La globalización nos trajo la promesa de un mundo mejor, más igualitario, más libre, más meritocrático. Para que ello fuera posible había que ampliar la libertad de movimientos de tres formas básicas: capitales (fue lo primero en llegar), mercancía (se aligeró en algo, pero siempre con cierta hipocresía y sin olvidar del todo los viejos proteccionismos, sobre todo por parte del mundo más rico), y personas (que nunca se hizo efectiva excepto por la movilidad entre personas de la UE). Esto es así porque sólo en total libertad de desplazamientos de personas y mercancías la ya existente libertad de movimiento de capital resulta en beneficios generales para todos, sin que por el camino se generen más desigualdades. La resistencia última de los Estados a la globalización se materializa en los fenómenos de descomposición. La única manera de no ahondar la crisis de descomposición no es resistirse a la globalización, sino dejarse engullir y aparecer más allá del vórtice. Sin embargo, la UE, que sigue blandiendo el argumento social frente a los Estados Unidos, apuesta por acelerar el derrumbe. De momento, y siempre con la excusa del terrorismo, se amplía la sociedad de control al incrementarse la recogida y compartición de datos en vuelos intracomunitarios, a propuesta de Reino Unido secundada por otros estados europeos. Tiempo al tiempo, al frente hay más, y no menos, fronteras en la UE.
Básicos del mercado laboral
«Imposibilitar o dificultar el despido no crea efectos positivos, sino al contrario. Si los trabajadores saben que no los van a echar, pueden estar rascándose las gónadas tranquilos sin dar palo al agua, mientras chupan del bote. Por otro lado, para intentar evitar eso, las empresas se vuelven extremadamente cuidadosas a la hora de contratar gente: cuanto menos personal mejor (no sea que luego quiera reducir plantilla y me caneen), y mil recelos a la hora de contratar, que sea gente con experiencia y que sea de fiar (¡que si me sale rana no podré echarlo!). Si dificultas el despido, también dificultas la contratación.»
– marbu, en un comentario que deben leer al post anterior, Estremecerse dirigiendo la vida propia
Y si dificultamos despido y contratación reducimos el flujo, se entorpece el mercado, en último término hay ineficiencias, encasquillamiento (que nos lleva directamente a la aparición de rentas a favor de los contratados, que pueden así vaguear ad libitum quejándose para trabajar menos y ganar más) y dejamos el camino abierto al amiguismo.
Es un enfoque básico, pero ya nos iría mejor si muchas personas que están en posiciones más o menos clave tuvieran las cosas igual de claras que marbu.
Estremecerse dirigiendo la vida propia
Son mayoría las personas que rigen su vida obedeciendo al falso principio según el cual montar tu propia empresa es arriesgado, mientras buscar un trabajo fijo en cualquier multinacional es una bendición, un paraíso de la seguridad.
Esta percepción obvia que todas las empresas pueden ir mal y que la principal diferencia es que si tú estás al volante, al menos puedes intentar no estrellarte. Si no pasas de ser un empleado más, todo lo que puedes hacer es encomendarte a los dioses-gerentes de forma pasiva. Pero la historia nos enseña que las empresas grandes también se la pegan total o parcialmente y reducen plantillas y/o salarios sin que los empleados puedan, en efecto, aportar otra visión: recoge tus mierdas y te vas.
No vale, por tanto, expresar el dilema en términos de seguridad. No existen las certezas y así debe ser si queremos una vida que nos haga feliz. Pero más aún, cuando encontramos certezas es a cambio de todo lo que aporta sabor a la vida, todo lo que permitirá moldear nuestro mundo para que sea ése en el que queremos vivir.
Pero si no podemos hablar de seguridad, todo lo que queda es el miedo. Siempre el miedo. No deberíamos extrañarnos, por lo tanto, de que las sociedades cuyos miembros tienen como máxima aspiración ser funcionario del sector público, y en ocasiones también del sector privado, sean crecientemente conservadoras y reaccionarias. Se rinden ante sus miedos, prefieren seguridad a libertad, no merecen ni una ni otra y, seguramente, acabarán perdiendo ambas.
Quizá por eso son emocionantes las iniciativas encaminadas a aplanar la pista de salida; el impacto será tremendo. Tomar las riendas de la vida propia es una decisión que exige coraje, y no todos recorrerán ese sendero blakeniano, pero esa sensación de necesitar poner toda nuestra atención para no caernos, como cuando descendemos en bicicleta un poco demasiado rápido, es estremecedora, genera oxitocinas, engancha y es tremendamente empoderadora.
Pensando estupideces, censurando al tuntún
El accidente nuclear en Fukushima como consecuencia del último terremoto/maremoto frente a las costas de Japón ha dado pie a una exagerada respuesta mediática. Más allá de toda discusión, lo que es una soberana estupidez es censurar los episodios de los Simpsons en los que se muestran accidentes nucleares, como acaban de anunciar que harán en Alemania. ¿Qué parte de «serie de ficción» no comprendieron? Censurar como mojigatos para acabar pidiendo la reapertura de ciertos debates en torno a lo nuclear con una lógica más bien cuestionable en el que lo único que cuenta es dar sensación de actividad, aunque sea el equivalente político de una verborrea incontenible.
Paul Baran ha muerto, larga vida a su legado
Paul Baran, que en 1964 ideó la estructura de comunicaciones de Arpanet que vendría a devenir nuestra Internet, con su neutralidad, y a revolucionar las topologías de la información y, por extensión, el mundo en que vivimos, falleció el pasado sábado a los 84 años de edad. Su legado, los mundos más libres que sus desarrollos hacen posibles, le sobreviven desde ya y la sencilla demostración nos la proporciona el hecho de que los indianos al completo nos enteremos de esto gracias a un post de Gonzalo en Madrid que nos lleva al New York Times y que nosotros estamos leyendo desde Montevideo.
Y ahora, Montevideo
Tras pasar una semana entre Rancagua y Santiago, una semana en la que no hemos parado de aprender, salimos en un par de horas para Montevideo, donde nos encontraremos, al fin, con todos los indianos que esta semana estuvimos trabajando en Bazar simultáneamente en tres países y dos continentes… hasta hoy. Feliz domingo de reunión.
I’m richer through all the things i rejected
Escribo este post en Santiago de Chile en pleno passagium, a miles de kilómetros del lugar donde me encontraba hace un año, a miles de años luz de aquel salón de grados en el que defendí mi tesis doctoral hace un año.
Una vida no puede cambiar más, mejorar más, en un año y ni siquiera sé cómo descodificar esta cicatriz que contemplo con la felicidad que uno contempla una herida de guerra ya cerrada.
Como dice el título, que no es sino una paráfrasis de una frase de una canción de Piano Magic de la que hablé en alguna ocasión, soy mucho más rico y todo va mucho mejor gracias a todo lo que rechacé.

Arrepentimientos tengo varios, pero ninguno es tan importante que merezca mención. Viví varias vidas, de todas renací no como un Fénix mediocremente idéntico cada vez, sino más hábil y más sabio, con ojos de serpiente. La última reconstrucción, como una águila calimala más fuerte cada día, es con diferencia la mejor que he vivido. Tuve varias vidas, pero en ninguna como en ésta fui tan feliz.
