Hablarle a las máquinas, porque somos nosotros

Necesitamos referenciar todo cuanto nos sucede para hacernos una idea de su envergadura, para sentirnos menos desorientados, pero estimar la magnitud de la transformación que estamos viviendo no es una tarea fácil ya que sólo podemos trazar paralelismos entre cambios históricos pasados y actuales; paralelismos cuya validez no está del todo clara.


[Imagen: Steampunk, The legend of Yamato, por Yapkr, que hace ya mucho borró su galería de DeviantArt]

Crecí, la mayoría de nosotros crecimos, en un mundo eminentemente analógico. La revolución de Internet produce una discontinuidad dramática, un salto a mejor ala que nos creemos bien habituados, pero que en ocasiones nos deja flotando en el vacío, sin nada sobre lo que apoyarnos para retomar el camino. Y es que donde la revolución industrial nos obligó a cuestionar dónde acaba nuestro cuerpo (¿la herramienta es o no parte de mi cuerpo?), la nueva era digital nos conmina a ampliar los límites de nuestra mente. A priori es el mismo tipo de cambio, pero como expresa Douglas Rushkoff en Program or be Programmed:

«Mientras las máquinas una vez reemplazaron y usurparon el valor del trabajo humano, las computadoras y las redes hacen más que usurpar el valor del pensamiento humano. No sólo replican nuestros procesos intelectuales –nuestros programas repetitivos– sino que desincentivan nuestros procesos más complejos –nuestra comprensión, contemplación, innovación y generación de sentidos más elevadas, cuyo aumento debería ser la recompensa de “externalizar” nuestra aritmética en chips de silicio.»

En este sentido, es bastante probable que abunden los ludditas que, afirmando que la tecnología destruye la esencia humana, rechacen la tecnología como otros rechazan las transfusiones sanguíneas, el algodón de azúcar o los transportes aéreos.

Constituye un grandísimo reto el ejercicio proprioceptivo que necesitamos acometer para romper la aparente paradoja de externalizar multitud de tareas en una máquina para tener más tiempo para otro tipo de actividades que no acaban por aparecer ya que el externalización misma inhibe ese segundo tipo de desarrollos más elaborados. El reto es admitir que la máquina es parte de nosotros, algo más que un aparatejo vibrante que nos obedece sin determinar en qué nos estamos convirtiendo.

Creo que toca justamente despojarnos de todo lo que creímos saber acerca de las máquinas, en su mayoría prejuicios. Como dijo Jesús, toca aprender a hablarles.

Los robots no serán como los soñamos de pequeños, y los ciborgs tampoco, aunque sea tan sólo porque no haya que viajar al futuro para verlos. Ahora que hemos externalizado nuestra esencia, quizá ésa sea una de las grandes aventuras que tenemos delante: asumir que toca reabsorver lo externalizado, siquiera socialmente, asumir al ciborg en la mayor de sus amplitudes. Un ciborg que no tiene identidades determinadas ab initio y sí sentimientos mediados y alentados por la tecnología.

Hacer una aventura del descifrar en qué nos hemos convertido para entendernos a nosotros mismos en el proceso de desvestirnos de todo lo que nos impide crecer, para dejar de convertir en un parto con dolores lo que no debía ser sino una gran fiesta.

Doctor en Química laser especializado en desarrollo de hardware para análisis. Consultor y Project Manager. Autor de los libros publicados La sociedad de control y La neutralidad de la Red.

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