Sí, Virginia… habrá un tiempo sin incertidumbre

Sí, Virginia, habrá un tiempo sin incertidumbre en el que no padeceremos la maldición humana de sentirnos atrapados en el tiempo, forzados a interpretar la vida como una secuencia de eventos —una historia— ante cuya falta o pérdida de rumbo nos sentimos perdidos.

Un futuro en el que nuestro instinto no dominará de forma compulsiva nuestras decisiones, en el que nuestros miedos no determinarán en qué nos convertiremos ni cuáles serán nuestros errores.

Podemos ver con fiabilidad lo que nos depararán los tiempos distantes y prever grandes guerras y conflictos, y saber qué nos traerá el tiempo por venir acerca del clima, la globalización, los alimentos, la energía y la tecnología. Podemos saber cómo será el mundo de nuestros hijos y nuestros nietos.

Hay un futuro en el que nuestros cerebros de la edad de piedra, adaptados a un mundo de certezas, son capaces de bregar con los cálculos probabilísticos de la era de la información, cualquiera que sea el mundo que se esconde bajo tan manida (¡pero no incierta! ¡no ha lugar a esa acusación!) denominación.

¡Oh, Virginia! Qué terrorífico sería un mundo penetrado de toda posibilidad. Pero bueno, no podemos ir por ahí creyendo que eso es así, como no podemos creer que los expertos se equivocan siempre en sus predicciones. Puedes contratar un ejército de analistas que revisen los datos actuales y las previsiones fallidas, ¿qué probaría eso? Desde luego no demostraría que nuestras predicciones están erradas ab initio, por instinto, sino que en un determinado momento, un determinado experto pronunció una determinada predicción… y falló. ¡Revisaremos los resultados! ¡Reformularemos las certezas! ¡Actualizaremos la predicción! El arte de la predicción sigue impoluto, como demuestran los vendedores de supersticiones. Al fin y al cabo, sigue habiendo demanda de predicciones, es inevitable que alguien las recite para deleitarnos. Y ¿qué hay que temer, Virginia?, si ya sabemos que la incertidumbre no es real.

Hay un futuro en el que, cargados de información, los expertos y los periodistas no ejercen un poder gigantesco y silencioso sobre los demás: el miedo. Y en ese futuro no hay tampoco hueco para el miedo creado por los expertos del miedo comercial, pues recurren al mismo principio: la falsa creencia de que nos es imposible saber qué sucederá mañana.

¡Certezas futuras! Existen las certezas futuras y seguirán estando ahí, siempre bien fundadas, dentro de mil años, diez veces mil años, para calmar los corazones inquietos.

[El título es un homenaje a Virginia O’Hanlon, que fue niña y hace un largo siglo, en 1897, escribió al The Sun of New York (quizá el homenaje debiera ser para el editor del diario en aquel momento) para preguntar si de verdad existía Santa Claus. Había oído rumores que sembraron su corazón de dudas. Pueden leer la respuesta, publicada como editorial en ese mismo diario, un 21 de septiembre de 1897. Y, claro, también puede que The Dresden Dolls tengan algo de culpa. En realidad este post lo escribí antes que el otro, pero se me quedó en borrador mucho tiempo.]

Doctor en Química laser especializado en desarrollo de hardware para análisis. Consultor y Project Manager. Autor de los libros publicados La sociedad de control y La neutralidad de la Red.

5 Comments

  1. Pingback: http://www.michelgodin.com/pattern-recognition/.

    … creo que sirve para entender algo de los cambiantes tiempos que estamos viviendo. Concretamente, la asunción de la imposibilidad de anticipar un futuro y la necesidad de aprender a convivir con un grado de incertidumbre inevitable, es brillante, y demoledoramente resumida, en esta intervención de Bigend: [W]e have no idea, now, of who or what the inhabitants of our future might be. In that sense, we have no future. Not in the …

Submit a comment