La dilatación temporal de una vida que vale la pena recordar

Conscientemente segmentamos la vida en segundos, minutos y horas que se concatenan para formar días, semanas y años. Nuestro inconsciente, esa parte del cerebro que nada entiende de matemáticas lo hace de otra forma: evalúa el tiempo pasado en función de las cosas que se vio forzado a recordar, en función de lo que aprendió, de lo que de nuevo se fio enfrentado a descubrir. Es una medición menos exacta, pero posee una importancia dramática, precisamente, porque la efectúa la parte de nuestra mente sobre la que nuestro control es más reducido.

Bodegas de Bouza, Montevideo
[Foto: Bodegas de Bouza, Montevideo.]

Las cosas nuevas que vivimos nos impresionan y dejan en nuestro cerebro una huella profunda, la acumulación de las cuales nos produce una curiosa sensación de dilatación temporal.

Recorrer un camino nuevo pone en guardia a nuestras neuronas. Les sube la actividad al máximo, es la respuesta a lo desconocido. Es por eso que esa primera vez que recorremos las calles que componen un viaje cualquiera, éste se hace largo. Al día siguiente, la sensación se reduce; al cabo de quince apenas nos da tiempo a darnos cuenta cuando ya aterrizamos en nuestro destino.

El cerebro anota todo lo desconocido y el primer día añade muchísimas más entradas a nuestra memoria que el segundo, y éstas nuevas anotaciones no hacen sino disminuir cada día. Al final, los minutos vuelan.

Un mes y medio es poco tiempo. Es normal que haya pasado rápido, si anotamos que mañana aterrizamos en Madrid. Y, no obstante, los recuerdos que tengo de Madrid parecen ultralejanos. El viaje a Asturias y Euskadi, el día Garum de Bilbao aparece ahora como un recuerdo lejanísimo. Tiene un punto de locura, pero es curioso el modo en que el cerebro dilata los tiempos

Por eso es tan importante decir sí a la vida, dejarse tragar por el vórtice y emerger más allá, vivir en el cambio. Lo contrario es la sumisión a la realidad repetitiva que ni siquiera nuestros querremos recordar y nos dejará la sensación de morir sin haber vivido. Lo contrario es negarse a entender que la vida queda, como siempre, al frente; siempre intensa si así la queremos. Siempre aprehendible, si estamos dispuestos a vivir en los límites, retando a nuestra mente y a nosotros mismos, inmersos en el cambio.

En el que aprendemos porqué no nos gusta la geolocalización obligatoria

Más allá de que la geolocalización permanente pueda incrementar la asimetría de la información existente entre los dos firmantes de un contrato, típicamente dándole ventaja al prestador de servicio que exige tal geolocalización, lo perturbador del que una empresa registre tu posición en cada momento (más allá de que san Jobs lo hiciera a hurtadillas) es que dado el tiempo suficiente, todo es usado para fines no previstos inicialmente; donde el tiempo suficiente no son eones ni muchísimo menos. Se descubrió estos días que TomTom vendió la información que sus dispositivos registran acerca de sus clientes a la policía holandesa. Una buena amiga, que vivió en Amsterdam más tiempo del que quizá habría querido, siempre me dice que «Holanda es un país en el que todo está permitido, si pagas el impuesto adecuado». Y ése es el problema: si todo lo que legitima cierto comportamiento es una mera transacción comercial, un medebes-tepago enmarcado en licencias estatales y cláusulas contractuales fruto de la desconfianza, sencillamente no se dan las condiciones para que muchos de nosotros entreguemos una valiosa información personal. No es sólo que nos den la estampita y ellos se hagan ricos (allá cada cual), es que, como el caso de TomTom, se harán ricos dejando a sus clientes a los pies de los caballos… del Estado.

Intel GMA500 y Ubuntu Natty (11.04)

Aviso para navegantes: si tienes una computadora con una tarjeta gráfica Intel GMA500 y usas Ubuntu, no te actualices a la recién salida Ubuntu 11.04 (Natty Narwhal). Aunque no rinde con demasiada holgura, se puede configurar bien con Ubuntu 10.10. Sin embargo, en Natty el driver Poulsbo (privativo, y el único del que he sacado un comportamiento decente) es incompatible con el nuevo kernel y hacer un downgrade al kernel de Maverick no es tan directo como parecería y hace que la wifi, el bluetooth y todo lo demás se quede inoperante. Así que si sufres de querer usar una GMA500 con Ubuntu, anda con cuidado y/o quédate en Maverick.

De olivos y emplazos

Hoy plantamos un olivo en el jardín de Montevideo.


Olivo de Indias.

Si lo miras de cerca casi se le ven los píxeles.

Dicen, quizá exagerando, que el que planta uno de éstos no se come sus aceitunas. Yo, no obstante, ya estoy viendo el día en que sigamos diciendo sí a la vida y nos desayunemos aceite sacado de aquí mismo, con Juan y con nuestros queridos consejeros.

Apple is watching you

Interesante hallazgo acerca del registro geoposicionado de un iPhone (y de su dueño, claro):

Two security researchers have discovered a simple way to map out where you’ve been almost anywhere in the world—without any hacking involved. The information comes from a location cache file found within your iPhone’s backups on your Mac or PC, bringing out serious privacy concerns and opening the door for a jealous spouse, thief, or even a crafty trojan to take a detailed look at your whereabouts. And it’s information that no one should have access to—not even law enforcement, barring a court order.

Personalmente, Apple es todo lo que Microsoft quiso ser pero no logró, una especie de señor oscuro pero capaz de seducir a muchas personas. Discrepo con los chicos de Ars sobre la necesidad de cifrar el contenido del disco del iPhone. Lo que hay que hacer es no comprarlo desde el primer momento. Cada euro que gastas apoya algo, ¿sabes bien qué estás apoyando?

De cegueras y sopa de fideos

La ceguera de los imaginarios nacionalistas resulta sorprendente hasta el punto de ser, en ocasiones, hilarante.

Lo más divertido no es ya el uso del plural anti-mayestático, ese «nosotros» que no fue pensado por el hablante para diluir un éxito entre aquellos a los que conoce y aprecia, sino que le fue implantado para humillarlo a uno y hacerlo pequeño, insignificante y mínimo enfrentado a las maravillas nacionales (de los volcanes y los lagos a, como los aeropuertos, simbólica magnum opus de un Estado incapaz de hacer por las personas algo mejor).

Tras la enumeración nacional, no falta la percepción nacional, que lucha a tumba abierta contra una realidad empeñada en demostrar todo pretendido «hecho diferencial» como una soberana estupidez. Todos los nacionalismos se definen a si mismos en crisis permanente, todos los nacionales tienden a verse a si mismos como avispados, pícaros, dados a la celebración y a la risa, con un poso de tristeza que es parte del acerbo construido tras siglos de luchas fraticidas con sus connacionales y con los vecinos de otras naciones, siempre dispuestos a invadirnos, matar nuestro ganado, raptar a nuestras mujeres y violar a nuestras hijas.

No es que no resulte hilarante constatar la similitud inverosímil (valga la disonancia) de ciertas historias, que apenas da únicamente para hacer chanzas macabras («somos todos diferentes», repetían los clones). Lo hilarante es constatar la furibunda necesidad de reconocer cualquier cosa como algo «nacional», por encima de todo la comida (de las castañas a los mejillones pasando por los mangos o la sopa de fideos).

Una obsesión irrefrenable, pues ya no importa que estemos maltratando un bife guisándolo como si fuera pollo despeluchado o si la más humilde sopa de fideos tiene cédula de identidad y, la humanidad (otro día volvemos sobre ella, que ganas no nos faltan) sin saberlo. Yo toda la vida pensando que nadie querría nunca apadrinar algo como la sopa de fideos, pero se ve que hay causas a las que todo sirve. A mí se me quitan las ganas, oiga, así que espero que nadie reclame para sí los lujos proteicos al fuego de leña.

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