Sesgo en sistemas de valoración

Esta nota lleva varias semanas en mi cabeza pero no saqué tiempo para ordenarla hasta ahora, pese a ser muy breve.

Primero, la sabiduría intuitiva. Hace unas semanas conversaba con Bianka y comentaba ella que «no compro nada que tenga menos de 4.5 estrellas, porque con menos de eso no es bueno».

Sin más datos que la experiencia propia, concedí que algo de verdad había en esa afirmación. Por instinto no más, por el hecho de que confirmaba mi propia suposición.

Segundo, los datos. Al día siguiente, Victoriano Izquierdo de Graphext publicaba un vídeo sobre reseñas de restaurantes con terraza en Madrid analizando decenas miles de reseñas. ¿Resultado? La mediana de valoraciones estaba en torno al 4.2 sobre 5; el primer cuartil terminaba en torno al 4.5 sobre 5.

Si eres de quienes tienen entre su trabajo construir estos índices promediados, en How not to sort by average rating explican los errores y problemas habituales, y cómo hacerlo mejor.

Esto es, en el clásico sistema de valoración de cinco estrellas, lo normalito tiene algo más de cuatro estrellas, y lo que ya empieza a estar bien tiene más de cuatro y media. Un servicio o producto valorado con tres estrellas no está en la media, sino en el más profundo de los agujeros. Ténganlo en cuenta la siguiente vez que usen una tienda online.

La vida y el jardín

A life is like a garden. Perfect moments can be had, but not preserved, except in memory. LLAP.

Leonard Nimoy, último tweet publicado en su cuenta antes de fallecer.

En mitad del apagón debido al incidente de OVH en el que ardió su data center en Estrasburgo encontré esta frase de Leonard Nimoy, legendario Spock de Star Trek. La compartía Justin Tan en una nota en su blog acerca del último mensaje enviado en AIM.

Trucos básicos que siguen funcionando

Por qué él [NdT, Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais] eligió el nombre de Roderigue Hortález tiene su parte de misterio. «Roderigue» podría referirse al héroe medieval español Rodrigo Díaz „El Cid Campeador“, mientras que «Hortalez» casi con certeza evoca la casa madrileña de la Condesa de Fuenclara donde él disfrutó numerosas y agradables sobremesas en sus tertulias. Que su compañía ficticia tuviese un nombre español era menos misterioso. Se limitó a seguir la recomendación de un popular libreo de negocios presente en la librería de la familia Caron, Le parfait négociant, el cual explicaba cómo los mercaderes franceses montaban una fachada de negocio español para lograr penetrar el lucrativo mercado de las Indicas Occidentales.

Larrie D. Ferreiro

Me hizo gracia este párrafo que me encontré hace unos días en el libro al que ando dando una lectura estos días, Brothers at Arms de Larrie D. Ferreiro.

Queda claro que lo de intentar pasar por lo que no se es el truco más antiguo del libro del vendedor, y que además sigue funcionando, y por eso sigue estando en el libro. Pregúntense a sí mismos por qué hay unos señores de origén portugués en pleno s. XXI ponen a sus televisores el muy germano sonante nombre de Kunft.

La innovación no es un suceso, sino un proceso

Muchas escuelas se sienten en la cresta de la ola de una revolución tecnológica y mental que conduciría, de forma inevitable, a un mundo completamente distinto, con un ser humano supuestamente nuevo, con formas supuestamente inéditas de aprender. No se contentan con mirar al futuro, quieren contribuir a su creación. Están convencidos de que hay una forma de conseguirlo: desafiar todo lo que la escuela ha sido hasta ahora. No es una idea ni buena ni nueva. Sin embargo, si hacemos caso a los datos, tendremos que tener muy en cuenta que, según un reciente informe de la Information Technology and Innovation Foundation (ITIF), el 55,7 % de los innovadores de verdad, los que realmente producen innovaciones, no ocurrencias, tiene un doctorado; el 21,8 %, un máster; y el 19,6 %, una licenciatura. Más de la mitad son ingenieros. El 57% trabaja en empresas con más de 500 empleados, mientras que un 12% lo hace en compañías que tienen entre 100 y 500. La imagen romántica del innovador como un genio solitario que tiene hilo directo con las musas conviene, pues, ponerla en cuarentena. Además, tienen una edad media de 47 años, es decir: llevan mucho tiempo preparándose, estudiando y trabajando. Quizá lo más llamativo sea que el 46 % son inmigrantes o hijos de inmigrantes. ¿Será eso lo que explica su ambición?

(…)

Se diga lo que se diga, un buen currículo sigue siendo útil para llegar a ser un innovador y si, por las razones que sean, o se alcanza ese sueño, no viene nada mal para ganarse la vida honradamente como técnico competente.

Gregorio Luri, La escuela no es un parque de atracciones.

El relato del dinero, la innovación, y el emprendimiento que hace el periodismo tecnológico de todo a cien gusta de destacar como tal o cual fundador no terminaron sus estudios.

Lo mismo sucede con las nuevas pedagogías con exóticos nombres de pedagogos, algo que más que rigor científico transmite falacia de autoridad. Pedagogías que rechazan los métodos tradicionales (hincar codos) en favor de cosas como fomentar la creatividad y la curiosidad, como si la curiosidad no fuese precisamente consecuencia del conocimiento. ¿Hasta qué punto te puede interesar algo que no conoces? ¿No es el entender cómo funciona parte de lo que nos atrae y nos anima a profundizar?

Es un discurso absolutamente tramposo y dañino para los jóvenes. Mil veces más preferible es soñar el futuro gracias a la ciencia ficción que al relato facilón de unos medios que solo se dedican a repetir como cacatúas cifras millonarias de fusiones y adquisiciones. Y me gustó mucho este pasaje del libro de Gregorio Luri que ya he podido finalizar, que es de lo más interesante que he leído en varios meses. Ya dejé un pasaje hace unos días, y prometo traer más.

La suma de los datos anteriores me hizo recordar una frase que siempre repetía Jose Ignacio Goirigolzarri en el tiempo en el que trabajé con él: la innovación no es un suceso, sino un proceso. No es algo que pase por casualidad, como por arte de gracia, sino algo a lo que llegamos metódicamente aunque por caminos no lineales cuando dedicamos ingentes horas de trabajo a buscarla.

¿Igualdad de oportunidades o igualdad de resultados?

Hablemos de igualdad, y de desigualdad. Para ello, comencemos haciendo un repaso rápido de dos formas de injusticia:

  • Tratar diferente a lo que es igual. Ésta es fácil de ver.
  • Tratar igual a lo que es diferente. Ésta es más sutil porque además suele ir disfrazada de un intento para evitar la injusticia anterior.

Con esto ya vemos que antes de decidir cómo tratar dos casos diferentes hay que conocer bien los detalles. Si hay personas implicadas, estos detalles incluyen obligadamente conocimiento de qué decisiones han tomado que les han llevado hasta su situación actual. Esos matices determinan que ambas situaciones sean iguales o diferentes.

Hablemos ahora de igualdad, porque aunque no sea lo mismo, creo que hay una cierta relación estructural y profunda con lo anterior en el modo en que erramos al buscarla. En nuestra sociedad y en relación a nuestra ocupación profesional podemos lograr dos formas fundamentales de igualdad:

  • Igualdad de oportunidades. También podemos decir libertad de elección. Que todos podamos elegir libremente lo que hacemos, a lo que nos dedicaremos profesionalmente. Solemos resumir esto como la libertad de elegir qué estudiamos. No es más que un corolario a la libertad de hacer con nuestra vida lo que queramos, y que por suerte en los rincones del mundo libre en que vivimos es una realidad.
  • Igualdad de resultados. Esto viene a resumirse en que, independientemente a todos los demás factores, incluida nuestra decisión sobre la cuestión anterior de qué estudiamos, todas las identidades (vivimos en tiempo de tribalismo) estén igualmente representadas en cada categoría profesional. Huelga decir que aquí utilizar igualdad es semántica de combate, es mucho más certero utilizar el término uniformidad de resultados. He usado igualdad porque es el término que se suele utilizar todo el día en medios, para facilitarles la ubicación en esta reflexión.

Cuando nuestros medios y nuestros políticos hablan de igualdad, cuando lamentan que hay pocas mujeres en profesiones STEM, suelen referirse a la igualdad de resultados. Esto es, a la uniformidad de resultados.

Se obvia que conseguir esa uniformidad cuando hay una disparidad enorme y manifiesta en las elecciones de las diferentes personas requiere favorecer a un grupo en detrimento de otro. Por ejemplo si quisiésemos 50% de médicos hombre cuando muchos menos hombres eligen estudiar medicina, o 50% de ingenieras cuando muchas menos mujeres eligen estudiar ingeniería.

Así, la persecución sin pausa de una uniformidad en los resultados de nuestras elecciones es incompatible con la ausencia de privilegios tribales cuando decidimos qué queremos estudiar. Marcarnos esa uniformidad como objetivo conllevará la toma de decisiones injustas en las que se favorece a unas personas a costa de otras y en base a una identidad tribal.

Luchar por la libertad de oportunidades es clave, porque es la auténtica libertad. Luchar por la uniformidad forzada de resultados es la destrucción de la libertad y de la meritocracia. De meritocracia hablé al hilo de la corrupción académica consentida en España hacia sus políticos, el peor problema de corrupción de nuestra democracia y que es perdonado sistemáticamente por la ciudadanía. Fiel reflejo de la sociedad española.

Luchar por la defensa en base a criterios identitarios es una vez más tratar a las personas por lo que son y no por lo que hacen en el mundo. Cuando reseñamos El Manifiesto ciborg, ese texto pretendidamente post-identitario pero que resulta esencialmente tribal y que ya reseñamos aquí hace más de una década, ya hablamos de ese error terrible.

Honestidad intelectual para sostener la mirada al abismo tribal

Yo firmo todas las opiniones que he tenido, siempre que pueda poner la fecha debajo.

Fernando Savater

Hoy comentaba Pedro Herrero esta frase y me ha gustado. Quizá porque expresa algo que define mi pensamiento y lo hace de una forma que a mí mismo no se me había ocurrido.

En la búsqueda del conocimiento, este viaje tan entretenido al que no renuncio, cuestiono constantemente mis opiniones e ideas; y las transformo. Algunas las abandono del todo, y otras evolucionan iterativamente, a veces hasta quedar irreconocibles. No tengo impulsos de negar que en otro momento pensé diferente: si hoy pienso como pienso, es porque ayer pensé como pensé. Con esto creo que acabamos de llegar a la escalera de Schopenhauer, mucho menos memética que la de Wittgenstein, pero más fácil de entender.

Es más, creo que es un gran error, mucho peor en todo caso, permanecer inamovible, terco, en una posición. El tiempo nos da la ocasión de aprender. Si no incorporamos lo aprendido a nuestro plan de acción, comenzando por cómo afrontamos la solución de un problema, estamos vedándonos la oportunidad de mejorarnos, de ser una versión mejor de nosotros mismos.

Así, me parece mucho más preocupante que un cuarentón actual intente buscar el origen de todos los males cotidianos en las dos legislaturas de Aznar porque cuando tenía 15 años Aznar era el archienemigo universal y se haya quedado anclado, impasible, ante el hecho de que este señor hace ya casi dos décadas que se quitó de en medio, que el que haya quienes con 18 años votaban a Anguita y ahora se han alejado de sus postulados. Los primeros son, muy probablemente, adolescentes con cuarenta años, no han aprendido nada en el camino. (Y Kavafis nos enseñó que el viaje es el camino, no el destino.)

Volviendo a la cita de Savater, hacen falta varios ingredientes para ser capaz de enfocar con esa sobriedad el propio pensamiento, pero voy a destacar dos:

  • Honestidad intelectual. Si descubres una idea mejor, aunque contradiga la que defendiste ayer ante todo el mundo, la adoptas y abrazas. No hard feelings.
  • Ausencia de tribalismo. Ésta es clave. Si te enrocas en la mentalidad de nosotros contra ellos, entonces es muy difícil superar la barrera que te impones, sopena de mirarte al espejo y que tu tribalismo te devuelva la imagen de uno de los otros, del enemigo.

Pero hay más cosas importantes. Obviar el contexto histórico o personal en el que se defiende una idea es la madre del cordero de las grandes luchas identitarias empujadas por el nuevo anticapitalismo. Toda esta tendencia de derrocar estatuas de personalidades que vivieron hace un par de siglos se sustenta en un error: el de juzgar la historia no con las lentes que corresponden a su momento histórico, sino el de tu propio presente. Es la base de la cultura de la anulación actual que ha arrastrado a personas como Brendan Eich, que defendió en dos momentos históricos dos ideas diferentes que en sus respectivos momentos eran mayoritarias, pero al que se anula en base a una hemeroteca fuera de contexto temporal. Que algunos de quienes participaron del linchamiento defendiesen sus mismas ideas es estadísticasmente inevitable, lo cual no les impidió mandarlo al ostracismo.

Hacer el ejercicio de contextualizar cada vez las afirmaciones u opiniones extraordinarias que recibimos de otras personas es una labor que requiere perseverancia. Porque nuestro sistema por omisión (háganse el favor de no decir por defecto) nos impulsa justo a lo contrario: a ser tribales, a construir un relato que justifica nuestras decisiones más equivocadas, entre ellas muchas opiniones pasadas, por el sencillo hecho de que son nuestras decisiones.

Pero ese ejercicio es lo que nos permite no sucumbir ante el monstruo; combatirlo sin convertirnos en uno. Sostenerle la mirada al abismo con dignidad y humildad intelectual.