En los últimos días es fácil encontrar noticias sobre la conveniencia, y sobre todo sobre la no conveniencia, de la energía nuclear. Dicen que el terremoto y la posterior crisis nuclear en Japón hacen necesario reabrir el debate nuclear, reconducirlo a favor de intereses propios (me temo).
Dicen eso y obvian lo que los anglosajones denominan proximity bias: la desviación por cercanía o tendencia a ponderar por encima de su verdadero valor la importancia o las implicaciones de un evento dado, con tal que el mismo esté lo suficientemente fresco en nuestra memoria.
Los medios de comunicación de masas (cuya vigencia y utilidad está en entredicho), ideados con una lógica industrial en la que uno dice a muchos qué pensar u opinar, tienen una desviación por exceso hacia estos sucesos: construyen sus programas, sus informativos y, en definitiva, su discurso a base de sucesos terroríficos en los que el mundo se presenta, constantemente, como un lugar mucho más peligroso de lo que es en realidad. Y el caso de la energía nuclear no es una excepción. Pero la imprimación en nuestra memoria a cargo del mensaje mediático repetido hasta la saciedad hará que parezca una excepción.
Me gustaría ver un futuro mucho más renovable donde cada uno pueda llevar su alimentador energético en el bolsillo, pero no es factible ni lo va a ser en décadas. Por eso creo que hay que defender la energía nuclear. Estábamos hablando de desviaciones de la percepción, como la que nos lleva a sufrir pánico nuclear, aunque haya un accidente nuclear importante cada 20 años y en él mueran muchas menos personas de las que mueren en un sólo año en las carreteras.
Porque ésa es la realidad: muere más gente cada año en las carreteras que las que morirán si llega a consumarse un escape radiactivo en Fukushima. Como evaluador de riesgos, el ser humano lo tiene crudo.