Entregar videojuegos inacabados es el estándar de la industria

Cyberpunk 2077

El mundo del videojuego no se parece ahora en casi nada al que había hace unas décadas. Hablamos de una industria que hace ya años arrebató a Hollywood el cetro de principal industria del entretenimiento.

Así que cuando hace unos días salió por fin publicada una de las macroproducciones del año, como es Cyberpunk 2077 del estudio polaco CD Projekt Red, todos los focos se volvieron hacia él… y hacia los numerosos fallos y problemas que han acompañado al juego hasta su lanzamiento, con muchos retrasos, y también en sus primeros días.

La polémica ha dado de todo: al amparo de los numerosos bugs y problemas de estabilidad en servidor hubo muchas reacciones, incluso la misma Sony eliminando temporalmente el juego de su tienda hasta que sea reparado, y lo pongo en cursiva porque de esto vamos a hablar hoy. ¿Cómo se producen las superproducciones de videojuegos en la actualidad? ¿Qué hace falta para poner en el mercado un juego AAA?

Un poco de historia: ¿cómo eran los videojuegos en los 80 y los 90 del siglo pasado?

O mejor dicho, ¿cómo eran nuestras casas? Hace treinta o cuarenta años apenas ninguna casa tenía conexión a Internet, incluso eran muy minoritarios los hogares que tenían una computadora en casa.

Así, los desarrolladores de videojuegos no podían permitirse salir a la calle con bugs que bloqueasen el funcionamiento del juego, ya que tu cliente no iba a poder descargar una actualización posterior de la red. Si las cintas de cassette usadas para distribuir tu juego tenían una copia rota del mismo, el fiasco era absoluto: clientes descontentos, incapacidad de parchear al vuelo, e incapacidad de hacer recall de las cintas para regrabarlas. Muchísimo dinero perdido.

Así, los desarrollos, si bien mucho más humildes que los actuales, iban más pulidos. Ese ir más pulido hay que leerlo en clave financiera: hasta que no tenías el producto finalizado, repasado, y más que pulido, no comenzabas a recuperar tu inversión vendiendo copias de tu producto.

¿Cómo ha cambiado el escenario ahora?

Empecemos de nuevo por la conexión a Internet, que vuelve a ser clave. Ahora la conexión a Internet es ubicua en todos los hogares del primer mundo. Más aún, la velocidad de nuestras conexiones hace que descargar varias decenas de gigabytes para actualizar o instalar desde cero un enorme videojuego contemporáneo no sea ningún impedimento. Esto permite que un juego que tiene un problema pueda ser arreglado sin excesivo sobrecoste para el desarrollador.

Pero no es lo único que ha cambiado. Los videojuegos actuales son enormemente más complejos. Los plazos de desarrollo se prolongan durante años y el equipo envuelto en el mismo es mucho mayor. Los costes se disparan. Sin ir más lejos, Cyberpunk 2077 comenzó a desarrollarse en 2012. Se estima que el desarrollo ha costado en torno a 300 millones euros, y que al estilo de los blockbuster de otros tiempos esa inversión fue recuperada en los primeros días.

La componente financiera domina el ciclo de lanzamiento

Una vez que entiendes cómo funciona la parte financiera de cualquier negocio, no puedes dejar de verla. Y este caso no va a ser una excepción.

Si desarrollar un juego cuesta más de 300 millones de euros que se consumen durante 8 años, promediando casi 40 millones al año, acortar el ciclo de desarrollo, adelantar la fecha en la cual empezamos a rentabilizar la inversión en uno o dos años, tiene un impacto enorme. Significa ser capaz de afrontar un proyecto aunque solo tengas acceso a un 80% de los fondos que necesitarías, que no es poca cosa.

Es por tanto económicamente deseable y tentador. Pero nada es gratis.

La forma más directa de adelantar los plazos y rentabilizar antes la inversión es entregar el juego inacabado. Arriesgado, sí, pero muy rentable. De ahí que antes quisiese enfatizar aquel reparado allá arriba. No, en 2020 los juegos más ambiciosos del mercado no se lanzan rotos, se lanzan inacabados. Puede que la consecuencia para el jugador sea parecida, pero el matiz es significativo.

Caso de abrazar esta filosofía, los costes en este caso no son económicos, al menos no en primera instancia (pueden serlo sus derivadas). Lo principal es algo de reputación y mala prensa entre tus jugadores, que son tus principales prescriptores. ¿Cómo de grave? Más a continuación, pero diría que no es fatal.

Entregar juegos inacabados es el estándar de la industria

Si no siguen mucho el mundillo, quizá piensen que lo acontencido con Cyberpunk 2077 es algo nuevo o exclusivo de este título, pero no lo es.

Assassin’s Creed es quizá el juego que más simboliza lo de salir al mercado cargado de bugs que causan glitches visuales. Es una de esas franquicias que cada año coloca un nuevo juego en la estantería, y seguidor fiel de esta filosofía de pasar el cepillo antes de tiempo.

Pero no está solo. Cuando Blizzard publicó Diablo 3 hace unos años, los problemas fueron notables. El consenso general es que no estuvo reparado hasta casi dos años después. De forma algo poética, esto permite al equipo de desarrollo incorporar feedback inicial del cliente (aka los jugadores) en el juego. Ventajas de entregar a los jugadores una release temprana. Suena guay, pero no nos engañemos: no se hace por esto sino por reducir la carga financiera que asumen los estudios que llevan a cabo estos proyectos mastodónticos.

Visto que todo tipo de estudios afrontan los desarrollos con parecida aproximación, diríase que el coste reputacional no es tal que no compense a lo aventajado financieramente al tomar estos atajos. No nos sorprende, pues como sucede en los timelines, los cabreos del público objetivo es probable que terminen perdiéndose como lágrimas en la lluvia.

Por mi parte, no he probado el videojuego siquiera, aunque como ex-jugador del juego de rol clásico de Cyberpunk 2020 (del que aún conservo mi libro de master) estaría encantado de echarle un rato. No creo que CD Projekt Red lo hayan hecho especialmente mal: se han ceñido a hacer lo mismo que todos los demás estudios en sus mismas circunstancias. Viendo lo faraónico del proyecto, puede que fuese la mejor forma de poner la máquina a rodar y seguir iterando hasta finalizar. No creo que haya que ser especialmente duro con ellos y sí asumir, como consumidor, que jugar a un juego el día del lanzamiento hace años que tiene este contexto del que hemos hablado en este post.

Que desplegar no sea motivo de terror

For the purposes of this presentation, ‘DevOps’ is anything that deals with automating IT operations in such a way that frequent, automated deployment to production is no longer terrifying.

Mark Wilkerson

En su día hablamos de DevOps por aquí, hoy he encontrado esta frase en El Sotanillo de Juan Sierra que yendo menos a lo conceptual y más a lo pragmático da buena cuenta de uno de los principales objetivos de esta forma de trabajar.

PVPC en números: un ahorro brutal

Les sorprenderá, pero hasta hace poco no era consciente de que tu proveedor de electricidad (aka tu distribuidora) está obligado a indicarte en la factura PVPC cuál sería el coste de tu factura en todas las modalidades, con y sin discriminación horaria, y con esta discriminación en modalidad de dos y tres tramos.

Desde que lo supe me quedé con la curiosidad y así que saqué unos minutos para rebuscar mis facturas y hacer cuentas. Tengo algunas conclusiones que sirven de corolario a aquel post donde expliqué por qué la tarifa de precio de venta al pequeño consumidor (PVPC) es la mejor tarifa eléctrica.

Lo primero, el dato rápido: en mi última factura el importe fue un 25% inferior usando PVPC DH frente a lo que habría sido una PVPC normal, sin discriminación horaria. Eso es un ahorro adicional a lo que ya estoy ahorrando por usar PVPC normal frente a tarifas de mercado. Spoiler: el ahorro es aún mayor.

Vamos con esos datos más en detalle. Cambié mi tarifa ya con el año 2018 empezado, pero los meses de invierno donde la calefacción eléctrica de casa ya nos ha penalizado se usaron con la tarifa de mercado. El coste total de electricidad que pagué en 2018 fue de más de 1600€. En 2019, primer año completo con PVPC fue de 801€ exactos. Un ahorro de más de 50%.

Como anticipo, en este año 2020 el ahorro está siendo aún mayor, quizá por el bajo precio que tuvo la electricidad en los meses de confinamiento global. La comparativa más fiel sería comparar contra 2017, pero hasta mitad de año estuve viviendo en Munich y no tengo datos para ese año completo.

Esto no es decir que esta tarifa sea siempre y en todo caso la mejor opción: cada uno tendrá que ver qué uso hace de la luz, si está dispuesto a bucear las tarifas de mercado libre hasta la letra pequeña, y si escoge PVPC con discriminación horaria cómo de disciplinado es con el uso de valle.

Pero también sé que la gran mayoría de nosotros no tiene ni el tiempo ni el conocimiento para entender bien estas tarifas de mercado eléctrico, más aún en servicios como el eléctrico cuya tarifa es enrevesada y compleja, con múltiples tramos e impuestos sumados unos a otros.

Lo que sí tengo muy claro es que una tarifa PVPC DH bien usada, si tu situación te permite hacer ese buen uso, es un ahorro brutal para cualquier economía familiar.

De cuando Ortega y Gasset vino a Málaga a estudiar el instituto

Recordamos con frecuencia la expulsión de los jesuítas acontecida en España y en otros países europeos. Sin embargo, las instituciones educativas jesuitas no solo siguen presentes en España, sino que son algunas de las más reputadas del país.

Así que regresar, está claro que regresaron. Pero de esto hablamos muchísimo menos. Hoy vamos a hablar de cómo a finales del s. XIX la burguesía malagueña facilitó la llegada de los jesuítas a Málaga y la creación de un colegio tan destacado que incluso las élites madrileñas enviaban a sus niños a estudiar aquí, como fue el caso de Ortega y Gasset.

La expulsión de los jesuitas

En 1767, Carlos III expulsó a los jesuitas. No fue el único, otras monarquías europeas hicieron lo mismo. Si bien se recuerdan siempre las desamortizaciones de los bienes inmuebles expropiados a las órdenes religiosas, lo cierto es que las instituciones educativas también quedaban atrás, en manos de la monarquía.

La llegada a Málaga de mano del marqués de Iznate

Aunque los jesuítas regresaron a España a principios del siglo XIX (una vez fueron restituidos por el papa Pío VII en 1814), no fue hasta varias décadas después que llegaron a Málaga.

Esto sucedió cuando varios miembros de la burguesía malagueña, liderados por Antonio Campos, entonces marqués de Iznate, ofrecieron a la compañía de Jesús que abriese un colegio en Málaga. Estamos en plena Restauración, uno de cuyos principales líderes fue Cánovas del Castillo, también orihundo de la ciudad de Málaga, y ésta se mueve con la energía de ser el motor industrial de Andalucía.

Se plantea la construcción del edificio que albergará la escuela, que recibirá el nombre de San Estanislao de Kostka, para lo cual se contrata al arquitecto madrileño Gerónimo Cuervo, que viviría en Málaga hasta el final de sus días y es responsable también de la construcción del teatro Cervantes de la ciudad.

La vida estudiantil de Ortega y Gasset en Málaga

La nueva institución gana inmediatamente relevancia y tal es así que incluso algunas familias adineradas de Madrid deciden enviar a sus hijos a estudiar a él, como fue el caso de Ortega y Gasset, que entre 1891 y 1897 (de los 8 a los 14 años) estudió en Málaga, primero en Gaona (histórico centro educativo de la capital, actualmente denominado Vicente Espinel) y posteriormente en SEK. Como se pueden imaginar, a continuación Ortega cursó sus estudios universitarios en Deusto, universidad también vinculada a la Compañía de Jesús, pero eso ya es otra historia.

¿Por qué eso no pasa ahora?

No podemos saber si en esas mismas aulas malagueñas están ahora algunas de las personalidades más importantes de las próximas décadas, pero la verdad es que no parece que ninguna de las personalidades políticas o intelectuales actuales hayan pasado por ellas en las justo anteriores.

Un siglo y pico después del empuje de aquella burguesía malagueña, la ciudad también es el motor industrial de Andalucía, aunque la industria se haya transformado y ya no tengamos chimeneas ni hornos y sí mucho software y telecomunicaciones, pero ¿se traduce eso en ser un polo atractor de talento hacia sus instituciones educativas?

Tampoco sé si es extremadamente relevante, pero parece importante como forma de generar eso que los guiris llaman soft love hacia la ciudad. Si pones la ciudad en el corazón de las jóvenes élites, ¿acaso no querrán montar sus proyectos y empresas aquí, a igualdad de viabilidad con otra ubicación? ¿No sería eso positivo para la ciudad?

En el contexto de un mercado laboral paneuropeo como el de la actual UE, es clave tener instituciones educativas que hagan posible eso para asegurar el vigor económico de la ciudad en el largo plazo.

Año 1 después de la banda ancha

La actual situación de teletrabajo masivo no es el punto final, no al menos a corto y medio plazo. Cuando esta crisis sanitaria pase, habrá un cierto retorno a la presencialidad, pero tampoco va a ser lo de antes. La oficina, tal como la hemos conocido, no va a volver.

Ha habido muchas crisis antes que esta, en muchas las oficinas se quedaron vacías. Pero ésta tiene una particularidad: es la primera en la que el ancho de banda del que disponemos en nuestras casas nos permite de verdad trabajar en remoto. Sharepoint y Google Docs son soluciones maduras, tener videoconferencia constante para coordinar el trabajo es posible, no importa cuantas personas hagan falta en la llamada.

2020 se ha convertido en el año 1 después de la Banda ancha. Es un cambio de era. La tecnología estaba ahí, pero hacía falta una pandemia para que muchas empresas tomasen conciencia de ello. Sobre todo las menos tecnológicas.

El impacto es gigante, sobre todo en trabajadores de oficina y sector IT, de los que abundan en megaurbes. Por supuesto que estas supergrandes ciudades seguirán siendo relevantes, pero tras muchos meses en remoto y trabajando desde otras ciudades donde el inmobiliario es más barato y hay de todo pero con algo menos de estrés, muchos trabajadores y empresas van a apostar por continuar en esta situación deslocalizada para aprovechar esa circunstancia recién descubierta de que vivimos en un mundo con banda ancha suficiente para trabajar desde cualquier sitio. (En mi empresa estamos en remoto desde febrero, y no tenemos fecha de retorno; somos más de 100.000 empleados globalmente en esta situación; los planes para 2021 seguramente incluyan aún más flexibilidad, aunque eso no está claro aún.)

En resumen, las grandes ciudades, los superhubs, de los que en España tenemos dos (Madrid, Barcelona) van a perder peso. De esto no se van a beneficiar zonas remotas, hace falta más que una pandemia para repoblar eso que ahora se llama la España vacía.

Sí se van a beneficiar las ciudades medianas que en la última década ya venían funcionando como centros de atracción de profesionales que quieren «vivir mejor» en la forma de cobrar parecido pero viviendo más tranquilos (urbes medianas como Zaragoza, Valencia, o Málaga) seguramente van a seguir atrayendo población, sobre todo las de costa.

En el caso de Málaga, al torrente de empresas británicas e irlandesas que llegaron con el Brexit le sigue el goteo de profesionales que llegan desde Barcelona o Madrid. Aeropuerto, AVE, costa, y clima amable, y banda ancha suficiente para lo que haga falta no digo ya desde cualquier oficina, sino desde cualquier casa.

Como digo, habrá un cierto retorno a la presencialidad, y será positivo. Yo creo que en la conversación informal de máquina de café salen ideas y se comentan temas que nos ayudan a aprender e investigar. Pero la oficina como tal no la vamos a volver a tener.

Las oficinas serán ese espacio en el que un equipo que trabaja junto se reunirá de vez en cuando, reservará una sala durante unas horas para tratar un tema crítico y de camino humanizar a los demás, para a continuación marchar cada uno a su casa a continuar trabajando en lo que se haya acordado. Pero no será ese lugar al que acudir metódicamente cada día para hacer tareas que podrías hacer en tu casa, donde quiera que esté tu casa y cualesquiera que sean los kilómetros que te separen de esa oficina.

Libros, siempre libros

Quizá sea raro en un amante irredento de la tecnología y el desarrollo de software, pero si hay algo que me gusta tanto como los ordenadores y el software, esa cosa son los libros.

Por eso mientras me dejaba llevar por el viaje propuesto hoy por Gonzalo en su blog me he tenido que venir hasta aquí para anotar esta frase suya, con la que me identifico:

Vengo de un tiempo extinto donde eran los libros lo único verdaderamente importante.

Últimamente tengo la sensación de verme a mí mismo como una suerte de Stefan Zweig sin lustre, una suerte de habitante del país de las últimas cosas de Auster.

Crecí en un mundo analógico que ya no existe, escribo un blog de los que ya casi tampoco existen, desde que en casa hay un pequeño el tiempo se ve pasar como en un hiperlapso, y dejé de ver series porque ese tiempo se dedica mucho si uno lee un libro.

¿Por qué en España no hay colegios con nombres de científicos?

A partir del próximo curso volveré al colegio, esta vez en calidad de padre. En realidad, mi hijo aún es pequeño y asistirá a esa guardería glorificada que ahora llamamos colegio de educación infantil.

El tema es que comentando en familia sobre el proceso de matrícula mi hermana preguntó, con algo de guasa, por el nombre del colegio. «¿Cómo se llama el colegio? ¿Lorca?».

Esa broma me hizo pensar que, efectivamente, la mayoría de colegios reciben nombres de artistas, y prácticamente ninguno recibe nombre de científico.

Como no me gusta fiarme de intuiciones, he dedicado un rato a clasificar los nombres de 127 centros públicos de educación primaria y secundaria de Málaga capital. El resultado es abrumador y se puede ver en la gráfica de aquí abajo, que comentamos a continuación.

Del total de 127 centros, 38 reciben nombres que he clasificado como topónimos (a menudo el nombre del propio barrio en el que se ubican). 35 de ellos están dedicados a escritores, más de una cuarta parte. 11 a políticos y otros tantos a motivos religiosos. 8 a pintores. 6 a educadores y una misma cantidad a motivos folclóricos e históricos. 5 a músicos. 4 a médicos. 3 a militares. 3 reciben nombres institucionales (por ej. Constitución de 1978). Para finalizar tenemos un cineasta y un arquitecto (tienen su parte de la tarta pero aparecen sin etiquetar en la gráfica). Sobre 4 nombres no encontré detalles y los dejo en un cajón de sastre (Desconocido).

Si quitamos los topónimos podemos tener lo siguiente:

Exacto: las ciencias están ausentes. La única disciplina científica presente es la medicina, y solo uno de estos nombres es realmente un científico (Severo Ochoa, premio Nobel de medicina), el resto son personalidades locales, médicos ilustres en la historia de la ciudad pero a los que hay que anteponer la profesión por delante, a riesgo de que de no hacerlo nadie jamás conozca el motivo de que un centro educativo lleve tal nombre (Colegio Doctor Fulanito Pérez).

Nos lamentamos de que nuestros jóvenes estudian grados universitarios inútiles, pero en una sociedad profundamente tecnificada y en 2020 no hay un solo colegio con nombre de matemático, o físico, o informático.

¿Acaso no son role models ejemplares? ¿Por qué no hay un colegio Albert Einstein, o Marie Curie, o Gauss, o Alan Turing? He vivido en otros países y ese mundo existe: el instituto de secundaria que había junto a mi casa en Dortmund se llamaba Max Planck (Max Planck Gymnasium) y estaba en la calle de Bunsen-Kirchhoff (Bunsen, Kirchhoff). Permítanme sentir un poco de envidia.

No es el caso de España, donde un perfil condensa casi toda la dignidad necesaria para dar nombre a un colegio: el artista, sea escritor, pintor, o músico. También tenemos algunos políticos y militares históricos pero mi pregunta es otra. ¿Por qué no hay ingenieros, inventores, o científicos? ¿Acaso no queremos que los niños, en su infinita curiosidad, investiguen también esos otros nombres y qué hicieron con sus vidas para que sueñen con ser, de mayores, como ellos?

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