La clase política tiene sus propios intereses. Desde el mismo momento en que la ciudadanía necesita un proxy [la clase política] a través del cual pasar y reducir las decisiones que se toman para hacer gobierno, ese proxy toma conciencia de sí mismo y desarrolla sus propios intereses. Es por ello que es imposible tener una clase política limpia y desinteresada. En tanto que detentores del poder político, las clase política desarrolla una necesidad propia y diferente a la del resto de la sociedad: conservar el poder. Es la política del salva-tu-culo que comentábamos el otro día. El proceso es análogo al del trabajador promedio, que trabaja no para garantizar el éxito de su jefe sino su propia continuidad en el puesto de trabajo: el trabajador persigue, ante todo, conservar su empleo. (No equiparo acciones ni valoro que sea más o menos correcto, comparo la lógica del razonamiento-acción.)
¿Cómo conseguimos entonces que la clase política deje de tomar decisiones que empobrecen y reducen el grado de libertades y el estado del bienestar, medidas antipopulares y de llevarle la contraria a un pueblo al que deja de representar para defenderse a sí misma? La única posibilidad es rendirle cuentas en función de esas malas decisiones.
Sencillo, ¿verdad? No tanto. Es harto complicado que la estructura de partidos políticos actual, diseñada para gobernar a la sociedad descentralizada que surgió con el ferrocarril y el telégrafo, se adapte para el buen gobierno de la sociedad distribuida que surge con internet. En tanto que el poder lo siguen detentando organizaciones anacrónicas y tecnófobas que temen sistemáticamente a la red y al nuevo mundo, las soluciones no son más que meros parches.
Pero aceptemos esa condición de contorno: quizá a corto plazo no hay otra alternativa que hackear a la clase política: conseguir que, siquiera a regañadientes, obedezcan nuestros intereses. El poder político sólo defenderá nuestras libertades cuando los votemos o dejemos de votar en base a cómo traten esas libertades. Parece sencillo pero no lo es tanto: porque ellos interponen un montón de temas para distraer la atención. En el Estado español, todos los partidos, incluso los de izquierda, recurren a un enfoque nacionalista [cetralista y españolista unos, regionalistas otros]. El nacionalismo ciertamente amputa muchas de las decisiones, pues se introduce artificialmente en la agenda pública precisamente para eso: para que no se debata de cosas que realmente importan (el precio del pan, el precio del alquiler, las libertades que tenemos). El nacionalismo es aliado del poder político porque nos impide coordinar una respuesta ante los atentados que sufren nuestras libertades (y, por extensión, nosotros) a manos de la clase política.
En palabras de Timothy Garton Ash,
«En tanto nosotros, la ciudadanía, en los países de la UE no nos levantemos y exijamos que nuestros líderes actúen coordinados por el interés de todos y cada uno de nosotros, ellos no tendrán ningún incentivo político doméstico para hacerlo.»
La reflexión de Ash se entiende si diferenciamos los intereses (diferentes) que tienen el pueblo y sus gobernantes. Hay que diferenciar entre nuestros intereses (ser más libres, vivir mejor) y el de nuestros políticos (permanecer en el poder).
Mientras no vinculemos la reelección de nuestros políticos a una verdadera mejora en nuestras libertades y en las libertades de los países con los que nos relacionamos (política y comercialmente), ellos no sentirán la necesidad de defender nuestras libertades ni las de las personas de terceros países. Simplemente: mientras no los vayamos a medir con esa vara, no les importará lo más mínimo.
Si la población sigue jugando al y tú más que tanto les gusta a los políticos, estamos perdidos para siempre.
Del mismo modo, mientras no introduzcamos la privacidad y la defensa de la neutralidad de la red en la agenda pública (y lo podemos hacer usando nuestros blogs, que para ello son verdaderamente importantes) de forma efectiva y realmente se deje de votar a los liberticidas, nuestros políticos no sentirán la necesidad de hacerlo. Aunque no lo hagan por nosotros, aunque lo hagan por el puro egoísmo de permanecer en el poder.
Mientras el Estado (que no el gobierno, sino la sucesión de gobiernos de ¿distinto? signo) legisla a nuestra costa y se aprueba la retención de datos, y la se aprobó la LSSI y luego la LISI, y se endureció la LPI y se aprobó la retención de datos y luego tenemos a la SGAE trampeando con una ley para que le den una información personal que luego usan para demandarte en base a otra ley, o presionando para entrar en tu casa, o al gobierno del Estado empujando para que creadores y telecos lleguen a un acuerdo que nos joda vivos a... nosotros, que se supone que tenemos el poder. Tan sólo porque hace ya mucho que la sociedad no lo usa, pues no le rinde cuentas a la clase política por los asaltos que sufren nuestros derechos.
Dirán que no alternativas. Quizá es cierto. Personalmente, ando aún más deshojado que de costumbre con todo este asunto. Si a corto plazo no hay otra organización posible que la que ya tenemos, ¿por qué no ha surgido ya un movimiento fuerte capaz de plasmar toda esa oposición a la política general?