Claves para tener una Red que haga honor a su nombre

La tecnología digital hace posible una vida más fácil, pero lograrlo no es un proceso inevitable. Debemos ser conscientes de que cada solución y acto que llevamos a cabo influye. Cada acto nos acerca, o aleja (si nos equivocamos), de ese futuro en el cual la tecnologíanos empodera y en la Red nos dotamos de autonomía para tomar el control de nuestras vidas. Para ir en la dirección correcta, es necesario retomar el control de nuestra presencia en la Red. Es un mensaje sencillo, hace una década habría resultado innecesario, ahora es urgente. Cada clic influye en el tipo de Red que construimos. ¿Sabes bien hacia en qué dirección caminas con cada uno de tus clics?

La web del futuro

La Red vino para cambiarlo todo a mejor, tanto en el ámbito privado y de relaciones personales como en el del desarrollo profesional. Por eso nos encanta. Ese futuro mejor no es inevitable, sin embargo. Para que la promesa de Internet se cumpla hacen falta dos cosas:

  1. Que la Red siga siendo neutra. Un bit es siempre un bit, sin importar si forma parte de un e-mail o de un vídeo. Es vital que los operadores no puedan filtrar bits en función del tipo de contenido del que forman parte.
  2. Que mantengamos el control sobre nuestra presencia en la Red, tanto en el ámbito personal como, desde luego, en nuestra comunicación profesional y de empresa.

La imposibilidad de bloqueo y filtro de nuestras comunicaciones por parte de los proveedores de acceso está bajo acoso en todos los frentes, y el Europarlamento no se queda atrás. El otoño será muy complicado, pese a la incansable guardia de numerosos activistas que nunca se rinden. Es muy complicado luchar contra el Estado.

Ahora bien, ¿qué hay del segundo aspecto? Ansiamos la promesa de ubicuidad y sincronización pero, ¿somos dueños de nuestras presencia en la Red? Ser dueño de nuestra presencia en la Red requiere de nuestra parte mantener una presencia gestionada suficiente, pero no basta con eso. O quizá sí, si redefinimos gestionada. Para tener el control de nuestra presencia en la Red no basta con mantener un perfil actualizado en Facebook; en realidad, eso nos aleja de la consecución de esa promesa con la que abríamos el post. Hace falta más: nuestra presencia ha de estar en una página que sea nuestra, en un servidor que sea nuestro, con una URL en un dominio que nos pertenezca. Esto es importante y no es casualidad que estas direcciones se llamen dominios.

De este segundo punto no se habla casi nunca. Y los efectos acabarán siendo tan devastadores como la capacidad de filtrado de los proveedores de Internet. En 2006 atisbábamos la incipiente recentralización de la Red y la achacábamos a la Paradoja de Internet: Internet es de un tamaño tan grande que su continuo crecimiento, en lugar de fortalecer su topología distribuida, fomenta la aparición de nodos centralizadores. En 2010, Google (sin incluir YouTube) representó más del 7% del tráfico global de Internet. En 2011, YouTube recibe más atención que Facebook y Twitter juntos; y no quiero pensar en qué porción de tráfico global de Internet representa eso.

Hace unos años, un vídeo titulado The Machine is Us/Using Us corrió como la pólvora por la Red. Eran los primeros tiempos de lo llamado 2.0, como lo atestiguan el centro en NetVibes, Del.icio.us, o Flickr. El vídeo era realmente bueno. ¿Qué ha cambiado desde entonces?

Las herramientas posteriores no eran tan inocentes como las que ocupaban nuestras conversaciones en 2005. Y la tercera encarnación, abanderada por Facebook, es verdaderamente temible. Facebook dificultó en todo momento la migración desde su servicio a cualquier otro, convirtiendo sus servidores en silos en los que depositar nuestra información pero de los que difícilmente extraeremos nada sin dolor; con su nuevo aprovechamiento del pasado apretará el candado sobre quienes aún cuestionan mudarse a otros servicios; si antes era difícil, ahora será casi imposible que nadie abandone el servicio. Sus widgets se han convertido en ubicuos en la web, y gracias a ellos sus servidores acumulan información sobre todos nosotros: lo hacen incluso aunque no hayas iniciado sesión (algo tan contraintuitivo que incluso el público informado piensa lo contrario), si bien se apresuren a decir que fue un error; como con Beacon, supongo. Espero el día en que se equivoquen a favor del navegante anónimo y no a favor de ellos; mientras ese día llega, sólo nos queda la pura contratecnología, cosas como Disconnect.me.

La realidad es que ahora mismo la máquina no somos nosotros usándonos a nosotros. Ni podemos complacernos pensando que cada clic, incremento infinitesimal del conocimiento que ese sistema tiene sobre nosotros, nos hace un poco más libres, como si el algoritmo genético no tuviera otro rumbo que nuestra autonomía. Porque no es así: en un mundo cuya Red se pierde sin remedio en la nube –aunque no en la de AppEngine, sino en la de Facebook y Amazon– cada post que posteamos en Google+ o en Facebook, cada Twit y cada reTwit hacen más poderosa a una máquina que no está bajo nuestro control, ante la que no sucumbir, ya sea en lo personal como en lo empresarial, es cada vez más difícil.

Y en la de tantos otros. En la biblioteca de Alejandría, lo valioso son los ojos que te miran. Se compite por la atención y los grandes proveedores de servicio, como Facebook, culminan ya su masterplan para apoderarse de todo, algo que no debería sorprendernos. Cada vez es más difícil recibir atención en una Web en la que Facebook devalúa el valor de las conversaciones. Habría que evaluar si Facebook hace que nos comuniquemos con más personas, que lo dudo, pero desde luego no lo hacemos mejor.

En medio de todo eso, aún hay maneras de que cada clic no alimente a un sistema que nos hace dependientes. Puedes escribir en tu propio sitio, mejor si tienes tu propio dominio. Y la mejor opción quizá sea tener un bonito blog, pero quizá no te interese nada de lo anterior; qué le vamos a hacer. A los que sí hicieron el esfuerzo y dieron el paso, a quienes tienen su propio sitio, su bonito blog y hasta su propio dominio les toca hacer lo posible para revertir la tendencia: seguir emitiendo desde su propia ventana como faro bajo la tormenta, para que la Red del futuro sea mejor, y no peor, que la del pasado. Esa era la promesa y eso es lo que queremos, ¿no es así?