Política

Ahora sabemos que no será exactamente así

Es 9 de noviembre y se cumplen veintiún años de la caída del muro de Berlín. Una fecha en que cambió el mapa geopolítico del mundo redirigiendo, además, el futuro de Europa. Pero, ¿qué consecuencias tuvo y qué queda en vigor de aquellos cambios?

Decíamos hace un par de años, al hilo de esta efeméride, que:

«Lo que realmente me molesta es que el 9-11 norteamericano sea tan terriblemente recordado y utilizado por nuestros políticos, mientras que el 9-11 europeo (en notación europea, el 9 de noviembre), que tuvo lugar en 1989 y desembocó en la caída del muro de Berlín no sea recordado ni utilizado por todo lo que representó.

(...)

El 9-11 es en Europa sinónimo de algo del todo diferente a lo que es en EEUU. Aquí signo de esperanza, allí de desolación y miedo.»

Jugaba con curiosidades derivadas de la notación: en EE.UU. y en Europa hubo dos 9/11 (derivados de las diferentes notaciones que anteponen el mes al año o el año al mes) cuyo significado fue radicalmente diferente: si el 11-S fue rápidamente capitalizado por los partidarios de las políticas del miedo, el dramático (por sus implicaciones) 9-11 europeo nunca fue suficientemente recordado en los países más occidentales de Europa. Pareciera que estuviéramos no aprovechando el legado que nos quedaba de aquel evento pero, ¿cuál es el verdadero legado?

Visto en perspectiva, la caída del muro de Berlín fue la cristalización material del proceso de descomposición interna de la Unión Soviética, incapaz súbitamente de mantener la influencia que poseía sobre su entorno geográfico. La URSS, el imperio de oriente durante toda la guerra fría, se desintegró a toda velocidad, tan sólo dos años después. Aún así, en palabras de David de Ugarte:

«Ante los ojos del mundo el proceso aparecía como un producto de la inconsistencia de una utopía totalitaria fallida. No se enmarcaba en un fenómeno global. Era cosa de ellos, los del otro lado del telón de acero

Ese mismo proceso de aceptación selectiva de la realidad es el que nos llevaba a pensar la emergente sociedad de control occidental era un fenómeno aislado, y no la materialización en esta parte del mundo de lo que en otras regiones origina monstruos como el Tea Party o Chávez: pura descomposición de un sistema derivada de una situación en el que las comunicaciones son distribuidas y globales y las organizaciones que poseen la mayor parte del poder (Estados, asociaciones de Estados) no. Y estas organizaciones saben que, bajo esta estructura informacional, no podrán mantener indefinidamente su arquitectura de poder.

Quizá por eso no deberíamos sorprendernos de la actitud crecientemente autoritaria de los Estados. Estados que hace años prefieren ser temidos antes que ser respetados, que hacen bandera de la política del miedo y la prohibición sistemática. Como decía Timothy Garton Ash hace un par de años:

«Por supuesto, la floritura sobre la Stasi es una hipérbole. Yo viví bajo el poder de la Stasi, y sé que estamos muy lejos de esa situación. Pero la cantidad de información recogida y compartida -sin olvidar la perdida- por el Gobierno británico es muy superior a los modestos 160 kilómetros de expedientes de la Stasi. Las posibilidades de que, si caen en malas manos, puedan utilizarse con fines perversos son enormes. La libertad no se conserva sólo confiando en las buenas intenciones de nuestros gobernantes, funcionarios y espías. El camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones.»

Al infierno se desciende por peldaños y, dice Ash, la Stasi parece estar más en el futuro que en el pasado. Y sabemos que es cierto cuando los políticos más prestigiosos de Europa se arrepienten de las escasas leyes democráticas que aprobaron entre un mar de recortes de libertades. Cabe preguntarse, entonces, a quién afecta ese futuro que menciona Ash. ¿La Stasi está en el futuro de quién? ¿en el futuro de qué? ¿qué es el futuro?

Si hay un legado de la caída del muro de Berlín es, precisamente, el fin de la modernidad, que se quebró como se quiebra un vaso cuando le cae líquido demasiado caliente, incapaz de adaptarse a esas nuevas condiciones. Y con la modernidad se desvanece ese futuro único, universal, que concierne a todos. Como pudimos leer en la Bitácora del Arte:

«El futuro es hoy un enfermo crónico en fase terminal. Nacido en el siglo XVIII, tuvo su crisis adolescente con el Romanticismo, su madurez con el progresismo decimonónico y su primera crisis grave con los genocidios cometidos por el estado alemán durante la Segunda Guerra Mundial. En 1989 se hizo obvio que no se recuperaría jamás.

(...)

Como ocurre con los viejos dictadores, su existencia se ha convertido en una convención inoperante que a duras penas puede ser considerada relevante por nadie. Hace ya mucho que el proyecto ilustrado que le mantenía en pié no le insufla vida alguna. La idea misma de postmodernidad podría entenderse como la consciencia del fin del proyecto ilustrado, como su último y trágico momento de lucidez.»

La posmodernidad como lo que nace del fin mismo del proyecto ilustrado universal y universalista. La posmodernidad, por ruptura con lo anterior, como un entorno en el que la diversidad no es perseguida sino alimentada, fruto consciente de unas comunicaciones en las que ningún nodo de la red puede controlar el flujo ni el comportamiento de los demás, en la que el umbral de rebeldía necesario para acometer un cambio, el que sea, se alcanza con asombrosa facilidad.

Hasta hace un tiempo podíamos pensar que las promesas nacidas de la caída del muro de Berlín se habían esfumado. Ahora sabemos que no será exactamente así. Sabemos ya que no había una promesa universal en aquel momento de trascendencia, porque nunca la hubo desde el fin de la modernidad (que se hundió junto con la política de grandes bloques, en 1989), sino que se abría la ventana a muchas pequeñas promesas reales. La caída del comunismo no acabó con el totalitarismo, antes lo contrario: las instituciones occidentales se han visto colonizadas por las viejas formas.

Y la situación no va a cambiar su rumbo: no se puede desinventar la rueda, del mismo modo que no se pueden desinventar las telecomunicaciones. En un mundo de redes distribuidas, las organizaciones de poder no serán herederas del estatalismo decimonónico, sino hijas de su tiempo. Se adaptarán a ella grupos de todo tipo, con diferente naturaleza e ideología y, como un dictador demasiado viejo, los Estados quedarán como el último bastión, símbolos de toda resistencia al cambio. Cambios que no podrán evitar, pues no podrán cambiar el futuro porque no les pertenece más que de forma muy parcial y reducida. Y ésa era la verdadera promesa tras la caída del muro de Berlín y la muerte de la modernidad: la promesa de la posmodernidad como diversidad. Esto es lo que nos queda tras la catarsis de 1989. Y parecen buenas noticias. En un mundo diverso, en el que quepan muchos mundos, un mundo mucho más humano que el que los Estados hayan creado nunca, los niños podrán soñar con jugar en aerostatos de colores.

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Cambios discontinuos

Dominó

Estamos acostumbrados a pensar que ningún cambio social es realmente cambio. Que ninguna amenaza se materializa, que nada nos va a afectar a nosotros. Que el mundo siempre se ha estado desmoronando y nunca acabó por derrumbarse. Creo que hay mucho de la cocción de la rana en todo eso, pero podría ser sólo mi percepción.

Con esto en mente, leí ayer un post en Pseudópodo en el que reflexiona sobre los sistemas que, contraviniendo lo que solemos esperar, no muestran una respuesta proporcional y progresiva ante estímulos externos, sino que se mantienen apenas inmutados pese a la presión creciente que van recibiendo y, de repente, se hunden. El post termina con una cuestión que no es menor:

Es una idea inquietante: hay sistemas con discontinuidades catastróficas, y eso no se nota desde dentro. Si viviéramos en la torre, un segundo antes de que todo se hundiera estaríamos haciendo nuestra vida rutinaria. Justo como la hacemos ahora.

La pregunta que me surgió justo en al leer el post fue: ¿es posible no vivir en la torre? ¿los sistemas sociales y políticos son como esas funciones derivables que existen, son continúos y tienen un límite que vale lo que parece que va a valer en un momento dado o, por el contrario, son como ese Jenga en el que vas quitando piezas, se van descomponiendo sin que exista un cambio demasiado evidente para, un poco más adelante, derrumbarse de golpe?

Dicho de otra forma: ¿es posible que el fenómeno que hace posible que en Europa y EEUU se instaure una sociedad de control (y en otras partes del mundo, otros fenómenos igual de desagradables) se vuelva incontrolable alcanzado un cierto punto y el sistema se desmorone?

La verdad es que me da por pensar que sí: los sistemas sociales y políticos son catastróficos, se van rompiendo pero siguen renqueando y no acaban de morir. Digamos que son como esos motores de gasolina que siguen funcionando a trancas y barrancas aunque se les estropee una bujía, con tal de que un conductor avispado los lleve algo acelerados de ralentí. Pero si una nueva bujía comienza a fallar todo el motor se detendrá sin solución ni remedio.

Por eso nos encontramos que, a lo largo de los últimos siglos, procesos en el que muchos cambios se iban sucediendo sin apenas repercusión desembocaron sin que el poder lo previera en revoluciones que, en un periodo muy corto de tiempo y de forma a menudo traumática, cambiaron el panorama y el mapa social y cotidiano del entorno en que tenían lugar.

Parece factible pensar que un sistema en el que el Estado ha dejado de lado su papel cohesionador y se ha visto obligado a permitir la entrada de nuevos actores sea percibido como un sistema sano, pues grosso modo sigue respondiendo a ciertos estímulos (aunque de muy mala manera), se encuentre alarmantemente cerca del desastre, aún no siendo demasiado perceptible si uno no se detiene a observar. (Si bien no conozco a nadie de mi edad que me responda que sí, por ejemplo, cuando les pregunto si creen que el Estado les dará una pensión cuando se jubilen; y eso me parece suficiente percibir.)

Digamos pues que la evolución de un sistema social parece no ser derivable, ni siquiera continua. Nos faltaría saber si se trata de una discontinuidad evitable, y que todo cambie para que todo siga igual, de salto finito, con la que el aterrizaje sea doloroso pero el mundo como lo conocemos aún viva para contarlo, o de salto infinito, en la que el mundo como lo conocemos sufra una transformación de arriba a bajo.

Hagan sus apuestas, pero no olviden ninguno de los cambios que en los últimos tiempos se vienen observando.

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Descomposición y la globalización real como alternativa

Ayer se publicaba un artículo más que interesante en la bitácora de las Indias. El título del artículo es De la globalización a la descomposición y justo al cierre podemos leer:

«Evidentemente las consecuencias son distintas en cada parte del mundo en función de su lugar en el mapa económico y político mundial. Lo que en EEUU genera el Tea Party en Venezuela genera el chavismo y en Palestina Hamas. Lo que en Somalia abre paso a una alQaeda local, en Michoacán da lugar a una filé negra. Lo que en Rusia produce el fenómeno Putin en EEUU y la UE se manifiesta como leyes tendentes a la sociedad de control. Pero en realidad se trata de la misma obra representada en distintos escenarios con distintos contextos

Me parece una perspectiva interesante para comprender diversos fenómenos que cada día capturan nuestra atención y que, quizá, sólo siendo contemplados en conjunto permitan comprender efectivamente el mundo en que estamos viviendo.

Se trata de la globalización mal entendida, a la forma en que la entienden los Estados, que no quieren ni hablar de libertad de movimientos para las personas y están siempre prestos a deportarte. La globalización real podría deshacerse de muchas de las rémoras que el desigual movimiento de dinero, mercancías y personas genera.

No es menos interesante el comentario de Natalia al mismo, que nos ayuda a entender porqué el Estado sigue intentando detener la sangría de traslados y deslocalizaciones a base de subvención (con todo lo malo que una subvención conlleva):

«Antes la administración podía esperar "recuperar" el territorio trayendo una fábrica que creaba cientos de puestos de trabajo, tirando un penalti. Ahora no quedan ya muchos penaltis que lanzar que recuperen el tejido económico y la cohesión social de un territorio.

Sin embargo, sí es posible crear las condiciones para la generación de un tejido empresarial globalizado, promover la globalización de los pequeños.»

En efecto y como nos recordó Goiri en su blog: todo lo que se debe pedir es la creación de un entorno que permita desarrollar la actividad de forma óptima, en libre competencia y sin favoritismos, en un mundo globalizado. Y ello sin importar (de hecho, especialmente en el caso de) que seas una empresa pequeña.

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Más de doce mil millones al año

Leemos en Portaltic:

Actualmente el gasto de los gobiernos europeos en software asciende a 12.153 millones de euros anuales, lo que supone el 19% de todo el software adquirido en el continente, según datos de IDC.

Nos comentan cada día la necesidad de hacer recortes de gasto público, aunque personas con tanto criterio como Krugman pongan la voz de alarma cada vez que hablan de austeridad y recortes.

¿De verdad quieren hacer recortes a pesar de todo? Más de doce mil millones de euros al año es muchísimo dinero. El gasto de la administración en software cada año es una buena partida de la que recortar gastos sin mayores daños, si decidieran usar software libre.

Representa, además, una buena oportunidad para implantar, aunque sea con años de retraso, los estándares abiertos y el software libre en la administración. Es éste un debate que en Iberoamérica está en todo lo alto, ¿Europa cerrará los ojos una vez más?

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¿La Europa de las libertades?

Europa, jardín vallado

Esta tarde tiene lugar en la Casa de América de Madrid uno de los actos que se celebran para conmemorar la clausura de la presidencia española de la Unión Europea. El acto se celebra bajo el título de una Europa para los ciudadanos Balance de la presidencia española del Consejo de la Unión Europea ante la sociedad civil.

El meme oficial es que la presidencia europea ha servido para salvaguardar las libertades de los ciudadanos de la UE. Hay gente que no lo tiene tan claro.

La realidad es que durante la presidencia española de la Unión Europea se ha aprobado el «Programa de vigilancia y recolección sistemática de datos personales de ciudadanos sospechosos de experimentar un proceso de "radicalización"». Documento 8570/10 de 26 de abril [pdf], aprobado en Luxemburgo.

El problema es que por radicalización se va a entender cualquier movimiento que no esté amparado y directamente bajo el paraguas de la política oficial de los Estados. Y el problema es que esa sospecha de experimentar un proceso de radicalización es algo tan vago y tan borroso que se lo pueden aplicar a cualquiera, someterlo a vigilancia intensiva y que todo sea perfectamente legal.

La misma presidencia que tenía planes desoladores para la red, ya en el mes de enero. La misma presidencia que está apretando para que haya penas de cárcel para las violaciones de restricción de copia sin ánimo comercial, en el marco del ACTA, y que impulsa una tasa Alierta de ámbito europeo. La misma presidencia europea que, pervirtiendo absolutamente los principios que rigen nuestro sistema jurídico --que no persiguen la venganza sino la reinserción--, pretende continuar vigilando a según qué criminales, incluso después de que hayan cumplido sus condenas.

Pues sí. La presidencia europea es la presidencia de las libertades: la presidencia de las libertades perseguidas y las políticas de control social, visto el legado de estos seis meses que justo hoy tocan a su fin.

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iPhone y la indecencia política

Que me devuelvan mi dinero. Con el Estado al borde del colapso por falta de dinero, recortados los gastos en sanidad, educación, aprobada la reforma laboral, con el desempleo por las nubes y la cohesión social por los suelos, lo único que se le ocurre a los diputados españoles es autorregalarse un iPhone a cada uno de ellos. Porque un iPad es demasiado ostentoso, eso se lo dejamos a los eurodiputados. Eso sí: ni rastro de crítica al modelo ultracerrado, ultracontrolado, de Apple. Nosotros nos regalamos el gadget de moda, no importa que sea caro, no importa que sea un gesto insultante de ostentación y desconexión con la realidad de a pie. Y para qué hacernos preguntas sobre qué estamos apoyando. Si se lo van a gastar en iPhones, por favor: que me devuelvan el dinero de mis impuestos.

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La cinta blanca

¿Qué pensarían si unos estadounidenses fueran vejados e insultados porque el gobierno que dicen representarlos sigue batallando en Irak? Eso le sucedió estos días a tres israelíes que pasaban por Madrid invitados a unas conferencias. De locos. Hoy los organizadores del desfile del orgullo gay de Madrid anuncian que impedirán la participación de la carroza israelí. Es antisemitismo, y asusta y avergüenza a partes iguales. ¿Cuántos de ustedes saben que Egipto mantiene un bloqueo a Gaza idéntico (hasta en el motivo de su imposición: la victoria de Hamas) al israelí desde el año 2007? Si la frontera con Egipto estuviera abierta, nadie pretendería llegar a Gaza en barco. Sólo ahora, bajo la sombra del oportunismo, anuncian que lo levantarán temporalmente (y lo dicen en futuro transitorio). Si en Gaza muere gente por falta de medicamentos o comida, la responsabilidad habría que repartirla. Pero nadie habla de eso. Es más fácil acusar sólo al Estado de Israel. Ah, la vieja Europa con sus viejas contumbres.

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