Los límites de la participación

Los límites de la participación

Hay un cierto debate abierto en la agenda pública acerca de la necesidad de ampliar los ámbitos de participación ciudadana. Es un tema sobre el que se leen muchos argumentos simplificados, en la línea de hacer referéndums para todo o casi todo, y creo que es lo suficientemente importante para reflexionar sobre el mismo un poco más.

Ampliar la participación en la medida en que sea posible parece buena idea. Pero haría falta saber si realmente lo es, y en qué medida lo es, puede que ampliarla demasiado (o demasiado poco) no sea lo mejor. El objetivo de mi reflexión tratará de esclarecer ese límite: hasta dónde es posible y recomendable ampliar la frontera de esos ámbitos participativos, si es que es posible y recomendable.

La gestión «participativa» de la vida pública

Cuando hablamos de «participación» lo hacemos en el contexto de participación en la gestión y toma de decisiones de la vida pública. Si no se han planteado la cuestión en profundidad, es sencillo ponernos en situación si pensamos en nosotros mismos como esos sujetos que deberían ahora participar/votar los planes de gobierno, como si estuviéramos sentados en el pleno del ayuntamiento o en el congreso de los diputados. Se perciben dos puntos destacables:

  1. Hay personas que no quieren participar en mayor grado de esta gestión. Tienen una vida, trabajo que hacer y menos tiempo del deseado para disfrutar con los seres queridos. No podemos aceptar la crítica clásica de «lo público, lo privado, y las vacas sagradas en nuestro condado» diseñada para legitimar la postura del pequeño grupo activo que deslegitima como egoístas a quienes no participan para que una decisión votada por un 1% de activos pueda catalogarse como «la voz del pueblo». El sistema representativo es una liberación en este sentido, y lo que hay que mejorar es la accountability de los representantes. En esto tiene mucho más que ver lo que Schneier contaba en Liars & Outliers que cualquier otra teoría maximalista. Si quisiéramos participar de todas las decisiones de nuestras ciudades habríamos hecho carrera política. Un referéndum puntual sobre un tema trascendente es relevante y hay momentos en que la representatividad de un parlamento se queda corta. Pero eso no significa que la representatividad sea insuficiente en todo caso, ni siquiera en una mayoría de casos. De hecho la representatividad suele ser la mejor solución.
  2. No tenemos los conocimientos para tomar decisiones en la gran mayoría de ámbitos. Que sí, sobre temas concretos sí que tenemos capacidad de tomar decisiones informadas, que sean más o menos correctas. Sobre el resto de temas, que son infinitamente más numerosos, no. En mi caso concreto, no es ni deseable ni acertado dejarme participar en una votación sobre, por ejemplo, la idoneidad de ampliar la frecuencia y horarios de transporte público durante las noches del miércoles. Tengo mi perspectiva de usuario, que no se corresponde necesariamente con la verdad, ni con la mejor solución. Es algo con tantas implicaciones y derivadas que sencillamente me falta conocimiento para formular una propuesta ni siquiera para votar sobre las que se me presenten, y personalmente no quiero tener que decidir a ciegas con escasa o nula información sobre un tema que no conozco lo suficiente. Me parece irresponsable.

Otro tema por tratar es la paradoja de que típicamente los partidarios de más participación sean también partidarios de un sistema funcionarial más poblado y extenso. La paradoja sería que para qué queremos todos esos funcionarios de la administración si luego no vamos a dejarles decidir porque asumimos esa responsabilidad cada uno «participando más». Como queda en segunda derivada, lo dejamos sin tocar, pero estas dos estructuras son parcialmente redundantes y ampliar una forzaría la reducción de la otra.

No hay que caer en el «solucionismo». El reto no es «montar una web/app para participar»

Como decíamos arriba, hablamos de «participación» en el contexto de participación en la gestión de la vida pública. La simplificación lleva típicamente una sombra de falacia ambigua: «si lo decidimos entre todos, no podemos equivocarnos». Algo así como el chistoso «300 millones de moscas no pueden estar equivocadas, así que deja el jamón y vete a por otros manjares». Por tanto, vale la pena centrarnos en cuáles son los aspectos necesarios a considerar para tomar una decisión correcta. Son dos:

  • El primero es que las personas con derecho a participación tengan conocimientos suficientes para tomar una decisión informada sobre el tema a tratar. Esto resulta obvio si se piensa, pero la mayoría de las veces no se comenta. El debate se centra en un solucionismo (usando el término de Morozov, con quien no suelo coincidir pero que al definir esto hizo una gran labor) que hace tiempo habría calificado de ingenuo pero que en 2016 y siendo impulsado por gente tan inteligente como quienes lo impulsan no tengo más remedio que entender como simple manipulación de masas.

    No, la parte complicada de la participación no es montar una web con un formulario, o una app de móvil. La parte ardua, difícil, y cara es la de informar y formar a las personas que van a participar/votar. Si esto último no es posible, habría que definir un demos cualificado para representar al resto en un tema concreto. No es tan malo, pero oh, diablos, la representatividad está démodé. No sé si el comité central me va a comprar esa idea para todos los ámbitos o querrán excluir las decisiones propias del comité central, un órgano de representación alienante como los demás pero que no será criticado por el comité central, por motivos obvios. Y ya cierro este párrafo que me ha quedado un tanto tautológico.

  • Impedir que la votación se vea sesgada por la existencia de incentivos perversos entre el demos que ha de votar. Para entender esto nada mejor que un ejemplo habitual: ¿cuántas veces hemos visto que alcaldes, concejales, y diputados se suben el salario nada más entrar al salón de plenos del ayuntamiento? Incluso quienes en esta última elección prometían bajárselo, no lo han hecho. No los culpo, personalmente no quiero que cobren menos, sino que roben menos. Este tipo de dilemas se ilustra bien con el clásico «treinta lobos y cinco ovejas decidiendo democráticamente el menú de la cena». El mismo sesgo puede afectarnos a todos, en cuanto el tema toque «lo nuestro».

Todo lo anterior es relevante porque el argumento simplón de la sabiduría de las masas tampoco es aplicable en estos escenarios. Sabemos que la sabiduría de las masas es aplicable con restricciones a problemas que tienen una distribución de respuestas gaussiana, en la que los errores por defecto y exceso tienden a anularse en torno al valor verdadero. Las decisiones de gestión pública no tienen este carácter, que decidamos entre más no nos acerca más a la mejor solución, sino a refrendar el error en base a un sesgo cognitivo compartido.

Sin entrar siquiera a aspectos de influencia mediática ni garantías democráticas en el recuento (aspectos cuyo análisis requieren su propio lugar), ya sabemos que no hay nada que guste más a un partido en el gobierno (sea cual sea su ideario político) que un referéndum, porque los referéndums se convocan para ser ganados, bien porque se sepa que el pensamiento de la ciudadanía va a ser claramente favorable o porque se cuente con la influencia de los medios de masas para influir en este «sentir popular» de cara a la votación.

Viendo que menos de un 2% de madrileños ha participado en la web del ayuntamiento sobre el caso del edificio de plaza España, ¿cómo hemos de entender que el ayuntamiento decida repartir 60 millones de su presupuesto en lo que se decida por este sistema? ¿Como una decisión colectiva de los madrileños o como el flujo de capitales desde el sistema hacia grupos organizados activamente, que para más inri se cuelgan la medalla de «lo hemos decidido entre todos»?

En efecto, la retórica sobre participación ciudadana, en un contexto en el que la población ni está preparada en términos de conocimiento ni tiene tiempo para ello, recuerda a esos escenarios descritos por Laclau en que una minoría organizada copa el poder y succiona los recursos del sistema para sí misma en nombre de la mayoría… ante la inacción de dicha mayoría. La minoría fija agenda pública (y aquí me tienen, escribiendo un post sobre este tema aunque sea para cuestionarla) y la mayoría se mantiene al margen. No se solucionan los problemas, pero algunos comerán marisco, como se suele decir hacían (¿hacen?) los dirigentes sindicales tras firmar acuerdos con el gobierno que anteponen la supervivencia del establishment sindical al bien general, en un clásico ejemplo del dilema principal-agente.

No, no hay solución mágica: la sociedad es compleja y ninguna app, tampoco una para «participar», pueden evitar eso

Por todo esto, y siendo un gran defensor del asociacionismo sobre todo en el ámbito más local (que vecinos se pongan de acuerdo para mejorar la vida de su barrio suele ser más bueno que malo), creo que la extensión de la participación a ámbitos de mayor escala, como la municipal o la estatal, es sencillamente inviable; y lo es por una buen motivo. Esa escala nos facilita la vida, y la representatividad dentro de ella nos lo facilita aún más.

La participación no es esa panacea fácil de aplicar que se predica desde ciertos ámbitos, y de hecho su aplicación tiene importantes inconvenientes y muchos escollos que salvar. No, no es tan sencillo como «montamos una web con un formulario y a votar». No, lo más importante es el conocimiento real que la población que votará tiene sobre los temas, y resulta obvio pero lo repito: no podemos tener amplios conocimientos sobre todos los temas. Por todos los dioses, vivimos en un país donde una mayoría de personas firmó hipotecas a 40 años con cuotas impagables; son incapaces de gestionar su economía familiar, y ¿vamos a dejar que mediante «la sabiduría de las masas» decidan los presupuestos macroeconómicos de tu ciudad o de la administración central? No tiene mucho sentido.

[Foto: mariateresa toledo via Foter.com / CC BY-NC-ND.]

Doctor en Química laser. Consultor especializado en gestión de conocimiento con software libre. Autor de los libros publicados La sociedad de control y La neutralidad de la Red. Fundador de Cartograf.

5 Comments

  1. Hola, he leído su artículo y plantea un debate interesante aunque estoy en desacuerdo con varios de sus argumentos en defensa de la poca madurez de la sociedad a la hora de tomar decisiones vinculantes.

    Las herramientas de participación y la capacidad de los gobiernos en delegar en el ciudadano cierta toma de decisiones es sana y, además, creo y defiendo que es el camino correcto en la dirección de la democracia real.

    Sobre su planteamiento inicial:
    1. Hay personas que no quieren participar. Es cierto, pero también es cierto que una gran mayoría no participa simplemente por el mero hecho de que no dispone de las herramientas. Si me dan una posibilidad real de poder decidir de forma activa donde se gastan parte de mis impuestos ten por descontado que generará más interés en la política. Creo en el efecto ‘dominó’ de soluciones bien aplicadas.

    2. No tenemos conocimientos. No estoy de acuerdo pues si los tenemos, estamos hartos de ver noticias de malas gestiones, mala praxis, malas decisiones de nuestra clase política, en muchos aspectos, y sobretodo a nivel municipal, la ciudadanía tiene total potestad en decidir donde enfocar los esfuerzos de su ayuntamiento.

    Veo que toma como ejemplo el actual esfuerzo del ayuntamiento de Madrid para dotar de herramientas de participación a los ciudadanos. Y a su pregunta ¿cómo hemos de entender que el ayuntamiento decida repartir 60 millones de su presupuesto en lo que se decida por este sistema? le respondo que 60 millones son el 1’33% del presupuesto del ayuntamiento, una cantidad minúscula que permitirá valorar la madurez del sistema y de sus ciudadanos.

    Veo en este artículo una visión ‘derrotista’ de la condición y capacidad de la ciudadanía a tomar sus propias decisiones y le animo a ver como maduran propuestas tan interesantes como están haciendo en el ayuntamiento de Madrid. Estoy seguro que es el camino correcto y que, como todo proceso, deberá pulirse con el paso del tiempo.

    Un cordial saludo.

    • Hola Carlos,

      es cierto que disponiendo de herramientas más personas se animarían a participar. Nunca será una mayoría, y eso hará que una minoría organizada utilice ese mecanismo para extraer rentas por encima de sus méritos, pero que disponiendo de herramientas la participación subiría parece normal, y lo acepto.

      Sin embargo, mantengo mi postura respecto de conocimientos. No, no tenemos conocimientos para decidir si el ayuntamiento/estado han de amortizar deuda, reducir unas partidas de presupuesto, o cómo se ha de financiar las que se aumenten. No disponemos de conocimientos para establecer una política de defensa acertada (y son temas que pueden gustar más o menos, yo no hice la mili porque no quería, sin ir más lejos, pero defensa es necesario). No, hay temas que van más allá de hacer un juicio de valor sobre cuándo un grupo de gestores está llevando a cabo malas prácticas y desviando fondos hacia sus intereses y sus círculos de amistades, cuando no directamente a sus bolsillos.

      Lo siento si el artículo parece derrotista, donde usted ve derrotismo yo insisto en ver una visión desidealizada. Creo que esta visión no idealizada, realista, es necesaria para intentar aprovechar al máximo esta posibilidad, que como digo al inicio del post, me parece de entrada buena idea :)

      Muchas gracias por tu comentario, por cierto :)

  2. Hola José.

    Según entiendo su planteamiento, corríjame si me equivoco, los ciudadanos no tenemos suficientes conocimientos y, por lo tanto, no estamos debidamente formados para que nuestra opinión sea válida. En ese caso ¿qué nos habilita para que nuestro voto sea aceptable en unas elecciones?

    • Si considera que son la misma cosa, la carga de la prueba recae sobre usted :)

      Simplificando mucho, no es lo mismo saber conducir un coche para llegar a un sitio que tener una idea de qué autobús es el necesario para llegar, ir a la parada, y sentarse plácidamente (o incómodamente, que hay «autobuses» que resultan no todo lo cómodo que se espera) a que el conductor nos lleve.

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