Mañana tendrá lugar la junta anual del grupo Prisa, cuyo mayor orden del día era confirmar la adquisición del grupo por parte del fondo estadounidense Liberty, como colofón a un proceso de venta de activos del grupo (Santillana, Media Digital). Todo indica, sin embargo, que la adquisición por parte de Liberty no se cerrará ya que en los meses transcurridos desde el anuncio de la oferta las acciones del grupo han caído casi un 40%. Falta por ver cómo influye la presumible resolución de los derechos del fútbol a favor de Prisa en esta perspectiva.
New Yorker, la plataforma hundida de BP y Escher

Los medios estadounidenses se están poniendo dramáticamente pesados con el vertido de petróleo de BP. Puro egotismo cuando nunca prestaron demasiada atención a otros grandes vertdidos que azotaron costas ajenas (Erika, Prestige) ni a las fugas de grandes cantidades de petroleo que de forma constante tienen lugar en otras regiones del mundo desde hace años (como el delta del Níger).
Sin embargo, esta portada del New Yorker (via Daring Fireball) me ha gustado, quizá porque siempre me gustó mucho Escher.
Evaluación de riesgos (III)
«Es aterrador constatar que la mayoría de la gente se pasa la vida intentando protegerse de amenazas que son risibles los vecinos, el ruido, un desamor, comparadas con el poder omnipresente del Estado. El único poder real, de cuerpo presente, es el Estado.»
– Eduard Punset.
Esta cita la recojo de varios amigos como Gonzalo Martín en Criticidades, David de Ugarte en su blog y El residente ausente dando tumbos.
Como divulgador científico Punset es más que cuestionable: mezcla churras con merinas de la forma más peligrosa posible, esto es sin avisarte cuándo pasan churras y cuándo estás viendo merinas… pero en esa afirmación voy a coincidir con él, exactamente, pues estoy de acuerdo en que a menudo se hace una evaluación de riesgos poco acertada en nuestra relación con el Estado.
La cita completa, en Criticidades, no tiene desperdicio.
Iberia y su FastTrack

[Está usted entrando a un aeropuerto, zona de libertades restringidas.]
El pasado viernes 18 de junio se activó en la T4 de Barajas el FastTrack, un modo de embarque exclusivo para los clientes VIP de Iberia que permitirá saltar los controles de seguridad en sólo dos minutos y acceder de forma rápida al área de viajeros. La info en la web de Iberia, a donde he llegado tirando (bastante) del hilo en un post de Daniel Seijo que nada tenía que ver con esto.
En realidad, este FastTrack no lo ha inventado Iberia. Ya existía al menos desde 2007 en otros aeropuertos la posibilidad de saltarte los controles de seguridad pagando 99 dólares (LPC) (nos hicimos eco de ello en unos Bocados allá por marzo de 2007).
Así pues, ya saben: el hacinamiento y las vejaciones en las colas para pasar los controles (que, por otra parte, suponen un riesgo de seguridad en sí mismos: si quiero matar a un buen número de personas no tengo más que plantarme en mitad de la multitud y detonar el explosivo) es para los pobres sin remedio. VIPs y demás gente de bien no sufren ese estrés.
Al final, claro está, en el fondo de estas medidas está introducir herramientas de control social que luego son exportables a ámbitos donde los riesgos son menores (trenes, autobuses, cualquier edificio en concreto) y convertir en facturable una externalidad establecida de forma arbitraria (en este caso, las colas; como impedir el paso de líquidos pretendía ayudar a salvar a los duty free que ya dejaron de ser duty free).
Así que sí: hoy hablamos de aeropuertos, estamos pues ante el retorno de un tema clásico, sobre todo desde que los convirtieron en zonas donde nuestras libertades quedaban sometidas al arbitrio estatal con fines espurios y de utilidad más que cuestionable.
Si alguien aún se pregunta qué medidas de las introducidas tras el 11-S (¡dioses, hace casi 9 años de eso!) han ayudado a mejorar nuestra seguridad, puedo decirle que ninguna relacionada con los controles de embarque. Tan sólo dos cambios son realmente útiles: el aumento de blindaje en la puerta de la cabina y la toma de conciencia por parte de los viajeros de que, en ocasiones, tendrán que luchar fieramente contra algún secuestrador/terrorista. (De esta segunda forma se han abortado algunos intentos como el chico del zapato, el chico de los calzoncillos, …)
Todo lo demás no ha mejorado nuestra seguridad, más bien todo lo contrario al suponer una fuente enorme de gasto de dinero que podría emplearse bien en medidas de seguridad reales o bien como reserva para contingencias en caso de emergencia (atención de heridos, víctimas, y restauración de servicios) en caso de tragedia.
iPhone y la indecencia política
Que me devuelvan mi dinero. Con el Estado al borde del colapso por falta de dinero, recortados los gastos en sanidad, educación, aprobada la reforma laboral, con el desempleo por las nubes y la cohesión social por los suelos, lo único que se le ocurre a los diputados españoles es autorregalarse un iPhone a cada uno de ellos. Porque un iPad es demasiado ostentoso, eso se lo dejamos a los eurodiputados. Eso sí: ni rastro de crítica al modelo ultracerrado, ultracontrolado, de Apple. Nosotros nos regalamos el gadget de moda, no importa que sea caro, no importa que sea un gesto insultante de ostentación y desconexión con la realidad de a pie. Y para qué hacernos preguntas sobre qué estamos apoyando. Si se lo van a gastar en iPhones, por favor: que me devuelvan el dinero de mis impuestos.
Cuatro ideas erróneas
En la bitácora de las Indias podemos leer un extenso artículo sobre 4 ideas medievales que pasan por modernas y que pueden hundirte en la crisis. Como digo, es extenso, pero creo que es una lectura necesaria para comenzar la semana.
Fotografía, transparencia asimétrica y libertades
Lo último en fotografía es… prohibirla. Así son las cosas: en Madrid acaban las obras frente al congreso y ahora no permiten hacer fotografías de la puerta, ni pisar las escalintas. (Tampoco permiten hacer fotos de edificios de ministerios, ver comentarios del enlace anterior.) Háganse cargo de la ironía: en un Estado que se dice democrático los ciudadanos no pueden hacer fotografías, ni siquiera pisar las escaleras externas, del edificio donde se reúne el parlamento. Como si el mismo Estado que quiere saberlo todo de nosotros quisiera volverse opaco, marcar distancias, ser temido más que venerado. Prohibir hacer fotografías, como si hubiera «terroristas fotógrafos», no conduce a nada: es represión sin mejoras de seguridad, puro teatro.
