No, Signal no tendría la culpa

Leo una curiosa historia en The Verge donde hablan de la nueva funcionalidad de Signal para procesar pagos con criptodivisas de forma no trazable. En concreto dando soporte a una criptodivisa con funcionalidad especial para el anonimato.

Argumenta la columna que atraerá la atención de los reguladores y será la excusa perfecta que los estados cada vez más voraces usarán para prohibir el cifrado punta-a-punta en general.

Entenderlo así es un error doble a la hora de entender la jugada.

Primero porque si esa integración no la hace Signal la hará otro. La duda no es si sucederá, sino cuándo.

Segundo porque es mucho más probable que ante un sistema así los estados pongan su foco en marginalizar e ilegalizar las criptodivisas que escapen al control de los bancos centrales, más que en atacar a un cifrado usado en multitud de aplicaciones y sin el que la sociedad actual sería aún más insegura en todo lo que tiene que ver con la red y nuestra actividad online (desde conversaciones a compras).

La reflexión que me hago en este caso hace días que no la saco de mi cabeza. Las criptodivisas están siendo como un tutorial acelerado y en tiempo real de por qué tenemos las estrictas regulaciones bancarias que tenemos ahora. Éstas tardaron un par de siglos en implantarse, y con las criptodivisas vamos a llegar al mismo punto en muchísimo menos tiempo.

«No code» significa que el código lo pone otro

Uno de los palabros de moda recientemente es lo de las herramientas para programar cosas sin tener que producir realmente código, lo que se conoce como el paradigma de herramientas No Code.

La promesa es reducir el time-to-market necesario para desarrollar una herramienta y que más gente pueda realizar tareas complejas que actualmente necesitan de programación, migrando su capacidad productiva hacia la generación de información más compleja, o incluso de pequeñas herramientas que sean usados por otros.

Eso es positivo porque promete aumentar la productividad de más y más personas en su día a día, migrando su contribución desde el ámbito de la elaboración de documentos o análisis de datos hasta la producción de herramientas que permitan a otros producir esos documentos o datos.

El asunto importante a considerar es que las bicicletas tienen ruedas y que no existe tal cosa como programación sin código, del mismo modo que las cosas no están en la nube sino en el ordenador de otro.

Cuando usas una herramienta no code estás usando el código producido por otro. Puede que no sea un problema, depende de cuál sea el foco en tu quehacer o el core de negocio de tu empresa. Pero es importante no perder ese detalle de vista, porque de él se derivan relaciones de dependencia con los proveedores de estas herramientas.

Buenos y malos y perros

Desde que la filosofía ya solo es capaz de vivir hipócritamente lo que dice, le toca a la desvergüenza por contrapeso decir lo que se vive. En una cultura en la que el endurecimiento hace de la mentira una forma de vida, el proceso de la verdad depende de si se encuentran gentes que sean bastante agresivas y frescas para decir la verdad.

Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica

Feliz año nuevo 2022 a todos.

Prescripción

Las élites de un país deben generar puntos de encuentro en la cultura, no en la ideología. Una élite sin vocación cultural no es una élite, sino un administrador concursal o un contable.

Pedro Herrero, en «Extremo Centro: el manifiesto»

Empecé por fin a leer uno de los libros que con más interés he esperado recientemente, el escrito al alimón por Pedro Herrero y Jorge San Miguel.

Descubrí Extremo Centro, el podcast, hace ya varios años porque Irene, con quién tuve el placer de trabajar en Cartograf, apareció en uno de los primeros episodios. Me lo puse por curiosidad y ahí me quedé.

Desde entonces he ido disfrutando del mismo, de sus conversaciones, de su propuesta, y de su evolución en fenómeno comunicativo. Ya hablé de ellos hace tiempo, cuando comentamos sobre la España Movistar y la prescripción moral desde la precariedad.

Una de las ideas recurrentes es precisamente la de prescribir con los hechos; no predicando, sino dando trigo.

A sabiendas de que todo lo que no encaje en el hegemón ideológico actual es automáticamente tildado de facha, a menudo se abandonan espacios públicos vacíos que son rellenados por mensajes que no suponen a sus emisores riesgo reputacional alguno (al fin y al cabo, ¿Qué peligro o riesgo se corre al repetir sin fisuras el mensaje del establishment?

Para saber qué mensaje es el hegemónico respaldado por los poderes político y económico, pregúntate qué puedes decir sin recibir críticas. Si lo que dices no inquieta al poder, seguramente estés nadando a favor de la corriente y lo que dices no tiene nada de revolucionario

Ahí es donde entra la prescripción de esos modos de vida diferente que no son peores por el hecho de serlo, pero que si no son abanderados por nadie son como aquel manido árbol que cae en medio del bosque y sobre cuyo ruido al caer se han llenado infinidad de powerpoints (y los que quedan).

Mientras el discurso mediático consiste en convertir en falsos verbos ingleses tendencias derivadas de la precarización de los jóvenes (compartir piso, o montar planes baratos sin salir de casa, o lo que se les ocurra), convertidos de forma incomprensible y por obra y gracia de los comunicadores profesionales en cosas a las que aspirar, limitarte a ser la alternativa que saca al país de la quiebra cada diez años es renunciar a tu papel de prescripción.

Mercados en la aplicación de justicia

Anduve leyendo Votasteis gestos, tenéis gestos, de María Blanco. Siendo un libro menos redondo que su Hacienda somos todos, cariño que ya ha salido por este blog, tiene un último tramo bastante interesante.

Es precisamente en este último tramo del libro donde se analizan algunas de las diferencias más básicas entre el derecho continental y el anglosajón, sobre todo a la hora de dictar justicia. Lo que viene a continuación es lo que he querido sacar en claro, sin ser yo experto en leyes, así que disculpen (y corríjanme en comentarios) si cometo alguna imprecisión.

Todos conocemos la diferencia entre una economía centralizada por el estado, por ejemplo con fijación de precios, y una economía de libre mercado donde los precios son fijados por los participantes en el mercado a lo largo de muchas transacciones sin intervención externa. Tenemos pocas dudas de que una economía libre funciona mejor: se adapta mejor, asigna mejor los precios, y permite a todas las partes realizar transacciones en confianza.

Comenta Blanco en el libro que una analogía parecida sirve para entender las diferencias entre el derecho continental y el anglosajón. En el continental tienes a un grupo de legisladores diseñando las leyes desde arriba, con mucho detalle y de forma centralizada, dejando a los jueces una labor de ejecución de lo dictado en la ley. Hay jurisprudencia, y tiene peso, pero el peso de la misma está más limitado que en el derecho anglosajón, donde la ley se redacta de forma mucho más general y el rol de los jueces interpretando la misma es mucho más importante, pues se espera precisamente que esa jurisprudencia sea así mismo fuente de derecho..

Así, según esa explicación, en aquellos países donde el sistema anglosajón es la norma, los cambios sociales comienzan a observarse en jurisprudencia aún antes de que la ley se modifique, y en muchos casos ni siquiera sea necesario actualizarla, resultando en mayor dinamismo sin necesidad de que el legislador actúe, que puede estar alejado de la realidad a regular y/o tener una perspectiva sesgada sobre el tema.

Al final, la analogía con el mercado es la misma. Si tenemos claro que una economía donde los participantes en el mercado realizan transacciones libremente funciona mejor porque la información emana de múltiples fuentes y de forma mucho más dinámica, ¿no se podría mediante la adopción de una aproximación menos continental y más anglosajona del derecho simplificar la jungla de leyes y normas actualmente vigente?

Es una pregunta un tanto ingenua, ya que no soy experto en derecho, pero tengo tan poca confianza en el poder legislativo, copado como está de partidos políticos que son estructuras corruptas por naturaleza, que todo lo que sea quitarles peso y darle más influencia a los jueces me parece seductor.

El huevo de pascua de la internet de las cosas: las subscripciones

En los viejos tiempos en que aún acudíamos cada día a la oficina (y sabemos que retornaremos pero que no será como antes) era recurrente alguna conversación en torno a las comodidades de eso que ahora se llama casa conectada, que antiguamente se conocía con el nombre algo más técnico de domótica, y que en estas páginas solemos referenciar con cierta sorna como la internet de los cacharros que nadie piensa parchear.

De eso quería hablar, de seguridad… y de gastos post-compra en dispositivos mal llamados inteligentes.

Leía esta tarde acerca de Help Flash IoT. O lo que es lo mismo, la versión conectada a internet de la nueva luz de emergencia que sustituirá próximamente a los clásicos triángulos de señalización de accidentes que tiene que haber en cada coche. Al parecer, este cacharrito es un producto de Vodafone, en Xataka Móvil hablan al respecto. No debería sorprender a nadie: Vodafone vende subscripciones de datos, y está dispuesta a venderte la de tu móvil, la de tu casa, la de tu coche, y las que estés dispuesto a pagar. Y tampoco está mal: que cada cual decida lo que necesita.

Pero no termina aquí, no, va mucho más allá. Se va a llenar todo de servicios que harán uso de esas líneas de datos para tus dispositivos.

La mayoría de dispositivos conectados lo son en el marco de servicios. Piensen en Alexa o Google Nest. En el momento en que se cede el control al fabricante, éste pasa a ser el señor absoluto del comportamiento de ese hardware, cuya oferta comercial pasa a estar sujeta a versioneo: esto es, el clásico modelo en el que cuanto más pagas, más funciones desbloqueas.

Mención especial en párrafo aparte para Mercedes, que ha bloqueado por software el giro de sus coches y para poder beneficiarte de la capacidad total de giro que el coche tiene te exige el pago anual de una de estas subscripciones).

Es ahí donde llegamos al meollo del asunto. Si quieres una casa de verdad conectada, prepárate a pagar subscripciones. De lo contrario, puedes terminar con una serie de dispositivos que no se hablen entre sí, o no del todo bien, ni aún soportando los estándares adecuados. En esa línea escribe Stacey Higginbotham.

El otro tema importante es la seguridad de estos dispositivos. Es más obvio, pero no por ello hay que dejar de mencionarlo, ya que mucha gente aún no ha llegado a pensarlo. Una vez vendido el dispositivo, el fabricante no gana más dinero a menos que haya, ¡lo han adivinado!, una cuota mensual, pequeñita pero firme. Pedirle que dé soporte de seguridad a tus cacharros sin ver un euro extra es ingenuo: no tiene incentivos para ello si no hay más pago futuro. Da igual que se trate de tu contador eléctrico conectado, tu lavadora, o tus bombillas, en ausencia de una subscripción el fabricante no tiene incentivos para dar soporte de seguridad. Otra subscripción. ¿Y si no pagas? Pues entonces eres bienvenido a la internet de las cosas conectadas plagadas de vulnerabilidades sin parchear.

¿Cuántas nuevas subscripciones hemos comentado?

  • Las líneas móviles adicionales.
  • Las de pago por funcionalidades extra.
  • Las de soporte de seguridad.

Bienvenido a la nueva era de la internet de las cosas conectadas a internet en la que te vas a aburrir de pagar cuotas mensuales.

[Y ni siquiera hemos entrado a hablar de privacidad, como pueden ver.]

[La imagen la he sacado de Freepik. Mil veces mejor que Google Images para estas cosas.]

La forja de un rebelde, de Arturo Barea

Por fin saqué tiempo para terminar la trilogía de Arturo Barea que ya mencioné hace un tiempo cuando leí los dos primeros volúmenes, abordando su tercer libro, el destinado a la guerra civil española. No me gusta leer sobre la guerra civil, es un tema sobre el que todo lo que se publica ahora hay que poner como poco en cuarentena, si no tirarlo directamente. Me alegro de haber hecho una excepción con este libro.

El relato escrito durante la misma guerra de Barea resulta valiosísimo precisamente por no estar contaminado por la sesgada mirada del siglo XXI, y por estar escrito desde dentro del bloque que el relato actual presenta como prácticamente inmaculado: Barea fue censor y propagandista en el Madrid sitiado durante la guerra, al servicio del gobierno socialcomunista, y tuvo que exiliarse de España antes de terminar la guerra porque sus propios aliados socialistas y comunistas lo echaron del país.

No me gusta leer sobre la guerra civil. Quizá por hartazgo, es un episodio clave de la historia de España sobre el que se miente demasiado actualmente; no es que sean canciones de nuestros padres, como siempre recuerda Gonzalo Martín, es que para muchos de nosotros las canciones de la guerra civil son canciones de nuestros abuelos y para los universitarios de ahora serán ya sus bisabuelos, pues servidor de ustedes ya no es joven ni siquiera bajo criterios administrativos, pese a que la administración se esfuerza en etiquetarnos de jóvenes más allá de lo razonable para poder así arrogarse poder de decisión sobre nuestras cosas. Ya saben, si son jóvenes es que no sabes lo que te conviene, permite que un funcionario de despacho oscuro que no sabe nada de ti lo decida. Pero eso es otro tema y no quiero irme por las ramas.

Retomando el hilo, a priori el tema da bastante pereza, pero tras conocer la infancia en el Madrid tras la pérdida de la guerra de Cuba y el retrato de esa corrupción tan miserable (pobres robando a gente todavía más pobres) de la guerra de Marruecos en la que el joven Barea tuvo que luchar, no podía sino ver cómo se vivió la guerra civil en el Madrid sitiado.

El libro no defrauda en el relato de la sucesión continua de mezquindades, traiciones y conspiraciones vividas en el Madrid controlado por la amalgama de grupos obreristas que terminaron sucumbiendo ante los comunistas apoyados por Rusia. Si bien al final se hace agotador, tengo la impresión de que ésa es la intención misma del autor: la de presentar como asfixiante y agotadora la realidad cuando tus supuestos aliados te obligan al exilio bajo amenazas de muerte y para llegar al exilio has primero de esquivar las bombas que siguen cayendo sobre tu ciudad.

Creo, en cualquier caso, que estos tres libros permiten hacerse una idea realista de la España del primer tercio del s. XX. Por desgracia, mucha de la corrupción que se relata en estos libros y que ya escandalizó a Barea hace un siglo, sobre todo en la malversación de dinero público, sigue sin resolver. Excepción hecha de las muchas barbaridades con las que, afortunadamente por falta de experiencia, cuesta trabajo identificarnos a quienes no hemos vivido guerra alguna, esa corrupción miserable, de pobres robando a otros pobres, es una más de esas facetas que hacen muy desalentador este relato.