Pensamos en la evolución como un metrónomo biológico de ritmo lento, muy lento. Una suerte de lotería de mutaciones escasas que solo sale bien en una minoría escasísima de casos, en los que provoca un salto adelante mejorando la adaptación de la especie mutada.
Como casi nunca sale bien, los organismos invierten una cantidad ingente de energía en evitar estas mutaciones mediante diferentes mecanismos, como la verificación a nivel celular durante la replicación del ARN y el ADN. Es fácil, por tanto, que al mirar atrás nos venga la idea de que somos idénticos a los homínidos de hace veinte mil años.
Y en gran parte es así. Pero hay matices, suficientes como para detenernos en ellos hoy.
Porque cuando interviene la mano humana llega el progreso, y el progreso es eso que hace que las cosas (buenas y malas, y hay más de las primeras que de las segundas, aunque Yaya Ceravieja no esté de acuerdo) pasen más rápido. La evolución genética, por más incontrolable que nos parezca tampoco se libre de la influencia humana, ¡y sin necesidad de CRISP ni barbaridades eugenéticas! Es todo mucho más inocente, vamos a verlo.

Pasó con el lobo salvaje, al que transformamos en variedades de perros falderos ridículamente inofensivos. En apenas 15.000 años. Muchos en la escala humana, sí, pero nada en términos evolutivos: hay por ahí crustáceos que llevan prácticamente igual unos trescientos cincuenta millones de años. Que una especie haya cambiado tantísimo en tan poco tiempo es flipante, si te paras a pensarlo.
Y pasa, sobre todo, con nosotros mismos. No nos gusta admitirlo pero la civilización es, en el fondo, un descomunal experimento de autodomesticación.
El experimento de los zorros de oficina
En nuestro viaje civilizatorio hemos sustituido la presión del clima y los depredadores por un filtro evolutivo muy diferente: las instituciones sociales y, en los últimos dos siglos, el ecosistema corporativo. Este proceso civilizatorio da lugar a lo que quienes de estos temas saben más que yo denominan selección social, por analogía a la archiconocida selección natural de Darwin. Y aquí vale la pena un inciso: esta selección social no va contra Darwin, cuya selección natural sigue más vigente que nunca.
Para entender cómo funciona el humano moderno no hace falta bucear en tratados de psicología; basta con mirar el famoso experimento soviético de los zorros de Belyaev. En los años cincuenta, el genetista Dmitry Belyaev empezó a criar zorros seleccionando exclusivamente un rasgo conductual: la docilidad hacia los humanos. En apenas unas pocas generaciones de estos zorros (unas décadas de tiempo total) no solo cambió su comportamiento sino que modificó también su fenotipo: se les cayeron las orejas, empezaron a mover la cola como perros y sus colmillos se redujeron.
El entorno de las grandes organizaciones funciona exactamente igual. Lleva décadas premiando sistemáticamente rasgos muy específicos: alta tolerancia a la monotonía burocrática, baja reactividad al confinamiento de la oficina y una notable capacidad para camuflar el disenso bajo dinámicas bienpensantes de recursos humanos.
Los colmillos de la agresividad directa o de la genialidad disruptiva e incómoda se han limado para asegurar el éxito socioeconómico. Hemos seleccionado la docilidad.
El asunto es que, justo cuando habíamos perfeccionado este perfil de humano plano y predecible, hemos decidido externalizar parte de nuestra esencia cognitiva en la inteligencia artificial.
Más tontos no pero, ay, ¡qué plano todo!
Hace unos días hablábamos por aquí de si los LLM nos van a volver estúpidos. Pueden leer esa nota pero la respuesta corta es que no. Externalizar parte de nuestra esencia en un LLM nos va a ayudar a seguir progresando.
Pero. Siempre hay un pero. El peligro real no es la estupidez. El peligro es la mansedumbre.
Al traspasar la lógica, la redacción o el análisis a los modelos de lenguaje, el sistema empieza a retroalimentarse en un bucle de domesticación mutua:
- Alimentamos a estos LLM con los datos limpios, corporativos y sin aristas que genera nuestro entorno dócil y altamente institucionalizado.
- Y la máquina nos devuelve contenidos hiper-normalizados, que luego forwardeamos tras validarlos en diagonal en una lógica totalmente definida por la incapacidad de atender debidamente a todo el output que van generando nuestros modelos (lo que denominamos brecha de supervisión). Así es como de forma casi inconsciente, sin fricción, vamos reconfigurando nuestro propio lenguaje.
Lo que viene puede terminar como una domesticación en pareja, acoplada como esas magnitudes que no pueden medirse simultáneamente y se rigen por el principio de indeterminación de Heisenberg. Los humanos podamos las aristas de la IA para que sea «segura» y corporativa, y el algoritmo nos devuelve el favor aplanando la complejidad comunicativa de la mente humana. Nos vuelve predecibles y homogéneos. Quizá políticamente impecables, seguro también más insípidos.
A este aplanamiento conductual se le ha sumado en el siglo XXI lo que Jonathan Haidt define como la hiperprotección institucional de las nuevas generaciones. Al diseñar entornos de «riesgo cero» que aíslan a los individuos del estrés natural, el conflicto intelectual y la frustración, la sociedad moderna ha invertido los términos de la resiliencia. La antifragilidad cognitiva deja de ser una ventaja adaptativa; en su lugar, el sistema crea un invernadero cultural donde los rasgos de hipersensibilidad y conformidad ya no penalizan, sino que se integran (¡e incentivan!) dentro de la normalidad institucional.
Es en este magma en el que hemos de aterrizar la nueva inteligencia artificial, que no nos va a atrofiar el cerebro pero sí va a refinar el aséptico entorno en el que vivimos. Entre los retos del tiempo por venir no está el defender nuestra capacidad de cálculo frente a la máquina; esa batalla está tan perdida como como lo está la batalla por leventar más kilos que la grúa que vemos por la mañana trabajando en la obra al borde de la carretera (tocamos el tema aquel día en que hablamos de lo que la historia del ajedrez y su relación con los ordenadores puede enseñarnos). El reto a superar es el de defender la presencia de aristas en un entorno que, por diseño, tiende a favorecer lo contrario.
[Imágenes: Jose Alcántara usando ChatGPT.]

