Relato periodístico en torno a las crisis económicas

Periódico con "Crisis" en el titular

Hoy repasaba borradores inconclusos de este blog con el objetivo de darles forma y publicarlos como he estado haciendo toda esta semana que estuve de vacaciones, ya que tengo más de ciento veinte notas a medias, y he pasado un buen rato escribiendo sobre una anécdota que, al ir a enlazar un post de este propio blog, he descubierto que ya la había publicado hace algún tiempo.

Se trata de una anécdota acontecida con una periodista que me contactó hace casi tres años, en pleno confinamiento, para que le contase mi experiencia como recién incorporado al mercado laboral cuando nos alcanzó la gran crisis económica de 2008.

En fin, que he estado un rato reflexionando sobre el rol de los medios como distorsionadores de la realidad mediante la elección arbitraria del tipo de relatos que se publican en sus páginas. Nada nuevo, pero, en lugar de enrollarme más, si tienen interés en el tema les animo a leer mi anterior nota al respecto.

[Imagen: Periódico doblado con «Crisis» en el titular, hecha con Midjourney.]

NFT, coleccionismo, y estafas piramidales

Cyberpunk cyborg geisha in Tokyo

Pronto hará dos años desde que se empezó a hablar masivamente de NFTs, non-fungible tokens o tokens no fungibles, el último invento ligado a Blockchain que causó furor entre las hordas de seguidores de ese tema.

¿Qué es un NFT? Para entenderlo bien hay que entender la diferencia entre bienes fungibles y no fungibles. Un bien fungible es reemplazable o intercambiable por otro, ya que hay otros iguales. El dinero es un ejemplo básico de bien fungible. Un bien no fungible no es reemplazable por otro porque no hay dos iguales. Puedo vender una obra de arte y con ese dinero comprar otra. Tengo una obra de arte pero es otra diferente.

Ahora que sabemos qué es un bien no fungible. ¿Qué es un token no fungible? Un identificador digital único que no puede ser copiado, fraccionado, cuya unicidad generalmente se gestiona ligándolo a un blockchain y que se usa para certificar propiedad o autenticidad de obras digitales tales como fotos, vídeos o audio.

Desde que se comenzó a hablar de ellos, mucha gente de mi entorno me ha preguntado por ellos, en mi calidad de prescriptor tecnológico. Ya saben, hay todo un público masivo estudiando la opción de invertir en criptodivisas. Los NFT iban a ser, según ese relato, la última variante de esa inversión que hace nuevos millonarios. Por eso me he decidido a terminar este borrador que comencé hace casi dos años.

El tema es que en 2022 está de moda hablar de los NFT como algo a lo que hay que acercarse con cautela, o mucho mejor no acercarse siquiera. Pero en aquellos primeros días, la más clarividente de las explicaciones sobre estos NFT se la leí a Seth Godin. Sí, puede hacer 20 años que no lees a Godin una idea novedosa, pero el día que escribió NFTs are a dangerous trap estuvo muy fino:

The more time and passion that creators devote to chasing the NFT, the more time they’ll spend trying to create the appearance of scarcity and hustling people to believe that the tokens will go up in value. They’ll become promoters of digital tokens more than they are creators. Because that’s the only reason that someone is likely to buy one–like a stock, they hope it will go up in value. Unlike some stocks, it doesn’t pay dividends or come with any other rights. And unlike actual works of art, NFTs aren’t usually aesthetically beautiful on their own, they simply represent something that is.

BUYERS of NFTs may be blind to the fact that there’s no limit on the supply. In the case of baseball cards, there are only so many rookies a year. In the case of art, there’s a limited number of famous paintings and a limited amount of shelf space at Sotheby’s. NFTs are going to be more like Kindle books and YouTube videos. The vast majority are going to have ten views, not a billion. It’s an unregulated, non-transparent hustle with ‘bubble’ written all over it.

Es muy interesante que Seth Godin añada a todo lo comentado la falta de regulación, pues apenas unas semanas después de su artículo comenzaron a aparecer los primeros casos de fraude con NFTs, con personas acuñando colecciones de ellos y afirmando ser los creadores de las obras de arte vinculadas sin serlo. El caso de David Revoy es significativo, una colección de NFT vinculados a su colección de tiras fue subida a OpenSea (popular Marketplace para este tipo de bienes no fungibles) sin su permiso.

No me queda claro que pueda forzarse ese permiso. Al fin y al cabo, comprar el NFT no es comprar los derechos de explotación de la obra. Es un producto adicional que no afecta ni se vincula a la obra más allá de lo declarativo: el NFT dice ser algo y tener una relación con una obra.

Meses después de que Seth Godin publicase su artículo, Wall Street Journal llegaba a la misma conclusión que Seth Godin alcanzó en cuestión de horas: los nuevos activos digitales son ridículamente fáciles de crear, y eso es un problema. NFTs, criptodivisas y todo lo relacionado con lo que ahora llaman web3 tienen el aspecto de ser una gigantesca estafa multinivel.

Pese a su marketing como herramienta descentralizada, la realidad es que a día de hoy la concentración de riqueza en torno a Bitcoin es mucho mayor que la que ves en la economía en general, con apenas un puñado de carteras acumulando la mayoría de estas monedas y participando en la mayoría de las transacciones.

En 2022, además, se ha comenzado a percibir el mercado de NFT como una burbuja en colapso, con algunas escasas excepciones como los avatars de Reddit, a los que curiosamente no llamaron NFT en ningún sitio (quizá para no generar rechazo), como nos contaron en Xataka. El asunto es que con el advenimiento de motores de IA capaces de generar ilustraciones sensacionales en cuestión de segundos, la generación de archivos digitales es potencialmente inagotable y cada vez más acelerada, lo que vendría a dar la razón a Seth Godin.

[Imagen: Cyberpunk cyborg geisha in Tokyo, por éste que les escribe y hecha con Midjourney.]

[No, esa imagen no tiene NFT. Y tampoco tiene sentido acuñarlo.]

Movilidad socioeconómica, mérito y esfuerzo individual en contexto

Stunning Fantasy Dimension

Hablemos de movilidad social y de cómo condicionan las condiciones de partida (país de nacimiento, posición económica familiar) el éxito y el desempeño personal de las personas.

Hay una muy interesante entrevista con Branko Milanovic, en la que recogemos la siguiente cita sobre qué parte de nuestro ingreso es atribuible a diversas variables como el lugar de nacimiento, la familia en la que nacemos, y nuestro propio esfuerzo:

Essentially, I found that when you put all the people in the world from every country in groups of percentiles, from the poorest 1% to the richest 1% for each country, and ask how much of the total income of these groups can be explained by the variable of the country of birth, you basically get an answer of 0.6. This is extraordinary! To put it differently, 60% of your lifetime income is determined by your place of birth. I then combined this with some estimates regarding intergenerational transmission of income, namely, where in the income distribution were your parents, etc., and it turns out that 80% of your income can be explained by the two factors of your country of birth (60%) and your parents’ income position (20%). The remaining 20% can be attributed to effort, luck or whatever else is the residual (gender, race).

Las negritas son mías.

Como hablamos datos estadísticos hay que revisar bien los contraargumentos: en general hay casos casi de cada ejemplo que uno quiera encontrar. Habrá personas que con su esfuerzo consigan tener una influencia mucho mayor a ese 20% en sus ingresos y otros que no tengan el mismo éxito.

Por otra parte, si consideramos que los dos últimos déciles de un país moderadamente rico como España están en el top 8-10% más rico del planeta, bien puede ser que ese 20% que tienes en tu mano marque la diferencia entre tener un progreso aparente y perceptible de tus condiciones de vida, cuando te comparas con tu entorno, en tu ciudad. Quizá ese 20% sea suficiente para sentir que eso que venimos en llamar ascensor social funciona realmente.

Pero, ¿funciona realmente ese ascensor?

Si atendemos a los datos recogidos por Javier Soria Espín en su artículo publicado en mayo de 2022 (Esade), en España, 7 de cada 10 personas que se encuentran en el primer quintil de ingresos (top 20%) son hijos de padres que no estaban ahí, con lo que, aún siendo mejorable, sí que hay hueco para la meritocracia. Sí, es más fácil acabar en ese quintil de arriba si tus padres ya estaban, pero no es ni mucho menos garantía de éxito. Conviene no olvidarlo para no olvidar el origen de la riqueza de nuestras sociedades.

El hecho de que tantas personas que empezaron más abajo en esa distribución alcancen el escalón de arriba del todo nos brinda una nueva perspectiva desde la cual entender ese 20% de ingresos no dependiente ni del lugar geográfico de nacimiento ni de los ingresos familiares. Puede que dentro de que sea una fracción pequeña del total de los ingresos, quizá sea suficiente para mantener con vida la movilidad social y que los méritos personales reciban la recompensa que quienes denostan la meritocracia atribuyen a otras causas.

Si consideramos que los empleos que dan acceso a ese escalón superior suelen requerir formación universitaria, toca entonces reivindicar que la degradación de la formación superior, bien por la caída de la calidad de una universidad pública cada vez menos exigente curricularmente bien por el fraude académico que regala títulos y acceso a mercado laboral privilegiado a sus élites, es uno de los principales peligros que tenemos para proteger esa movilidad social. Sin mecanismos que hagan valer el mérito individual ese ascenso podría verse más dificultado, pues el 20% de ingreso sobre el que podemos influir y que habilita el ascenso social podría reducirse y ser insuficiente para garantizar que realmente exista.

[Imagen: A stunning image of a portal to a fantastic dimension, creada por éste que les escribe usando Midjourney.]

Inteligencia artificial, el empujón que viene a la productividad, y la sensación de estar ante algo nuevo

Be'lakor dressed in christmas style holding a tray of cookies direct from oven

Es posiblemente el tema del año en el mundillo tecnológico: la proliferación de nuevos modelos de inteligencia artificial publicados y liberados durante este 2022 cuya recta final enfilamos es absolutamente singular.

Diríase que, por primera vez en un par de décadas, estamos presenciando algo radicalmente nuevo. Desde que a finales del siglo, y milenio, pasado la web nos permitió acceder al conocimiento de la humanidad de forma antes no imaginadas. Ante las terminales de estos modelos la sensación es idéntica: tener en nuestras manos el acceso a recursos inagotables de texto o imágenes.

Da igual que estés pensando en la sensación de la semana, ChatGPT, en soluciones libres como Stable Diffusion, o en soluciones de pago como DALL-E, Midjourney, o Copilot de Github. Lo que tienen en común es el empujón a la productividad, el hacer más en menos tiempo. Mención especial a ChatGPT, donde puedes hacer una pregunta y obtener una respuesta sin pasar por una décena de enlaces promocionales ni leer texto estúpidamente optimizado para SEO. Como digo, usar estos motores a día de hoy ofrece sensaciones que hace dos décadas que perdimos.

Por supuesto, está el debate de la autoría. En este laberinto sin salidas en que se ha convertido la gestión de propiedad intelectual, ¿quién es el autor de la imagen, quien teclea el texto y la pide o el software que realmente la produce sin que sepamos bien qué pasa dentro? Aún más complejo es el caso de Copilot, entrenado con una infinidad de repositorios de software libre, muchos de ellos copyleft, que te devuelve código sin hacer mención a este hecho ni respetar el carácter extensivo de estas licencias sobre los trabajos derivados.

Volviendo a centrar el tema, más allá de temas legales, desde el punto de vista técnico estamos presenciando el inicio de algo grande. Bajar la barrera de entrada para realizar ciertas tareas va a conllevar un aumento de la productividad global enorme. Piensen en el impacto que tuvieron las hojas de cálculo tipo Excel. Vamos a ser capaces de hacer más, y mejor, en menos tiempo. Ni siquiera entro a la futilidad de discutir si el arte se muere o no se muere porque es un falso dilema: el arte nunca se va a morir, sino que ahora habrá más formas nuevas de crear arte.

[Imagen: Be’lakor dressed in christmas style holding a tray of cookies direct from oven, creada por éste que les escribe usando Midjourney.]

El modelo híbrido de teletrabajo y el eterno día de visita

Durante años pasé el día entero en la biblioteca de mi facultad, desde la apertura al cierre. En ese ecosistema emergían relaciones y vínculos que, en algunos casos, perduran hasta hoy.

Cuando se acercaba el final de la licenciatura y tenía menos carga de estudios, comencé a no ir diariamente a la facultad. Ahí tuvo lugar el cambio del que hoy quiero hablar: perdido el trato diario con muchos de los cohabitantes de la misma, cada visita a la biblioteca de la universidad se convertía en una retahíla de saludados y saludantes con los que charlar unos minutos. Perdida la rutina y la certeza de que mañana estaría allí para ponernos al día, todos intentaban irse con su pájaro en mano tras haber dicho hola.

El impacto sobre el rendimiento de estudio resultaba evidente y, a modo de profecía autocumplida para quienes temían no verme al día siguiente, terminó conmigo acudiendo a otra biblitoeca donde no conoc’ia a apenas nadie y más cercana a casa, la Biblioteca Provincial en donde también estudiaba mi amiga Ana, que falleció hace ya una década, pero de eso no hablaremos aquí.

Presentada la situación y con el spoiler contenido en el título ya vislumbrarán ustedes dónde vamos a terminar este artículo. No es la primera vez que hablamos de teletrabajo en estas páginas. En una de nuestras notas incluso avisábamos de que el modelo híbrido tenía virtudes, incluso un tanto aristotélicas, al combinar los dos extremos de trabajo presencial o remoto.

Lo que no supe anticipar en aquel momento es que al experimentar el modelo híbrido (y tengo la suerte de que en mi caso es bastante generoso, acudo a la oficina con absoluta flexibilidad, lo que se traduce en ir normalmente un día a la semana) iba a tener esta constante sensación de estar en el primer día de clase, ése en el que tras una larga pausa veraniega uno iba a clase sin libros y se dedicaba a saludar a los amigos. Ir a la oficina un día cada muchos es ir a la oficina de visita, siempre hay alguien a quien saludar, con quien ponerse al día.

De si las oficinas se han convertido en coworkings sobredimensionados en los que todas las reuniones se intermedian por videoconferencia porque siempre hay alguien en remoto también hablamos otro día, si les interesa el tema. Avisen en comentarios si quieren.

Por hoy lo dejamos en esto: el modelo híbrido es muy bueno para combinar presencialidad y flexibilidad, y permite configurar equipos eficaces. De ese beneficio se recoge un mejor trabajo en equipo en general, con la particularidad de que los días de ir a la oficina son menos productivos que aquellos en que nos quedamos en casa.

Es inevitable que eso genere una tensión entre el querer ver a las personas, el temor a no avanzar lo prioritario, y la tentación de sacrificar una cosa por la otra y terminar no teniendo ninguna de las dos. Habrá que aprender a vivir con ello.

La vida privada sigue siendo un gran producto

Hace casi tres lustros publiqué una nota en este mismo blog que titulé La vida privada como producto. Es de las pocas notas que fue a parar casi tal cual a La sociedad de control, porque la misma fue escrita ya en las fases finales del mismo; otras ideas previamente apuntadas aquí también fueron al libro, pero en versión reescrita o reorganizada.

A raíz de toda la polémica en torno a Twitter tras la compra del mismo por parte de Elon Musk se ha vuelto a hablar de la cantidad de datos que recolectan sobre nosotros los servicios de Internet. No es nada nuevo, ya he mencionado que el tema era ya motivo de reflexión hace quince años (Beacon de Facebook saltó a la fama en 2007.)

Pero dado que sigue siendo vigente y dando que hablar, vale la pena volver unos minutos sobre este tema.

Sobre todo porque monitorizar todo lo que hacemos y alimentar con esos datos que como migas de pan vamos dejando para que alguien recoja está en el centro de la abultada valoración en el mercado de empresas como Google, Facebok, o Twitter. El resumen viene a ser que todos piensan que el negocio de los datos es muy rentable y lo va a ser aún más.

Queda el recurso de siempre: la escalada técnica, la tecnología y la contratecnología. Intentar borrar el rastro: dejar de usar servicios es prácticamente inviable, pero no es suficiente. Hay que ir más allá: borrar tus cookies diariamente, cambiar la IP pública de tu router también diariamente (si es que puedes, que no siempre), enmascarar/aleatorizar la MAC del dispositivo con el que navegas, y otras medidas similares que en general ninguno de nosotros aplicamos porque la vida es muy compleja así. Pero entonces estamos literalmente vendidos.

No es que sea nuevo, pero obviamente conviene recordarlo. Facebook tiene perfil tuyo aunque no tengas cuenta, y eso suponiendo que tampoco uses Instagram, o WhatsApp. Acumula tu navegación y hasta en algunos casos será capaz de saber quiénes son tus relaciones por inferencia de posts de otras personas, etiquetas en fotos, menciones en otros posts… y acorde a esa información adapta (mal, pero la adaptan) la publicidad que te muestran.

Y va a ser peor: los ordenadores generan datos, es lo que hacen mejor. Datos y más datos, logs y más logs de toda la actividad. Las empresas son más ágiles y llegaron primero, pero los estados ya están llegando. Los estados son más grandes y su impacto es mayor. Es cuestión de tiempo que en todo occidente tengamos un social credit score como tienen en China. Para mi todo es un flashback en estos temas, pero soy tremendamente pesimista respecto de las opciones reales de frenarlo. Viviremos en una sociedad de control el resto de nuestras vidas a menos que haya algún cisne negro que haga que cambiemos de rumbo por motivos que no acertamos ni a imaginar ahora mismo.