Nací en un mundo analógico que ya no existe, soy parte de ese epílogo evanescente que en unas décadas morirá con nosotros; conmigo que escribo y con ustedes que leen. Décadas, apenas nada en la escala de la historia.
Luego, hubo ordenadores pero no se parecían a los que tenemos ahora que caben en un bolsillo y sirven para ver vídeos cortos a todas horas. No había iconos, ni ratón, ni ventanas flotantes, las pantallas no eran táctiles ni teníamos asistentes de voz. Solo estabas tú, una pantalla negra y una línea de comandos. Ya saben, en el principio fue la línea de comandos. Cuando aparecieron las interfaces gráficas, los puristas se echaron las manos a la cabeza. «Esto se va al garete; la gente ya no va a entender cómo funciona un ordenador».
Spoiler: sobrevivimos.
El miedo a que la tecnología nos atrofie el cerebro no es nuevo. En los ochenta, las calculadoras iban a destruir la capacidad de los niños de hacer raíces cuadradas. Más tarde fue Wikipedia lo que amenazó con sepultar el rigor académico. En 2008, Nicholas Carr firmó un ensayo memorable en The Atlantic: ¿Nos está volviendo Google estúpidos?
Llegamos hasta 2026 y cambiamos a Google por OpenAI o Anthropic, pero los miedos colectivos siguen más o menos igual. El tema es discutir si tienen base o no.
Thamus, el rey que temía a los libros

La tecnofobia intelectual no nació con Silicon Valley. Ni siquiera con los ludditas de la revolución industrial.
En Fedro, Platón usa el diálogo entre Theuth y Thamos para plantear el debate sobre si la escritura es «un fármaco contra la desmemoria» o, por contra, un mecanismo que terminará por atrofiarnos el cerebro. Platón, por lo que sea, decidió escribir sus diálogos, y no confió en que pasaría de generación en generación por tradición oral. Desde aquí nos congratulamos porque de otra forma igual no nos habría llegado nada de su obra.
Al tema. Dos milenios después seguimos en las mismas. Ahora nos da miedo delegar en las computadoras y nos preguntamos si no estamos externalizando nuestra esencia (y nos lo preguntamos sin rastro de ironía, no como el bueno de Douglas Coupland en Microsiervos). Nos da pánico que el músculo del cerebro se vuelva grasa si la máquina hace el trabajo pesado.
La atrofia en la oficina y los gimnasios para el intelecto
Ese tonillo a ChatGPT. Está en todas partes: cualquier texto nos huele a gepeto. No solo porque todos usamos los bots. Es que estamos empezando a escribir como el bot. Que tiene cierta retranca pero igual no es ni tan malo: por una parte, los LLMs escriben bien. Que sí, no es una verdad incómoda, sino un lugar común. Estas bromitas las hemos visto todos. Los memes es lo que tienen; que se comparten. Pero el LLM promedio se burrea escribiendo a la mayor parte de la población, y lo sabes.
El chiste es que en un mundo en el que tu email o tu CV va a ser filtrado por un bot antes de recibir atención de un humano, escribir con las estructuras que le gustan al LLM quizá tampoco penaliza tanto, quizá así consigues que lo elija entre los elementos a destacar.
Pero vamos con el tufillo a gepeto. Cuando todo suena a máquina, el toque humano es una ventaja competitiva. La forma industrial de conseguirlo es en parte, pura cosmética: una de las evidentes es el retorno fuerte de las fuentes con serifas hasta en la sopa.
Lo importante es hacia donde apunta el dedo: a señalar agencia humana, no robótica. Puro flex, supongo. Quizá lujo inmaterial, ese presumir de tener de tener tiempo para escribir manualmente tus mensajes o tus posts del blog. Decidir cuándo apagar la IA o cuando no seguir su recomendación va a ser clave, pero para ser capaces de volar solos habrá que estar entrenados y saber hacerlo.
Al final, hay una cierta paradoja de la automatización: al traspasar parte del esfuerzo intelectual, la IA se queda parte de lo que nos permitiría seguir desarrollando nuevo conocimiento. En One-armed Scissor cantaban At the Drive-in que «I write to remember». Correcto. Escribo para recordar porque al escribir aprendo, y esto es algo que mi estimado Amalio Rey recalca con frecuencia. En Versvs he publicado casi tres mil doscientos artículos a lo largo de los años.
Cuando la maquinaria pesada entró a saco en el trabajo y, en segunda derivada, gran parte de la población terminó convertida en oficinista nos inventamos los gimnasios para mantener el cuerpo en forma. Quizá la gran duda del tiempo por venir es qué forma van a tener los gimnasios del intelecto. ¿A dónde iremos a entrenar la mente para seguir siendo capaces de pensar cuando los ordenadores automaticen más y más tareas?

Si entender la brecha de supervisión nos sirve para algo es para entender que de esos dos huecos que de momento parecemos vislumbrar para los humanos en el bucle (la concepción de la creación y su validación al final, de los que hablábamos la semana pasada en Desde el bucle) vamos a estar más en la concepción que en la validación, que tenderemos a despachar de mala manera por la puerta de atrás. Muchas risas con KPMG y su informe plagado de alucinaciones, pero eso es el default system: tienes tanta tarea pendiente que el robot te da un texto, lo lees en diagonal y palante. La ejecución desligada de la biología permite una escala que para nuestros tiernos ojos mortales se presenta inabordable.
Como al contener impulsos de violencia preneandertal o aprender a no quejarse del enésimo SUV en el atasco en el commute a casa (This is water de David Foster Wallace es uno de esos textos bellos a los que volver), el humanismo en este caso también se demuestra siendo capaces de actuar a la contra de ese sistema por omisión: validando lo que parece no requerir validación, solo porque así mantenemos un aspecto de nuestra esencia.
Al final del día, la sapiencia de copia y pega también es sapiencia
Los LLMs no nos van a volver estúpidos. Al mismo tiempo, nos harán sentir estúpidos. Simplemente porque los ordenadores hacen bien un puñado de cosas que a nosotros se nos dan regular. Si les pido memorizar un número de 9 cifras y les doy el 183572541 seguramente haya problemas; si en cambio les doy el 123456789, ya no tantos. Para un ordenador ambos números son equivalentes: los va a recordar ambos por igual.
Así que pasaste décadas estudiando, empollando como un pringao, pero a la hora de la verdad eres incapaz de tener en mente todo lo que estudiaste. Eres el meme viviente y danzante del ingeniero que ha olvidado más matemáticas de las que una persona normal aprenderá en toda su vida. Tu LLM, sin embargo, las recuerda todas.
Por eso al usarlo nos vemos en el espejo y nos sentimos pequeñitos en comparación. Pero no. La realidad es que estás intentando usar tu cerebro para cosas para las que no se adaptó, y que periferizar parte de tu esencia en un LLM para saltar más alto, viajando a hombros de gigantes electromecánicos, es el camino a seguir.
«Pero que sabrás tú, si ahora mi código lo produce mi agente». Ya, sí, y antes lo hacía el compilador (¿o acaso ibas añadiendo tú los ceros y unos manualmente?), pero nunca sentiste el impulso irrefrenable de gritar a los cuatro vientos que el código de tus programas lo hacía otro programa.
La escritura no mató a la memoria, la expandió. Google no nos volvió idiotas. Los LLMs nos permitirán llegar más lejos. La pregunta clave que deberíamos hacernos en bucle no es qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué podemos hacer nosotros con ella. Resistance is futile.
[Imágenes: Jose Alcántara usando ChatGPT.]
