El mayor problema actual del crowd funding no es que no haya alternativas para lanzar y coordinar proyectos recurriendo a este mecanismo, o incluso para montarlo por tu cuenta.
El mayor problema actual del crowd funding tampoco es que la parte importante de esa expresión sea el «crowd» y que el reto sea construir comunidad.
El mayor problema del crowd funding no es que muchos proyectos sufran algún retraso, o que algunos no lleguen a culminar.
No, todo eso son limitaciones inherentes a la vida misma, casi imposibles de subsanar (siempre habrá algún inconveniente técnico, y siempre habrá proyectos fallidos).
El mayor problema del crowd funding es que habita en una suerte de vacío legal: puedes hacer donaciones a un proyecto, y puedes hacer precompra, pero no existe un marco legal que prevea que el microaporte que realizamos sea, en realidad, una microinversión. Y esto es un gran problema que a menudo pasa desapercibido. Tiene implicaciones mayores.
Si uno apoya la grabación del nuevo disco de un artista al que sigue, o entre un puñado de fans construyen piezas temáticas para un conocido juego de mesa a precio ventajoso, cabe argumentar que una vez entregado el producto puede estar la misión cumplida y todas las partes satisfechas. Pero cuando hablamos de proyectos de hardware (y potencialmente, hardware libre), ¿es la única posibilidad pensar en términos precompra cuando uno está poniendo su dinero en un proyecto con una alta probabilidad de fracaso y, si el mismo tiene éxito, el mismo puede hacer ricos a sus responsables?
Estos proyectos son particulares: requieren mayor inversión que la simple creación de una obra artística, y potencialmente quienes los respaldan están ayudando a poner en marcha un proceso que requerirá mejora iterativa, con alto riesgo de perder el dinero que pusieron, y que muy probablemente no sería posible sin ellos. En estas situaciones, sería beneficioso para ambas partes poder enmarcar la relación entre proyecto y microfinanciadores en términos de inversión. Por supuesto es complejo y yo no niego ese carácter: un embrión de empresa con muchas personas que poseen una participación minúscula y ante quienes se debe rendir cuentas, que en tanto son propietarios de una participación pueden querer deshacerse de ellas (¿equivale a cotizar en público?), etc.
Adicionalmente, posibilitar ese marco ayudaría también a aligerar al crowd funding del sambenito de la donación, caridad, limosna. No es nada de eso, pero para que mentalmente lo veamos como un compromiso con una propuesta y un proyecto que va más allá de la donación o la caridad hace falta que el mismo pueda materializarse. Dije en estas páginas al hilo de El cosmonauta que:
«dentro de un tiempo este tipo de financiación en el que el público se compromete con el proyecto desde fases tempranas será contemplado como una fase más (imprescindible, además) de todas las producciones, grandes y pequeñas. Cuando eso suceda, el velo de inocencia idílica en torno al crowd funding se esfumará, pero lo cierto es que cuando eso suceda, la forma de realizar y crear proyectos (incluso esos macroproyectos) habrá cambiado para siempre.»
Y lo mantengo, pero si no afrontamos un cambio mayor, de mentalidad y estructural, se hará la revolución para que no cambie nada. Se cambiará cómo se producen los proyectos sólo para que los grandes productores de siempre minimicen aún más su riesgo, pero no cambiará lo fundamental: habrá las mismas estructuras tendentes al oligopolio, defendidas por los mismos mecanismos de toda la vida. Se descartará la posibilidad de introducir un cambio de reglas en el que no sólo quienes tienen fácil acceso a enormes sumas de capital pueden sentirse dueños de los proyectos en los que creen, en los que se implican, y con los que se comprometen. La maquinaria estará mejor engrasada, pero la libertad adicional que podría generarse no llegará a quienes lo harán posible.
No digo que sea sencillo, pero sin duda alguna los implícitos, los vacíos legales y las incertidumbres sólo benefician a quienes no hacen otra cosa que buscar las grietas por las que medrar a costa del sistema.
El mayor problema del crowd funding es el vacío legal que lo rodea, y haríamos bien en subsanar ese fallo en el sistema cuanto antes, para dar rienda suelta al verdadero poder que este tipo de financiación nos da a los pequeños, a los de a pie. Para no facilitar mediante la inacción la migración de las viejas estructuras a los entornos digitales sin que se vean enfrentadas a adoptar una lógica que sea verdaderamente hija del entorno digital, diverso y descentralizado en que vivimos. Para que los viejos oligopolios no tengan parapetos desde los que seguir viendo los toros desde la barrera, frenando con el miedo y la desconfianza artificiales y derivadas del vacío legal existente en torno al crowd funding la eclosión definitiva del mismo, y el consecuente desarrollo de todo tipo de ideas y proyectos que ahora mismo ni tan sólo somos capaces de concebir, y que únicamente los principales interesados, esos «microfinanciadores» como tú y como yo, estarán dispuesto a hacer realidad.
