Fútbol, cultura, pretenciosidad

Quienes me conocen saben que no soy muy de fútbol. Quiero decir, de ver fútbol en la tele y emocionarme con alguno de los equipos y todo eso; sencillamente, no es lo mío.

No obstante, tengo que decir que tiene algo de paradójico los ataques de tanto pretencioso que critica el fútbol por ser anticultura, masivo, y bruto, mientras se traga sistemáticamente toda una sucesión de series producidas para el público altermasivo no sólo estadounidense sino también europeo.

Ante este público snob que se traga el anzuelo de la cultura alternativa (sic) más masiva que hemos conocido tiene algo de subversivo defender al fútbol y a quienes deciden que tanto tiene de entretenimiento una película mala que dure 2 horas como un partido de fútbol visto en la tele, que también va a durar dos horas.

Cayendo del guindo con WeWork

Ahora que comienza a haber consenso entorno a WeWork y el humo alrededor de su modelo no está de más recordar lo que escribíamos en este blog hace ya siete años, en pleno 2012, al hilo de la entonces emergente burbuja del coworking:

los espacios de coworking son una mutación del mercado inmobiliario, que se las ingenia para alquilar sus inmuebles vacíos buscando una rentabilidad mayor de la que conseguirían alquilando el inmueble completo a un único cliente, aún suponiendo que hubiera (y no la hay…) demanda de inmuebles completos

El hilo que va del falsamente innovador coworking que no deja de ser un alquiler lavado de cara a WeWork pasa por Uber y las empresas que sin ser tecnológicas intentan hacer creer a los incautos de que lo son para beneficiarse de las altísimas valoraciones en ratio facturación:valoración de las acciones de cara a una hipotética OPV. Hace un año sobr Uber escribí aquí mismo los dos principales factores separando a Uber de un gigante tecnológico:

De la ausencia de efecto red característica de las empresas de internet a la ausencia de economía de escala en la compra.

Todo lo comentado para Uber aplica al nuevo bluf inmobiliario que es WeWork.

Para sorpresa de absolutamente nadie, la prensa compra ese relato una y otra vez porque lo único que les interesa es inventar relatos en los que la innovación se mide en inversiones millonarias. El relato del dinero es un panal de miel ante el que los informadores profesionales sucumben con alarmante y patética facilidad. Shocked, shocked.

El nuevo contrato social: estudiarás hasta el fin de tus días

Siento profunda pena cuando veo a tantísimos estudiantes universitarios cuya única ambición es opositar en cuanto terminen el grado para meter la cabeza en un puesto de trabajo que les dure toda la vida.

Obviamente, no voy a juzgar ni los actos ni las ambiciones de los demás con mi propia vara personal e intransferible de medir, así que tampoco me preocupo en exceso. Pero sí creo que muchas veces perdemos oportunidades de hacer de nuestras vidas un viaje mucho más entretenido, más provechoso, y luego nos lamentamos de que las mismas hayan terminado siendo aburridas, o rutinarias.

Si hablamos de trabajo, la mayor parte de quienes están profundamente quemados con su trabajo lo están porque llevan demasiado tiempo haciendo cada día exactamente lo mismo.

Estamos en 2019 y pocas cosas generan tanta frustración como las expectativas irreales de dejar de estudiar en cuanto uno recibe un título de estudios superiores (bien FP, bien universidad). Hay un motivo por el cual los discursos que se dan a graduados universitarios en Estados Unidos se llaman Commencement speech. Discurso de inicio, o de iniciación. No se llaman discurso del punto final a tomar por culo esta mierda de apuntes de una vez, no. Hacen alusión a que la etapa que uno deja atrás es el preámbulo, está antes incluso del comienzo. Cuando lo recibes, tienes aún un largo viaje por delante.

Lo explicaba bien Thomas Friedman en una conferencia a la que he aludido varias veces:

Puedes ser un empleado de por vida en AT&T, pero solo si vas a estar aprendiendo cosas nuevas de por vida. Si esa no es tu actitud, no puedes ser empleado de por vida. Éste es el nuevo contrato social.

Si aspiramos a vivir al margen de los retos que nos pone la vida, esto puede sonar aterrador. Sin embargo, lejos de lamentarnos por ello, creo que hay algunas cosas buenas en esta nueva realidad.

La más importante es que el cambiar de trabajo, a veces incluso de profesión aunque esto es mucho más complicado conforme avanzamos por la vida, te abre nuevas oportunidades: hacer cosas nuevas, aprender cosas nuevas.

Esto nos lleva de nuevo a otro comentario sobre los valores que inculcamos a los niños para que afronten el futuro. No es el camino más fácil, pero sí es el más atractivo, sobre todo si vemos lo que en él hay de valioso. Sería efectivamente más fácil no tener que esforzarnos en reutilizar nuestros conocimientos y nuestro bagaje para algo nuevo e ir siempre un paso más allá, pero entonces estaríamos siempre estancados en el mismo sitio.

Las religiones laicas, los «días de», y el gimnasio

Al ser humano le encantan las historias, aprendemos mediante ellas y, además, de forma completamente inconsciente nos creemos mejor lo que podemos narrar como una sucesión de hechos enlazados, pues viajamos a hombros de nuestros sesgos cognitivos.

Las religiones son siempre un compendio de cuentos e historias. Un tipo concreto de historias centradas en la moral, la ética, y la gestión de la vida pública y privada, a veces útiles y otras no tanto; pero historias al fin y al cabo.

Los días-de

Es por esto que con el retroceso de la religión en occidente queda libre ese hueco. Las personas dejan de creer en dioses pero necesitan seguir creyendo, quieren seguir creyendo en algo, y quieren seguir celebrando cosas y eventos a lo largo y ancho del calendario del mismo modo que antes se celebraban las cosechas, el acortamiento / alargamiento de los días, o el final del invierno. Y creerán muchas cosas, a menudo incluso cualitativamente similares a las que tanto les ofenden.

No voy a entrar a debatir los paralelismos del comunismo y el cristianismo, eso lo pueden encontrar bien explicado en otros sitios.

Pero cada vez que se celebra un «día de» no puedo evitar pensar que los días-de no son otra cosa que un santoral laico que no difiere nada de dedicar un día a la diosa de la guerra, al dios del trueno, al de las cosechas, o al de la fertilidad, algo que seguramente ya sucedía hace miles de años.

Este tipo de celebraciones que nos llevan del día del medio ambiente, al de la paz, al de los enamorados, al de la mujer trabajadora, al del padre, y al siguiente del cuál aún no hemos oído hablar en un carrousel infinito vienen a llenar el vacío sentimental dejado por la religión.

El gimnasio

Al mismo tiempo, cuando las personas dejan de congregarse en la iglesia los domingos, no desaparece la necesidad ni el deseo de estar con otras personas con las que tengamos cosas en común, de reunirse y congregarse en torno a algo que aporte sentido al día a día aunque sea a modo de rutina que nos recuerde que se acerca el mediodía, o la medianoche, o que ya hemos salido de trabajar y podemos relajarnos.

Es ahí donde ese rol de punto de encuentro que otrora recayese sobre la iglesia ahora es ocupado por otros espacios laicos. Cuando se deja de ser un veinteañero que hace deporte abundante y de forma espontánea, esta actividad física ha de hacerse deliberada y planificadamente (para no caer víctimas de nuestra propia pereza) para no sentirnos demasiado anquilosados. Y el lugar para ello son los gimnasios.

Github y Microsoft, balance positivo

Hace un año y medio Github fue comprado por Microsoft y ante el cabreo generalizado, mantuve firmemente la opinión de que iba a ser muy buena noticia para Github, para Microsoft, y también para los usuarios.

Pasado todo este tiempo, cabe preguntarse si se bajarán del burro quienes anticipaban el apocalipsis para afirmar que ha sido tal y como avisábamos aquí y que el proceso ha sido win-win para todos.

A día de hoy, quien siga agitando el fantasma del miedo estaría tan solo extendiendo FUD injustamente contra Microsoft, curiosamente una práctica por la que durante muchos años nos quejamos de Microsoft.

Fraude académico, meritocracia, desigualdad, y la peor forma de corrupción posible en democracia

Pdrsnchz, tesis

El problema del fraude universitario y los títulos falsos, sean de máster o de doctorado, constituye un problema mucho más grande de lo que nos quieren hacer creer, pues atenta contra los principios básicos de meritocracia sobre los que construimos nuestra vida en libertad.

Es posible que ya estés aburrido de leer sobre este tema; mala suerte para ti, porque eso es precisamente lo que quieren quienes se benefician de este fraude: que por aburrimiento o hartazgo no hagamos caso al asunto. Sin embargo, no es un asunto que pueda ni deba ser ignorado, pues atenta contra el núcleo de justicia social en el que vivimos y afecta a las cotas más altas de poder: el actual presidente del gobierno de España obtuvo un doctorado en condiciones dudosas de autoría (posible plagio), tribunal (posible amaño), y hasta de valía académica (Voir M. Granovetter). El actual líder del otro gran partido es sospechoso de haber recibido un máster en parecidas, por fraudulentas, circunstancias.

Si piensas que uno de estos dos casos es más grave que el otro, tus sesgos y preferencias te están jugando una mala pasada. Si aún no crees que este asunto sea mucho más grave que las famosas tramas de Gürtel o algún robo puramente monetario, este post es para ti.

Títulos falsos, bloqueo del ascensor meritocrático, y podredumbre del sistema

Es menos obvio que el robo puramente económico de la Gürtel o los ERE, pero sus implicaciones son profundas y graves: si la educación pública regala a una élite de enchufados los títulos que luego dan acceso a los mejores empleos, se destruye la confianza en el sistema porque se estaría fomentando que los ricos por nacimiento lo sean a pesar de sus deméritos mientras los pobres lo seguirán siendo a pesar de sus méritos. La sensación que queda es que esforzarse por mejorar no tiene sentido, y eso solo puede conducir a una sociedad de vagos y resentidos que estará abocada al fracaso.

El acceso a la educación en igualdad de oportunidades, y esto incluye también acceso a los títulos en igualdad de condiciones, es un objetivo básico para permitir que la valía y el esfuerzo de las personas se vea recompensado. Cuando una selecta élite controla y violenta el sistema para acceder a las más altas cualificaciones emitidas por el estado sin merecerlo, el mismo será percibido como parte del problema y no parte de la solución.

El problema de la desigualdad

Por aquí hemos comentado alguna vez que pobreza no equivale a desigualdad, abogando por centrarnos en la primera y no en la segunda. Objetivamente, eso es así: lo importante es que no haya pobreza ni carencias básicas, aunque a otros les vaya mejor que a ti. Pero los humanos no somos tan abrumadoramente racionales, más bien estamos llenos de subjetividad y eso mete a la desigualdad en la ecuación.

Es una de las ideas clave que menciona Peterson en su libro: hay una cierta desigualdad que se podría explicar en base a méritos y es deseable porque genera incentivos correctos de superación personal. Por ejemplo, si te esfuerzas más y/o haces mejor tu trabajo, mereces más recompensa. Pero pasado un cierto umbral, el exceso de desigualdad es indeseable y altamente nocivo.

Cuando hay demasiada desigualdad, la capacidad de progreso que una persona puede experimentar por vías meritocráticas, aún en casos en que sea significativo, no permite que esa persona vea un cambio significativo cuando compara su situación, o la que puede legar a sus hijos, con la de otras personas. Las personas han de sentir que el progreso es real y que, si bien no les va a dar tiempo a alcanzarlo ellos, pueden dejar plantada la semilla de ese progreso para sus hijos.

En este escenario de desigualdad extrema esa sensación se esfuma, se pierde la esperanza en un sistema en el que unos están siempre abajo y otros siempre arriba porque la meritocracia no abre puertas, y entran en escena el resentimiento y las pulsiones populistas que se alimentan de él. Al infierno se desciende por peldaños.

De fraude académico, falta de meritocracia, y desesperanza en la desigualdad del sistema

Vamos pues, entendiendo la gravedad del fraude académico: mientras hay un segmento de la población suspirando por enviar a a sus hijos a la universidad para abrirles la puerta de un futuro mejor, y mientras muchos de esos jóvenes sufren para terminar sus ingenierías, y sus másters, y sus doctorados -todos con el objeto compartido de labrarse un porvenir-, persiste una selecta élite de enchufados que se lo llevan gratis, sin esfuerzo, sin mérito. Y no se engañen pensando que las entrevistas de trabajo permitirán separar el grano de la paja, porque no es así: en el rato que dura una entrevista de trabajo es muy difícil discernir estas cosas. Estos enchufados tendrán acceso a las mismas oportunidades, e incluso más gracias a su red social, entrarán al trabajo tan verdes como cualquier otro pero a poco que sean mínimamente despiertos aprenderán on the job, mientras otras personas se quedan a las puertas. A partir de ahí, la bola de nieve rueda sola. So much for your meritocracy, right?

En este contexto, es absolutamente sorprendente que la población tolere el fraude en su doctorado a un presidente del gobierno, o el máster regalado al líder de la oposición parlamentaria, como si se tratase de pequeños pecadillos. No son pecadillos perdonables sino todo lo contrario: una de las mayores amenazas al sistema en que vivimos y a la promesa implícita en el pacto social que lo sustenta.

Por cuantía, el robo es aparentemente irrelevante, pero la implicación es tremenda. El mayor síntoma de lo podrida por dentro que está una parte de la sociedad española es la existencia de estos títulos fraudulentos y la resignada y silenciosa aceptación de la población ante lo que debería ser un escándalo constante que no debiera cesar hasta que todos los tramposos hubieran dimitido y sido destituidos.

[Sobre la universidad ya hablamos otro día, pero obviamente un sistema (el universitario español) que cobija todo esto empezando por la universidad más ilustre del país, la Complutense, y esconde bajo la alfombra los cadáveres mientras intenta pasar librona sin escrutinio merece a todas luces una reconstrucción y cierre de muchos de sus centros; pero de esto si quieren, hablamos otro día; si quieren leer algo sobre la universidad, le dediqué una reflexión hace un tiempo: el problema de la universidad no es el 3+2.]