River, una gran (y corta) serie de la BBC

River, miniserie de la BBC

Estos días he aprovechado para ver River, una serie de sólo 6 capítulos emitida originalmente por la BBC.

River es una serie policiaca. No es revolucionaria, no ha inventado el género. Pero sí me ha parecido que tiene un punto especial. Quizá todo se deba al personaje central, el detective John River, o a la historia que éste investiga, que no es otra que el asesinato de su compañera de patrulla.

Por suerte se trata de una serie de la BBC, y espero que eso pese a la hora de que no hagan una segunda temporada. Me ha encantado la serie pero creo que la magia de la misma está en que la historia se autocontiene en estos 6 episodios. Creo que añadir una segunda temporada en la que inevitablemente los guionistas introduzcan elementos de folletín para despertar tramas paralelas en el espectador destruiría lo mejor que tiene la serie.

Una serie recomendable, y por lo que a este blog respecta, recomendada. Lo que hagan con la recomendación no me compete.

Aquí Tina Charles cantando I love to love, inevitable no ponerla en este post.

Promesas y elecciones

«Que la gente pudiese hacer promesas sin la mínima intención de cumplirlas era algo inimaginable para mí».

– Henry Miller

Domingo electoral (¡otra vez!), recuerden que cuánto más fantástica, sorprendente, mágica, y sencilla sea la solución que les han prometido y con la que han seducido su voto, más probable es que el que les prometió tal cosa no tenga ni la más remota intención de cumplirla.

Eso es lo que en nuestro idioma conocemos como frivolidad. En este blog detestamos la frivolidad, pero eso es tema para otro post. Hoy sólo quería desearles un buen domingo. Y si me leen el lunes, como ya habrá motivos… pues disfruten lo votado.

Por qué ir a una sala de cine es una mala idea

Durotan, Warcraft

Después de mucho tiempo sin acercarme a las salas de cine, he acudido este fin de semana a ver una película. La experiencia me ha recordado por qué voy tan poco a las salas de cine, y por qué con alguna excepción (esta semana es el festival de cine alemán en Madrid y quiero ver alguna película) no creo que repita en el futuro más cercano (ni en el lejano, pero «para siempre me parece mucho tiempo» que decía la canción).

La película (Warcraft, the beginning) en sí ha estado bastante entretenida. No le van a dar ningún Oscar, pero como película resulta muy entretenida y si te gustan esos ambientes de fantasía medievaloide aún más. Para contrastar con la película, la parte de trabajo que corresponde a la sala ha sido peor que terrible:

  • La película comenzó con 15 minutos de retraso sobre la hora anunciada.
  • Durante esos algo más de 15 minutos nos sometieron a anuncios. Trailers, y no trailers. Anuncios, además, nada relevantes (cosas no relacionadas con la película, cross-selling propio de la sala, y trailers doblados al castellano en una sala de cine en versión original).
  • La entrada costó la friolera de 9.20€ por cabeza.

En Internet, al menos, uno puede elegir: o paga por los contenidos que consume y los servicios que usa, o tiene que aceptar que va a tener más publicidad de la que cualquier persona es capaz de soportar. En esta pseudo-experiencia en el mundo real, además de pagar el asiento a precio de tinta de impresora te toca tragarte los anuncios. Y no contentos con ello, y pese al retraso, no más aparecen los créditos encienden las luces y a meter presión para vaciar la sala a base de barrenderos. Resulta que los créditos también son parte de la película pero esa sala que se supone está en el negocio de hacer la experiencia de ir al cine más interesante que la de ver la película en casa han pensado que lo mejor era no cuidar la película hasta el final.

Ahora, comparemos esto con la experiencia de ver la película en casa:

  • La película empieza a la hora deseada.
  • ¿Anuncios? ¿Qué anuncios?
  • El coste de ver la película, por decirlo amigablemente, será mucho menor a esos 9.20€. Sobre todo si uno acude a cualquier distribuidor sueco que pueda conocer.

So much por la excepcional experiencia de ir al cine. No iba a una sala desde que vi la tercera parte de The Hobbit. Y no creo que vuelva (excepción mencionada arriba) si Peter Jackson no se compromete a rodar una serie de películas sobre el Silmarillion.

Los totalitarismos de nuestro tiempo

Senador Palpatine, parecía buena idea

Inventado mucho antes, fue con ocasión de la guerra de Crimea que el telégrafo se extendió hacia el este de Europa y Asia, generando una primera globalización gracias a esa primera red de comunicaciones en tiempo real que Tom Standage denominó La Internet victoriana en su clásico libro de finales de siglo pasado.

Con la llegada de Internet y la sucesión de cambios que vienen (y no paran de llegar) tras ella, se convirtió en lugar común eso de que el mundo se acelera sin remedio: que los cambios son y serán cada vez más rápidos, y la globalización será definitiva y, en fin, global. Teorías simples y algo ingenuas que convierten este relato con el tiempo en un lugar común tan vacío como persistente y difícil de esquivar. Como Internet se populariza en la década tras la implosión de la Unión Soviética, se añade a esta simplificación de la percepción del mundo aquello que no hay lugar para las ideologías porque todo es y va a ser economía de mercado. El fin de la historia de Fukuyama, escrito en 1992, como mejor exponente de esta valoración equivocada.

Hoy sabemos que Fukuyama patinó, y todos los que le siguieron sin fijarse patinaron también en el mismo suelo mojado. Mistakes were made, nadie admitirá que se equivocó.

Mistakes were made porque dos décadas después de que Internet se colara en nuestras vidas podemos ver cómo Rusia ha recuperado sus aspiraciones imperiales e intenta materializarlas día a día. Se observa así mismo que con el advenimiento de la crisis económica de la última década las ideologías están más vivas que nunca, y que al sedimentar en actitudes políticas decididas tras varios años de eslóganes declarativos sin trascendencia real resultan ser las mismas ideologías que fueron populares en la primera mitad del siglo XX, con muy pocos o ningún cambio en el fondo pero más sofisticadas en la forma.

Que existe en toda Europa una radicalización ideológica a izquierda y derecha es ya evidente. Dejando de lado como cada uno de estos movimientos gusta ser llamado, las propuestas y el mensaje de ambos extremos es fácilmente identificable con el mensaje que a primeros del siglo XX desarrolló y aupó en gran parte de Europa gobiernos totalitarios en nombre del fascismo mientras el otro extremo desarrollaba y aupaba al poder a gobiernos también totalitarios surgidos de revoluciones comunistas. Entre ambos trajeron al mundo los regímenes más atroces y las guerras más sangrientas de la historia reciente del continente. Y como nota a veces olvidada, ninguna de estas tipologías de totalitarismo defendía «el capitalismo» ni las economías de mercado, sino todo lo contrario en ambos casos.

El asunto es que la historia nos enseña que fueron la pobreza y las expectativas vitales incumplidas tras la primera guerra mundial lo que dio alas a ambas radicalizaciones. Hoy en día la pobreza no es ni de lejos lo que fue. Pero la gestión de expectativas… ésa es otra historia.

Aquí es donde entran en juego las corrientes de «desafectados» que en Estados Unidos empiezan a denominarse como «the left behind» (los dejados atrás). Todos aquellos que no se han enganchado a esa nueva forma de trabajar en la economía globalizada y digital en que estamos viviendo y que no tienen acceso a los mejores salarios (aunque puedan salir adelante con su vida), mientras perciben a esas nuevas élites profesionales como los culpables de que ellos no tengan algo más. Jesús Pérez ha dedicado dos buenos artículos a este fenómeno y recomiendo su lectura.

El resumen acelerado del fenómeno es que hay una gran cantidad de personas que se sienten «dejados atrás» por esta sociedad que se ha enganchado a un viaje digital en el que ellos no cogieron asiento, y este grupo social apoya a populismos pseudofascistas (el pseudo es por suavizar, claro), que pueden venir representados por Trump en Estados Unidos o Front National / Alternative für Deutschland en la Unión Europea. Como contraparte tenemos a quienes sí se engancharon a esa globalización digital y defienden a candidatos «anti-establishment» apoyando populismos pseudocomunistas (más pseudo- como sustituto de vaselina) tras el rostro de Sanders en EEUU o Iglesias en la UE. Estos candidatos y quienes los apoyan no son altruistas ni tienen especialmente buen corazón (buena gente las hay de todos los signos, en todas partes): defienden romper con las élites establecidas sobre todo porque se saben miembros de la nueva élite alternativa que copará el poder si consiguen echar a los otros. Por si alguien no lo recuerda, Marx vivió toda su vida en un palacete burgués con personal de servicio, mantenido por su amigo Engels mientras él no daba un palo al agua. Su único incentivo para repudiar a las viejas élites nobles en nombre de la «meritocracia obrera» (de aquella meritocracia, estos sindicatos, pero dejaremos ese debate para otro día) era que él aspiraba a ocupar el lugar de alguno de esos expulsados del poder, y no que él fuera especialmente de clase obrera.

Estos dos grupos de personas que apuestan por posiciones extremas de izquierda y derecha son minoritarios a día de hoy en un sentido estrictamente demográfico, pero hegemónicos en cuanto a influencia de discurso y atención mediática. Ante la aparente novedad, y la profusión de declaraciones exageradas y llamativas resulta harto sencillo para todos ellos captar la atención de los medios, y consecuentemente de la población. Por lo que si nada cambia, creo que es sólo cuestión de tiempo que ambos extremos dejen de ser minorías demográficas.

Volviendo al telégrafo. Se popularizó a mediados del siglo XIX, y unos años después Marx comenzaba a trabajar en El Capital, que no sería publicado íntegramente hasta 1897, ya con el bueno de Karl criando malvas. Un par de décadas después Europa viviría los momentos más negros de toda su historia reciente aupados por personas que en muy poco se diferenciaban de esos dos grupos que hoy, un par de décadas después de popularizarse Internet de forma masiva, son capaces de defender sin pestañear los guiños totalitarios, xenófobos, y escalofriantes, de Le Pen e Iglesias, por poner dos casos más cercanos que los de Trump y Sanders.

Quizá sea verdad, después de todo, que Internet acelera ciertos cambios sociales y que no haya que esperar 60 años para que una nueva generación se sienta iluminada lo suficiente para poner en el poder a gobiernos fascistas y comunistas a lo largo de Europa. Por una vez, espero que ésa promesa de Internet también sea errónea y no llegue a darse el caso. Pero tengo la sensación de que la fruta está madura. Por supuesto, nadie tendrá la culpa, como en esas encuestas en las que nadie recuerda haber votado a un cierto partido cuando ya está uno cabreado con el gobierno al que quizá habían aplaudido a ovación cerrada no hará mucho atrás (quizá en una escena parecida a la que en el cine convirtió al senador Palpatine en Emperador). No será culpa de ellos, por supuesto. Mistakes were made, dirán.

Pragmatismos

«No podemos cambiar el país, cambiemos de tema.»

James Joyce, Ulises, vía.

Es frecuente en estos tiempos que en cualquier conversación aparezcan una y otra vez los mismos temas: el no gobierno, las no elecciones, las sí elecciones, que si tal partido es la solución, que si estás confundiendo un unicornio con un partido, …

Cuando ves que tu interlocutor no está dispuesto a alcanzar acuerdos siquiera de mínimos, al menos podrás cambiar de tema antes de que la situación sea insostenible (o precisamente porque la situación sea ya insostenible sin ese cambio).

Al fin y al cabo, y al menos en esta ocasión, no creo que Joyce tuviera razón: siempre se puede cambiar de país y de vecinos y de conversaciones.

Actualización 2016-04-06: Gracias al comentario de Dani hemos corregido la cita, que en el sitio donde la comentaban estaba mal traducida y la original cambia el sentido y deja un poco sin sentido el último párrafo del post.

La responsabilidad personal es poesía

The Big Short

La verdad es poesía. Y, ¿sabes qué? La mayoría de la gente detesta la poesía.

– anónimo, citado en The Big Short

Este fin de semana pude ver, por fin, The Big Short. Una buena película, irónica, divertida y creo que didáctica sobre un tema al que ya hemos dedicado horas de lectura y comprensión, como es el de la crisis financiera de la última década, pero sobre el que siempre es bueno volver para seguir aprendiendo.

La frase anterior está extraída de la película, y la traigo aquí porque es aplicable a muchas otras cosas: el software libre hace posible un grado de autonomía personal elevado, los ordenadores personales articulan esta autonomía personal para permitir un desarrollo personal importante.

La autonomía y el desarrollo personal en el uso de ordenadores sufren un poco de lo mismo: una minoría valora poder crear con ellos. Escribir, diseñar, programar, hacer cosas nuevas que nadie más ha hecho. Mientras una mayoría quiere pasatiempos: consumir entretenimientos on-demand sin cuestionarse lo que cambia desde el consumo analógico de contenidos al digital. Ese proceso que hace años vengo en llamar tabletización de la informática de usuario.

No hay lugar para la sorpresa. La electrónica de consumo y la informática son mercados de masas, y el enfoque de sus productos está sesgado por y para contentar a esta mayoría de consumidores.

Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad donde la responsabilidad personal es repudiada por una mayoría que quiere, pide, y suspira para que otros arreglen sus errores. Da igual que el error fuera comprar una hipoteca que no podían pagar, o estudiar una carrera para la que no hay trabajos. O invertir en bolsa y que te salga mal. «Soy adulto y puedo hacer lo que quiera, sí, pero tú me dejaste tomar esta decisión que me ha salido mal así que es culpa tuya y exijo compensación».

Me pregunto si quienes quieren que «socialicemos» sus inversiones fallidas en bolsa (recordemos que Bankia es un banco público, y la compensación afecta al balance de todos) habrían socializado los beneficios, o si este enfoque sólo aplica a banqueros malos y no a La Gente(tm) de la calle, que es buena. Quizá este chiste es tan asimétrico como aquel de «disfruten lo votado» que algunos insisten en que sólo se puede usar contra el PPSOE de la casta puaj puaj, y no contra la nueva política (sic) que no son casta y son puros y llenos de buenas intenciones.

El software libre es poesía, y la autonomía y el desarrollo personal son poesía. Por supuesto, la responsabilidad personal es poesía de la más indigerible, arte mayor cosido con endecasílabos. Y la mayoría de la gente detesta la poesía.

Todas estas cosas son valoradas por una exigua minoría, y despreciada por una mayoría infantilizada que vive más cómoda echando la culpa de sus dificultades a causas exógenas.

Claro que decir que una mayoría de la sociedad en la que vivimos está infantilizada y reniega profundamente de lo que nos hace adultos, como es la responsabilidad personal, suena a poesía. Y como tal, es una afirmación que será detestada y negada por muchos.

Bocados de Actualidad (195º)

Aquí está de nuevo la sección fija menos fija de la blogosfera, los bocados de actualidad. Domingo festivo y corto debido al cambio horario, en cualquier caso últimas horas de descanso antes del lunes. La ronda centésima nonagésima quinta viene cargada de enlaces.

En la semana en que la capital de la UE ha sido objetivo de atentados por parte de Daesh, es inevitable repasar algunos enlaces sobre este tema:

  • Por qué los terroristas escogen Bruselas, en The Guardian.
  • De noviembre, pero premonitorio y relevante: Molenbeek me rompió el corazón, en Politico.
  • En Guerras Posmodernas, un análisis sobre lo que representa este nuevo atentado en la evolución de los ataques de ISIS en suelo europeo tras perder fuelle en su empuje por el control territorial en oriente.

Unos enlaces más, ahora de temás diversos.

  • ¿Cómo un desarrollador rompió numerosos proyectos de Node.js con su plugin de 11 líneas? Creo que merece la pena ser críticos y leerlo al revés: cómo numerosos proyectos de software supeditan su operación a una dependencia externa para ahorrar 11 líneas de código. En todo caso, la historia en The Register.
  • Arnau Fuentes sobre el carácter novedoso (¡o no tanto!) de que los estados occidentales quieran vigilar Internet «a raiz del peligro que representa Daesh».
  • Algo para aprender: Irlanda salió de la crisis en 2008 atrayendo inversiones tecnológicas. Por Martin Krause.
  • Rachel Laudan y I don’t eat organic food. «Oganic legislation was not put in place to improve life for consumers. It was a political compromise between those who deeply distrusted modern agriculture and those involved in it». En este blog, la tontería de la comida ecológica.
  • La izquierda regresiva, por Ana Soage.
  • Más ataques contra Bitcoin, esta vez, fuerza bruta para romper contraseñas. Ars Technica.
  • Admito que en SnapChat no me encuentro. No que no tenga cuenta de usuario, sino que no me hallo, no es mi hábitat. El ejercicio de Gonzalo Martín probándolo y comprendiéndolo me resulto por ello doblemente ilustrativo.
  • ¿Existe brecha salarial entre hombres y mujeres? Frente a la desinformación, rigor y datos. En Quartz.
  • Trade deficits come due someday. O cómo todo lo que se gasta hay que pagarlo, y antes o después te pilla el tren. Lo mismo en lo macro que en lo micro y familiar. Buen tema en BloombergView.
  • Dos sobre la libertad de trabajar sin trabas burocráticas ni restricciones a mayor favor de lobbies oligopolistas: La gran estafa legislativa que impide a miles de personas ganarse la vida, en El Confidencial y los resultados preliminares del estudio sobre «economía colaborativa» realizado por la CNMC y cuya versión 0.9 fue publicada hace unos días, con recomendaciones tendentes a liberalizar mercados como el del taxi y el del alojamiento vacacional.
  • Dice Javi Pastor que le preocupa el futuro de OS X, que cree que no llegará a cumplir 18 años y que le parece trágico. OS X representa lo peor del free rider: tomar la versión más moderna de un sistema libre que podían modificar sin liberar. Su concepto y vocación son detestables y lo único verdaderamente trágico de que se acerque su final (porque creo que JaviPas tiene razón en eso) es que culmina el triunfo de la tabletización de los sistemas operativos personales. Eso sí es trágico.
  • Dos ejercicios para entender la España de 2016, en Poliorcetes.
  • Ivan Fanego sobre los mitos mochileros y su necesario desmontado.

Ayer por fin pude ver The Big Short, una peli que llevaba tiempo queriendo ver. Una gran película que trata con ironía y un punto didáctico la evolución de la gran crisis financiera de nuestro tiempo. Durante la película hay un montón de buenos momentos musicales: Mastodon, Metallica, Pantera, o Neil Young, entre otros. Es con el bueno de Neil Young, o mejor dicho, con los buenos de Pearl Jam acompañados de Neil Young, tocando un clásico de Young con quien cerramos hoy estos Bocados.

Como bola extra, una divertida explicación sobre cómo funcionan los derivados de hipotecas subprime que tiene ya muchos años pero que conviene ver de vez en cuando. Dejo la versión con subtítutos, por si a alguien le viene mejor que la cruda.

Pasen bien.

Este blog usa cookies para su funcionamiento.    Más información
Privacidad