En la última semana me ha pasado un par de veces que en una conversación he llegado a entender que tenía muy pocas posibilidades de alcanzar un acuerdo con mi interlocutor.
En ambos casos una conversación que hasta ese momento pudo ser interesante se tornó agotadora, casi desesperante, en el instante en que quedó de manifiesto el gran punto de fractura existente con esas personas, ubicadas de forma más o menos general en la intelectualidad de izquierdas.
Una fractura inevitable, consecuencia de tener concepciones diferentes del mundo. Y es que, mientras esta intelectualidad sigue manteniendo una respuesta decimonónica basada en comunidades imaginadas (como la clase obrera, tan imaginada que ni siquiera el target, esa pretendida clase obrera, se siente ni se piensa en esos términos) que culmina en un afán universalista bastante naïve, al otro lado de la mesa tenemos claro que la mirada desde lo pequeño, mucho más tangible, es lo único que nos va a permitir desarrollarnos en libertad en un mundo que no podemos seguir viendo como un juego se suma cero entre entidades que no nos representan.
Los contextos fueron muy diferentes pero no deja de existir un cierto paralelismo: las dos veces intentar salir del tema-atolladero fue muy complicado, como si una vez te habían desenmascarado fuera inconcebible dejarte retirarte del tema. Ni un capotazo a tiempo ni dejar de mostrar interés de forma manifiesta por un tema resultó suficiente. Además, me llamaron, por primera vez en mi vida, neocon (que ya manda webs, se ve que no se me oía nada de lo poco que hablaba). No me quedó claro si fue una maldad tierna con una sonrisa o un ad hominem a destiempo. Lo único que sé es que lo recibí con un simple encojimiento de hombros porque ya llevaba un buen rato haciendo sanitize() a todo lo que oía. Qué le vamos a hacer, es la intelectualidad que nos toca sufrir. Cuando todo les vaya mal, seguirán echando la culpa a quién sabe qué illuminati, sin pensar que quizá, sólo quizá, debían haberse preparado mejor.


