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Decidme, ¿es un OVNI eso que veo ahí?

¿Existe la vida extraterrestre? Y, en caso afirmativo, ¿nos vigilan seres superiores que se acercan a nuestro planeta con sus OVNIs? La pregunta es demasiado amplia para ser respondida aquí y, en todo caso es más divertido novelar al respecto, o meter unas palomitas en el microondas y disfrutar de grandes momentos de cine que disfrutamos en el salón de casa.

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Ayer tuve sexo solo dos horas

Para que conste: seguiré escribiendo como me salga los cojones. La RAE no me inspira confianza, sus normas tampoco. El 2011 disciplinario nos trae una indeseada e indeseable prohibición del tabaco en lugares públicos y una nueva remesa de recomendaciones, que no obligaciones, ortográficas. No sabe uno si alegrarse de que una panda de irredimibles académicos nos perdone la vida o de que haya quien piense que si sigo tildando mis demostrativos es porque lo permite la norma y no porque me la suda la susodicha norma. Por otra parte, obligar a no poner las tildes habría sido una fuente inagotable de diversión. La frase que da título a este post, sin ir más lejos, es tremendamente más divertida si no nos dejan ponerle tildes: ni siquiera sabemos qué quiere decir. Y yo no pienso resolver las dudas porque, como comencé diciendo, no me sale los cojones.

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The Wire

Omar Little

The Wire es una serie fantástica. Voy a ahorrarme toda la mierda rankista sobre si es, o no, la mejor serie jamás emitida al sur de Betelgeuse: sinceramente, no me importa. Es una serie excepcional, y estoy seguro que hay muchas otras.

Lo que sucede es que después de ver las cinco temporadas uno llega a entender ese mundo y llega a entender la decisión del alcalde de Reykjavik de condicionar la formación de un gobierno local con alguien al hecho de que ese hipotético socio de gobierno hubiera visto The Wire. Más allá de que estuviera exigiendo un contexto común mínimo sobre el que comenzar a construir, lo importante es, en si mismo, que sea ése y no otro el contexto elegido. Habiendo visto la serie, la decisión que aquel día entendía sólo desde un punto de vista teórico encaja ahora también dentro de un mapa de decisiones práctico: The Wire lo vale.

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Disciplina, ecologismo y cambio horario

Nos cambiaron la hora, como cada seis meses. David dice ver tras estos cambios horarios el totalitarismo metafísico del estado que, disciplinante hasta el tuétano, controla y quiere controlar hasta cómo dormimos. Algo de eso hay, es innegable. Yo, en el triunfo del cambio horario y en la matraca que cada año nos dan con él veo otra cosa: ¿para qué se ideó el cambio horario?, ¿para disminuir nuestra huella de carbono y cuidar mejor el planeta, para que --aún antes de Taylor-- las extremidades de los obreros se movieran aún más eficientemente o para que las tropas del ejército propio fueran más eficientes y ganaran la guerra? Ya les adelanto: no fue para ahorrar energía. En el triunfo del cambio horario veo el éxito de la ignorancia. El reinado de los que jamás abrieron un libro, lo cual no les impide ir por ahí imponiendo medidas disciplinantes, realizando burdas demostraciones de poder en nombre de un pretendido ecologismo. Medidas tan baldías, de cara al medioambiente, que ya no se creen ni siquiera en el propio ecologismo.

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El día de la respuesta, 10/10/10

42, la respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás

Hoy un post chorra. Es 10 de octubre de 2010, lo que (anotemos como anotemos, siempre que usemos números y dos dígitos por elemento) nos lleva a que es el 10/10/10. Resulta que alguien cayó en la cuenta de que 101010 en binario corresponde con el número 42: la respuesta al sentido de la vida, el universo, y todo lo demás.

Si aún no saben de qué estamos hablando es que se han perdido una de las sagas fantásticas más divertidas que pudieron leer: La guía del autoestopista galáctico. La escribió Douglas Adams (del que nos acordamos con objeto del día de la toalla).

Así, la respuesta a la pregunta última es 42. Y el problema real es que nunca supimos (ni sabremos) la pregunta: ¿Es Ubuntu 10.10 el sistema operativo definitivo? ¿esta semana tampoco habrá bocados de actualidad? Preguntas que atormentan a la humanidad desde hace años, pero que mucho me temo no son las correctas. Ahora, seguid buscando... y no olviden nunca lucir su toalla si salen de viaje.

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La bombonera, bombones de autor en el centro de Madrid

La bombonera, bombones de autor en el centro de Madrid

Hoy un post off-topic que sólo va a interesar a aquellos que viven en Madrid (y que me disculpen los demás, por esta vez). La bombonera es un sitio muy pequeñito, pero que tiene los mejores bombones de Madrid. Están situados justo en el centro (calle Barco, paralela a Fuencarral a la altura de Tribunal.)

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¡Qué vendan ellos!

Hoy me voy a descolgar con un post diferente. Esta última semana hemos pasado varios días en Portugal, disfrutando de un nuevo aire con la actitud descuidada conque se hacen las cosas cuando uno se desliza a través de las fronteras.

De los sitios que visitamos y de lo bien que lo pasamos poco voy a añadir a lo que podemos ver en las fotos que fue subiendo David.

Pero hay algo que al cruzar la frontera de vuelta se me vino pegado a la piel como un churrete que te ensucia y es complicado de limpiar. Si algo hicimos estos días fue dar tumbos de un sitio a otro y parar a hacer fonda en diversos restaurantes. No diré que el trato fue bastante agradable en casi todas partes, que en general lo fue (y ciertamente es un gustazo que eso suceda). Me quedaré, en su lugar, con un detalle que bien vale un post. (En concreto, este post.)

En uno de estos sitios a los que fuimos no estaba permitido fumar, con lo cual algunas de las personas se la pasaban entrando y saliendo del lugar. Nada realmente sorprendente, esa imagen la hemos visto de vez en cuando por aquí, y todo parece indicar que será aún más frecuente aunque a mí me --que no fumo-- me chirríe.

Entonces, en algún momento trajeron unos cafés y éstos se enfriaron mientras las personas que los habían pedido estaban en otra parte. Pasado un rato, llegó el momento que me llamó la atención: la chica que nos atendía, al darse cuenta que un par de cafés seguían sobre la mesa, intactos, preguntó por ellos y nos dijo que se los llevaba para cambiarlos por otros que estuvieran calientes cuando volvieran las personas que los habían pedido, una vez finalizado su cigarrillo.

Es asombroso. Tan cerca, tan lejos. Apenas tres horas en coche, pero dos océanos culturales más allá. Nosotros éramos a todas luces unos paracaidistas, habíamos recalado en aquel lugar como pudo ser otro y las probabilidades de volver a parar allí son ínfimas; y la chica lo sabía. Pero, no obstante, le pudieron las ganas de dar un buen servicio, las ganas de que nadie se fuera de allá pensando que había pagado por un café que había bebido frío. Tan cerca, tan lejos: con la de perrerías que les hacen a los turistas a este lado de la frontera.

De pequeño me contaron que los padres judíos les decían a sus hijos «comprarás y venderás, pero no fabricarás». Nunca supe si me lo mencionaban con admiración, para que tomase ejemplo, o con un poco de esa rabia con la que a menudo se trata a aquellos especuladores cuya actividad no está representada ni por la hoz ni por el martillo de los sectores primario y secundario.

Mil veces nos recordaron, de pequeño y de adulto, que Unamuno le dijo a Ortega su famoso (y terrible) «¡Qué inventen ellos!», que más de un siglo después sigue en vigor y se ve reflejado en el ambiente investigador y universitario español. Lo que nunca nos han dicho es que alguien pareció espetarle a la sociedad española un «qué vendan ellos» que los obliga culturalmente a buscar ser funcionarios a toda costa y, cuando la vocación funcionarial queda frustrada pese al baldío peregrinar de ayuntamiento en ayuntamiento en busca de las-opos-de-mi-vida y hay que mancharse las manos en un sucio negocio privado, a atenderte no como alguien que se está ganando la vida con ello sino como alguien que te está perdonando la vida, que te hace el enorme favor de servirte un café, o una cerveza, o lo que sea que venda te deja comprar el malange de turno.

Y así les va: que vendan ellos. Cuando el capital humano es lo más valioso, cuando la hoz y el martillo se marchan inevitablemente a áfrica y asia, respectivamente, sigue habiendo quien pretende hacer creer a una sociedad sobreformada que lo único que justifica la existencia es meter la cabeza, ser funcionario de lo que sea, aunque ello implique nunca sacar partido a ese exceso de formación en la que invirtieron años de su vida. Aunque ello implique que el capital humano se desperdicia a la par que el sistema se vuelve insostenible sin inputs externos.

Y no, no permitimos que la chica se llevara unos cafés que no estaban fríos sino templados. Pero la sola intención, la sola oferta por el mero gusto de dar un buen servicio a unos clientes que no iban a volver por allí, ya fue suficiente. ¿Cuántas veces les han intentado cambiar, en España, un café que han dejado enfriar voluntariamente? Tan cerca, tan lejos.

Y quizá algún día les cuente algo sobre el resto de cosas que hicimos durante esos días, pero será en otro sitio y en otro lugar. No hoy, no aquí.

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