Interponer controles a la sociedad de control

Desde la democracia asamblearia, que en España ha tenido un éxito -si medimos el éxito cuantificando el número de años en que ha estado vigente- verdaderamente reducido (en total unos 50 años, con los últimos 30 de una tacada), el mundo en que vivimos está migrando a una sociedad de control donde las votaciones son cada vez más un guiñol, siendo presidente aquel que más calmado mantenga a las masas.

Desde luego la solución a este viraje napoleónico no parece sencilla. De un lado tenemos a grandes grupos empresariales con sede en multitud de estados y cuya aparente des-estructuración es la estructura misma del poder mutante de que disponen. Empresas que cambian de nacionalidad en un santiamén si el ambiente se vuelve hostil en alguna parte y estados que se ven cada vez más debilitados ante la imposibilidad de imponer a las mismas según qué cosas. El New deal del que surgió el estado del bienestar europeo tras la segunda guerra mundial está enterrado hace años y por donde quiera que esta transformación pasa quedan estados privatizados hasta la médula (energéticas, petroleras, aerolíneas, transportes, minas, …). Ante esta debilitación premeditada y flagrante, la fuerza del estado para resistir los embites de las corporaciones es cada vez menor (y las intenciones de existir parecen no existir), quedando como único recurso el de la venta de tranquilidad aparente que haga que las empresas no se vayan (previa bajada de pantalones para conseguir aparentar esa «estabilidad-satisfacción aparente»), a la par que se hace cada vez más difícil llevar a cabo el fin mismo de la democracia parlamentaria: impedir que las personas tengan un poder linealmente proporcional a su talonario.

Pero, ¿cómo salimos de aquí? La sociedad de control, esa en la que los ciudadanos no eligen a sus gobernantes y esa en la que sus gobernantes saben absolutamente todo de ellos ha sido bendecida por los poderes públicos, se asienta principalmente porque los gobiernos están interesados en ella, y se asienta con cada medida antiterrorista excepcional, única y temporal (aunque en la práctica sean indefinidas y jamás se hable de su retirada). Los mismos estados que luego usan su poder para salvar el culo de sus cuerpos policiales asesinos, como acaba de suceder en Inglaterra con los implicados en el asesinato de Jean Charles de Menezes.

Parece, entonces, que la desaparición de las estructuras públicas nos deja a los pies de los caballos, pero las estructuras públicas actuales tienen un poder sin cortapisas que sale impune de asesinatos preventivos de inocentes que leen el periódico en el vagón del metro. Leer, un vicio peligroso en la sociedad de control. La sociedad de control, una sociedad a la que hay que poner frenos cuanto antes.

Doctor en Química laser especializado en desarrollo de hardware para análisis. Consultor y Project Manager. Autor de los libros publicados La sociedad de control y La neutralidad de la Red.

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