Configurar OnePlus One para acceder a redes de datos móviles en Alemania

Estos días tuve un problema para configurar en mi OPO una tarjeta SIM con datos móviles para usar en Alemania. Aunque el roaming va camino de desaparecer, y ciertamente las tarifas son ahora mucho menores, cuando uno está en un país europeo el tiempo suficiente, compensa tener una tarifa local para acceder a Internet desde el móvil. Compensa bastante, vamos.

Bien, la tarjeta elegida es una SIM en modo prepago del OMV LIDL Connect (que utiliza la red de Vodafone), que si no me he perdido algo es de las pocas (creo que la única) tarjeta SIM que se puede activar en Alemania sin poseer una cuenta bancaria en un banco alemán.

LIDL Connect tiene un asistente de configuración over the air para muchos fabricantes y modelos de teléfono, que automágicamente lo deja todo listo. Por desgracia, OnePlus no está entre los fabricantes soportados. Tras bucear un poco todos los hilos apuntaban a que el problema estaba en la configuración de APN.

Estas cosas suelen configurarse solas, que es por lo que muchos de los que leáis este post no sabréis lo que son estos APN, ni para qué sirven. Pero no ha sido así en el caso del OPO y los APN (Nombres de punto de acceso) móvil necesarios para usar este servicio de LIDL Connect. Por defecto, al cargar la SIM se configuran muchos APN y la mejor solución que he encontrado (la que por fin me ha permitido conectar a la red móvil de datos) es eliminarlos todos excepto el APN de web.vodafone.de y el de MMS (por si acaso, pero bueno, que esto es 2016…). Hay que quitar todos los demás, los de Fonic, y los demás. El sistema es funcional sólo con estos 2, que son los únicos que se crean en otros teléfonos como por ejemplo un Nexus 4 que tengo por aquí también.

Y sí, este post está dedicado principalmente a mi yo del futuro, ése que necesita documentar las soluciones porque tropieza a menudo con los mismos problemas :)

Elf

Elf

Hoy este blog cumple 11 años, y resulta que ahora mismo estoy en Munich (München, en el idioma de los nativos de aquí) donde once se dice, precisamente, elf, lo que explica tanto el título como la imagen que acompaña a este post.

Sobre el último año podría decir muchas cosas, de dentro y de fuera del blog. La realidad es que lo poco que he blogueado últimamente ya informa bastante. Éste ha sido sin duda el año que menos atención he prestado a esta web.

Pero eso no significa que el duodécimo año vaya a ser igual. Ni diferente. Hiatos pasados no garantizan hiatos futuros, o algo así.

River, una gran (y corta) serie de la BBC

River, miniserie de la BBC

Estos días he aprovechado para ver River, una serie de sólo 6 capítulos emitida originalmente por la BBC.

River es una serie policiaca. No es revolucionaria, no ha inventado el género. Pero sí me ha parecido que tiene un punto especial. Quizá todo se deba al personaje central, el detective John River, o a la historia que éste investiga, que no es otra que el asesinato de su compañera de patrulla.

Por suerte se trata de una serie de la BBC, y espero que eso pese a la hora de que no hagan una segunda temporada. Me ha encantado la serie pero creo que la magia de la misma está en que la historia se autocontiene en estos 6 episodios. Creo que añadir una segunda temporada en la que inevitablemente los guionistas introduzcan elementos de folletín para despertar tramas paralelas en el espectador destruiría lo mejor que tiene la serie.

Una serie recomendable, y por lo que a este blog respecta, recomendada. Lo que hagan con la recomendación no me compete.

Aquí Tina Charles cantando I love to love, inevitable no ponerla en este post.

Promesas y elecciones

«Que la gente pudiese hacer promesas sin la mínima intención de cumplirlas era algo inimaginable para mí».

– Henry Miller

Domingo electoral (¡otra vez!), recuerden que cuánto más fantástica, sorprendente, mágica, y sencilla sea la solución que les han prometido y con la que han seducido su voto, más probable es que el que les prometió tal cosa no tenga ni la más remota intención de cumplirla.

Eso es lo que en nuestro idioma conocemos como frivolidad. En este blog detestamos la frivolidad, pero eso es tema para otro post. Hoy sólo quería desearles un buen domingo. Y si me leen el lunes, como ya habrá motivos… pues disfruten lo votado.

Por qué ir a una sala de cine es una mala idea

Durotan, Warcraft

Después de mucho tiempo sin acercarme a las salas de cine, he acudido este fin de semana a ver una película. La experiencia me ha recordado por qué voy tan poco a las salas de cine, y por qué con alguna excepción (esta semana es el festival de cine alemán en Madrid y quiero ver alguna película) no creo que repita en el futuro más cercano (ni en el lejano, pero «para siempre me parece mucho tiempo» que decía la canción).

La película (Warcraft, the beginning) en sí ha estado bastante entretenida. No le van a dar ningún Oscar, pero como película resulta muy entretenida y si te gustan esos ambientes de fantasía medievaloide aún más. Para contrastar con la película, la parte de trabajo que corresponde a la sala ha sido peor que terrible:

  • La película comenzó con 15 minutos de retraso sobre la hora anunciada.
  • Durante esos algo más de 15 minutos nos sometieron a anuncios. Trailers, y no trailers. Anuncios, además, nada relevantes (cosas no relacionadas con la película, cross-selling propio de la sala, y trailers doblados al castellano en una sala de cine en versión original).
  • La entrada costó la friolera de 9.20€ por cabeza.

En Internet, al menos, uno puede elegir: o paga por los contenidos que consume y los servicios que usa, o tiene que aceptar que va a tener más publicidad de la que cualquier persona es capaz de soportar. En esta pseudo-experiencia en el mundo real, además de pagar el asiento a precio de tinta de impresora te toca tragarte los anuncios. Y no contentos con ello, y pese al retraso, no más aparecen los créditos encienden las luces y a meter presión para vaciar la sala a base de barrenderos. Resulta que los créditos también son parte de la película pero esa sala que se supone está en el negocio de hacer la experiencia de ir al cine más interesante que la de ver la película en casa han pensado que lo mejor era no cuidar la película hasta el final.

Ahora, comparemos esto con la experiencia de ver la película en casa:

  • La película empieza a la hora deseada.
  • ¿Anuncios? ¿Qué anuncios?
  • El coste de ver la película, por decirlo amigablemente, será mucho menor a esos 9.20€. Sobre todo si uno acude a cualquier distribuidor sueco que pueda conocer.

So much por la excepcional experiencia de ir al cine. No iba a una sala desde que vi la tercera parte de The Hobbit. Y no creo que vuelva (excepción mencionada arriba) si Peter Jackson no se compromete a rodar una serie de películas sobre el Silmarillion.

Los totalitarismos de nuestro tiempo

Senador Palpatine, parecía buena idea

Inventado mucho antes, fue con ocasión de la guerra de Crimea que el telégrafo se extendió hacia el este de Europa y Asia, generando una primera globalización gracias a esa primera red de comunicaciones en tiempo real que Tom Standage denominó La Internet victoriana en su clásico libro de finales de siglo pasado.

Con la llegada de Internet y la sucesión de cambios que vienen (y no paran de llegar) tras ella, se convirtió en lugar común eso de que el mundo se acelera sin remedio: que los cambios son y serán cada vez más rápidos, y la globalización será definitiva y, en fin, global. Teorías simples y algo ingenuas que convierten este relato con el tiempo en un lugar común tan vacío como persistente y difícil de esquivar. Como Internet se populariza en la década tras la implosión de la Unión Soviética, se añade a esta simplificación de la percepción del mundo aquello que no hay lugar para las ideologías porque todo es y va a ser economía de mercado. El fin de la historia de Fukuyama, escrito en 1992, como mejor exponente de esta valoración equivocada.

Hoy sabemos que Fukuyama patinó, y todos los que le siguieron sin fijarse patinaron también en el mismo suelo mojado. Mistakes were made, nadie admitirá que se equivocó.

Mistakes were made porque dos décadas después de que Internet se colara en nuestras vidas podemos ver cómo Rusia ha recuperado sus aspiraciones imperiales e intenta materializarlas día a día. Se observa así mismo que con el advenimiento de la crisis económica de la última década las ideologías están más vivas que nunca, y que al sedimentar en actitudes políticas decididas tras varios años de eslóganes declarativos sin trascendencia real resultan ser las mismas ideologías que fueron populares en la primera mitad del siglo XX, con muy pocos o ningún cambio en el fondo pero más sofisticadas en la forma.

Que existe en toda Europa una radicalización ideológica a izquierda y derecha es ya evidente. Dejando de lado como cada uno de estos movimientos gusta ser llamado, las propuestas y el mensaje de ambos extremos es fácilmente identificable con el mensaje que a primeros del siglo XX desarrolló y aupó en gran parte de Europa gobiernos totalitarios en nombre del fascismo mientras el otro extremo desarrollaba y aupaba al poder a gobiernos también totalitarios surgidos de revoluciones comunistas. Entre ambos trajeron al mundo los regímenes más atroces y las guerras más sangrientas de la historia reciente del continente. Y como nota a veces olvidada, ninguna de estas tipologías de totalitarismo defendía «el capitalismo» ni las economías de mercado, sino todo lo contrario en ambos casos.

El asunto es que la historia nos enseña que fueron la pobreza y las expectativas vitales incumplidas tras la primera guerra mundial lo que dio alas a ambas radicalizaciones. Hoy en día la pobreza no es ni de lejos lo que fue. Pero la gestión de expectativas… ésa es otra historia.

Aquí es donde entran en juego las corrientes de «desafectados» que en Estados Unidos empiezan a denominarse como «the left behind» (los dejados atrás). Todos aquellos que no se han enganchado a esa nueva forma de trabajar en la economía globalizada y digital en que estamos viviendo y que no tienen acceso a los mejores salarios (aunque puedan salir adelante con su vida), mientras perciben a esas nuevas élites profesionales como los culpables de que ellos no tengan algo más. Jesús Pérez ha dedicado dos buenos artículos a este fenómeno y recomiendo su lectura.

El resumen acelerado del fenómeno es que hay una gran cantidad de personas que se sienten «dejados atrás» por esta sociedad que se ha enganchado a un viaje digital en el que ellos no cogieron asiento, y este grupo social apoya a populismos pseudofascistas (el pseudo es por suavizar, claro), que pueden venir representados por Trump en Estados Unidos o Front National / Alternative für Deutschland en la Unión Europea. Como contraparte tenemos a quienes sí se engancharon a esa globalización digital y defienden a candidatos «anti-establishment» apoyando populismos pseudocomunistas (más pseudo- como sustituto de vaselina) tras el rostro de Sanders en EEUU o Iglesias en la UE. Estos candidatos y quienes los apoyan no son altruistas ni tienen especialmente buen corazón (buena gente las hay de todos los signos, en todas partes): defienden romper con las élites establecidas sobre todo porque se saben miembros de la nueva élite alternativa que copará el poder si consiguen echar a los otros. Por si alguien no lo recuerda, Marx vivió toda su vida en un palacete burgués con personal de servicio, mantenido por su amigo Engels mientras él no daba un palo al agua. Su único incentivo para repudiar a las viejas élites nobles en nombre de la «meritocracia obrera» (de aquella meritocracia, estos sindicatos, pero dejaremos ese debate para otro día) era que él aspiraba a ocupar el lugar de alguno de esos expulsados del poder, y no que él fuera especialmente de clase obrera.

Estos dos grupos de personas que apuestan por posiciones extremas de izquierda y derecha son minoritarios a día de hoy en un sentido estrictamente demográfico, pero hegemónicos en cuanto a influencia de discurso y atención mediática. Ante la aparente novedad, y la profusión de declaraciones exageradas y llamativas resulta harto sencillo para todos ellos captar la atención de los medios, y consecuentemente de la población. Por lo que si nada cambia, creo que es sólo cuestión de tiempo que ambos extremos dejen de ser minorías demográficas.

Volviendo al telégrafo. Se popularizó a mediados del siglo XIX, y unos años después Marx comenzaba a trabajar en El Capital, que no sería publicado íntegramente hasta 1897, ya con el bueno de Karl criando malvas. Un par de décadas después Europa viviría los momentos más negros de toda su historia reciente aupados por personas que en muy poco se diferenciaban de esos dos grupos que hoy, un par de décadas después de popularizarse Internet de forma masiva, son capaces de defender sin pestañear los guiños totalitarios, xenófobos, y escalofriantes, de Le Pen e Iglesias, por poner dos casos más cercanos que los de Trump y Sanders.

Quizá sea verdad, después de todo, que Internet acelera ciertos cambios sociales y que no haya que esperar 60 años para que una nueva generación se sienta iluminada lo suficiente para poner en el poder a gobiernos fascistas y comunistas a lo largo de Europa. Por una vez, espero que ésa promesa de Internet también sea errónea y no llegue a darse el caso. Pero tengo la sensación de que la fruta está madura. Por supuesto, nadie tendrá la culpa, como en esas encuestas en las que nadie recuerda haber votado a un cierto partido cuando ya está uno cabreado con el gobierno al que quizá habían aplaudido a ovación cerrada no hará mucho atrás (quizá en una escena parecida a la que en el cine convirtió al senador Palpatine en Emperador). No será culpa de ellos, por supuesto. Mistakes were made, dirán.

Pragmatismos

«No podemos cambiar el país, cambiemos de tema.»

James Joyce, Ulises, vía.

Es frecuente en estos tiempos que en cualquier conversación aparezcan una y otra vez los mismos temas: el no gobierno, las no elecciones, las sí elecciones, que si tal partido es la solución, que si estás confundiendo un unicornio con un partido, …

Cuando ves que tu interlocutor no está dispuesto a alcanzar acuerdos siquiera de mínimos, al menos podrás cambiar de tema antes de que la situación sea insostenible (o precisamente porque la situación sea ya insostenible sin ese cambio).

Al fin y al cabo, y al menos en esta ocasión, no creo que Joyce tuviera razón: siempre se puede cambiar de país y de vecinos y de conversaciones.

Actualización 2016-04-06: Gracias al comentario de Dani hemos corregido la cita, que en el sitio donde la comentaban estaba mal traducida y la original cambia el sentido y deja un poco sin sentido el último párrafo del post.

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