Internet fomenta la desintermediación en todos los ámbitos. Esta desintermediación permite que en la arena haya muchos más actores ofreciendo servicios directamente y eso aumenta la competencia y acerca la existencia de un mercado meritocrático real, lo cual es una buena noticia.
La historia se tuerce cuando olvidamos que la compatibilidad es una especie de escudo que mantiene a los usuarios protegidos de quedar atados a un único proveedor (y los abusos derivados de esa situación). Como proveedores, lo normal es la búsqueda de la desintermediación total: deshacerse de todos los eslabones que antes eran necesarios para llevar un producto hasta el cliente. La aspiración es controlar desde la producción a la distribución final.
En el contexto de entornos no compatibles, esto desemboca en la paradoja de la desintermediación: en condiciones de desintermediación total y entornos no compatibles, existe competencia inicial y el usuario puede elegir un proveedor, pero en el momento en que elige, está prisionero de un sistema en el que todo lo que puede hacer/comprar está controlado y/o provisto por un único proveedor. Una vez compras no puedes cambiar con facilidad (la incompatibilidad se busca para forzar un lock-in sobre el consumidor) y, a todos los efectos, estás sometido a un monopolio que, aún siendo contestable (todavía puedes cambiar a otro proveedor), eleva considerablemente el coste de disidencia (tanto el coste monetario como el coste cognitivo de aprender a utilizar un sistema nuevo e incompatible con el que usaste hasta ahora). Y todo ello sin un beneficio real: el nuevo proveedor será igualmente un monopolio incompatible en cuanto migres a sus sistemas.
El software libre tiene soluciones, pero está perdiendo la batalla, y los efectos son palpables.



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