Libros de destrucción masiva

Sé que parece inverosímil, pero sin duda alguna esta sensación de inverosimilitud se debe a que aprendí a leer con Micho, en un colegio católico de esos que te obligan a llegar al instituto para saber que dios no existe.

Sucede que en los controles de seguridad de los aeropuertos han implantado un nuevo protocolo de seguridad que sin duda está encaminado a hacer del mundo que conocemos un lugar más agradable donde vivir, a rebajar el precio del algodón de azúcar para hacerlo accesible a las clases populares y a que ningún osado lector del Capitán Alatriste decida aporrear a la sobrecargo con su última lectura. Uno nunca sabe cuando alguien intentará en pleno vuelo convertir su último alfaguara de bolsillo en una poderosa toledana afilada para matar.

No se rían, cosas peores se han argumentado para no dejarnos subir líquidos, así que no sé de qué se sorprenden de que los vigilantes anden vigilando qué lee cada cual.

Claro que quizá más que de seguridad como tal, se trata tan sólo de ir añadiendo información a un nuevo campo que han abierto en la gran tabla de la vida en que se han convertido las enormes bases de datos policiales, empeñadas en conocerlo todo sobre nosotros.

Por si las moscas, si van a EE.UU. tengan mucho cuidado con los libros que deciden llevar (Wired, via P21). Y si van al Reino Unido no se lleven el libro de cocina del anarquista, ya saben que los pueden detener (acusados de terrorismo, hasta 56 días de prisión preventiva siempre que no existan cargos, viva la democracia).

Malos tiempos para la lírica. Para la de verdad, digo.

Doctor en Química laser especializado en desarrollo de hardware para análisis. Consultor y Project Manager. Autor de los libros publicados La sociedad de control y La neutralidad de la Red.

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