Cuatro ideas para contextualizar el mito del «descubrimiento»

El descubrimiento de contenido es el gran tema del momento. Internet está llena de cosas interesantes pero, ¿cómo descubrirlas? Las respuestas a esta pregunta son varias y su enfoque es diverso, pero el enfoque mayoritario repite el hype oficial, una revisión tecnoutópica del poder de las máquinas y de eso que llamamos machine learning para adaptar el filtrado de contenidos a cada persona de forma automática, de forma que encontremos constante y automáticamente contenido interesante relacionado con nuestros gustos, por el mero hecho de continuar vivos y seguir usando ciertas aplicaciones. Sobre cómo quienes ahora balbucean sobre descubrimiento hace un año se afanaban en defender la mentira de la curación de contenidos podemos hablar mucho. Yo, por ahora, me conformo con desarrollar en este post algunas ideas en torno al hype del descubrimiento, sus mitos, sus señales y sus implicaciones.

De la mentira de la curación de contenidos a la utopía del descubrimiento automatizado

Lo primero que me llama la atención es que el discurso ha mutado: ya nadie se hace eco del timo de los «curadores de contenidos» que acaparaban titulares hasta hace nada. ¿Cómo, el timo? Tal cual: el timo. Aparte de la pretenciosidad aspiracional de calcar un término propio del mundo del arte, en lugar de tomar un nombre sobrio más propio del trabajo de oficina y/o la investigación académica (aunque esto último esté mucho más cerca de la realidad), el hype del curador de contenidos presuponía (deliberadamente) que estos «curadores» son almas cándidas que no alteran la realidad que curan y, por tanto, el output que dan es de verdad lo más relevante que se podía compartir, y no lo que mejor servía a los intereses del «compartidor». Como si los críticos de cine y música que en el mundo han sido hubieran dado alguna vez (honrosas excepciones las hay, claro) muchas esperanzas a este respecto.

No importa, se obvia todo lo anterior porque conviene, pero obviar todo lo anterior no deja de ser un cadáver escondido bajo la alfombra que antes o después será descubierto y ante cuya aparición habrá que tener a mano excusas convincentes.

El descubrimiento automatizado de contenidos se deshace eficazmente de ese cadáver matando al mensajero: en adelante este rol será desempeñado por una máquina (sin subjetividad y sin maldad, según la doctrina oficial) sobre la que ejecutamos un algoritmo genético destinado a que el sistema nos entregue contenido de interés adaptado a nuestros gustos. O lo que es lo mismo: el descubrimiento tira de argumento de autoridad, sustituye al humano por una máquina a la voz de «aquí no hay subjetividad de por medio», como si la máquina no estuviera programada por alguien, por una persona vivita y coleante. Como si el input inicial sobre el que comenzamos a iterar el aprendizaje de la máquina no fuera trascendente ni estuviera (en la mayoría de casos) predefinido ab initio y fuera de nuestro control. Como intentando obviar que en el momento que externalizamos la labor de búscar contenido relevante no estamos necesariamente dando pábulo a nuevos intermediarios, sean humanos o algorítmicos.

La tabloidización de Internet

De un tiempo a esta parte, todos los servicios de Internet prometen «ayudarte a descubrir». Los servicios específicos al respecto proliferan, desde los Prismatic/Zite y compañía, a clásicos como Twitter o el olvidado (porque no ha hecho méritos para despegar) Google Currents. Dejando de lado que todos ellos prometen más que lo que dan (probé Prismatic pero me aburría que fuera un agregado de los enlaces compartidos por mis contactos en Twitter, de verdad… cero novedad; una vez clické sin querer en la pestaña descubrir de Twitter; y aquí debajo dejo una captura de lo primero que uno se encuentra en Google Currents, añadiendo además que si vas a estilos de vida puedes leer Esquire). La pregunta es: ¿tantas vueltas para acabar en el punto de partida? ¿Años aprendiendo a bucear la Red, una década ya larga de blogs para terminar aceptando que al final lo que hay son grandes medios y grandes revistas ya establecidas (algunas de éstos empezaron como blogs)?

Captura de pantalla de Google Currents
Google Currents, o cómo hacer bueno el eslogan de la revolución estéril: cambiémoslo todo para que no cambie nada.

En realidad estamos viviendo una tabloidización de las herramientas.

La tabloidización es una de los primeros signos visibles del estancamiento provocado por la tabletización.

La tabloidización nos devuelve una web reconvertida en periódico, con páginas construidas retomando una lógica del consumo pasivo (simple lectura, apoyada a lo sumo por acciones sobre el contenido como compartir o decir que «te gusta»; quizá por eso algunos de sus responsables hacen esfuerzos titánicos por decir justo lo contrario) que fuera muy habitual en los grandes portales de la primera burbuja punto com (aunque a nivel estético haya dos océanos de distancia) y que adoptan diseños de revista convencional, mostrando gran cantidad de contenido de un vistazo, apoyadas en una fuerte componente visual y fotográfica e incentivando no ya la lectura profunda de los contenidos sino la navegación superficial de los mismos mediante elementos como la carga automática de nuevos titulares (por ejemplo, usando la habitual técnica de «scroll infinito») conforme el usuario se mueve por la página. Son servicios tipo Pinterest, o el nuevo Google Plus, muy inspirado uno del otro.

Nuevo Google+, los gatos e Internet
[Captura de pantalla de Google Plus, sacada de un post mío en Ad Astra.]

Tolerancia a la sorpresa inesperada, tolerancia a los espacios publicitarios

Como hemos dicho anteriormente, el hype del descubrimiento sostiene algo así como que por arte de magia («automágicamente», que dicen los blogs en inglés para referirse a estos servicios) algo o alguien nos sugiere contenido que nos resulta relevante. Al ser un proceso fuera de nuestro control, este tipo de mecanismos nos impone una cotidianeidad sometida a un régimen de sorpresa constante. Una cotidianeidad sobre la que podemos hacernos varias preguntas:

  • Si el filtro es manual, esto es, si nuestro «descubrimiento» lo externalizamos en estas grandes revistas que sugieren aplicaciones como Google Currents, ¿acaso no es como esperar que los libros me los vuelva a recomendar Babelia y las películas el Carlos Boyero de turno? En el peor de los casos tenemos un conjunto de medios con una línea editorial definida sobre cuyo filtro no tenemos control y en el mejor de los casos el filtro estaría compuesto por estos «expertos» del medio en el que delegamos sin mayor reflexión por nuestra parte, y sobre los que ya hemos hablado. En ambos casos, la existencia de pagos puede influir decisivamente en que un determinado «contenido» sea juzgado relevante (vamos, que hay y habrá publirreportajes en cubierta, a tutti pleni; como siempre los hubo).
  • Si el filtro es automático, y sobre esta visión tecnoutópica también hemos hablado algo, ¿cómo sabemos que podemos fiarnos de un filtro que no controlamos cuyo input inicial (que podría influir decisivamente en el tipo de evolución del sistema) no hemos definido nosotros? A todo esto hay que añadir que sabemos que quien controla el filtro posee un poder tremendo. Por poner un ejemplo en el que es presumible estimar que la preocupación y la lectura son especialmente atentos, si hablamos de un filtro de búsquedas, se puede influir sobre cosas tan importantes como el resultado de unas elecciones (y, como señala Schneier, ni siquiera hay mecanismos para impedir esa manipulación). Ahora tengan en cuenta que casi ningún tema que evalúen requiere y anima a las personas a documentarse mejor que unas elecciones y que, por tanto, es razonable suponer que la lectura será más superficial y peor informada en casi cualquier otra situación. Quien controla el filtro controla el futuro. Un mundo feliz.

En ambos casos, esta nueva realidad en la cual los enlaces son «descubiertos» como por arte de magia, en lugar de irlos encontrando y seleccionando minuciosamente de fuentes previamente escogidas, nos somete a una sorpresa constante que abre la posibilidad, ante todo, de introducir contenidos publicitarios.

La predisposición a ser sorprendidos (inherente a la admisión de estos servicios como fuente de información) acostumbra a los usuarios a recibir contenidos de fuentes impredecibles. En esa sucesión de contenidos impredecibles, una porción de contenidos destacados mediante pago (patrocinado, o anuncios, o como lo quieran llamar) es menos disruptivo y desconcertante que si estoy leyendo el feed de Michel Godin y me aparece un post patrocinado sin mayor explicación (algo que al bueno de Michel no le iba a hacer gracia, por otra parte).

Que esto sea así, y que se haga la ola ante estos sistemas no es sorpresa en una escena tecnológica (la de Sillicon Valley) incapaz de pensar modelos de negocio no publicitarios y que se ha demostrado tan eficazmente innovadora en lo tecnológico como obtusa en lo referente a la hora de escapar de los modelos de negocio basados en ingresos publicitarios. Así puestos, el descubrimiento es una especie maná caído del cielo. Que no pare la música, que tout va bien. Y ahora, Instagram (que, por cierto, también tiene su botón de «descubrir») introduce vídeos que duran lo mismo que los anuncios de TV convencionales. Bienvenidos al más-de-lo-mismo.

La renuncia a construir tus propias redes, una vez más

Por último, pero no menos importante, tenemos la consecuencia natural de renunciar a tomar el control de las propias fuentes de información, y de renunciar a su cuidado, que es lo que nos permite ir añadiendo nuevas fuentes, incluso la de algunas personas cuya labor principal es compartir contenido de otras fuentes.

Es aquí donde bajo este velo de inocencia con el que se nos habla del tema, descubrimos que los servicios de descubrimiento son el último invento impulsado por quienes, llevados por su propia inercia y siguiendo la regla fundamental de que «cada euro que gastas apoya algo», empujan y propician una Red en la que las personas están y consumen contenidos de forma tan acrítica y pasiva como lo hacían hace dos décadas en un entorno analógico. Es aquí donde descubrimiento, tabletización y tabloidización (consecuencia lógica de la tabletización, y fenotipo del descubrimiento) demuestran ser parte de un único sistema en el cual la desintermediación no llega a tener lugar porque entregamos la capacidad de leer, consumir y producir información de forma autónoma a nuevas herramientas reintermediadoras.

Este proceso, sostenido en el tiempo, produce usuarios cautivos para los cuales abandonar un determinado tipo de herramientas implica un aprendizaje. Como si uno tuviera que aprender repostería de la noche a la mañana, sin haber preparado nunca ni siquiera unos spaghetti bolognesa. Lock-in.

En todo esto, los grandes beneficiarios son, por este orden, los controladores de la herramienta (si un usuario lee Esquire en Google Currents y mañana Esquire deja de estar «recomendado», el lector difícilmente va a arrojar Currents a la basura para ir a leer Esquire) y los grandes editores de contenido (propietarios de cabeceras con marca bien establecida). El descubrimiento no va a sonreir a quienes no puedan movilizar al algoritmo, me temo. Los usuarios, por último, a verlas venir sin más posibilidad que esperar que el sistema aprenda de cada click propio, sea positivo o negativo, respecto al contenido que leen; completamente a expensas de ese aprendizaje.

Si yo quisiera leer fuentes de verdad diversas, y si yo necesitara estar al día de fuentes minoritarias que jamás vendrán recomendadas porque otros la recomienden primero, no podría confiar en estos sistemas. Claro que si yo quisiera ser soporte publicitario, y producir contenido que acompañar de anuncios, sí querría que se adoptase masivamente una herramienta que permite a los anunciantes acceder a lectores segmentados (y tanto, como que el mismo algoritmo que te «descubre» contenido sabe en qué categoría ha de incluirte en función de lo que hagas con él) y mostrarles algún que otro anuncio.

Conclusiones

Algunas ideas relevantes que hemos comentado a lo largo del artículo:

  1. No hay «descubrimiento» inocente. Siempre hay un filtro y quien lo controle será el mayor beneficiario de la adopción de la herramienta (y su filtro). Si el filtro lo establecemos nosotros para uso personal, los máximos beneficiarios somos nosotros y (si lo hacemos bien) la calidad de la información que recibimos.
  2. El diseño de estas herramientas favorece la lectura superficial, e impulsa con su seeding la lectura de fuentes y medios ya establecidos como referentes. No favorece la diversidad de fuentes y en ese enfoque están más cerca de la voracidad del timeline que de la reflexión y la productividad de otros enfoques.
  3. El sometimiento a la sorpresa constante y la introducción de publicidad. Estos sistemas hacen de la introducción de posts pubicitarios algo menos exógeno y menos chirriante. No es de extrañar que haya hype precisamente con este tema, toda vez que en los últimos 15 años no ha salido una única empresa de Internet de gran tamaño que no viva de la publicidad.
  4. Nueva pérdida de autonomía de los usuarios. Al renunciar a crear las propias redes, gestionar las propias fuentes y personalizar el propio input informacional, al delegar dicha labor en la herramienta ésta acumula el conocimiento mientras nosotros quedamos cautivos usando el sistema, y al perder la oportunidad de tomar las riendas de la propia información, aprendiendo a ser autónomos y no dependiendo de quien sea que nos dé las noticias (un medio, un intermediario de los de toda la vida, aunque tenga nombre de aplicación y no de periódico), el usuario entrega el control de la propia información a la herramienta, en lugar de desarrollar las habilidades propias del mundo en que vivimos, que no son otras que las de acceder, filtrar y seleccionar activamente las fuentes desde las que nos informamos y la información que recibimos, para extraer del proceso todo el beneficio.

18 opiniones en “Cuatro ideas para contextualizar el mito del «descubrimiento»”

  1. Mucho que reposar del post: veo que las conversaciones que tenemos van generando un output consistente. Ahora me veo lejos :)

    Mientras reciclo y resaboreo todo, me voy a meter más profundamente el dedo en la llaga de la “curación” de contenidos: lo que es más duro es darse cuenta que esa aproximación hacia el arte, tenía una expresión en castellano que su abandono (bueno, ni siquiera se intentó, salvo Juan Freire que me conste) demuestra la mutación de pensamientos sin reflexión alrededor del hype: “comisariado”.

    El anglo que organizaba una exposición es un “curator”, el español que lo hace es un “comisario”. En castellano, la idea de “curar” tiene más que ver con “conservar” (un museo, una colección) y no seleccionar. Como tantas cosas que no se acaban de entender perdidas en la traducción, vemos que el ruido se ha alimentado de ideas que no se conocían ni entendían bien antes de “descubrir” que el contenido “se curaba”. Malito que estaba.

    1. Un halago que te parezca una reflexión consistente, no tienes motivos para verte demasiado lejos porque algunas de estas cosas las hemos comentado (y pulido poco a poco) y sin esas conversaciones quizá no estaríamos leyendo este post :)

      Sobre lo de la curación y la nomenclatura es una de tantas en las cuales se toman términos en inglés porque suenan guay, o porque se abraza cualquier moda como los borrachos abrazan a las farolas, a medias por ceguera y a medias para no caer ridículamente. Reciclamos términos que no entendemos para vender cosas que no tenemos. Y así hasta que un buen día nos topamos con que lo que supuestamente te vendimos en 2005, el año que viene va a ser tendencia… And so the story goes.

      Pero bueno, me voy por otras ramas a las que seguramente habrá que dedicar una reflexión posterior.

    2. Casi siempre es posible encontrar una buena traducción al castellano de una palabra en otro idioma. Hace varios meses, alguien propuso en los comentarios de algún blog que lastimosamente no recuerdo, la mejor traducción que he visto del término “curator”: cribador. De este modo, podríamos hablar del cribador de contenidos, de la criba de los mismos (o sea de su “selección rigurosa”, que es una de las acepciones del diccionario de la RAE para el sustantivo “criba”) o de lo complicado que resulta cribar buenos contenidos (tenemos incluso un verbo).

      Existen, por lo tanto, las palabras cribador, criba y cribar para reemplazar los términos curator, curation y curate, y, por lo que puedes ver, no se trata de palabras inventadas o disonantes sino de vocablos existentes y completamente descriptivos.

      1. Como término me parece mucho más apropiado, pero mucho me temo que desde una métrica vendehumera dirán que tiene el mismo brillo decir «curador» que decir «cribador». Dirán que estamos sobrevalorando eso de ser objetivos… :(

        Ahora, ya te digo, que a mí me parece que se deshace de la (innecesaria) pompa del curador y del susto que provoca la palabra «comisario» (¡Documentación!).

        Gracias Mauricio :)

  2. Es que no tengo nada que añadir. Sólo pensar mucho. Uno de tus textos más cargados de ideas. No me había percatado de que el énfasis en el descubrimiento automatizado hubiera desplazado al hype de la curación, la verdad. Tendré que seguir más prensa tecnológa. O casi que no.

    1. No es que lo haya desplazado en «volumen», ni siquiera en los temas que tratan los so-called conferenciantes y ponentes 2.0, la mayoría de los cuales sólo verán el tema tarde y lo entenderán mal (como de costumbre). Pero en lo que es «tendencia», en lo que realmente se está poniendo pasta (en startups, por ej.), claramente se apuesta más por este tipo de sistemas que con una pequeña dosis de aporte de usuario disparan el aprendizaje de la máquina que pagar por sistemas macroscópicos como sería currarse manual/editorialmente portadas destacadas o diarias por temas de lo publicado en Tumblr (algo que Tumblr puso empeño hace un año y pico, por cierto).

  3. No sé. José, pero quizás estas un poquillo radical en algún tema, colega. Estoy totalmente de acuerdo con lo que cuentas de la visión tecnoutópica del machine learning, y la automatización del descubrimiento. Nunca he pulsado sobre esos botones que prometen una falsa serendipia, porque me parece que hay vías mejores para buscarla. Pero, si me permites, lo de “curar contenidos” puede ser un timo o una mentira, según quién lo haga, cómo lo haga, y sobre todo: las expectativas que nos creemos con eso. Suscribo lo de la falta de sobriedad en el nombre. Muy pretensioso, pero ya sabemos cómo va esto de la búsqueda de lo cool, y los eufemismos, en el escaparate de la economía de la atención. Está claro que la cata y selección “manual” de contenidos (o llámala como quieras) no se basa en criterios científicos, ni objetivos, porque eso no ocurre ni con los editores de revistas de primer impacto (menudos pájaros, por cierto). No creo tampoco que la “curación de contenidos” tengamos que comprarla con esa propuesta de valor, porque sería absurdo. Si hay gente que se ofrece para “curar” con la intención deliberada de manipular o privilegiar unos contenidos sobre otros por intereses ocultos del “compartidor”, no lo sé. Pero lo que a mí me parece divertido de ese trabajo es precisamente que cada “curador” filtre contenidos a su gusto, con sus neuras y preferencias (nada objetivas), y así imprima carácter a su selección. En ese sentido sí que comparte cierta discrecionalidad caprichosa con las artes, pero es parte de su gracia, y no lo veo como un problema. Por ejemplo, cuando rebusco en tus “Bocados de Actualidad”, o en “La semana de los blogs” de Antonio (Error 500) o en las selecciones de Bianka Hajdu, estoy usando perspectivas muy personales sobre qué es un contenido “relevante”. No utilizo esos prescriptores como un acto de fe, sino para diversificar mi “colador” con otras formas de filtrar, porque tengo claro que todas son muy personales y sesgadas. Lo mismo me pasa con Twitter, donde tengo a mis propios “curadores de contenidos” aunque ellos ni siquiera lo sepan. Son mis prescriptores de cabecera que me ahorran mucho trabajo de descubrimiento. Por cierto, en eMOTools también hacemos un poco de eso, con resultados más bien humildes. Cada dos meses publicamos un “Curando contenidos” con una selección de materiales que catamos y reseñamos en la web. Aquí tienes un ejemplo: http://ow.ly/myfqy y es algo que disfruto mucho hacer, la verdad. Un saludo… buena entrada ?

    1. Muy buen comentario, Amalio. Creo que aunque parezca que me paso mucho, estamos mucho más cerca de lo que se ve: porque yo precisamente crítico esas ínfulas de «el curador» porque veo que ese filtrar, recomendar, y comentar es algo terriblemente asequible, no hay nada místico en ello. Cualquiera puede hacerlo (lo cual no significa que cualquiera vaya a resultarnos ni igual de interesante ni igual de útil, claro) y de hecho yo defiendo que cualquiera debe hacerlo (tanto el compartir esos enlaces, y si es comentados usando un blog propio tantísimo mejor, como el ir a buscar esa serie de fuentes que nos gustan para recibir enlaces diferentes desde una perspectiva diferente). En vuestra selección de enlaces, por ejemplo, se potencia doblemente vuestro post antes de llegar a la fuente original, ni bien ni mal, pero son dos clicks para lanzar al visitante a la fuente que le hemos «curado» :D

      Yo, por ejemplo, soy un gran lector de lo que comparte John Gruber en su blog. Este señor es tremendamente «mac-quero», pro-Apple como pocos e intensamente anti-todo_lo_demás. Pero precisamente por eso lo sigo: comparte enlaces interesantes y muchos suelen dar un contrapunto interesante a las noticias que ya recibo desde otros sitios, con un tono seguramente algo anti-manzanitas. Y su blog, en realidad, es de lo más sencillo: el 99% de los posts el permalink en sí está apuntando directamente al enlace que está compartiendo, ni siquiera a su propio blog.

      A lo que yo iba es a que eso que llaman «curar» en el fondo es algo que todo el mundo puede y debe hacer, pero que el mismo discurso envuelve de una pátina que lo hace aparentar inasequible. De repente se presenta al curador como una figura que tiene un conocimiento para hacer estas cosas que los demás no terminan de poseer… y no es así. Y en el fondo esa falacia se puso muy de moda entre un perfil a medio camino entre el becario y lo que venga detrás, ese perfil que ya lleva tiempo suficiente en esto para seguir llamándolo becario pero que no se ha empapado de nada, y que están dispuestos a comprar muchas ideas en la esperanza de que alguna afiance su endeble posición en un mercado profesional muy competido. Posiblemente, no sea el caso de ningún lector de este blog, por otra parte, así que podemos seguir haciendo lo que hacíamos: compartir enlaces, comentarlos, bloguear sobre ellos, y que nos quiten lo bailao. Pero sin misticismos ni trajes de seda para una mona que es la misma de siempre (aunque tengas razón en que esto de cambiarle el nombre a lo que no deja de ser lo mismo de siempre es inevitable, ahí tenemos el design thinking, que es una reinvención de lo que ya se hacía en los 90, y puede que incluso antes).

      Ays, cómo me enrollo… pero es que no sé decir que no a un buen debate :DD

  4. Jaume y yo siempre decimos que el día que tengamos tiempo editaremos un diccionario de “palabras cool – trabajos de toda la vida”, por supuesto ahí tenemos a los “community managers”, a los “curadores” de contenidos (que mira yo los veía más como documentalistas de toda la vida -si tuviera que darles una función específica algo diferenciada-), el “crowdsourcing” (que para mí que lo inventó la Iglesia, anda que no hace años que me toca ir con mi madre -y el resto de las mujeres del pueblo- a limpiar la iglesia), el “crowdfunding” (lo mismo, pagar entre todos el campanario del pueblo), y nada, apunto la “discoverability” (que las del bar te cuenten la última novedad) y el “design thinking” (ahora no se me ocurre el equivalente, pero seguro que si hablo con mi madre suelta alguna frase brillante).

    Me ha gustado mucho tu post, como siempre (que me enrollo con lo de las palabras “cool” y no te digo lo importante).

    1. Pues me encanta tu comentario, Nuria. Estamos empeñados a menudo en venderlo todo como si fuera la revolución, y a menudo no es más que un reciclado hábil de lo que se lleva haciendo toda la vida. Y es normal que digamos que es la revolución (esto es como el del chiste, «tú sigue hablando así del caballo, que no lo vas a vender en la vida»), pero poner los pies en el suelo es siempre importante.

      Y al final estamos hablando de semántica y de «curación» y no de «descubrimiento», pero bueno… a ver si tengo tiempo para ordenar ideas :) Que yo creo que aquí hay tema para largo ;)

  5. Leía que alguien comentaba arriba la idea de llamar “cribar” a “curar” contenidos. En mi opinión, un “curador” de contenidos (o llámalo como quieras, porque ya dije que tampoco me gusta el término por presuntuoso y forzado) hace algo más que “cribar”. A mí me gustan los que además de seleccionar, le añaden una capa de valor con sus reseñas y comentarios. Y a más idiosincráticos, mejor. Sigo a los que comentan con personalidad, los que aderesan el contenido desde su visión particular. Por eso quizás no me basta el verbo “cribar”, ni las selecciones que solo consisten en un listado de hipervinculos. El “curador” le añade algo propio, valoriza el contenido original, le aporta contexto y trata de proponer conexiones con otros contenidos que él o ella ya conoce. Así que “cribar” se me queda corto… y no es un mero debate semántico, sino que refleja divergencias entre lo que cada uno entiende por la “curación de contenidos” o como se llame :-)

    1. :))

      Me solapé escribiendo mi respuesta y luego vi ésta. Puede ser… yo creo que no es tan diferente lo que entendemos que hace alguien que criba/cura/selecciona/filtra contenidos, sino que veamos en eso una labor más de concentrado analista, en la que el método es la clave, o casi de artesano, en la que el método da bastante igual («cada maestrillo tiene su librillo») y lo que cuenta es la capacidad de aportar una visión muy personal. Y luego, claro, está la tercera vía (si me leyera Blair… jaja) que es la de analistas capaces de proveer esa visión muy personal. A mí me gusta ésta última, y claro… como veo que la componente metodológica es muy importante, el punto creativo/artístico se me cae del nombre… pero creo que en el fondo estamos muy de acuerdo en lo que esperamos de este tipo de perfiles, quizá el tema es que vemos múltiples vías para lograrlo :D

    2. Amalio, la traducción más exacta de “curator”, en este contexto y de acuerdo a su etimología latina, sería cuidador. Yo también podría afirmar, entonces, que el término “curator” es aún menos apropiado que el de cribador, porque la única labor del primero sería la de cuidar mientras que la del segundo sería hacer una selección rigurosa.

      Sé perfectamente que lo que tú estas defendiendo con respecto al término “curator” (o curador) va más allá de la definición exacta que pueda dar un diccionario, pero lo mismo ocurriría si usáramos cribador o cualquier otra palabra. Al final, el nuevo término elegido tendería también a significar mucho más de lo que etimológicamente o cotidianamente significaba.

  6. Siempre es muy interesante leer tu perspectiva crítica sobre la tecnología, sobre todo porque muchas veces falta un punto de vista crítico. Hace poco que tengo un iPad y la sensación que voy teniendo es que las apps están creando un nuevo Internet 1.0, mucho más visual y táctil, pero donde se entiende al usuario de manera pasiva e infantil.

    A mí también me llaman la atención la cantidad de neologismos que utilizas, aunque yo te lo voy a reprochar, porque lo mismo acabo utilizando tus posts como apoyo documental ;)
    Saludos!

    1. Muchas gracias José, con el iPad y las tablets en general (el iPad de abanderado, por motivos obvios) y con los móviles también, es cierto que hay una tendencia a que el consumo de información sea más pasivo, más como fue toda la vida: como la tele o la radio, masivos e impersonales (aunque el discurso sea paradójicamente el contrario). Y es como tú dices, una versión pasiva, infantilizada, de lo que Internet podía hacer por nosotros.

      Lo de los neologismos, bueno… eres muy comprensivo, pero de un señor filólogo que tiene amigos informáticos no esperaba menos comprensión que ésa jeje. Ya en serio, si no pones nombre a las cosas, si no te fuerzas a reflexionar sobre qué implicaciones tiene y cómo te repercute y cómo aprovechar sus virtudes (o mitigar sus defectos), en el fondo la tecnología está por encima de ti. Hay que ponerle nombres a las herramientas, para apropiárnoslas, para reflexionarlas e interiorizarlas y ponerlas a nuestro servicio (que es lo único que nos previene de terminar al revés, nosotros al servicio de las herramientas).

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