch. Aún así, si quitamos el baseline europeo al número de los Estados Unidos parece que la familia promedio tiene tres suscripciones de pago más (asumo que los servicios gratuitos se acceden por igual en todas partes).

Si en España es habitual que las familias tengan dos o tres servicios de pago, eso deja unos seis servicios de pago al otro lado del Atlántico.

Al final, los viejos canales por cable han impuesto su modelo de consumo, principalmente dificultando el acceso a contenidos p2p. El tema clave es que cada vez hay más canales: los procesos de desintermediación (o integración vertical, como lo quieras ver) de los grandes productores los llevarán a saltarse progresivamente la distribución que les ofrezca otro. Disney es el paradigma, pero habrá más. A quienes seáis más seguidores de series y cosas audiovisuales en general os va a faltar sueldo para pagar todo lo que vais a querer ver.

Poner a las cosas la coletilla de 2.0 es casposo, pero me ha parecido apropiado porque terminar, tras todas las vueltas y toda la tecnología aparecida en las últimas décadas, consumiendo las cosas exactamente como se hacía antes de este advenimiento tecnológico lo merece.

La honra

VEINTICUATRO: ¿Sabes qué es la honra?
RODRIGO: Sé que es una cosa que no la tiene el hombre.
VEINTICUATRO: Bien has dicho: Honra es aquello que consiste en otro. Ningún hombre es honrado por sí mismo, que del otro recibe la honra un hombre.
[…]
El que quita la gorra cuando pasa el amigo o mayor, le da la honra.

Lope de Vega en Los comendadores de Córdoba (1596)

Extraído de El recogimiento, de Gregorio Luri, de quien ya hemos hablado en este blog cuando repasamos La escuela no es un parque de atracciones.

Adecuación

Recordemos que hay pocas cosas indefectiblemente buenas o malas. Normalmente las decisiones son, simplemente, adecuadas o inadecuadas.

Guillermo de Haro, en Corleone Business School

La testarudez que iguala a Arturo Barea y Frank Herbert

Aunque me enorgullezco de ser un tipo bastante racional en cuanto a lo que retirar argumentos se refiere si se demuestran inválidos, hay un tipo especial de testarudez de la que nunca logré desprenderme. La testarudez de hacer las cosas porque yo las decido, no porque nadie me lo pida o recomiende.

Entiendo que tiene que ver con vestigios adolescentes de libertad. Aquello que tan bien cantó Robe Iniesta (Extremoduro) para mi generación: no quiero ser como tú.

La vida, no obstante, insiste en hacerme rectificar también en esto. No son pocos los libros que he leído años después de lo que podría haber leído si hubiese atendido a las señales que me enviaban otros. Ah, las señales. Estas cosas siempre me recuerdan a mi muy citado Friedrich Wilhelm (Federico Guillermo) Nietzsche: nada determina tanto en qué nos convertiremos como las señales a las que decidimos no atender.

Como digo, son muchos los ejemplos pero hoy voy a hablaros de los últimos libros que he leído.

Hace más o menos una década, un día cenando en casa de mi queridísimo Gonzalo, me recomendó los mejores libros que se podían leer para entender cómo se llegó a la guerra civil española. Se trataba de La forja de un rebelde, de Arturo Barea, una serie de tres libritos excepcionales que relata en clave autobiográfica el catastrófico primer tercio de siglo XX español. Pese a tan buena credencial, no leí estos libros hasta este verano. (En realidad, aún tengo pendiente el tercero, que es el que se centra en la guerra civil en sí, tras dedicar los dos primeros a su infancia en los años que siguieron a la guerra de Cuba y a su primera juventud sirviendo en la guerra de Marruecos.) Excepcional lectura. Debí leerlos hace mucho.

Otro libro que debí leer en la adolescencia pero no sucedió fue Dune de Frank Herbert. Ahora todo el mundo habla de este libro por una peli que mi admirado Denis Villenueve ha hecho. Soy muy fan de Villenueve y tenéis que ver Incendies, o en general todas sus películas de antes de entrar en el roster de directores de macroproducciones. Yo no lo he leído por eso, sino porque el gran Jordi Mon me regaló el librito hace varios meses, lo que pasa es que tenía (y tengo) La Pila de libros por leer tan saturada que hasta ahora no llegué a él. Otro error histórico, es un libro excelente.

Es así que para mí Arturo Barea y Frank Herbert tienen ese elemento en común: libros que me habían recomendado muchos años antes y que solo ahora he leído para descubrir que de todo este tiempo los había ignorado injustamente. La parte positiva es que los he disfrutado a estas alturas como si fuesen nuevos, porque para mí lo eran.

Concisión contra el posmodernismo

Uno de los rasgos propios de lo posmoderno consiste en manipular y modificar la representación sin transformar los hechos. La posmodernidad nos sugiere que los hechos permanezcan los mismos —algo que no altera el statu quo precisamente, sino que beneficia al poder—

Víctor Lenore, en Voz Pópuli.

Tengo algunos borradores pendientes de ser finiquitados desde hace mucho tiempo, pero he visto esta cita tan directa que no he querido dejar de pasar la oportunidad de recogerla aquí. ¿Es este el argumento más conciso contra el posmodernismo? Si no lo es, se le parece mucho.

El artículo es excelente. Léanlo.

Medios de comunicación y los relatos sobre la crisis

Contexto: el planeta, al menos la parte rica del planeta en la que tenemos la fortuna de vivir, estaba encerrado en sus casas mientras la pandemia de la covid19 se extendía globalmente, corría abril de 2020, llovía a cántaros, y entonces sonó mi teléfono.

Era una periodista de un gran periódico español que preparaba un reportaje sobre un tema concreto: cómo la nueva gran crisis del covid iba a impactar a la generación de jóvenes investigadores a la que la crisis de 2008-2010 afectó de lleno. Le interesaba conocer el efecto compuesto de esas dos grandes crisis en una generación a la que la anterior crisis pilló joven.

El enfoque básico ya se lo imaginan ustedes: la fuga de cerebros, investigadores que trabajan en precario o de cosas inesperadas como cajeros de supermercado, o abocados a una peregrinación continua que se ven obligados a emigrar, siendo esta emigración algo que parte del respetable público percibe como inevitablemente negativo. Es un lugar común este relato, quizá el más habitual cuando hablamos de investigación, así que lo habrán visto ya mil veces en otros tantos sitios.

En mi obstinación, nunca he comprado ese relato Estoy en desacuerdo con que la emigración sea negativa (al fin y al cabo, el que se va lo hace para encontrar una oportunidad de vida mejor, ¿no es mejor tener esa oportunidad y poder decidir si emigrar o no, a no tenerla en absoluto?), y mi diagnóstico sobre la precariedad de los investigadores pondría el foco en el monopsonio de facto que tiene el estado a la hora de contratarlos. De todo ello hemos hablado de sobra en estas páginas. Más relevante hoy es que yo no dije a esta periodista lo que ella quería oír.

¿Cuál fue mi testimonio? Sí, hace una década vivimos una crisis, pero yo terminé mi doctorado y me fui a otra ciudad porque así fue mi deseo; no continuar investigando fue una decisión personal, y a continuación monté una empresa de desarrollo de software con la que me fue razonablemente bien. Montar esa empresa no fue un plan trazado, fue solo lo que me encontré por el camino escogido. La vida es un río en el que la corriente te lleva a sitios.

¿Había otras líneas temporales en las que yo continuaba trabajando de investigador? Puede ser. Podemos, incluso y ahora a toro pasado, contemplarlas con la nostalgia de lo no vivido: echar de menos cómo sería nuestra vida ahora de haber tomado esa otra ruta pese a que todo serían suposiciones en un ejercicio fútil y a que no podemos echar eso de menos porque no lo hemos vivido. En definitiva, podemos entregarnos con denuedo a eso que Juaristi define como melancolía cuando critica los mitos de origen nacionalistas: la nostalgia de lo que nunca fue. Pero la única realidad es que no fue así y no lo sentí como un problema. Más aún, no cambiaría nada de lo que hice porque mis decisiones me trajeron a donde estoy hoy. Arrepentimientos he tenido algunos, pero ninguno tan significativo que merezca mención.

Del mismo modo, mi perspectiva ante la crisis derivada de la covid es la de un profesional que, como el resto de la sociedad, también ha de lidiar con la dureza de la situación pero lo hace con una mirada carente de maniqueísmos, cargada con un cierto optimismo realista.

Mientras hablaba con esta periodista, pensaba en lo enriquecedor de que en ese reportaje hubiese también un testimonio positivo: a primera vista el mundo se desmorona pero el mundo siempre ha estado desmoronándose de modo que no desespere y siga trabajando para progresar, hay vida fuera de la academia, emigrar es complicado pero es un proceso humanamente enriquecedor.

Considero necesario transmitir un mensaje positivo desde la normalidad, alejado de los análisis con sesgo de superviviente en torno a casos de excepcional éxito que están muy alejados de la realidad en la que vivimos el resto de la sociedad, incluidos nuestro jóvenes. Si tienes 20 años, hay más lecciones y más valiosas para ti en tu familiar o tu vecino el que trabaja en Telefónica que en Steve Jobs.

Ésa es mi experiencia y ya que me preguntó, pues eso fue lo que conté, motivo por el cual (o al menos eso me barrunto) no tuve más noticias sobre aquel reportaje y sospecho que mi testimonio no fue incluido en el lacrimógeno documento que ella ya tenía preconcebido de casa a base de tópicos antes de entrevistarme.

Y no se trata de negar la mayor: estoy seguro de que la crisis de 2010 y la actual afectó duramente a muchos jóvenes investigadores o universitarios, pero dentro de esa generación hubo muchos que consiguieron salir al paso con esfuerzo y bien hacer y es algo que merece ser incluido si intentamos construir una foto completa de lo acontecido. Sobre todo porque incluye una lección digna de ser enseñada a los más jóvenes: nunca bajes los brazos y sigue esforzándote por salir adelante.

¿Por qué los periódicos, enfrentados ante otros testimonios más ilusionantes, deciden ignorarlos? ¿Acaso no es mejor mensaje decirle a esos jóvenes que están pringando que hay otras líneas temporales en las que les va mejor pero han de salir a buscarlas y abrir esas puertas ellos mismos? Hay que retroceder más de una década para encontrar en este blog una nota sobre por qué dejar de leer periódicos era urgente.

En lo personal, fue la enésima experiencia de que los periódicos son una institución más bien destructiva y tóxica que una fuente de información. Al elegir metódicamente los testimonios a los que dan visibilidad en su relato, y al seleccionar los que refuerzan el mensaje de que todo está mal, se dificulta el mensaje de que mejorar las cosas es posible y se transmite una visión sensacionalista y catastrofista de la realidad.

España Movistar

En un tiempo hubo quienes creímos que Internet supondría un proceso de desintermediación informativa. Los medios de comunicación de masas dejarían de ser omnipresentes, perderían su capacidad para fijar la agenda pública.

Eso fue antes de entender que la tecnoutopía era exactamente eso, una utopía. En perspectiva, incluso dudo mucho de que jamás tal cosa fuese siquiera posible.

Lejos de tal cosa, la agenda viene fijada por estos medios con cada vez más fuerza. Incluso aunque la opinión publicada y la opinión pública estén alejadas hasta el punto de no reconocerse, la agenda está innegablemente fijada usando los mismos medios de antaño.

La nueva clerecía

En este aspecto, es imposible no comentar el papel de lo que Pedro Herrero demonima nueva clerecía cuando está serio y España Movistar cuando tiene ganas de jarana. Esa élite plenamente consciente de su capacidad de prescripción que utiliza tal capacidad para transmitir su propia visión deformada del mundo.

¿Quiénes componen esta nueva clerecía? Periodistas, profesionales socioculturales (el mundo del artisteo, para entendernos), y académicos (mayoritariamente, politólogos y demás calaña, que prometen haber encontrado la fórmula mágica para dar información objetiva y opiniones sin subjetividad).

Así, los informadores ponen el soporte, los académicos los datos puramente objetivos, y el artista la valoración sensible de esa realidad objetiva. Entre todos prescriben los nuevos modelos morales.

La clerecía de siempre, ahora precaria

Si lo pensamos bien, nada nuevo bajo el sol: esos grupos siempre han funcionado como prescriptores.

Se dan dos circunstancias:

  • Sobrerrepresentación en medios. Como comunicadores que son, la nueva disponibilidad de canales les hace estar sobrerrepresentados entre la minoría que crea contenido en internet, así que ese aparato hegemónico es ahora especialmente fuerte.
  • Precarización del sector. Hace unas décadas estos grupos eran clase media y los nuevos barrios cool de Madrid se construían precisamente para ellos (pienso en la casa del fallecido Enrique Meneses, a quien visité algunas veces en su piso del barrio de los periodistas), mientras la precarización de su sector ha cambiado eso.

Las consecuencias de esta precarización de los profesionales socioculturales y de la comunicación es que existe un cierto resentimiento desde estos sectores contra quienes sí son clase media, y contra sus modos de vida, que inevitablemente se plasma en el mensaje que comunican.

La mal entendida sensibilidad del artista

Esta sobrerrepresentación en el debate público y su capacidad para fijar agenda y prescribir modelso de vida deriva a menudo de la mal entendida sensibilidad del artista para entender el mundo. Cabe preguntarse por qué se da siquiera un ápice de atención a lo que un actor opine sobre política internacional, ¿es acaso un experto historiador?

Esto nace de la errónea concepción que se tiene del artista. Al artista, por el hecho de serlo, se le presupone una sensibilidad especial. Es un presupuesto bastante estúpido. Ser actor no conlleva que seas especialmente sensible, del mismo modo que ser albañil no conlleva lo contrario. Pero los albañiles no gozan en el imaginario colectivo de esa percepción de sensibilidad especial, motivo por el cual si vemos a un albañil hablando de política internacional o de ecologismo, no le damos mayor crédito y nuestra atención navega hacia otra cosa.

Al pasar a esta nueva clerecía precaria por la batidora que produce la opinión publicada, el resultado es un esperpento. Si hace unas décadas los profesionales que ahora componen la nueva clerecía eran clase media, ahora son en muchas ocasiones trabajadores precarios, con lo que se da la paradoja de que sientan cátedra desde la precariedad: comparten piso, tienen la nevera repartida por bandejas, y en lugar de quejarse de esos problemas reales, se ha decidido emprender una lucha identitaria, profundamente tribal.

En lugar de preguntarse por qué no pueden vivir mejor o cuestionar el mal uso del muchísimo dinero que pagamos en impuestos (¿está el estado despilfarrando mal nuestro dinero si no ayuda a trabajadores precarios a llevar una vida más estructurada?), se centran en criticar a quienes llevan esa vida estructurada. De forma que si tienes una pareja estable, mal porque el amor romántico es una estafa; si compras una pelota a tu niño eres un machista que regala mal; si vives lejos del centro de la ciudad y tienes un coche diésel, eres un destruye planetas egoísta; si te lo curraste para tener ingresos medianamente estables en el sector privado, automáticamente te caricaturizan como a un rockefeller insolidario.

El resultado es que tienes a un grupo de gente en muchos casos no es que no lleven una familia adelante, es que a duras penas se llevan a ellos mismos, que vive en precario pero tienen el cañón apuntando a las clases medias profesionales, a los ricos, sin darse cuenta de que apuntan al enemigo equivocado.

Al centrar las luchas en temas identitarios y no económicos, al atacar a instituciones de la sociedad civil como la familia o la iglesia, aceptan implícitamente la precariedad que proviene de la única institución a la que no deslegitiman, el estado. Lejos de quedarse en eso, pregonan el fin del amor romántico, como si cambiar de pareja cada dos meses no fuera de hecho una precarización de la vida en pareja frente a la muy reconfortante alegría de compartir un proyecto de vida.