La españita feliz. A estas alturas, todos estamos más que familiarizados con la expresión y con el imaginario que evoca. Se recurre a ella con esa nostalgia amarga de tiempos pasados, cuando la sociedad española vivía en una suerte de optimismo despreocupado, empujada por un progreso que se sentía como una inercia inevitable. Unos sitúan este oasis en la última década del siglo pasado; otros prefieren ubicarlo ya en los primeros compases del nuevo milenio.
Cuando la expresión salta al terreno del meme, esa españita feliz se contrapone frontalmente al humor de la España actual. Un presente donde la sensación de progreso ha desaparecido: la convergencia con los vecinos ricos de Europa ha empezado a dar marcha atrás, media Centroeuropa nos adelanta en renta per cápita, los jóvenes se ven incapaces de emanciparse o formar una familia, y la sostenibilidad del Estado (con las pensiones a la cabeza) exhibe una lista casi interminable de achaques.
La excusa para hilvanar este texto la encontré hace poco durante una visita a Budapest. Allí me topé con que en Hungría denominan «los felices tiempos de paz» (boldog békeidők) al medio siglo que transcurre entre la consecución de una mayor autonomía dentro del Imperio Húngaro en 1867 y la disolución absoluta de dicho imperio en 1918, tras la Primera Guerra Mundial. La Hungría feliz, por buscarle el gemelo.
Lo que me pareció llamativo fue el paralelismo entre ambos memes históricos. Al final, la felicidad es eso que pasa entre que pedimos un deseo y se nos concede. Es exactamente como comprar lotería de Navidad en pleno mes de agosto: sabes perfectamente que no te va a tocar, pero durante esos meses te regalas el lujo de fantasear con ello.
Hagamos un poco de memoria comparada:
- En Hungría: Tras el fiasco revolucionario de 1848, consiguen la anhelada autonomía en 1867, equiparando oficialmente Budapest a la altura de Viena. Todo va sobre ruedas hasta que en 1918, tras la Gran Guerra, el imperio salta por los aires, la separación es total y el periodo de los «tiempos felices» echa el cierre.
- En España: Se aprueba la Constitución del 78, cimentando la segunda restauración borbónica, eso que hemos dado en llamar la Transición, y abriendo un ciclo de descentralización sin precedentes que, al menos al principio, se une a una expansión económica y social que hoy recordamos, con cierta ternura, como la españita feliz.
En ambos escenarios, el fin de la burbuja coincide sospechosamente con el momento en que empezamos a sufrir las consecuencias de haber obtenido, precisamente, lo que habíamos deseado. Deseos que, por cierto, eran alarmantemente parecidos en ambos casos (identitarismo y autonomía regional, descentralización del estado).
Es la diferencia de toda la vida entre pedir un regalo de Reyes con toda la ilusión del mundo, abrirlo el día seis por la mañana, y descubrir a las dos horas que se le han gastado las pilas.

