El botellón como Zona Temporalmente Autónoma y el porqué de su aplastamiento

Aunque Hakim Bey rechaza definirla, la Zona Temporalmente Autónoma (o ZTA, en adelante) es el nombre que él le da al conjunto de circunstancias que hacen posible la expresión y comunicación, la gestión de la vida privada o las relaciones sociales, en ausencia (casi total, cuando absoluta) del control y gestión externos que viene a ser buscado, y eventualmente impuesto, por el Estado.

El concepto, aún sin tener definición concreta, da título a un ensayo del propio Bey que se devora rápidamente, incluso en una pantalla convencional (ay, ojos, queman) y, aunque visto desde la perspectiva de 2009 pueda observarse como un relato algo tosco de las nuevas posibilidades sociales que nos ha traído internet y que aún están por aprovechar, recoge su valor precisamente del hecho de que hace un repaso de cómo se imaginaba que la red influiría en nuestras vidas… en 1990. ¿Habías oído hablar de internet en 1990? Aquí está la gracia.

Es bajo esa condición atenuante bajo la que hay que juzgar la cansina insistencia de Bey respecto de la necesidad de definir qué zona va a constituir, efectivamente, la ZTA, hablando casi en términos de nuevos colonos, como si todo fuera tan sencillo como cuando aún queda continente por habitar caminando hacia el oeste. Si bien es evidente que una ZTA debe tener contacto con el mundo real (digamos que no podemos vivir absolutamente libres en el ciberespacio, aunque a Barlow y a mí –y a muchos otros– nos hubiera gustado: el cuerpo y nuestra vida diaria tienen lugar en un mundo físico), no necesariamente necesita definirse territorialmente, tan sólo necesita asegurar que podrá pasar desapercibida y que podrá resistir los embites de control, al menos Temporalmente. En términos más definitivos, es algo que Pere Quintana puso en palabras hace ya unos años cuando yuxtaponía «el pueblo que eligió» frente a «el pueblo elegido» y se trata de una limitación teórica de Bey que ha sido ya superada. En cualquier caso, para lo que nosotros buscamos ni siquiera tendremos que ir tan lejos. Visitaremos parajes más cercanos.

Para abrir, voy a obviar las connotaciones territoriales de la ZTA y voy a preferir hablar de Movimiento Temporalmente Autónomo (MTA) antes que de Zona Temporalmente Autónomo (ZTA). Por aquello de que el concepto de Zona parece requerir una delimitación espacial clara que, verdaderamente, no me parece necesaria ni siquiera importante ni deseable (más bien la verdadera delimitación es el fin mismo de la ZTA y el paso definitivo a su mutación en organización meta-estatal/meta-estable), mientras el de Movimiento se salta esa restricción y además nos indica la necesidad de cambio, de buscar las fisuras del sistema y hacer presión sobre ellas. El movimiento puede morir si cesa, pero su cese indica su muerte, no su mutación meta-estable/meta-estatal. ¡Todo son ventajas!

Y, ¿dónde reside el valor de un MTA? Un MTA es, por definición, una desobediencia [su existencia misma se debe a la necesidad de definirse por oposición a una realidad que la rodea]. Conllevará más o menos ruptura, pero desde luego es una desobediencia. En tanto que emergente, movimiento más o menos rebelde, subsistirá y podrá mutar y medrar mientras no reciba demasiada atención. Tan pronto como crezca lo suficiente para llamar la atención del sistema, será perseguido a toda costa y eventualmente exterminado. Y será así en todos los ámbitos, también en nuestra vida más privada y en los aparentemente inocuos espacios y fiestas de celebración. Pongamos como ejemplo la persecución mediática y legal contra El Botellón y sea el botellón un MTA contemporáneo: no es sólo que no se trate de un fenómeno de moda, sino que es algo habitual que ha existido toda la vida y que sólo fue perseguido y aplastado en cuanto se temió que la atención que estaba recibiendo pudiera dar origen a fenómenos paralelos en otros ámbitos no relacionados. Cuando salió en las noticias y captó la atención pública se convertió en objetivo prioritario, porque el botellón es un lugar, y un tiempo, fuera del control donde la gente actúa como quieren y no como el ayuntamiento les permite (los bares cierran, las plazas no cierran si la gente sigue allí bebiendo) y porque no se podía permitir que un fenómeno fuera de control se prolongara en el tiempo y tomara vigor. La ley contra el botellón perseguía un fin ejemplarizante.

En otro ámbito aparentemente no relacionado, el intercambio p2p es otro ejemplo de Movimiento Temporalmente Autónomo, y por ello mismo está siendo perseguido hasta la extenuación por la maquinaria del Estado. Al fin y al cabo, uno comienza bajándose música y películas gratis, comprando en eBay en China sin pagar IVA ni aranceles aduaneros y se acaba preguntando porqué si lo compro en la tienda de la esquina tengo que pagar todos esos aranceles propios de la extorsión monopolística del estado.

La ley contra el botellón nos enseña otra cosa más: el porqué de la persecución de las minorías. Si toda minoría es respetada y protegida, no tardarán en aparecer minorías autoproclamadas que querrán poder realizar otras actividades sin que les sea impedido. En el límite, una miríada de planes alternativos dejarían desamparados los planes de ocio oficial, comenzando por la limitación horaria de los bares y acabando no se sabe dónde. Imaginen que cada una de esas minorías es un grupo de gente afín que pretende, simplemente, fijar su propia agenda e intereses, desatendiendo las preocupaciones mediáticas oficiales, pues quizá opinen que el interés oficial está altamente deshumanizado y no les toca de cerca.

Así, para adentrarnos en la parte más interesante del post podría tomar como ejemplo el p2p (ya hemos visto que es un MTA), pero de p2p habla todo el mundo. Me centraré, entonces, en el botellón, que además tiene otro elemento que me gusta sobremanera: el contacto con el mundo real; los botellones se hacen (hacían) en plena calle.

¿Por qué? Porque el botellón representa una región (un tiempo, un lugar) fuera del control del Estado, donde la diversión la hace la gente. Donde el pueblo manda y el estado, únicamente, asiente. Evidentemente, a pesar de que estos movimientos de gente emborrachándose fuera de control los fines de semana no amenacen en sí mismos la estabilidad del sistema, el permitir que eso suceda daría pie a la generación de toda una nueva batería de peticiones: al fin y al cabo, ¿para qué necesito decirle al estado de qué trabajo y dónde? ¿No es suficiente con que para trabajar y vivir no recurra a la violencia ni al robo? ¿no debería ser eso bastante? ¿Por qué debo decirle al estado con quién follo a cambio de no ver mis derechos reducidos –recordemos que los matrimonios tienen reconocidos derechos que los simples mortales solteros no tienen–? ¿No debería el estado garantizarme esos derechos per se mientras yo disfruto la posibilidad de vivir a mi ritmo?

Es en la generación de todas estas preguntas colaterales donde hay que comprender la virulencia con la que el estado ha actuado para reprimir esas Zonas de Ocio Temporalmente Fuera de Control que eran los botellones. No se podía permitir su existencia porque la mera existencia dan una alternativa al ocio absolutamente controlado por el ayuntamiento y acabaría generando deseos de espacios vitales alternativos a los absolutamente controlados por el ayuntamiento en otro ámbitos menos festivos (y ojo, sólo por eso ya vale la pena, no se me ocurre un motivo más importante para justificar alguna fiesta más de la cuenta: la simple generación del deseo de más de ese estado de embriagadora autonomía personal). Es por eso mismo por lo que los botellones en cualquier sitio donde han alcanzado repercusión mediática son ilegales, inseguros, dañan la economía y son insalubres mientras que los botellódromos municipales están «defendidos» por la policía y son legales (se ve que ésos no dañan la economía), y desde luego el problema de salud es, de repente, insignificante. Todo para convertir la represión disciplinante en una operación propagandística: puedes beber en el botellódromo porque el estado, generoso como siempre, te brinda esa oportunidad. ¿Cómo no vamos a estar contentos con él? : )

El final del botellón es, una vez más, demostrativo de la lógica disciplinante del Estado y de la suerte que debe esperar todo Movimiento Temporalmente Autónomo que capte demasiada atención dentro de los aparatos de gestión del mismo. Imaginen que un grupo de personas que deciden gestionar sus empresas de forma diferente y aparentemente indisciplinada [entendiendo por indisciplina el no aceptar juegos de favores ni el formar parte de redes clientelares], más acorde a unos principios de democracia económica, llevaran una existencia exitosa y comenzaran a ser vistos en los prohibitivos y exclusivos restos a los que acude la burguesía de la ciudad (generalmente formada por políticos y demás amigotes bien relacionados). La reacción lógica de estos últimos será la de montar un cordón sanitario en torno a los intrusos para secarles las fuentes. Si no los reconocen como miembros fieles de la cuadrilla estamental que se lame recíprocamente los hocicos, irán a por ellos.

Así mismo, el Estado fue a por el botellón no por el botellón mismo, sino porque estaba fuera de control [del mismo modo que van a por el p2p no por el p2p en sí mismo, sino porque ahí el flujo de información está fuera de control]. Y es por eso que desde el principio me sentó tan mal esta persecución. En el fondo, tal como yo lo veo, el botellón no es más que un montón de gente reclamando las calles (por cierto, asfaltadas, limpiadas y mantenidas con sus impuestos) para uso personal e intransferible, libre y privado, más allá de lo que el ayuntamiento quiera dejarte hacer. Y supongo que por su propia naturaleza temporal, el botellón (como fenómeno) no debía perdurar, sino mutar en otra cosa antes de ser exterminado. La pregunta ahora es: ¿encontrarán las nuevas generaciones su modo personal de explotar la necesidad de ocio descontrolado más allá de la movida promovida y permitida por el ayuntamiento?

La analogía me ha quedado rara (y el post largo), pero creo que se entiende. Por último, aclarar que posiblemente el éxito ante esta manía de control y monotonización cultural no reside tanto en recuperar el botellón (ya estigmatizado y cadáver como forma de diversión autónoma) sino en la búsqueda de nuevas alternativas de ocio que escapen al control microscópico al que estamos sometidos, al menos durante el tiempo suficiente. Igualmente, cuando el estado del bienestar está en declive absoluto y Europa desciende hacia el totalitarismo, la promesa del premio no es pasar una luminosa mañana en las playas de Ítaca, sino que la teníamos cumplida en la felicidad vivida por adelantado en el viaje mismo: lo importante, una vez más, es el construir poco a poco alternativas vivibles, en lugar de hacer revoluciones estériles, enfocar los esfuerzos en la generación de espacios nuevos que (quizá solo temporalmente, luego habrá que ir saltando) nos permitan desenvolvernos a gusto y fuera del foco de atención de los que, a un tiempo, gustan tener todo controlado.

Cómo llegar hasta ahí es algo que veremos otro día.