Sobre las Zonas Temporalmente Offline, el olor a disolvente y las cosas que requieren ambas manos.
En 1991, el mismo año en que salían a la calle el Nevermind de Nirvana y Terminator 2, el ensayista postanarquista Hakim Bey acuñó el concepto de Zona Temporalmente Autónoma (ZTA): espacios efímeros capaces de esquivar el control formal sin pretender instaurar un orden permanente. En aquel entonces, esas grietas de libertad eran fiestas rave clandestinas que duraban un fin de semana o los primeros grupos de noticias de Usenet. Faltaban aún cinco años para que John Perry Barlow publicase su emocionante (y hoy completamente obsoleta) Declaración de Independencia del Ciberespacio. Los gobiernos no solo no se marcharon de la red, sino que se adueñaron completamente de ella.
¿Y si la libertad hubiese que buscarla ahora offline?
El mundo ha cambiado tanto en estas tres décadas y media que vemos ahora el surgimiento de un nuevo tipo de ZTA. Una que, precisamente, encuentra la libertad en el opuesto a donde la encontró aquella generación: no en comunidades online donde uno puede opinar sin miedo a la censura, sino en entornos donde uno puede bajar el ritmo y hablar sin miedo a que todo quede grabado.
Esto es relevante ahora más que antes, pues aunque hace ya casi 20 años que publicamos aquello de Grabándolo todo, en todas partes, solo en 2026 comienza a ser visible para una minoría creciente con la voracidad de datos de los laboratorios de frontera de la inteligencia artificial.
Y es que la inteligencia artificial ha traído una nueva aceleración hacia la digitalización de toda nuestra actividad. Y ya habíamos acelerado bastante. Ante esto, surge la búsqueda de otra cosa. Por agotamiento de estar online, por búsqueda de autenticidad. O simplemente por postureo.
En esa grieta asoman hoy los encuentros a puerta cerrada donde se confiscan las pantallas en la entrada, o incluso cierto retorno a tientas hacia lo sagrado. Cuando todo es liso, táctil e intangible, se nos imanta la brújula de lo humano. Necesitamos recuperar el grano de las cosas; buscar refugio en rituales con peso y aspereza, de esos que nos sostuvieron durante siglos precisamente porque no admiten atajos.

Pensaba en esto hace poco investigando sobre Tolkien, una de mis debilidades confesas, al toparme con el episodio de podcast On Pipes, Poetry, and Christian Life, con Malcolm Guite. En un tramo de la conversación hablan sobre fumar en pipa (no es un offtopic demasiado lejano, Tolkien fue un ávido fumador en pipa), una actividad que te obliga a pararte. Desmenuzar la hebra, atacar la cazoleta y mantener viva la brasa exige entregar ambas manos; es una pequeña liturgia que impone su propia lentitud, muy lejos del trámite nervioso de un cigarrillo furtivo. En el fondo, quienes hoy sostienen una pipa no buscan tanto el humo como el ancla: una forma silenciosa de desobediencia frente a un mundo que solo sabe empujar hacia adelante.
Yo no fumo en pipa (ni en pipa ni de ninguna otra forma), pero reconozco esa misma tregua cuando, tras horas atado al teclado, me refugio en oficios minúsculos de la casa: picar verdura en silencio o darle una mano de barniz a unas mesas para el patio. Son gestos que me obligan a soltar el QWERTY y amarran las manos lejos del cristal del móvil. Tienen la gratificación antigua de lo que ofrece resistencia: el olor áspero del disolvente, la veta de la madera bebiendo el aceite, la certeza física de un mundo para el que nuestras manos fueron entrenadas durante milenios.
También porque funcionan como una ZTA particular: la Zona Temporalmente Offline. Hay un punto de frescura en sabernos lejos de todo teclado y con las manos manchadas de disolvente, completamente inútiles para el algoritmo. No hay telemetría: en esos momentos no sirvo para entrenar a la máquina. Es un espacio no monitorizado.
No pretendo convertirme en chef ni en ebanista; pero disfruto en estos lugares donde respirar fuera, por una vez, de todo bucle. Porque se me antoja que, cuando hayamos delegado hasta el último destello de pensamiento en la máquina, nuestra principal trinchera estará en estos claros del bosque: pequeños retiros domésticos.
Todo ello en un contexto de absoluta digitalización de nuestras vidas, con móviles que registran todo lo que hacemos sin que se lo pidamos y agentes a los que voluntariamente decimos que registren y aprendan todo sobre nosotros para que nos ayuden mejor.
Bromeábamos hace décadas con que aún teníamos el privilegio de apagar la computadora, y que debíamos esforzarnos para mantenerlo. Bien, eso también lo perdimos.














