Nos falta aún una vuelta al sol

Veo a muchas personas afanadas en hacer balances de la década que termina, y el ímpetu se multiplica si acudimos a medios profesionalizados de esos que persiguen páginas vistas y clicks con todo tipo de artimañas; incluyendo a servicios web de pago como Spotify y sus intentos de meterse en vuestros timelines. (Y a Spotify le ha funcionado, porque durante unos días disteis la brasa con ello.)

Como digo, veo mucho afán en este asunto y no puedo dejar de pensar una y otra vez que a la década le falta un año. Que no hubo año cero como tal porque no tenían ese concepto (de hecho, no hay una grafía en números romanos para el número cero) los señores romanos que nos legaron su calendario. Así que para terminar la década aún nos falta darle al sol otra vueltecita y para estas fechas el año que viene, terminando 2020, sí que podremos hacer balances. En este blog nos guardamos las conclusiones hasta entonces.

He aquí la dosis de pedantería de hoy, pero es que, si no lo escribía, reventaba.

Las comillas latinas

Tras casi veinte años usando Linux (diferentes distros, principalmente Debian y luego Ubuntu) y un par usando Windows en el trabajo y ahora en uno de los PCs de casa, estoy en posición de decir que al usar Winows no hay nada más incómodo que intentar usar las comillas latinas ( « » ) en este sistema operativo.

Lo que en Linux se hace con un atajo sencillo, en Windows se demuestra odisea; al menos hasta donde yo he podido investigar. Es un aspecto de UX que en Microsoft han descuidado enorme y tristemente.

Empresas y sanciones demasiado bajas

Comparte Bianka un enlace acerca de la multa de FINRA (regulador financiero de Wall Street) a Robin Hood, uno de los brokers más conocidos de entre este nuevo tipo de operadores que no cobran comisiones.

En ese artículo podemos leer que:

A Wall Street regulator today fined commission-free investing app Robinhood $1.25 million in a civil action for not getting the best execution price for customer equity orders and failing to properly supervise the process.

Dos párrafos más abajo nos ponen la cantidad de la multa en contexto:

The so-called “payment for order flow” had reportedly brought in $70 million in revenue for Robinhood last year.

Perdone, ¿qué? Resulta que la multa por hechos acontecidos hace tres años es algo así como el 2% (1.25 de 70) del beneficio que esa práctica fraudulenta genera a la empresa cada año.

Schneier trataba de forma excelente este problema en Liars & Outliers. La línea fundamental es que mientras a las personas se nos pueden imponer sanciones muy duras (privación de libertad), las empresas no pueden recibir esos castigos; y lo más grave que pueden recibir son castigos económicos.

Robin Hood no son los únicos en salir ganando con esto. Casi podemos estar seguros de que las multas están contabilizadas en el coste cuando se toman estas decisiones. Google, Facebook, o Microsoft están acostumbradas a recibir multas multimillonarias que suponen apenas nada ante los beneficios obtenidos al incumplir las normas.

La coda final se cae de madura: si el beneficio obtenido es mayor que la multa que se paga cuando te cazan, el mal comportamiento corporativo no se desincentiva.

¿Qué consecuencias tendría el fin del dinero en efectivo?

Vía Antonio Ortiz llego a un enlace a Magnet donde se habla de las sanciones que van a comenzar a aplicar en Grecia a quienes no gasten al menos un 30% de su salario de forma trazable (esto es, con tarjetas o cheques bancarios).

Indudablemente es un avance en la lucha contra el dinero en efectivo, que es un tema que en este blog hemos repasado de vez en cuando a lo largo de los años. La última en 2017: Implicaciones del fin del dinero en efectivo.

Antonio se pregunta por las implicaciones en cuestión de privacidad, y Alejandro Nieto comenta que él ve implicaciones sobre todo en economía sumergida.

Por mi parte, veo el fin del efectivo como un escenario muy interesante de teorizar: actualmente una gran parte de nuestras interacciones y transacciones diarias son no mediadas. Pero, ¿qué sucederá cuando sea obligatorio recibir la luz verde de Mastercard hasta para comprar el pan por la mañana, ¿aparecerá algún tipo de divisa secundaria para agilizar los momentos en que el sistema no responda rápidamente?

Y es aún más interesante cuando nos alejamos de los casos normales, y nos vamos a los excepcionales: esos en que uno no llega bien a fin de mes o agota el límite de la tarjeta. En una sociedad que se acostumbre a delegar esa toma de decisiones en una tercera parte que actúa como autoridad (por ejemplo, El Algoritmo del banco que valida la transacción), ¿se realizará la transacción si éste dice no, aunque sea una situación menor e incluso fácil de comprender?

Cuando nos acostumbramos a intermediar la resolución de conflictos que antes hacíamos vis à vis, las consecuencias en los consensos sociales son inesperadas: con Internet en el bolsillo desde niños puedes tener a la iGen retrasando su entrada en la madurez, como bien explica Haidt en su libro. ¿Qué podemos esperar del fin del efectivo?

En tecnología y progreso tampoco hay diseño inteligente

No creo necesario explicar qué es el diseño inteligente, como meme normalmente vinculado a la religión. Si alguien no lo conociera, podría comenzar leyendo en otro lugar.

Hoy quiero hablar de diseño inteligente aplicado al descubrimiento y adopción de nuevas tecnologías.

Estamos mayoritariamente de acuerdo en que la evolución de los seres vivos desde sus formas primigenias hasta las actuales obedece más a ensayo y error y mera casualidad que a un plan prefijado ab initio.

Sin embargo, tendemos a creer que existe un cierto determinismo tecnológico que hace inevitable que una vez descubierta una tecnología superior, ésta sobreviva a aquellas a las que mejora y sea adoptada progresivamente. Eso no es así.

Estoy ahora con Guns, Germs, and Steel de Jared Diamond y en el primer tercio o así que llevo recorrido cita como uno de los principales factores que mejoró la calidad de vida de los homínidos prehistóricos la producción de comida.

Hasta entonces, los humanos vivían en tribus nómadas y comían lo que cazaban y recolectaban. La capacidad de producir comida disparó el número de calorías disponibles amén de otros beneficios como el aumento de natalidad, pues de repente se podían tener hijos cada 2 años en lugar de cada 4 al no tener la tribu que desplazarse al ritmo de los más pequeños.

El resultado fue que con el tiempo, los productores de comida reemplazaron a los recolectores: tribus enteras desaparecieron. Incluso, aunque aún me faltan dos tercios del libro, creo que Diamond aventura que fue esta ventaja inicial la que inició la bola de nieve que provocó que unas civilizaciones se impusieran a otras. Ya os contaré si se confirma esto o no.

Sin embargo, hubo numerosos casos de grupos humanos en el sudeste asiático que abandonaron esa tecnología de producción de comida para volver a vivir como cazadores recolectores. Algunos alargaron su hiato durante más de cuatro siglos. En este mismo blog, y al hilo de la pérdida de popularidad de una tecnología fenomenal como RSS, comentamos hace tiempo el caso de los habitantes del norte de África que durante un milenio abandonaron el uso de la rueda.

En un sentido muy parecido, Taleb nos advierte en Fooled by Randomness, del que hablamos hace unos días, contra nuestra tendencia a pensar que los mercados son darwinistas y que aquellas empresas y productos que repercuten un mayor beneficio neto a la sociedad terminarán por imponerse. Tampoco es cierto. En el mercado sobreviven aquellos mejor adaptados a las condiciones de ese mercado, y no tienen por qué ser quienes ofrezcan la innovación más beneficiosa para la evolución a largo plazo de la sociedad. No hay determinismo tampoco ahí.

Damos por hecho que la evolución es siempre a mejor, que las tecnologías buenas flotan y las malas se hunden, para entendernos. Y no tiene por qué ser así. Con las tecnologías de Internet y comunicación que tanto nos sorprenden estos años tampoco tiene por qué ser así. Puede ser, por supuesto, pero no lo será de forma inevitable.

Cosas y armas

Una de las cosas que no se suele comentar sobre Internet es su origen militar. Arrinconado en el relato de origen por el carácter científico o universitario, es fácil que la fuente de financiación se olvide, pero ésta fue ante todo militar.

El diseño, como en todo proyecto, viene influido por las necesidades del cliente que lo financia: si Internet es una herramienta fantástica para la organización de turbas con mucha energía y poca reflexión, incapaces de organizarse prolongadamente en el tiempo pero de tumbar lo que haga falta en ese breve periodo, es precisamente porque eso era lo que se pedía. Una herramienta que sirviera ante todo para la insurgencia y la contrainsurgencia.

Las cosas se transforman en armas cuando necesitamos armas

Las cosas se transforman en armas cuando necesitamos armas. Un tren o un avión podrían ser un arma, un caballo podría ser un arma. Internet también es un arma.

Hace un año y pico salió un libro llamado Surveillance Valley, que no llegué a leer pero cuyo autor comenta que «la democracia no ha mejorado en los últimos cuarenta años, en realidad cada vez está peor». Sobre la sociedad de control y su impacto en la democracia liberal y algunos de sus efectos (sociedad infantilizada; cada vez más) ya hemos hablado. Incluso de esa colaboración público-privada que en su día bien describió Schneier.

La idea fundamental es que Internet fue concebida por el ejército de US como herramienta de contrainsurgencia, por eso financiaron su desarrollo. Salvando las distancias, herramientas como Tor o Blockchain no se libran: a menudo se menciona a menudo el anonimato que proporcionan, cuando sus protocolos no garantizan en absoluto.

Así las cosas, tiene razón Levine (autor del libro que menciono arriba), cuando dice que:

The current internet is unescapable. «i’m worried that we may try to rebuild a society starting by the internet, it just can’t be done. we need to start from outside the internet»

Y advierte:

A fairer society may be created building better services, but the process can’t be thought as «internet-first» changes.

Finalmente, también advierte al fenómeno mediante el cual se abstrae la creación e implementación de normas desde la capa política controlada por los ciudadanos (como un parlamento) a instituciones privadas. Hace once años mencionamos en este blog el caso de los tribunales deportivos y la UEFA. (Releyendo mi viejo post, hay varias ideas que ahora mismo no comparto con mi yo del pasado, por cierto.) Levine dedica su atención a las grandes tecnológicas:

The internet giants are being used to push political agenda globally, the reason why we dont seem to notice is that we travel from google to facebook, both supposed to be «allied fortresses»

Imposible ante estas ideas obviar lo que más claro nos explicó Lawrence Lessig, que no es sino que el código es la ley. Con un software puedes hacer únicamente lo que esté programado para hacer; ni más, ni menos. El que decide cómo va a implementarse el software tiene un poder brutal, sobre todo en esta sociedad actual en la que las regulaciones llegan a la tecnología tarde y mal, dejando tiempo más que suficiente para que el software imponga su norma (lo que dice su código que ha de hacerse) por la vía de los hechos consumados. Las grandes empresas de Internet saben eso muy bien; demasiado bien.

Fooled by Randomness, de Taleb

Pude por fin zanjar una deuda histórica al dedicar unas horas a un libro de Nassim Taleb, de quien uno tiene la sensación de conocer mucho porque sus ideas son muy comentadas y quizá por eso nunca le prioricé dentro de esa inacabable lista de libros pendientes.

La sensación tras haber visto muchos vídeos suyos y haber leído tanto acerca de sus ideas es, en efecto, como de estar releyendo un libro: te suena todo vagamente, pero constantemente hay frases que te llaman la atención y no te esperas.

Uno de los temas que no me esperaba -no demasiado, al menos- es la inquina que tiene al periodismo en general. Ahí, ya en el prefacio del libro, establecí el vínculo que necesitaba para engancharme a la lectura. Lo trata con objetividad, nada de historias personales. El periodismo tan solo tiene el problema de la inmediatez y la poca capacitación general de sus máximos representantes visibles (que no son los periodistas con más conocimiento, sino quienes comunican mejor: por belleza física, por voz, o por carisma).

La suma de factores confluye en una afirmación sencilla: seguir las noticias es una pérdida de tiempo. No hay mejor forma para ser engañados por el azar que sumar a nuestros sesgos cognitivos una cantidad de información abundante y poco significativa, que es precisamente lo que sucede cuando dedicas un rato cada día a seguir la actualidad.

Si dedicas una hora al día a ver las noticias, en un mes habrás pasado 30 horas atendiendo a información muy poco relevante (la última boutade del político de turno, o datos irrelevantes como que el IBEX subió -o bajó- un 0.5% en un día dado). Con esas mismas 30 horas puedes leer varios libros con información ya destilada, estructurada y privada de ruido. Lo más probable es que dedicar esas 30 horas a ver las noticias no te aporte conocimiento duradero, que siga siendo válido en el futuro. Invertir ese tiempo en leer libros probablemente sí tendrá ese efecto positivo.

Taleb hace un buen repaso a cómo pensamos, lo que se resume en algo que ya sabemos: pensamos de forma muy subjetiva, decidimos en base a instintos que luego racionalizamos, y buscamos con ahínco patrones para escapar a una incertidumbre que nos aterra, lo que conlleva que a menudo encontramos patrones que no son tal cosa, cegados por ese mismo ahínco de búsqueda. Ahí está el auténtico Fooled by randomness. Lo llevamos dentro: nuestro cerebro evolucionó en un entorno donde esa forma de actuar era útil, algo que ya nos enseñó Kahneman.

Me hizo recordar que en su día escribí un primer borrador de un libro sobre sesgos cognitivos y cómo nos dejamos engañar por comunicadores de todo tipo (gurús vendemotos, políticos, publicistas) que abusan de ellos. A pesar de haber escrito una primera versión, nunca tuve tiempo para darle verdadera forma y, sinceramente, ahora mismo no creo que lo retome; al menos, no está alto en la lista actual de prioridades.

En general, no es éste el libro que más he disfrutado este año, honor que salvo verdadera sorpresa va a parar al impecable libro de Jonathan Haidt, pero es un libro ameno lleno de perlas al que me alegro de haber dedicado mi atención.

[Mención especial a Pere Quintana, que en su canal de Telegram ha compartido alguna frase de este libro y que, en última instancia, fue lo que me animó a buscarlo.]