Todo estaba a nuestra disposición. Lo novedoso aparecía como por arte de magia y caía en nuestras palmas como si fuese maná del cielo. Invenciones y descubrimientos, niveles de producción agrícola nunca antes vistos, artefactos de alta gama, artificios, juguetes, ropa de última moda, teatro, dulces, música, ¡cine! Vivíamos en el rapto constante de lo nuevo. Fue necesario adaptarnos para aprender a convivir con esa abundancia feroz. ¿Qué hicimos? Gozamos, jugamos y nos emborrachamos. Bailamos de una guerra a la siguiente. ¿Qué alternativa nos quedaba? Todos sabíamos que ese mundo perfecto que nuestros padres habían construido para nosotros se estaba acabando. Por eso nuestros juegos eran urgentes. Necesarios. Simplemente teníamos que divertirnos. No había nada más que hacer. Porque intuíamos lo que venía. No sé cómo, pero lo sabíamos. Todos lo sabíamos. Hombres y mujeres, ricos y pobres, judíos y goyim. Todos. Así que nos comportamos como niños, e hicimos lo que ellos hacen mejor que nadie: pretender que nada estaba sucediendo para poder seguir jugando. El mundo tendría que salvarse a sí mismo.
Benjamin Labatut, en Maniac.
Leí hace un tiempo Un verdor terrible de Labatut, y voy a usar unos días de asueto en darle un repaso a Maniac, que de momento ha empezado muy bien.
