¿Cuánta seguridad necesitamos?

¿Cuánta seguridad necesitamos?
¿Cuánta seguridad necesitamos?
Vota en las elecciones europeas del 7 de junio.

Esta foto fue tomada en Estocolmo el pasado finde y nos la ha enviado Sergio (que fue quien la tomó, ¡muchísimas gracias!). El cartel que podemos ver forma parte de la campaña institucional a favor del voto en las próximas elecciones europeas del 7 de junio.

Da envidia. Da mucha (mucha) envidia que allí la seguridad y las libertades sean parte coherente (y no como mero condimento de la política del miedo) del discurso político. Y los partidos políticos sólo se mueven por el interés. Lo que verdaderamente da envidia es que la seguridad y las libertades sea un tema capaz de movilizar al electorado (y de decidir su voto) en aquel país; algo tan evidente que hasta el poder parece haberse enterado.

En una Europa cada vez más totalitaria donde el estado del bienestar se tambalea, donde la institución más poderosa (sobre la que recae la iniciativa legislativa) no es elegida democráticamente, donde el p2p se utiliza como ariete para tumbar la libertad en la red, donde las comunicaciones son registradas y espiadas por cada vez más estados (entre ellos el sueco), que la campaña institucional se pregunte «¿cuánta seguridad necesitamos?» a la vez que enseña tres señales de peligro con la videocámara, la huella dactilar y un agente de policía me parece un ejercicio de reflexión sano y necesario.

En efecto, la seguridad no es algo que se pueda medir como una magnitud absoluta. La seguridad perfecta no existe (o quizá sí, pero entonces nos volvemos a la cueva y no salimos de ella en lo que nos reste de vida, si es que eso es vida). La seguridad es algo que alcanzamos tras sopesar el precio a pagar (en dinero y en libertades) por las medidas de seguridad a utilizar. Hace ya muchos años que los Estados han olvidado resolver esa ecuación, olvidándose de los costes en derechos civiles (difícilmente ponderables) y aprobando normas cada vez más restrictivas en nombre de una hipotética seguridad.

Olvidaron preguntarnos si estamos dispuestos a pagar ese precio. O quizá no lo olvidaron y lo que hicieron fue evitar la pregunta y obviar (de forma errónea) la respuesta.

Y el cartel me sigue dando envidia. Porque es un ejercicio de reflexión tan sano y a la vez tan profundamente irrealizable en mi contexto diario que da, como ya he dicho, mucha envidia.

Por lo demás, por ir terminando, y pese a que me parezca un ejercicio sanísimo, recomendable y hasta envidiable, estoy muy muy desesperanzado con la UE, sus instituciones, su falta de democracia y con el hecho de que nos estén arrebatando nuestras libertades. No creo que votar en unas elecciones que ni siquiera sirven para elegir la institución de mayor poder sirva para mucho (ni para poco). Es un timo democrático. Dicho esto, al menos me alegró que en alguna parte la seguridad y la privacidad estén en la agenda pública.