
México es esa parte del mundo que se desangra en un conflicto que amenaza con frustrar todos los éxitos que su ubicación (puente maravilloso entre la América latoc y Estados Unidos) prometía traerle, impulsando la migración hacia Estados Unidos no de los más pobres, sino de los más ricos y mejor educados.
El caso es que parecen haberse puesto de moda los implantes subcutáneos de chips RFID, de dudosa utilidad para el fin escogido, cuya demanda ha crecido un 40% en los últimos dos años. Esos chips están diseñados para trazar el paso de personas por lugares concretos (transporte público, edificios, calles emblemáticas; ya se hacen una idea). Recuerden la patente de IBM –una empresa de patentes creativas— al respecto.
Son inútiles para seguir la ubicación de una persona en mitad del monte, una persona cuyo mejor destino es un zulo en algún lugar recóndito (el peor de los destinos ya se lo pueden imaginar). Los chips RFID no están pensados para comunicarse con un satélite, que es lo que se necesitaría. Ya me gustaría que por una vez sirvieran para algo, pero es que parece que no va a ser así.
Lo peor es que aún nos encontramos el típico eco que abusando de la banalidad atribuye a ciertas tecnologías propiedades milagrosas. Enfrentado en un caso real como el de México, los chips RFID son inútiles. En el primer mundo, sin embargo, gusta creer que pagar los peajes con RFID salva vidas. Me lo expliquen.
[Ambas noticias las he alcanzado gracias a un Pipe que hace años hice probando el servicio de Yahoo!, y que me acompaña desde entonces en mi lector de feeds aunque la mayoría de las veces no le haga demasiado caso.]


