Llevo leído la mitad de Obliquity, de John Kay. La idea básica tras el libro es que a menudo el mejor camino para conseguir lo que queremos resulta ser el que parecía que no nos conduciría hasta allí. En la primera parte del libro pone numerosos ejemplos de empresas que eran más exitosas cuando se centraban en «hacer mejores aviones» (Boeing) o «hacer mejores medicamentos» (Merck) que cuando afirmaban que su objetivo era «maximizar el retorno para el accionista». A pesar de lo que parezca, los primeros enfoques resultaban generalmente en un mayor retorno para el accionista.
Y a mí esto me hizo pensar inevitablemente en la ética hacker, que no es algo que beneficie exclusivamente a los pequeños. Incluso para grandes empresas, como las anteriores, el hacer las cosas por la pasión de hacerlas devino la fórmula de un éxito que a mí se me semeja un poco a ese viaje a Ítaca kaváfiano.
Digamos que una empresa no será rentable porque ponga su foco en buscar beneficios, sino porque haga buenos productos, y para ello mantener una ética hacker y apasionada del trabajo es fundamental. Esto es lo que John Kay llama oblicuidad.
La primera razón para enfocar así la actividad de la empresa tiene que ver con la ética hacker, como ya dijimos, pero hay otra también relevante: evitar la selección adversa. Definirse en términos de pura rentabilidad y/o usando una fachada puramente instrumental de cara a la galería tiene el problema de que no atrae a aquellos apasionados por la labor que deberán desempeñar, pues el incentivo para sumarse al proyecto está falseado en el último caso y es tremendamente arriesgado en el primero. En caso de crisis resulta difícil defenderse del enemigo interior: la avaricia de los propios empleados. Recuerden a Lehman Brothers.
Llegado un punto, Kay relata una breve historia en la que él ve otro ejemplo de la dificultad inherente a la persecución de objetivos vitales complejos (que nos obliga a desglosarlos en acciones y metas más fáciles de explicar, pero igualmente necesarias como parte del conjunto):
«An old story tells of a visitor who encounters three stone-mason working on a medieval cathedral, and asks each what he is doing. ‘I am cutting this stone to shape’, says the first, describing his basic action. ‘I am building a great cathedral’, says the second, describing his intermediate goal. ‘And i am working for the glory of God’, says the third, describing his high-level objective.»
A mí, sin embargo, esta historia me trajo a la mente la ya mencionada ética hacker que hace que el maestro consciente de la envergadura real del proyecto (valga la redundancia, eso que se suele llamar plan maestro) trabaje junto al compañero y el aprendiz que cree estar, sencillamente, puliendo piedras. Me trajo a la mente la diversidad que necesitamos para hacer compatibles los mitos que usamos para explicarnos y sin los que, por otra parte, no se puede vivir.

