Ayúdame a cambiar de banco

Quiero cambiar de banco y no tengo claro a cuál irme. Así que estoy recogiendo recomendaciones, y junto a las ya recibidas offline (que no apunto para no condicionaros) me gustaría recibir feedback de quienes pasen por este post y tengan a bien compartir su experiencia. Por supuesto, es información sensible así que si no quieren dejar su nombre, pueden dejar un nick que no sea el habitual.

¿Por qué quiero cambiar de banco?

Yo era cliente de Caja Navarra. Con sus cosas, la principal debilidad de esta entidad es que en Madrid tenía pocos cajeros y oficinas, estaba yo bastante contento con ellos. Tras una serie de cambios de nombres, fusiones y adquisiciones, sin comerlo ni beberlo soy cliente de La Caixa. Y con esta entidad no estoy contento, así que quiero cambiar esta situación.

Caja Navarra cobraba comisión por algunas cosas, algunas discutibles… pero bueno, uno casi ya está acostumbrado a este tipo de cosas raramente justificables y en general, yo estaba bastante contento con ellos. Pero debo decir que lo de La Caixa no tiene nombre. Cobran comisión hasta por enviar un e-mail de confirmación al destinatario de una transferencia. Cobran el e-mail a precio de sms de los caros, esto es, a más del doble de lo que cuesta recibir dato desde el Hubble, que debe estar apunto de salir de nuestro universo y llegar al siguiente, de lejos que está.

¿Qué busco?

Dos cosas principalmente, y casi diría que por este orden de prioridad:

  1. Pocas (o ningunas) comisiones por cosas injustificadas, y comisiones mesuradas en general.
  2. Disponibilidad de cajeros, o red de cajeros, desde los que disponer de efectivo sin comisiones, principalmente en Madrid.
  3. Puntúa que (de nuevo, por Madrid) haya una red de oficinas más o menos extensa. Pero puede no ser la clave si tienen un buen servicio online y una buena red d cajeros.

Seguro que se pueden pedir muchas más cosas, pero bueno… por ahora esto es todo y como tengo mucho cabreo, mejor no me alargo más. Al banco al que me marche me llevaré mis cuentas personales y si todo va bien, también las de Cartograf, así que es un factor a tener en cuenta si alguna entidad ofrece especiales ventajas para esta situación. Ahora es vuestro turno. ¿Me contáis algo de vuestra experiencia? ¿Qué os gusta y qué no os gusta de vuestro banco habitual?

Agradezco tanto comentarios como difusión.

La sabiduría de las masas, el «social media» y una paradoja

Tras el mantra repetido hasta el aburrimiento por todo los que se ganan la vida haciendo «social media» (principalmente, marketing) se esconde una idea: la de que ya es imposible imponer un mensaje porque la masa de personas que pueblan Internet pueden comunicarse entre ellas y fruto de esa comunicación multidireccional y masiva aparece un nuevo conocimiento que deja obsoleto lo que creyera o pudiera hacerse creer a cada persona por separado. Algo así como «a la verdad por la agregación», o dicho en términos de Surowiecki, la sabiduría de las masas sociales.

En concreto, cuando hablamos de esos sitios a la moda que se venden a sí mismos como «red social», se habla de la emergencia de un conocimiento inaudito y genuino que no te permitirá manipular como antes la opinión que las personas tienen sobre algo: el marketing ya no es efectivo y lo que toca es ser cercano, próximo al cliente, casi campechano. Las personas pueden hacerse oir, y como consecuencia de esto aparece la verdad y eso desactiva el sucio y manipulador marketing convencional. Ya no podrás decir que lavas más blanco que los demás o, al menos, decirlo no servirá de nada porque las personas opinarán y podrán decirse unas a otras que no es así.

Hasta ahí el humo que venden propios y extraños, incluso quienes hacen acopio de dignidad. Nunca me gustó ese concepto de que tras la agregación (todos contribuyendo a una verdad, y una verdad para todos) reside el próximo gran paso del a humanidad, en forma de collage que de lejos sea visto como verdad mural. Pero a ese argumento le daremos más vueltas otro día. Hoy vamos a centrarnos en un único elemento.

Si el objetivo es quedarse en herramientas profundamente centralizadas (y no les hablarán de otras porque en ellas no hay dinero para marketing), lo anteriormente expuesto no aplica ni por objetivos ni por capacidades del sistema. Que el marketing online en estos medios centralizados recurra a las mismas técnicas destinadas a medios de masas tradicionales no es, precisamente, un indicio menor. Que sea la llegada de los grandes pesos pesados (vamos, el Ibex casi al completo), y no la larga cola, la que alimenta el boom del marketing en la red, con su inercia continuísta, tampoco es un indicio menor. Resulta que estos medios ni son tan «sociales» como presumen, ni la verdad agregada extraída de ellos es tan verdadera como presumen. Lo dirán mil veces y sin embargo, lo que hacen seguirá siendo un argumento mal entendido necesitado de revisión.

Y ya por ir cerrando, que me alargo demasiado. Cada uno de los euros que las empresas se gastan en marketing «social» es, en realidad, una demostración de lo vacía que está esa afirmación de que Twitter o Facebook (o cualquiera de sus epígonos centralizantes) vayan a cambiar esa realidad porque «ya es imposible manipular». Si no sirve de nada inundar el espacio hertziano con bat-señales publicitarias, ¿por qué a los clientes se les dice que lo hagan? Y si sirve de algo, ¿qué hay de eso de que los medios sociales constituyen un entorno idílico en el que la transparencia y la sabiduría de las masas florecen?

Es la gran paradoja del marketing social: su mera existencia invalida el principal argumento diferencial sobre el que se construye la venta de «lo social».

Grabando todo lo que hablamos en el autobús

Vía Threat Level llegamos a un artículo en The Daily que cuenta que:

Government officials are quietly installing sophisticated audio surveillance systems on public buses across the country to eavesdrop on passengers, according to documents obtained by The Daily. Plans to implement the technology are under way in cities from San Francisco to Hartford, Conn., and Eugene, Ore., to Columbus, Ohio.

Súmenlo a todas las videocámaras que se instalaron en la última década y el cóctel es letal para las libertades ciudadanas.

Por otra parte, esto de registrar todo lo que hablamos me recuerda mucho a la situación existente en V de Vendetta, esa distopía icónica de Alan Moore. Me pregunto cuánto falta para que en los chinos se vendan dispositivos que se encarguen de interferir con estos micrófonos como los que se usan en dicha historia. Y me pregunto cuánto falta para que los prohíban, por nuestra seguridad.

Dos artículos de hace varios años, de cuando dedicábamos mucha más atención al alzamiento de La sociedad de control, que vale la pena releer:

El Estado quiere saber lo que haces en WhatsApp

El Estado se muestra preocupado por la imposibilidad (actual) de pinchar las conversaciones por WhatsApp:

Whatsapp aterrizó y (…) ha dado la vuelta al mercado de los mensajes telefónicos. Pero también se ha convertido en una pesadilla para las Fuerzas de Seguridad del Estado. De momento no se puede interceptar. La Policía ha creado un grupo para tratar de descubrir el antídoto y poder intervenir esas comunicaciones.

(…)

hasta el momento y salvo errores de los propios usuarios, este sistema no es interceptable;

(…)

un grupo de expertos en telecomunicaciones, dirigidos por policías nacionales, está dedicado a tiempo completo a buscar herramientas para poder acceder a esas comunicaciones.

Otros Estados europeos (como el holandés) están también en esta carrera.

Obviamente, se habla de intercepción sin orden judicial, dado que de mediar orden judicial no hay más que requisar los servidores centrales de la empresa.

Bocados de Actualidad (155º)

Último domingo del año y tenemos por aquí una última dosis de Bocados, esa colección de enlaces que no tuve tiempo (o ganas) de comentar durante la semana y que ahora pueden leer en esta mañana de domingo, mientras van pensando en qué harán mañana por la noche. La ronda centésima quincuagésima quinta de los Bocados llega al ritmo de AC/DC (sí, debe ser la primera vez que eso sucede :)). En fin, aquí los enlaces que vinieron a buscar.

  • Arnau Fuentes habla de especialización frente a adaptabilidad. «Enseñar a identificar oportunidades y aprovecharlas».
  • Error 500 al hilo de Amazon entrando en la publicidad: «cosa de robots».
  • Drupal watchdog y el futuro de Drupal 8.
  • AVC y el beneficio en las distintas modalidades de e-commerce. «No me gusta el retail, pero los marketplaces son otra cosa».
  • Bianka Hajdu en Con Tu Negocio y 6 plataformas marketplace para organizar formación a medida en las pymes.
  • Doctorow y el congreso de los EE.UU. aprobando vigilancia masiva sin control judicial…
  • Para terminar, uno divertido. ¿Cómo serían los escudos de armas de Tolkien o Lovecraft si fueran casas de Canción de hielo y Fuego? Esos y muchos más «mockups» en la galería DeviantArt de Lokiable.

Y ahora sí, les dejo con Bon Scott y su banda, entonando uno de sus temas clásicos: Live wire

Cuando hablemos de software, hay que recordar que la clave es la libertad

Decía Lawrence Lessig que el código es la ley, hace una larga década cuando publicó su Code and other laws of the cyberspace. Creó Creative Commons y hubo consenso en torno a sus palabras. Más o menos al mismo tiempo, y contemplando el mundo desde un ángulo muy diferente, Richard Stallman escribió otro libro que parte de una hipótesis similar: Free software, free society (PDF). Coincidiendo en el mensaje general, ambos, Lessig y Stallman, no podrían estar más lejos en sus formas: mientras uno estableció un entramado legal complejo y confuso (tanto que años después planean renombrar las licencias CC no libres para evitar ambigüedades) que amenaza con implicar el sentido de la restricción de copia en el ADN de la sociedad, otro estableció el marco práctico en el que habría de desenvolverse una sociedad que, dependiendo de infinidad de computadoras, quiera ser libre.

Eran años de soñar con entusiasmo el mundo digital que queríamos construir. El arrebato estatal contra Internet apenas había dado los primeros síntomas de lo que posteriormente fue (y está siendo) la sociedad de control y Barlow resonaba fresco en nuestra memoria con una cierta ingenuidad.

Actualmente, muchos han olvidado la lección que Lessig y Stallman enseñaron. La lección, como digo, es que en una sociedad digitalizada, el código es la ley. El que diseña la herramienta decide la lógica con la que se codifican las cosas en la misma. Dice Jaron Lanier que en su afán por encasillar forzadamente a las personas en «solteros, en una relación o buscando una relación», Facebook amenaza con eliminar esa infinidad de matices que nos definen como únicos y que las consecuencias sólo las veremos de verdad más adelante. En Facebook no puedes definirte como «nos estamos conociendo pero no hay nada serio (aún)», o «algo hay, y de verdad estoy guay, pero no sé… ¿novios? Vértigo». El código es la ley y por eso es Apple el que decide el modo en que los datos se sincronizan en su iCloud, al usuario resta el papel de escoger entre las opciones prefijadas por el programador. Igual que el usuario de Facebook podía escoger su «estado sentimental» de un limitadísimo menú desplegable (¡fuera matices que aún no sabemos cuantificar!). Poco importa que un dato erróneo sea aún más contraproducente que no tener el dato. Lo importante es que el diseñador del software decide cómo se comporta el mismo. Lo importante es que, aunque ya no esté de moda recordarlo, el código es la ley.

Digo que se ha olvidado porque cada vez más personas que otrora defendían al software libre han dejado de hacerlo. Muchos se compraron un Mac y se enamoraron, tal y como se definiera a sí mismo Miguel de Icaza en su blog, hace unos meses; Miguel fue figura destacada del software libre, en el pasado. El discurso migró primero de lo libre a lo eficiente. Linus Torvalds liberó Linux bajo GPL porque eso era lo más eficiente, no porque fuera lo más libre. Se habla del Open Source y el argumento es la eficiencia de innovación, pero no la libertad. Y si mañana descubrimos que lo más eficiente es usar un Mac, nos compramos un Mac. Y si ello implica que no nos dejen elegir qué podemos hacer con el software, así sea. La eficiencia como un becerro de oro al que adorar y en nombre del cual sacrificar libertades. Y bueno, es un factor importante, pero el foco debe residir en la libertad.

No me gustaría personificarlo en nadie (tampoco en Icaza). Cuando hace unos meses estábamos organizando la Drupal Camp 2012, se evaluó la posibilidad de hacer un track de charlas menos técnicas, más enfocadas a software libre en general desde el punto de vista de promoción del modelo y las libertades que confiere. Y se descartó casi por unanimidad; como suelo decir, quienes promovimos esa idea perdimos (aproximadamente) por infinito a 2. La comunidad de software libre está presente y sus logros son magnos, pero muchos de sus miembros están en honor a la eficiencia, y no a la libertad.

Y así nos va, con la Linux Foundation lanzando vídeos que ensalzan a Mac OS X. Mientras, a quienes vivían hace una década de vender contratos de migración a software libre a las administraciones públicas les encanta hablar del porcentaje de uso de software libre, con datos inflados hasta el absurdo de generar titulares que no representan en absoluto la realidad. Y las cifras son absolutas: «el navegador más usado, el sistema operativo móvil más usado y el software de servidor web más usados son libres», repiten quienes esperan que por repetir mil veces una generalidad, ésta se haga realidad. Olvidan todos ellos que no es exactamente así: que en los tres casos se trata de software libre con licencia blanda que es modificado y derivado en versión privativa por intermediarios que actúan parasitando el sistema como free riders que toman software libre y escupen software privativo, y que son estos derivados privativos los que ayudan a alcanzar esa cuota de uso. Si no lo entiendes, pregúntate a ti mismo por qué para controlar plenamente tu móvil con Android tienes que rootearlo (antiguamente habríamos dicho crackearlo, los términos cambian para definir algo que sigue siendo esencialmente lo mismo) bajo la amenaza de inutilizar tu dispositivo de forma irreversible.

Valora tu libertad o estarás condenado a perderla. «No me hables de política», responden los que no quieren aprender que hasta algo tan pretendidamente inocente como el precio del pan es una decisión política. Valora tu independencia en Internet o estarás condenado a usarla en condiciones precarias. «Déjame de idealismos» responden los necios que una y otra vez repiten la historia. Y sin embargo hay esperanza. Pero para ello hay que recuperar el discurso de la libertad. Si nos quedamos en la eficiencia, sea esta técnica o económica, cualquier excusa servirá para dar marcha atrás a los logros obtenidos, como vimos hace un año con la vuelta a software privativo de la Junta de Extremadura (que había migrado a software libre años atrás); también en Andalucía, la Junta volvió a SAP.

Hay que situar el foco en el empoderamiento que recibimos al usar software libre. Eventualmente, además, tendremos software más eficiente y posiblemente más barato. Pero la clave es la libertad adquirida. Poner en el centro la libertad reporta más beneficios (y eliminarla es más complejo) como bien saben en Munich, donde el balance de sus años de software libre es bien diferente: «la clave reside en el empoderamiento ciudadano más que en el abaratamiento de costes». «En lugar de invertir en software, hay que invertir en formación de comunidad», continúan. Puede parecer una odisea antimercado, pero nada más lejos: la comunidad así formada, así empoderada, y así consciente del valor que aporta este empoderamiento, está mejor preparada para sobrevivir a situaciones adversas. Y eso incluye adversidades en lo económico y adversidades en lo social. En la actualidad, no nos faltan ejemplos ni de un caso, ni de otro.

Para ello es necesario volver a hablar de software libre, sin tapujos, sin sonrojarse y sin miedo de que algún necio haga chistes sobre lo contento que está con su iPad. Situar a la libertad, a la adquisición de autonomía y al empoderamiento individual y comunitario en el centro de nuestros proyectos. Convertirlos en el objetivo y la escala con la que medir nuestro éxito, yendo más allá del simple ahorro monetario, aunque éste también sea importante para usar ese recurso escaso (el dinero) en cubrir necesidades que de otra manera quedarían descubiertas. Si recuperamos ese mensaje, el software libre tendrá opciones de recuperar el tiempo perdido y nuestra sociedad podrá ser más libre para programarse libremente, y no para que nos programen. Abstraído de su consecuencia, el argumento del software libre puede resultar frío, quizá incapaz de movilizar el corazón de nadie; contemplado de forma panorámica junto a la libertad que nos otorga, no debería dejar indiferente a nadie que tenga corazón. Solamente si soñamos un mundo más libre podremos, en un futuro, construirlo.

Estamos en 2012 y en muchos aspectos la alfabetización que se hizo a finales del siglo pasado se ha perdido en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Y sólo ahora (una década después) estamos cosechando las consecuencias. Por eso creo que ha llegado el momento de recuperar el discurso del software libre como condición sine qua non para una sociedad libre. Software empoderador para una ciudadanía empoderada. Software con lógica distribuida para no caer en la trampa de la Red que se pierde en la nube; aunque sepamos que la red distribuida no existe ni existirá, hay que intentar saltar un edificio para lograr saltar una tapia. Recuperemos el discurso del software libre como el medio liberador, empoderador, para obtener una sociedad digital más libre. Está en juego mucho más que un puñado de euros. ¿Qué mundo quieres tener dentro de diez años?

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