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Y el trasfondo es el mismo: publicidad cada vez más invasiva, hasta convertir las calles de la ciudad en un enorme centro comercial. Si antes los autobuses eran grandes coches blancos, rojos, o verdes, ahora son más como enormes cajas de chocolatinas con publicidad por todas partes. Si antes las calles de tu ciudad eran zonas para pasear entre el bullicio, ahora son zonas para comprar entre el bullicio. Esa es la nueva concepción del mundo para algunos.
Todo con el único objetivo de venderte mejor los productos. Algunos dirán que es fantástico, que así evitas publicidad que no te sirve de nada y no te interesa. ¿Seguro que eso es mejor? Analicemos un supuesto práctico: Telefonía móvil rebajada a cambio de publicidad. A tí como cliente que quiere pagar menos (y por eso cambias algo de dinero a cambio de recibir publicidad), ¿te interesa que los anuncios sean adaptados a tus gustos o no? No, no te interesa. Si los anuncios son más adaptados a tus gustos corres el riesgo de acabar comprando cosas por un valor mayor de la rebaja real que obtienes en tu servicio de telefonía. Ojo, la publicidad no tiene como objetivo el comercio justo: No pretenden venderte lo que necesitas, quizá era así hace 130 años cuando los anuncios potenciaban los productos y no su imagen de marca o lo cool que puedes ser llevando uno de estos, la publicidad ya no es tan inocente. Procura (como cliente) no ser inocente: La publicidad personalizada es un invento genial para los vendedores, no para los clientes.
Dejando a un lado miedos políticos, la RFID ha sido adoptada por la industria no por los beneficios en producción y envíos, sino por los beneficios a la hora de saber cómo el cliente usa los productos. Conocer la intimidad del cliente para aprender a venderle mejor los productos, y así separarlo mejor de su dinero.
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