Voto cuadrático

En Bloomberg hablan de lo que llaman voto cuadrático, un curioso invento bastante nerd que han probado en Colorado (Estados Unidos) y parece que con buen resultado:

The tool is called quadratic voting, and it’s just as nerdy as it sounds. The concept is that each voter is given a certain number of tokens—say, 100—to spend as he or she sees fit on votes for a variety of candidates or issues. Casting one vote for one candidate or issue costs one token, but two votes cost four tokens, three votes cost nine tokens, and so on up to 10 votes costing all 100 of your tokens. In other words, if you really care about one candidate or issue, you can cast up to 10 votes for him, her, or it, but it’s going to cost you all your tokens.

Según explican, la idea es medir si las intensas preferencias de una minoría pesan más que las preferencias suaves de una mayoría.

Con las cifras del ejemplo anterior, un elector convencido podría emitir 10 votos por una única opción, o un máximo de 100 votos repartidos entre sendas opciones.

Parece una forma correcta de mitigar los efectos del pensamiento más sectario o intransigente en favor de una visión más compensada y repartida que sea capaz de apoyar a otros candidatos.

The Coddling of the American Mind

Hace cosa de un mes terminé The Coddling of the American Mind, de Jonathan Haidt y Greg Lukianoff, y llevo desde entonces queriendo sacar una nota al respecto en el blog, pues creo que es un libro excelente. Hay una web que acompaña al libro que también es muy recomendable.

El título y el subtítulo del libro te dan una idea de por dónde van a ir los tiros: La sobreprotección de la mente americana: cómo buenas intenciones y malas ideas están configurando a una generación para fracasar.

El libro de Haidt es, sin duda alguna, lo mejor que he leído en bastante tiempo. Un análisis pormenorizado del devenir contemporáneo, con especial foco en la transformación de las instituciones universitarias, otrora avatares de la libertad de pensamiento y cada vez más reductos donde sus integrantes (tanto profesores como alumnos) esperan encontrar únicamente confirmación a sus ideas, sin ser estas cuestionadas ni sometidas a escrutinio.

No son los millenials, estúpido

Una cosa que Haidt explica muy bien es que pese a que el término millenial se ha convertido ahora en meme-parodia de todo lo que se quiera ridiculizar (creo que en eso ha sustituido las referencias al cuñadismo de hace unos años), los problemas derivados de la sobreprotección de los jóvenes no se manifiestan con la llegada de los millenials a la vida adulta, sino con una generación posterior que ha crecido masivamente con Internet en sus bolsillos.

Haidt llama a esta generación la iGen, y la define de forma que quienes nacieron un poco antes del cambio de siglo (en torno a 1995) forman parte de ella. Son personas que llegan a la edad adulta en la década que ahora terminamos, a partir de 2013 si sumamos desde la fecha mencionada arriba.

Una característica clave para entender a esta nueva generación es que es la primera que ha pasado los años clave de su desarrollo personal (la adolecencia) con mucha menos interacción directa y menos actividades no supervisadas (como jugar en la calle sin un adulto que supervise el juego y resuelva los conflictos entre niños) que cualquier generación anterior en toda la historia.

El resultado son jóvenes adultos que no saben resolver conflictos sin un mediador, que es uno de los motivos por el que aflora la continua y reiterada petición de normas, reglas, y autoridades que estipulen lo que se puede y no se puede hacer; básicamente, son niños pidiendo a adultos que pongan orden donde ellos no son capaces.

Se puede hilvanar estas ideas con partes de Lanier, Stallman o Lessig. Todos ellos nos avisaron del peligro de que los humanos sucumban ante la mediación de las computadoras. Desde la influencia desmesurada de quien controla el software (Stallman, Lessig) a las limitaciones que derivan del hecho de dejar que el software establezca los matices de tu pensamiento (Lanier). En realidad, todo lo argumentado por Haidt viene a ser una descorazonadora confirmación de que está sucediendo lo que anticipaban todos estos pensadores. Suelo tratar estos temas en el blog.

Podría extenderme mucho más, el libro da para ello con temas como una crítica extensa a Marcuse y a las ideas que heredaron de su pensamiento (como todo lo relacionado con la interseccionalidad), incluyendo toda esa fijación posmoderna en que el consenso construye la verdad de forma subjetiva y que para solucionar problemas basta con cambiar de nombre a los mismos, en lugar de atajarlos de raíz. Pero entonces me alargaría demasiado y les robaría tiempo que, humildemente, les recomiendo gastar leyendo este libro.

Facebook, resumido

Una cita que guardé aquí hace unas semanas, sacada directamente de un post de Om Malik:

It is a vortex of negativity for the Silicon Valley ecosystem — a company that has stolen from the ecosystem at every turn. Its actions are why regulators will foist ill-thought-out regulation on all technology and in the process dampen the spark of innovation. The reaction to Facebook and its impact on society, in general, will lead to even good technology being demonized because it has shown what happens when technology has no consequence.

Entiendo que se refiere a la falta de consecuencias de los abusos cometidos con la tecnología.

La Internet del abuelo cebolleta

El pasado mes de marzo mi cuenta de Twitter cumplió 12 años. Eso significa que, como usuario de Internet, ha pasado más tiempo desde el día en que me registré en Twitter hasta ahora que del que había transcurrido desde mi primer contacto con Internet hasta el día en que creé mi perfil ahí.

Para personas que no se iniciaran en Internet en los noventa, y que no la usaran con la misma intensidad que lo hicimos quienes sí que la usamos con intensidad en aquellos maravillosos años, esta balanza está aún más equilibrada hacia esa era de Internet en que ya existían los servicios que ahora son omnipresentes y centralizan toda nuestra actividad.

Para la generación de Internet posterior, iGen como la llama Jonathan Haidt, que alcanzó la preadolescencia cuando ya existían estas webs (esa generación que tan frecuentemente se califica erróneamente de millenials), la Internet previa a la recentralización provocada por la también mal llamada web social sencillamente jamás existió. La primera vez que sus padres les dejaron usar un teléfono móvil ya había Facebook y Twitter, y los que llegaron un poco después lo hicieron ya incluso con Instagram, Snapchat, y WhatsApp.

La Internet previa es un recuerdo en la cabeza de una cada vez menor proporción de personas.

Volviendo a El bosque originario de Juaristi

Anduve releyendo El bosque originario, de Jon Juaristi, pues tenía ganas de refrescar todo acerca de los mitos de origen europeos. Es un libro que leí hace ya bastantes años y que en su día me dejó muy buen sabor de boca: tras leerlo de nuevo casi una década después solo puedo decir que sigue siendo un libro excepcional tanto por estar profundamente bien documentado como por el contenido en sí.

Al pasar el tiempo, además, pensé que una relectura sería provechosa: algunas cosas con las que no estaba del todo de acuerdo parecían encajarme mentalmente, y otras que en su día vi de una forma veía ahora de otra. Mucho debate interior, una excusa perfecta para volver a un libro.

La relectura ha sido un éxito: el libro, publicado en el año 2000, sigue siendo muy recomendable, algo más que destacable en un ensayo publicado hace casi veinte años.

Como anécdota de algo que no recordaba, en los últimos coletazos del libro nos habla de la inefable Madame Blavatsky y la influencia de su teosofía en la evolución del mito de origen ario en Alemania. Cuenta Juaristi que:

La aparición de la cultura de masas, de la industrialización de la literatura, así como de un nuevo público capaz de leer la prensa pero sin grandes exigencias intelectuales, explica no sólo el triunfo y la rápida extensión de la teosofía, sino también que la ariomanía terminara desembocando en el nazismo.

Las negritas son mías. Inciso: El mandril de Madame Blavatsky, de Peter Washington, es un libro también interesante sobre esta mujer y la capacidad de las personas para dejarse embaucar y creer cosas absurdas. Hablando de creer cosas absurdas, hace poco hablábamos en este blog de The True Believer, un librito escrito hace 70 años pero que parece escrito para nuestro momento histórico.

Ariomanía es el nombre que Juaristi da a ese furor que causaban todos los mitos de origen en torno a lo ario, y que vinieron a sustituir a la celtomanía predominante en los siglos XVII y XVIII, dando en ocasiones lugar a curiosas amalgamas celto-arias a base de trisqueles, que aún persisten si bien más convertidas en reclamos turísticos a que en mitos de verdad movilizadores de masas.

Usa Juaristi su verbo afilado para enlazar ese perfil de masas semicultas (y se entiende que también semiincultas) capaces de leer y de hacerse preguntas pero sin la voluntad o la capacidad para esgrimir un espíritu verdaderamente crítico respecto de lo leído, con el posmodernismo y el relativismo New Age contemporáneo, al tiempo que hace un pequeño descargo a Blavatsky:

List y Lanz [que extendieron y profundizaron las ideas de Blavatsky], como antes la Blavatsky, representaron sólo un aspecto superficial y anecdótico del más letal de los relatos de origen alumbrados en Europa. Un aspecto, por cierto, que sobrevive aún en el abigarrado repertorio de la religiosidad New Age y de las espiritualidaades alternativas de nuestro tiempo.

Al fin y al cabo, como ya aprendimos cuando leímos el libro no podemos (ni queremos) vivir sin historias. (Los dos artículos enlazados en la frase anterior tienen casi 9 años, y yo mismo matizaría algunas de las cosas que ahí cuento, y sobre todo en sus derivadas de primer y segundo orden.) Algo que también nos dijo el bueno de David Foster Wallace, que precisamente hacía hincapié en que lo determinante de tener acceso a una cultura sólida era no tanto decidir si creer o no creer, sino ser capaces de decidir consciente y voluntariamente en qué creer, para así dotar de sentido a la vida.

Se acerca la hora de las interfaces pasivas

Brillante, como casi siempre, artículo de Om Malik acerca de los nuevos teléfonos móviles, en concreto sobre la oleada de teléfonos plegables que se presentaron en el último MWC:

Needing to sell higher-priced devices with greater margins, Nokia became one of the more daring companies when it came to phone design.

(…)

Today’s slowing sales for Apple, Samsung, and other smartphone makers remind me of a previous era. We have seen the introduction of luxury high-end phones at exorbitant prices amid declining margins due to brutal price competition before. And these are not the only sources of déjà vu.

Personalmente, creo que el cambio de forma disruptivo del que Malik habla sin atreverse a mojarse sobre cómo será vendrá del uso de interfaces pasivas, tipo Google Glass pero hechas con la sabiduría y la experiencia de haber visto a Google Glass fallar, aprendiendo esas lecciones. El (ya viejo) post de Cat Watkins sobre este tema me sigue pareciendo vigente.

Es muy probable que los nuevos dispositivos de verdad cuestionen cosas que damos por sentadas, como que un teléfono se coge con la mano, está recubierto por una superficie táctil de cristal que actúa como pantalla, y tiene un botón para descolgar o colgar. ¡Colgar! ¿cuántos años hace que no cuelgan ustedes un teléfono para finalizar una llamada? Tiene razón Malik en que los teléfonos plegables son más de lo mismo. No cuestionan ningún paradigma actual.

Como hablamos del futuro, no tenemos ni idea de qué rumbo tomará esta nueva revolución en cuanto a los dispositivos que usamos, pero creo que se acerca la hora de las interfaces pasivas, que serán las encargadas de sacar todo el partido a las comunicaciones directas entre dispositivos que serán posibles con la nueva generación de telecomunicaciones inalámbricas que estamos conviniendo en llamar 5G.

Sobre nostalgia y retrospección idílica

The Wonder Years

Hace unas semanas una amiga compartió, sin atribución alguna ni enlace que la acompañase, una frase que me gustó. Una rápida búsqueda me ayudó a encontrar su origen en Midnight in Paris, una película de Woody Allen que no he visto:

Nostalgia is denial, denial of the painful present. The name for this denial is “golden age thinking”, the erroneous notion that a different time period is better than the one one’s living in, it’s a flaw in the romantic imagination of those people who find it difficult to cope with the present.

Me hizo pensar que a menudo nos llegan mensajes pesimistas, demasiado pesimistas: nunca hemos estado peor, esto se va a acabar, lo otro va de cuesta abajo y sin frenos, y así una larga lista de afirmaciones que, por lo demás, ni son ciertas ni terminan de ser proféticas, pues no se cumplen al pasar el tiempo. Nada raro: el mundo siempre ha estado desmoronándose, también para el personaje que nos suelta esta frase, que percibe el presente como doloroso y la nostalgia como una vía de escape al sufrimiento. Creo que se equivoca, el momento presente es un momento fantástico para estar vivo. De hecho, nunca hemos estado mejor, y lo más probable es que en el futuro la humanidad siga avanzando.

Podríamos dedicar a refutar una lista de las 10 afirmaciones más extraordinarias y pesimistas sobre el futuro, pero eso alargaría demasiado este post y nos desviaría de su objetivo. Si lo piden ustedes en comentarios, podemos hacer otro post dedicado exclusivamente a eso.

En cambio, vamos a mencionar que esta percepción de cualquier tiempo pasado fue mejor es un sesgo cognitivo con su propio nombre: retrospección idílica, y formalmente es algo así como el fenómeno psicológico de juzgar el pasado desproporcionadamente más positivo de lo que se juzga el presente.

Quienes lleven siguiendo este blog el tiempo suficiente quizá recuerden que tras publicar La neutralidad de la Red comencé a escribir un libro sobre sesgos cognitivos y su uso y abuso en comunicación de masas publicitaria y política, al que nunca terminé de dar forma. Corría el año 2012 y en pleno bullir del quincemismo empezaba a atisbarse el populismo (tan dado a las falacias comunicativas) que afloraba ya y que hoy está plenamente instalado en nuestra cotidianeidad. ¿Quién sabe? Quizá algún día lo retome, pero ese día no es hoy.