Escenas de desconfinamiento bajo una suerte de enajenación colectiva

Estamos viviendo estos días una suerte de enajenación colectiva: ha llegado el verano de repente, tras una primavera lluviosa en que Málaga se vistió de Londres o Bilbao, y parece que se relajan las medidas de confinamiento. Como resultado, nos invade el optimismo. Olvidamos los detalles que dan contexto a nuestro presente y a nuestro futuro, y soñamos con que lo del bichito de marras ya ha pasado; pero no es así todavía. Ha pasado una parte, pero hay mucho coronavirus aún por delante.

Vemos escenas de des-confinamiento: desde mi terraza observo a grupos de personas hablando animosamente en la calle mientras sudan tras su sesión de deporte, o simple y llanamente por pasear al sol. Falta poco para que termine el día, es domingo, y está bien que así sea: que corran, paseen, y hablen.

Pero al mismo tiempo, reflexiono desde mi azotea, hacen todo eso sin mascarillas, sin guardar una mínima distancia. Charlan como siempre, y quizá sean ellos quienes tienen razón al dejar las preocupaciones de lado al menos un minuto, pero no dejo de pensar que si vieran la escena en tercera persona reaccionarían ante su propio espejo con estupor. Es normal: tras casi dos meses encerrados en casa la población está dispuesta a abrazarse a cualquier clavo ardiendo para creer, por lo menos un poquito, que esto ha terminado.

Esto solo acaba de comenzar. De otros impactos hemos hablado, y más que hablaremos, hoy nos limitamos a la crisis sanitaria en sí. Un escenario posible que no me saco de la cabeza sugiere que hasta que haya un tratamiento o una vacuna efectiva para la COVID-19 pasemos dos tercios del tiempo confinados estrictamente y con las escuelas cerradas, como hemos estados estos dos meses.

A estas alturas habrán visto esa referencia de los dieciocho meses hasta tener una vacuna decenas, cuando no más de un centenar de veces. La realidad es más compleja: no es que no sepamos cuándo vamos a tener ese tratamiento o vacuna, es que aún no sabemos siquiera si la vamos a tener. Nunca se ha producido una vacuna contra un coronavirus (ni éste ni los anteriores), y un plazo más estándar para obtener vacunas fiables es mucho más largo. La vacuna para la varicela tardó 28 años en obtenerse; para el SIDA aún no tenemos, ni se espera que haya al menos hasta dentro de una década, lo que sumarán 50 años de enfermedad sin vacuna.

Imaginen que aún tomando atajos en el método de validación científica habitual no hubiera vacuna y logística para su producción masiva antes de 2032. En NYTimes hay un artículo excelente al respecto. Si nos saltamos todo tipo de protocolos que añaden seguridad al proceso podemos recortar aún más. El reto de tener solución en año y medio es inconmensurable. Creo mucho en la ciencia, y ojalá sea cierto, pero no lo veo.

Hasta entonces, hasta que algo cambie, seguiremos como ahora: alternando escenas de confinamiento con escenas de desconfinamiento. Todas ellas fruto de un espejismo, de una alucinación colectiva.

Jose Alcántara
Resolviendo problemas mediante ciencia, software y tecnología. Hice un doctorado especializado en desarrollo de hardware para análisis químico. Especialista en desarrollo agile de software. Más sobre Jose Alcántara.

3 comentarios

    1. Ojalá fuera tan sencillo como dudar de Trump. Dudo de la ciencia porque el reto que le planteamos es enorme en cuanto al horizonte temporal con el que se plantea, dudo de la cooperación internacional frente al dilema del prisionero, dudo de muchas cosas. También puede ser mero desconocimiento y en tres meses lo veo todo mucho más positivo, también puede que sea eso.

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