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Este es un aviso pequeñín, continúan los avances en el desarrollo del libro que estoy preparando y que pronto podrán leer. El libro se titulará La sociedad de control y toca muchos de los temas que habitualmente se tratan en este blog, y algunos de los pasajes del mismo han pasado por aquí. Si bien es cierto que los trata, o eso creo yo, de forma más formal; algo más alejada del lenguaje coloquial que a menudo utilizo en este blog.
He comenzado a organizar esos pasajes y les he asignado su propia categoría en el blog. Seguro que hay más, estas cosas es mejor hacerlas antes (para prevenir), pero bueno. Así somos.
Pronto tendrán más noticias, pero por ahora quédense con esto: no he abandonado ese proyecto, el trabajo sigue progresando; hay ruido de máquinas que no paran de trabajar. Pronto, más.
Pasar de un modelo de venta a un modelo de suscripción es la mayor de las ambiciones de la industria del copyright; su sueño dorado. Vende suscripciones siempre que puedas, dicen. Este modelo de subscripción es también conocido como el modelo de la jukebox o la jukebox global, en alusión a la clásica máquina de música en la cual se introduce una moneda y suena una canción a elección del pagante. En internet y en la actualidad el modelo de jukebox está encarnado en los sistemas de streaming, el mismo streaming que no nos gusta en absoluto (precisamente por este motivo).
El modelo de la Jukebox pretende, por otra parte, sustituir al DRM que poco a poco ha ido perdiendo apoyos y constituye una huida hacia adelante por parte de la industria. Pero un modelo tan terriblemente injusto por la desigualdad que crea tiene, necesariamente, que ser vendido adecuadamente: la simplicidad que ofrece el desentenderte de organizar los archivos es ese señuelo; ahora «simplemenente» los descargas de nuevo. Nadie te comenta que entonces dependes totalmente del proveedor, nadie comenta porqué precisamente ahora que para nosotros es más fácil almacenarlo todo (los discos duros son enormes y no hay que estar volcando todo en cd's ni dvd's todo el tiempo), por qué precisamente ahora, se impulsa estos sistemas de streaming con tanta fuerza mediática. Evidentemente alguien (la industria) guarda sus cartas y presiona nuestra jugada.
En el modelo convencional la opción por defecto sería siempre guardar los datos, sean datos de audio (como una canción, un programa de radio, o un podcast) o de vídeo (como una película, un pequeño vídeo de youtube o una noticia informativa). Una vez decidamos que no queremos volver a verlos tendríamos libertad para eliminarlos, pero si decidimos volver a verlos podremos hacerlo sin depender del nodo que nos sirve los datos.
En el modelo de la jukebox, cada vez que queremos oir algo tenemos acceso a ello de forma remota, por tanto hay un servidor que controla absolutamente la transacción. Además, el DRM que suelen incluir estos ficheros hace técnicamente inviable para muchas personas su disfrute, los subyuga a las condiciones del emisor y el precio deja de ser justo para ser impuesto.
Con el aumento de las capacidades de transmisión de datos a través de internet se ha potenciado en los últimos años la emisión de datos en streaming, amparándose en la idea de que no necesitas almacenar esa canción o vídeo ya que apenas tardarás nada en volver a acceder a la red y acceder a los contenidos de nuevo. Se oye una canción o se ve una película pero ésta no se almacena permanentemente en nuestro sistema. Si se alcanzara un punto en que nadie tuviera un almacén de datos local, para acceder a una determinada información habría que ceder a las condiciones impuestas por la industria. Por lejano que pueda parecer, el sistema de «la jukebox global» va ganando terreno poco a poco, aunque de forma inadvertida. Un ejemplo fue el anuncio, aplaudido desde muchos sectores, de Last.fm de permitir oir la canción que se quiera un número limitado de veces; estos archivos tienen DRM pero seguramente habrá quien acepte este sistema y deje de tener almacenada su propia copia no restringida del fichero. Otro paso podría tener lugar en los próximos días de confirmarse los rumores que apuntan hacia Apple ofreciendo un sistema de suscripciones a través de su servicio iTunes junto con la compra del iPod (ArsTechnica). iTunes actualmente permite descargas de pago de música con DRM sobre la que el que paga no tiene casi ningún derecho ni libertad de uso. Además constituye un nuevo intento de vender a una persona algo que no está intentando comprar: si quiero un iPod quiero un iPod, no pagar una suscripción para escuchar música cargada de DRM.
Este modelo, que puede parecer lejano a muchas personas, está más asentado de lo que parece y se consolida con cada reforma legal que tiene lugar en este ámbito. El problema es que una vez se cancela la suscripción se pierde todo acceso a los ficheros, incluso a los que tuvieras almacenados localmente, como sucedió con la Google Video Store. En aquel caso la presión popular y el daño a la imagen de la marca que conllevaron las protestas guiaron a Google hacia una rectificación, la próxima vez podríamos no tener tanta suerte.
Los modelos de suscripciones en general, y la jukebox en streaming en particular, son un modelo a evitar en todo lo posible. Un buen día podríamos no tener otra alternativa que la dependencia de muy pocos agentes que además demuestran no tener respeto por nada que no sea el dinero contante y sonante.
La lucha contra la sociedad de control no es una lucha a corto plazo, de hecho podría decirse que es la lucha eterna: imposición de control contra resistencia antidisciplinaria, pero sí es una lucha que se endurece con el paso del tiempo. En la lucha contra la sociedad de control el tiempo juega en nuestra contra. El desarrollo de tolerancia, entendida como capacidad de soportar estas medidas sin que nazca una sensación de desasosiego y rechazo a las mismas, es un factor dependiente del tiempo y que aumenta exponencialmente con el paso del mismo.
El hecho de que el tiempo sea nuestro enemigo se debe a que el tiempo favorece el desarrollo de tolerancia hacia las medidas de control. Con el paso del tiempo interiorizamos la existencia de controles que nos limitan, condicionan y adoctrinan. El proceso en sí de interiorizar el control ataca y debilita la oposición al mismo, pues sería como atacarnos a nosotros mismos. No desarrollamos tolerancia a la idea de estar controlado, a nadie le gusta sentirse controlado, sino que dejamos de percibir el control como tal creándose una diferencia entre el control real al que estamos sometidos y el control percibido. Esta diferencia entre lo real y lo percibido hace no seamos completamente conscientes de hasta qué punto existen controles y todo está vigilado, reduciendo toda posibilidad de oposición a esta vigilancia
El discurso sobre el que se construye este control en un mundo de redes está encaminado a enlazar directamente las medidas de control con la capacidad de gobierno de la sociedad actual. Los mensajes de la política del miedo y la guerra contra el terror persiguen crear un imaginario en el que un mundo distribuido no es gobernable en términos de promesas y de un futuro mejor, sino que la gobernabilidad misma pasa a estar definida en términos de seguridad, aunque en ningún momento se aclara si lo que estas medidas protegen es a los ciudadanos o a los poderes establecidos del ataque y la indiferencia por parte de esos mismos ciudadanos. Que la construcción misma de estas medidas y el modo en que se comunican al público constituye otra forma de control y manipulación social es algo evidente, aunque no nos adentraremos en ella en este capítulo.
En ese sentido, también la manera en que se construyen esos discursos, apelando al civismo y al patriotismo para favorecer esta asimilación, deben ser los primeros en recibir nuestras críticas, pues es con la ayuda de estos discursos que se logra que toda oposición, crítica y propuesta de reforma sea rechazada y marginada. De repente, alguien que se pone a las medidas de control es percibido como un cómplice de los delincuentes o un odioso antipatriota. Es el discurso el principal vehículo para la asimilación de estas medidas y el desarrollo de tolerancia al control.
El desarrollo de tolerancia a las medidas de control comienza a operar tan pronto éstas están operativas, ya que a la inclusión de éstas en nuestros hábitos (con la consecuente reducción de atención prestada, pues abrir la puerta con el transpondedor pasa a ser un acto mecánico y no un acto razonado) hay que unir que, debido al modo en que se justifican las mismas, muchas personas son automática e inconscientemente empujadas a aceptarlas. Sin embargo, en nadie es esta tolerancia tan acentuada como en las generaciones que nacen y crecen con posterioridad a la entrada en vigor de las mismas. Lo que estamos acostumbrados a utilizar desde que somos niños nos es más fácil de comprender, y aquello que entendemos con fácilidad nos da confianza. El proceso de asimilación de las medidas por parte de los jóvenes constituye un enorme factor en contra de la resistencia a estas restricciones y controles y por eso la oposición a las medidas de control es una lucha que, sin constituir una derrota asegurada a largo plazo, será más fácil vencer si evitamos que éste nuevo régimen se prolongue innecesariamente en el tiempo.
*** Relacionadas:
La concentración de la red es algo que me ha preocupado desde el principio. Que todo girase en torno a 3 nodos de obligado paso dice mucho de una red: una red con esa arquitectura está bajo control, aunque no lo parezca.
Creo que la migración a la web está muy mal enfocada y que, tal como se ha vendido todo este tiempo, tiene dos puntos muy flacos:
Alguien dirá que yo no puedo ir por ahí como un hada madrina, infligiendo finales felices a la gente (y este ejemplo es Pratchettiano total), que cada cual tendrá derecho a usar los servicios que le dé la gana aún a riesgo de sufrir las consecuencias más adelante. Por supuesto eso es verdad, tan sólo reclamo mi derecho a expresar mi opinión al respecto.
De los puntos anteriores, lo más importante es sobre todo lo primero y lo último. La no posibilidad de tener un software libre que nos devuelva la libertad de que disponemos en el escritorio y que constituye la principal base por la que desde los gigantes del software se promueve esta migración. Siempre me sorprendió que grandes defensores del software libre migrasen con tanta facilidad hacia plataformas online completamente privativas y que además no tuvieran reparos en decir «ya no uso ningún cliente de correo para escritorio». Parca defensa del software libre; o los placeres de la pobreza vencieron a nuestra burlada revolución.
Hoy David reflexiona sobre este asunto al hilo de la OPA de Microsoft sobre Yahoo!. Dice él que ha llegado el momento de dejar los servicios de los grandes gigantes. Estoy de acuerdo con él, pero voy a ir más lejos: hace tiempo que llegó el momento de hacerlo, no es esta OPA la que cambie la situación (aunque la agrave). Es algo que yo he defendido siempre (por eso tengo este blog en mi propio hosting, por eso nunca uso vídeos de YouTube/Jumpcut en mis anotaciones, por eso dejé flickr). Control de los datos, es el mismo problema subyacente en el problema de los servicios de streaming que tan poco me gustan.
Llegados a este punto creo conveniente recordar varias anotaciones que a lo largo del tiempo he escrito sobre esto:
Espero que nadie haya muerto de aburrimiento por el camino :)
Ya sabemos que en todo el mundo se está produciendo un endurecimiento excesivo de las leyes de propiedad intelectual como parte de un proceso de privatización de un espacio (el de las ideas y las creaciones) que hace un tiempo (por ejemplo, cuando Shakespeare y Cervantes escribieron sus obras; que no necesitaron copyright para escribir obras maestras) pertenecían a todos y sobre el que no existía siquiera el concepto de que pudiera pertenecer a alguien. Esto proceso de repartir en trocitos la propiedad que antes era de todos es lo que conocemos como el cercamiento digital (por analogía al cercamiento de los campos -hasta entonces de explotación comunitaria- que tuvo lugar hace varios siglos), y en los últimos años se erige, junto a otras medidas, como parte del desarrollo de la sociedad de control. La batalla por imponer la restricción de copia se enmarca dentro, pues, de un proceso mucho más ambicioso.
El mecanismo por el que este tipo de leyes se va endureciendo en todo el mundo esta regido por los intereses económicos de la mayor potencia militar del mundo, EE.UU., y su poderosa industria del entretenimiento. La economía de los EE.UU. es claramente importadora (si no consideramos las armas y demás chucherías), pero tiene en los productos de ocio (música, películas y similares) un auténtico filón de oro para sus exportaciones, llegando este sector a representar en torno al 10% de su PIB. Ante esta evidencia, el gobierno de los EE.UU. promueve por todo el mundo un endurecimiento de las leyes de copyright de forma que en otros países no resulte fácil copiar legalmente estos productos, obligando a sus ciudadanos a comprarlos a su industria, gran beneficiada en todo este asunto.
El sistema es curioso y comprende el empleo de técnicas de persuasión absolutamente mafiosas. Como ejemplo, EE.UU. se permite bloquear el ingreso de paises en las instituciones internacionales (como la OMC -y que esta institución sea buena o mala es tema de otro post-), pidiendo como moneda de cambio el endurecimiento previo de estas leyes. Así sucedió a China, y así sucede con Rusia (que aún espera). Los grupos de presión empresariales estadounidenses presionan a estos gobiernos imponiendo reformas aún más restrictivas que las existentes en EE.UU., para poder pedir a continuación un endurecimiento de las leyes en su propio país con la excusa de «armonizar la legislación» a la existente en el ámbito internacional. Por supuesto, y para que ningún ciudadano pueda quejarse a sus gobiernos, todo esto se hace a través de un intermediario: la World Intellectual Property Organization, WIPO.
Sin duda esto ha funcionado enormemente bien en paises pobres y, aunque también tuvo éxito, éste fue más reducido en los países ricos. Sin embargo, últimamente los paises ricos que mejor habían aguantado estos envites están cediendo hasta niveles tan restrictivos como el estadounidense (a veces más, si se aprueba en Europa el modelo de desconexión y censura por usar sistemas p2p). Tenemos el ejemplo de Suiza, que aprobó su DMCA en octubre y donde la campaña para convocar un referéndum tiene ya sólo 3 días para oponerse, y tenemos también el caso de Canadá, que prepara una ley de propiedad intelectual tan dura como la DMCA estadounidense (Ars), bajo directa presión de los senadores estadounidenses.
Por supuesto, todas estas leyes incluyen artículos que prohíben la eliminación y burla de medidas digitales de restricción de derechos (
DRM), ya que así se exige desde la WIPO, en otro claro ejemplo de cómo los ciudadanos están a dos grados de separación del poder, pues sus gobiernos están subyugados a organizaciones que nadie elige democráticamente; una política extendida mediante lo que conocemos como consenso de Washington.
En este contexto, que la música que se vende en iTunes no incluya DRM pero incluya a cambio marcas de agua es más un caballo de troya que otra cosa. Sucede que de la prohibición tecnológica pasamos a la amenaza de desconectarte de la red si compartes música y a la certeza de que la traza que lleva a tu tarjeta de crédito (necesaria para comprar en estas tiendas online) será clara gracias a toda la información personal que incluyen los ficheros. De la horca a la vigilancia autoinducida, del DRM al «si compartes lo veremos e iremos a por ti» y a la censura autoimpuesta, el modelo panóptico de vigilancia trasladado a la compartición de información entre iguales.
Y mientras todo este abanico de leyes se desarrollan lentamente con el consenso de todos los grupos políticos, nosotros (al menos aquí, en España) permanecemos debatiéndonos en nacionalismos vacíos y discutiendo sobre problemas que deberían haberse resuelto hace 100 años, como si la religión debe estar en el colegio, si los gays deben poder casarse o si Málaga es una realidad provincial dentro de la indisoluble nacionalidad andaluza que se ensambla dentro de la gran españa, a su vez un puntito en el mapa de la gran europa despótica e ilustrada de Bolkestein donde todo se hace para el pueblo pero sin el pueblo. En fin, la culpa al final será sólo nuestra, por dejarnos distraer.
La sociedad de control es el sistema social pensado para sustituir las democracias dieciochescas y su asamblearismo. Está basada en las posibilidades tecnológicas abiertas con los desarrollos de la segunda mitad del S. XX y tiene su principal apoyo en la deliberada ausencia de medidas legales que limiten el abuso de estas tecnologías. Para entender bien lo que es la sociedad de control primero hay que detenerse a describir el mundo en qué vivimos: la sociedad parlamentaria o asamblearia.
La sociedad parlamentaria se caracteriza por la separación de poderes (legislativo, ejecutivo, y judicial) y porque el pueblo elige democráticamente un número de representantes sobre los que recae la responsabilidad y el poder de dirigir la vida pública (leyes, medidas económicas, gobierno). Cada cierto tiempo la población elige nuevos representantes, momento en el que -idealmente, *sigh*- aquellos representantes que han actuado mal (por incapacidad o por corrupción) son reemplazados por otros. El sistema puede tener sus problemas, como el que minorías muy pequeñas jamás vean realizadas sus propuestas, pero en general no es un sistema aborrecible, al menos es la mayoría del pueblo el que elige a los dirigentes.
¿Cuál es el problema? Nuestra sociedad parlamentaria está siendo debilitada por las élites sobre las que repetidamente recae el poder. El método escogido ha sido el de crear instituciones supranacionales carentes de todo carácter democrático. Estas instituciones están encarnadas tanto en la piel de estados macroestatales (como la UE y todas sus instituciones) o bien en «instituciones internacionales» como el FMI (Fondo Monetario Internacional), el BM (Banco Mundial), la OMC (Organización Mundial del Comercio), la ONU (Organización de las Naciones Unidas). Ninguna de ellas tiene (1)cáracter (2)democrático. Esta doctrina se conoce como Consenso de Washington y persigue apartar a los ciudadanos del poder, aunque para ello haya que mentir y recurrir a emplear una doctrina de libre mercado de agrio autoritarismo, a la que se recurre para desmantelar los servicios públicos y debilitar la influencia de las instituciones básicas de la democracia. Las partes implicadas en este proceso de transformación incluyen al poder político (encarnado en el gobierno) y al poder económico (encarnado por las empresas). En España se han sumado los sindicatos, bajo estricto control político, haciéndonos recordar alarmantemente aquel corporativismo añorado por Mussolini. Según el propio modelo de estado del dictador italiano, «el corporativismo se refiere a un estado policial gobernado bajo una alianza de las tres mayores fuentes de poder de una sociedad -el gobierno, las empresas, y los sindicatos- todos colaborando para subyugar a la población y mantener el orden en nombre del nacionalismo».
Pero la sociedad digital en la que vivimos hace que para mantener el orden se deba recurrir a un férreo control de los ciudadanos. La sociedad digital, participativa y libre, se convierte entonces en la sociedad de control. De la amplia libertad de creación y comunicación que permite la tecnología digital pasamos a la vigilancia extensiva de los ciudadanos que es posible debido a esa misma tecnología digital. Al levantamiento de vallas virtuales y la creación de propiedades allá donde sólo había un algo que nos pertenecía a todos, para servir a los mismos intereses económicos y políticos mencionados arriba mediante el cercamiento digital y la generación de escasez artificial. Así la tecnología, que nunca es neutral, se convierte en la llave que puede hacer de nuestra sociedad algo más libre, pero también en lo que puede hacer de nuestra sociedad una desagradable distopía.
La clave está en el uso que se hace de la tecnología, en cómo se articula su regulación y sus posibilidades. La clave está en dos topes: el inferior (dónde se limita el control que se puede hacer de las mismas) y el superior (hasta dónde se permite su libre uso). La habitual en lo referente a tecnologías es que se legisle de forma ultrarrestrictiva para nuestros derechos, o bien que no se legisle en absoluto -para verlas venir con tiempo-. En muy pocas ocasiones se tiene la posibilidad de ver una reforma legal que salvaguarde nuestros derechos adecuadamente. Por lo general, para legislar en contra de nuestros derechos se recurre al nacionalismo, como ya hemos dicho. Éste puede ir encarnado bajo dos pieles:
Con este sencillo esquema el enemigo de los estados está tanto dentro como fuera de su territorio (esto significa que el enemigo está dentro, como en las más famosas sociedades bajo vigilancia del S. XX) y para defenderse de este enemigo difuso toda medida de control estará justificada (espía de comunicaciones, videovigilancia extensiva, control aeroportuario, vigilancia y control de la red, obligar al uso de tarjetas de identidad para cada vez más acciones).
El motivo de que estemos realizando una transición a la sociedad de control es que mediante esta sociedad de control los partidos políticos pretenden recuperar con ardores nacionalistas la influencia que décadas de desilusiones electorales y promesas incumplidas les han quitado y que les permitía justificar una agenda de medidas económicas a veces bastante impopulares. Vale la pena indicar que, casualmente, estos nuevos bríos nacionalistas se ven potenciados por las políticas impositoras supranacionales del Consenso de Washington, que llevan a una percepción fría y lejana de las formas de gobierno actuales y que llevan a muchas personas a oponerse a este nuevo orden haciendo suyos esos argumentos nacionalistas, en lo que es una respuesta equivocada a este fenómeno, pues la oligarquía encargada de alejar a la ciudadanía del poder es la misma (ya hemos hablado de la alianza del corporativismo) que promueve el renacimiento del nacionalismo que entorpece la reacción social y facilita la extensión de estas nuevas medidas de gobierno y control.
Así mismo, mediante este control pretenden recuperar el poder que las nuevas tecnologías de la información les han arrebatado. No hay que pasar por alto en este análisis que toda arquitectura de la información sostiene una arquitectura de poder. La arquitectura de la información ha sido históricamente piramidal y centralizada en los poderes político y económico, las nuevas tecnologías abren la posibilidad de articular debates, problemas y soluciones al margen de estos poderes y por tanto la arquitectura de poder subyacente se tambalea.
Dicho de otra forma, Internet y las actividades en red en general les quita a los viejos poderes su capacidad de definir los temas y las preocupaciones de la gente, la agenda pública, haciendo que los partidos políticos pierdan su papel de dirección y timón social. Los partidos políticos han perdido su leitmotiv porque la gente ha dejado de buscarlos como solución, por eso el desapego social a los mismos es creciente. La gente ha comenzado a buscar a la gente. Y es por eso que, cuando se trata de regular y salvaguardar estas nuevas libertades adquiridas, todos ellos actúan rechazándolas sin importar los enfrentamientos ni las ideas que los puedan separar en otros asuntos. Quieren (1)seguir siendo el nodo (2)por el que todo debe pasar y la nueva sociedad digital les aterra porque simplemente dejan de hacer falta en el mapa social, por eso la rechazan y por eso les da miedo. Es por eso que cuando se trata de proteger derechos digitales, la clase político se unen en contra de la sociedad, a menudo para proteger los intereses del poder político, pero también para proteger el de los importantes oligopolistas económicos que gracias a la oleada de privatizaciones de las últimas tres décadas poseen casi todas las industrias críticas (energéticas, telecomunicaciones) y que apoyan económicamente a estos partidos para, en parte, pasar desapercibidos a los ojos de la sociedad y escapar a sus iras.
La sociedad de control presenta, en consecuencia, muchos problemas, siendo el primero de ello su gran déficit democrático. La sociedad de control está sustentada por el poder coercitivo de la vigilancia y necesita de estas imposiciones coercitivas para subsistir. Allí donde la sociedad parlamentaria y asamblearia posee protocolos en los que todas las partes llegan a un acuerdo (unas elecciones son un protocolo de gobierno) la sociedad de control tiene controles, y un control es siempre una imposición de una parte sobre la otra (como la imposibilidad de mantener la intimidad de tus comunicaciones). La sociedad de control es incapaz de defender la democracia porque no nace de ideales democráticos, sino impositivos, y de esta forma se requiere para evitarla la interposición de protocolos, acuerdos sociales que limiten estas acciones y mantengan nuestra sociedad dentro de los límites que requiere toda sociedad libre.
[Esta anotación es parte de un libro que estoy escribiendo, así que aún más que de costumbre se agradece el comentario productivo sobre la misma.]