Crisis generacionales que se repiten cada quince años

Como siempre que el futuro se nubla, la conversación pendula en torno a las oportunidades, o falta de ellas, para capear esa situación adversa y cómo afecta esto especialmente a los jóvenes.

La grave situación de paro en España condiciona todo. España tiene un paro inaceptablemente alto. La situación de los jóvenes es estándar si comparamos con Europa, con su tasa de paro siendo el doble que el paro general, que es lo que pasa en toda Europa occidental. El problema es que el paro general es altísimo.

Así, si uno escucha lo que los veinteañeros comentan ahora descubre que la queja es muy parecida a la que tenía la generación previa cuando teníamos los mismos 20-25 años. Que si no hay trabajo y el que hay es precario, que hay una generación que hace tapón, que si nuestros (y ahora sus) padres vivían mejor a su edad, que nunca van a tener una casa.

Repeticiones generacionales: ¡las nuevas generaciones dicen lo mismo que decía la mía! No sirve de mucho explicarles que no son los primeros en sentir eso, en cierto sentido esa primera adultez es como la última adolescencia y esos jóvenes tienen que darse cuenta por sí mismos.

Cualquier intento de traspasar el mensaje es tomado por condescendencia o, peor aún, por simple desconocimiento del drama generacional y grosera falta de empatía.

Sociedad de control, nuevas clerecías, y lo democrático prescindiendo de lo liberal

La defensa de la libertad está en el origen de la defensa del software libre y de los estándares que permiten interoperar entre sistemas. La defensa de la libertad está en la base de la limitación a las leyes de propiedad intelectual. También esa búsqueda de libertad es la base de la defensa de la democracia, en la que la sociedad elige y se hace responsable de la asignación del poder para gestionar la vida pública y de supervisar a quienes lo ejercen. Y también en la defensa del mercado como espacio de libre organización económica.

El objetivo es siempre el mismo: defender los elementos que nos permiten elegir cómo vivir, qué hacer, y con quién, porque es de ahí de dónde emanan las opciones para llevar una vida que tenga sentido, que sea buena.

Es en este contexto en el que llegamos a una buena columna en The Spectator donde se reflexiona sobre el final de la democracia liberal. Es altamente recomendable de principio a fin, pero por mencionar un párrafo, destacaría la relación entre la deriva autoritaria del poder y quienes justifican esta deriva por mentecatismo o interés personal:

Wealth cannot rule on its own. Autocracy needs a proselytising class who can justify the rulers and salve the distressed souls of the lower orders. In medieval times, the Catholic Church served this role, essentially justifying the feudal order as the expression of divine will. Today’s version, a sort of clerisy or intelligentsia, is mostly not religious and consists of people from the upper bureaucracy, academia, and the culture and media industries.

Los ecos de la sociedad de control en toda la columna son inevitables, pero el párrafo anterior remite directamente a las nuevas clerecías y a su rol prescriptor, de aliados apesebrados del poder en la nueva sociedad de control.

Sobre el fin de la democracia liberal hemos hablado anteriormente en el blog. La forma en que dicho cambio de fase está cristalizando resulta, no obstante, novedosa y reseñable, ya que hay una sutileza especial en esta deriva tecnorreligiosa que promete el cielo en la tierra, aquí mismo, si reducimos nuestro consumo de comida y electricidad, reducimos el número de hijos que tenemos, y renunciamos a parte de la riqueza que los avances del s. XX nos trajeron a todos como la movilidad aumentada. Todo eso implica una pérdida tal en calidad de vida que no se aceptará por las buenas y la sociedad de control, esa sociedad autoritaria hecha posible por el mero abaratamiento de las tecnologías de vigilancia, será necesaria, pero se hará manteniendo nominalmente el aspecto democrático de nuestra sociedad. Elecciones que no servirán más que para desactivar a los críticos.

Tras dos años de gestión de una pandemia global que ha servido para reforzar el auge totalitario en occidente, no podemos sino convenir que en todo este runrún se esconde alguna verdad: que mientras lo liberal se repliega lo que queda es, en el mejor de los casos una componente puramente democrática, sin componente liberal.

Y puede que sea cierto. Tendemos a pensar que las condiciones de bienestar y libertad que disfrutamos son fruto de la democracia, y olvidamos que la democracia per se no es más que la dictadura de la masa. Lo que la hace de verdad reseñable es la combinación del carácter democrático con su aspecto liberal: separación de poderes, controles entre ellos para evitar precisamente que la necesaria parte democrática arrase con las también necesarias libertades.

Con el surgimiento de populismos de la última década lo que estamos viendo es cómo la parte democrática arrincona al aspecto liberal de la sociedad occidental. Lo echaremos de menos más pronto que tarde, si no lo estamos echando ya.

La democracia liberal, no obstante, está en firme retroceso y cada vez más, como aquél coronel de García Márquez, no tiene quien le escriba.

No, Signal no tendría la culpa

Leo una curiosa historia en The Verge donde hablan de la nueva funcionalidad de Signal para procesar pagos con criptodivisas de forma no trazable. En concreto dando soporte a una criptodivisa con funcionalidad especial para el anonimato.

Argumenta la columna que atraerá la atención de los reguladores y será la excusa perfecta que los estados cada vez más voraces usarán para prohibir el cifrado punta-a-punta en general.

Entenderlo así es un error doble a la hora de entender la jugada.

Primero porque si esa integración no la hace Signal la hará otro. La duda no es si sucederá, sino cuándo.

Segundo porque es mucho más probable que ante un sistema así los estados pongan su foco en marginalizar e ilegalizar las criptodivisas que escapen al control de los bancos centrales, más que en atacar a un cifrado usado en multitud de aplicaciones y sin el que la sociedad actual sería aún más insegura en todo lo que tiene que ver con la red y nuestra actividad online (desde conversaciones a compras).

La reflexión que me hago en este caso hace días que no la saco de mi cabeza. Las criptodivisas están siendo como un tutorial acelerado y en tiempo real de por qué tenemos las estrictas regulaciones bancarias que tenemos ahora. Éstas tardaron un par de siglos en implantarse, y con las criptodivisas vamos a llegar al mismo punto en muchísimo menos tiempo.

«No code» significa que el código lo pone otro

Uno de los palabros de moda recientemente es lo de las herramientas para programar cosas sin tener que producir realmente código, lo que se conoce como el paradigma de herramientas No Code.

La promesa es reducir el time-to-market necesario para desarrollar una herramienta y que más gente pueda realizar tareas complejas que actualmente necesitan de programación, migrando su capacidad productiva hacia la generación de información más compleja, o incluso de pequeñas herramientas que sean usados por otros.

Eso es positivo porque promete aumentar la productividad de más y más personas en su día a día, migrando su contribución desde el ámbito de la elaboración de documentos o análisis de datos hasta la producción de herramientas que permitan a otros producir esos documentos o datos.

El asunto importante a considerar es que las bicicletas tienen ruedas y que no existe tal cosa como programación sin código, del mismo modo que las cosas no están en la nube sino en el ordenador de otro.

Cuando usas una herramienta no code estás usando el código producido por otro. Puede que no sea un problema, depende de cuál sea el foco en tu quehacer o el core de negocio de tu empresa. Pero es importante no perder ese detalle de vista, porque de él se derivan relaciones de dependencia con los proveedores de estas herramientas.

Buenos y malos y perros

Desde que la filosofía ya solo es capaz de vivir hipócritamente lo que dice, le toca a la desvergüenza por contrapeso decir lo que se vive. En una cultura en la que el endurecimiento hace de la mentira una forma de vida, el proceso de la verdad depende de si se encuentran gentes que sean bastante agresivas y frescas para decir la verdad.

Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica

Feliz año nuevo 2022 a todos.

Prescripción

Las élites de un país deben generar puntos de encuentro en la cultura, no en la ideología. Una élite sin vocación cultural no es una élite, sino un administrador concursal o un contable.

Pedro Herrero, en «Extremo Centro: el manifiesto»

Empecé por fin a leer uno de los libros que con más interés he esperado recientemente, el escrito al alimón por Pedro Herrero y Jorge San Miguel.

Descubrí Extremo Centro, el podcast, hace ya varios años porque Irene, con quién tuve el placer de trabajar en Cartograf, apareció en uno de los primeros episodios. Me lo puse por curiosidad y ahí me quedé.

Desde entonces he ido disfrutando del mismo, de sus conversaciones, de su propuesta, y de su evolución en fenómeno comunicativo. Ya hablé de ellos hace tiempo, cuando comentamos sobre la España Movistar y la prescripción moral desde la precariedad.

Una de las ideas recurrentes es precisamente la de prescribir con los hechos; no predicando, sino dando trigo.

A sabiendas de que todo lo que no encaje en el hegemón ideológico actual es automáticamente tildado de facha, a menudo se abandonan espacios públicos vacíos que son rellenados por mensajes que no suponen a sus emisores riesgo reputacional alguno (al fin y al cabo, ¿Qué peligro o riesgo se corre al repetir sin fisuras el mensaje del establishment?

Para saber qué mensaje es el hegemónico respaldado por los poderes político y económico, pregúntate qué puedes decir sin recibir críticas. Si lo que dices no inquieta al poder, seguramente estés nadando a favor de la corriente y lo que dices no tiene nada de revolucionario

Ahí es donde entra la prescripción de esos modos de vida diferente que no son peores por el hecho de serlo, pero que si no son abanderados por nadie son como aquel manido árbol que cae en medio del bosque y sobre cuyo ruido al caer se han llenado infinidad de powerpoints (y los que quedan).

Mientras el discurso mediático consiste en convertir en falsos verbos ingleses tendencias derivadas de la precarización de los jóvenes (compartir piso, o montar planes baratos sin salir de casa, o lo que se les ocurra), convertidos de forma incomprensible y por obra y gracia de los comunicadores profesionales en cosas a las que aspirar, limitarte a ser la alternativa que saca al país de la quiebra cada diez años es renunciar a tu papel de prescripción.