
Un stencil de gran tamaño que vi en Berna, hace ya algunas semanas.

Un stencil de gran tamaño que vi en Berna, hace ya algunas semanas.
«¿Hay solución para los secuestros aéreos durante el vuelo? Sí, la hay». Así comienza el anuncio de la compañía que fabrica los Brazaletes RFID con descarga eléctrica que el gobierno federal estadounidense está negociando implantar y ante los cuales la ACLU ha lanzado una campaña de movilización en aquel país.
El objetivo no es otro que el de obligarnos a todos los que nos montemos en un avión a utilizar un brazalete con identificación mediante radiofrecuencias que además está preparado para proporcionarnos (me encanta la neolengua) una descarga eléctrica si hacemos algo que el uniformado de turno considere inapropiado. Supongo que luego lo llevarán a otras partes, ya se sabe que ¡esto está lleno de terroristas!
Detalles que comentar:
Poco más, Pululante dice que estos brazaletes son parte del teatro de seguridad. Yo ni siquiera diré eso: estos brazaletes son puro fascismo, obedece o te vas a cagar (quizá literalmente) con la descarga que te voy a meter. Si los Estados los adoptan e intentan obligarnos a usarlos, estarán dejando bastante claro de qué va la cosa. Si la sociedad no los rechaza abierta y mayoritariamente, quizá estará demostrando (una vez más) que al final tenemos lo que nos merecemos. En el sentido más estricto: nadie puede cobrar sin trabajar, nadie puede ser libre si no defiende su libertad.
Scientific American presenta un número especial de su revista dedicado a la privacidad. Aún no lo he leído porque me acaban de dar el chivatazo (gracias, Chuso), pero promete bastante.
De momento les puedo decir que, pese a lo que esa revista nos pueda contar, muy difícil lo tienen para igualar el magnífico (y reciente) post sobre privacidad y libertades de Arnau Fuentes: Si Franklin (o jefferson, o…) levantara la cabeza.
Si quieren leer algo sin salir de aquí pueden pasar por la contextopedia:
Pensaba traducir esta tira de Xkcd sobre voto electrónico, pero creo que no hace falta. La pongo porque me ha gustado bastante, aunque no sabría decir qué es lo que más me gusta de ella en sólo unas palabras.
«¿Cuánto tiempo quieres que sean secretos esos mensajes? le preguntó Randy en el último mensaje antes de abandonar San Francisco. ¿Cinco años? ¿Diez años? ¿Veinticinco años?
Quiero que sigan siendo secretos mientras los hombres sean capaces del mal.»
– Neal Stephenson, Criptonomicón
*** Relacionada: Generación de claves GPG explicada a los niños.
En nombre de la corrección, ciertas libertades individuales están verdaderamente amenazadas. Se podrá estar de acuerdo o no, pero ante la duda debería optarse por el camino que otorgue más libertad y que más respete la capacidad de decisión del individuo.
Lo contrario es caldo de cultivo para la censura, el control de la información y un paso adelante en la instalación de regímenes post-democráticos.
Como muestra, dos botones.
El primero es una patente de Microsoft que gestiona lo que ellos llaman Device Manners Policy o políticas de comportamiento para dispositivos. Bajo ese nombre tan formal se esconde un mecanismo que permitiría al dispositivo adaptar sus funciones disponibles al entorno. En un museo que no permita hacer fotos, la cámara dejaría de funcionar, por poner un ejemplo. Lo vi en Xataka (via meneame) hace ya un par de meses.
Eso quizá parece buena idea, pero no lo es. El resultado final es que para hacer fotos en un museo habrá que pagar la cuota que te lo permita (al museo, al fabricante, a quien sea). En el fondo no es más que una forma de gestionar la abundancia de fotografías de la peor manera posible: generando escasez.
Además queda lo paradójico: nos quieren convencer de que usar nuestros dispositivos en público es algo malo, que no es lo correcto. Y entonces nos quitan la libertad de usarlos. Es como cuando la URSS prohibía hacer fotografías en público y Occidente se reía de ello, sólo que ahora no son los rusos. Hay que conseguir que la gente sepa decidir, obligarles mediante la tecnología a no uar un dispositivo no es el camino.
El segundo nos llega de Francia, SuperSarko está realmente activo estos meses. Francia bloqueará el acceso a webs de pornografía (EuropaPress). Esto es difícil de argumentar, parafraseando a David Bravo, ¿cómo puede uno decir que está a favor de la pornografía infantil sin que suene a demencia senil? Por supuesto que no estamos ninguno a favor, sin embargo la solución no es la prohibición, sino enseñar a la gente para que tenga otro tipo de «aficiones» (llamémoslo así) más saludables. Al fin y al cabo, desarrolle un método para encarcelar fascistas sin juicio previo, y pronto se aplicará a todo el mundo. Recuerden que la UE hace ya un tiempo que aprobó que no pudiéramos buscar «bombas» en Internet.
Son sólo dos pinceladas. Dos situaciones en que la prohibición parece justificada (los teléfonos en el cine son una molestia y la pornografía infantil desde luego es horripilante), pero en los que la prohibición representa un enfoque equivocado: no hay que prohibir las cosas, sino que hay que poner la atención suficiente para que el desarrollo de las personas no les impida comprender que en un cine el teléfono debe estar en silencio o que hay mejores formas de diversión que visitar según qué páginas. Prohibir sin meditar no es el camino, a no ser que queramos avanzar aún más rápido hacia un entorno post-democrático en el que un montón de Estados nos gobiernen sin atender a nuestras necesidades.
La noticia tiene unos días pero no deja de ser toda una prueba de hacia dónde nos dirigimos, así que la voy a comentar.
Hace unos días Arnau nos pasaba un enlace a El País, con el siguiente titular: Las tropas italianas empiezan a patrullar las calles para reforzar la seguridad.
Es así tal cual: 3000 militares italianos se pasearán por las principales ciudades para «mantener la seguridad«. Adicionalmente, me enteré ayer de que la policía local de Roma volverá a llevar armas 35 años después de haberlas abandonado.
En México, el presidente advierte que se plantea reintroducir la cadena perpetua. En España, el padre de una chica malograda organiza una campaña mediática con ese mismo objetivo e instala recogida de firmas por toda la península (ya me gustaría a mí saber quién sufraga esa campaña radical, porque ese hombre es un ciudadano de a pie que seguramente no dispone de los medios para pagarla). Esto último no debería sorprendernos en un país donde por ir un poco más rápido de la cuenta te pueden mandar a la cárcel (y permanezcan en sus sillones, que la fiscalía ya se ha quejado de que los límites de velocidad con penas de cárcel son demasiado altos…).
Más policías, más penas, más duras. Coerción. De mis paseos por los aeropuertos y las estaciones de tren de París me molestan sobre todo la cantidad de militares que por allí campan a sus anchas, completamente pertrechados para la batalla (¿de verdad piensan que esas enormes ametralladoras les van a ser de utilidad en el centro de París?). Y el desprecio con el que te tratan cuando hay una «amenaza terrorista», aunque vean amenazas terroristas donde solo hay una maleta olvidada en la cinta (están paranoicos y puedo dar fé de ello), como las decenas que se quedan en el aeropuerto de Málaga cada día sin que, por suerte, hayamos alcanzado todavía semejantes niveles de estupidez.
Es por ese desprecio congénito (debe ser que te ponen el traje caqui y ya pierde uno toda la empatía social que tuviera o pudiera haber tenido) que la idea de ver cada vez más policías y más militares en las calles me da muy mal rollo, pensar que ese es el camino que las democracias del mundo y en particular las europeas están escogiendo no es tranquilizador en absoluto.
Por supuesto, el que lo hagan por tu seguridad (y la de los nietos de tus nietos) no hace más que levantar las sospechas del que ya ha visto la misma burra vendida muchas veces. La retención de datos de telecomunicaciones, los pasaportes RFID, la videovigilancia perpetua, el DNI-e, todo es (supuestamente) por mi seguridad y resulta que muchos no lo vemos tan claro (pasaportes, videovigilancia, retención de datos -en dos posts de 2005 (1 y 2)-).
Mucha policía, poca diversión.. ¡un error, un error!