Patentes de software e incentivos para la innovación

El tema del verano es la guerra de patentes de software entre… los mismos de siempre, claro. Esta vez, la lucha es a cuenta de las patentes que pertenecieron a Novell.

Dilbert sobre las patentes de software
[Tira: Dilbert, siempre ojo avizor.]

El relato es, más o menos, que el universo conspira contra Google, que quería las patentes como estrategia defensiva y ble, ble, ble. Que pobrecitos los de Google y qué malvados los demás. O quizá no.

Google pudo ser miembro del consorcio que adquirió las patentes de Novell, pero las quería en exclusiva para si mismo en solitario y la jugada no le salió bien.

Ahora desde Mountain View denuncian que hay una actitud hostil contra Android, el sistema operativo de la compañía que, a nadie debería sorprender, puntúa bajísimo en los estándares del software libre, en la frontera con el software privativo.

Visto así, y tras el track de proyectos hundidos y venidos a menos, es normal que toda nueva iniciativa para móviles sea recogida con entusiasmo aunque quizá no haya demasiados motivos para ello.

Sobre todo, porque un sistema de patentes de software como el actual es defectuoso per se. No se trata ya de que de este asunto pueda emerger una reforma del sistema de patentes, es que lo que necesitamos es su eliminación inmediata.

En pleno estancamiento económico, como lo define Tyler Cowen en The Great Stagnation, el crecimiento disruptivo no podemos esperarlo de aumentar la tasa de escolarización porque ese boom ya se dio hace unas décadas. Necesitamos más que nunca facilidad para la innovación y lanzamiento de nuevas ideas. Y es ahí donde el sistema de patenes causa un daño terrible a todo nuevo emprendimiento y a toda nueva iniciativa; también a Mozilla.

La industria del cine se instaló en California por su clima pero también, y sobre todo, porque allí podían evitar pagarle a Edison la patente para poder rodar cine (sí, Edison poseía esa patente). Es la historia de siempre: California logró, al salirse del molde del sistema de patentes, albergar a la gran industria de la segunda mitad del siglo XX. En un mercado globalizado como el actual de la tecnología, la historia es algo más compleja que hace un siglo. Pero aún, el primero que consiga crear un ecosistema favorable para la innovación tendrá muchas opciones de llevase el gato al agua. El conservadurismo europeo y estadounidense en este tema actúa como una ventaja competitiva para los demás.

Doctor en Química laser especializado en desarrollo de hardware para análisis. Consultor y Project Manager. Autor de los libros publicados La sociedad de control y La neutralidad de la Red.

4 Comments

  1. Un gran post, Jose. Lo interesante del modelo de patentes actual, llegados a este punto, es que aunque tuvieras una mayoría social aclamadora en un país o varios, incluso en todos, no podrías cambiarlo -sin mediar revoluciones a la islandesa- porque está sostenido en acuerdos internacionales que imposibilitan de hecho la reforma desde abajo. Es curioso entonces comprobar cómo la institucionalidad internacional es un invento configurado contra la misma base de la democracia que pone la tirita antes de la herida de una eventual transnacionalidad en la que esos acuerdos fueran reformados por la ciudadanía…

  2. Sí, es una gran entrada, con un poder explicativo excelente. Y me sumo a la valoración de David, el complejo sistema de tratados internacionales, también del derecho de autor, hace que el activismo centrado únicamente en leyes locales sea un desgaste y una estrategia difícilmente ganadora: cuando miramos todo lo que se escapa a cosas como el 15M y su nivel de deliberación (de verdad, lo que hay que leer) esta reflexión deja muy desnudo al rey: “el crecimiento disruptivo no podemos esperarlo de aumentar la tasa de escolarización porque ese boom ya se dio hace unas décadas. Necesitamos más que nunca facilidad para la innovación y lanzamiento de nuevas ideas”

  3. Sí, es evidente que el intrincado sistema de tratados supraestatales provoca encasquillamiento, dificultad de adopción de nuevas formas de gestión del conocimiento. Y está claro que la lucha limitada a leyes locales es en este ámbito una pérdida segura, fuente y generación de frustraciones de los que se dediquen a ella, si no lo calibran bien. Y aún, un agente con suficiente demanda interna y peso para desatender estos tratados (¿China?) podría romper el status quo, aunque con el tiempo no hagan sino implantar uno igual de perverso, pero a su favor.

  4. Lo de China es, como el propio tópico sobre lo chino… misterioso. A ratos se presenta como protector de la PI y hace algunas proclamas (destrucción de copias falsas, etc, buenas palabras para la OMC) mientras que se aprovecha claramente de su situación (¿era tuyo un enlace de cómo los contratistas para la defensa americana no las tenían consigo con las ventas que efectuaban al estado chino puesto que exigía – como tantos – apertura de código fuente para poder comprar?). Uno piensa que los chinos querrán vivir en el mejor de los mundos posibles: no cumplir con ninguna ley al respecto y hacerla cumplir a los demás cuando toque. Pero es un buen principio para una de “ciencia ficción contemporánea” ese día en que china se encuentre suficientemente fuerte como para hacer la proclama de que no respeterá ninguna patente mientras sujeta con la otra mano toneladas de deuda pública americana. Pero quizá es más verosímil una revuelta brasileña…

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