Política del miedo

La política del miedo persigue perpetuar el poder político no a través de los tradicionales mensajes políticos de esperanza, sino mediante la utilización de amenazas, reales o ficticias, que describen, con frecuencia exageradamente, peligros capaces de implantar el miedo en la población que, de esta forma, acepta políticas que serían rechazadas de otra forma. La política del miedo es una pieza clave en la Sociedad de control.

La vieja política de la esperanza

En el pasado, con objeto de conseguir y/o mantener el poder, las diferentes agrupaciones políticas enviaban a la ciudadanía mensajes de esperanza: la esperanza de un mundo mejor. Este mundo mejor se podía alcanzar de diferentes formas, pero el poder y la autoridad de la clase política surgía de la visión netamente optimista que ofrecían a su pueblo: un optimismo radicado en la promesa de una vida mejor.

El fracaso del sueño político

Esa forma de hacer política no es sino el reflejo de las esperanzas tanto de la clase política como del pueblo en los principios de la democracia.

No obstante, esos sueños fracasaron y, hoy, gran parte de la población ha perdido la fe en estas promesas, consumidas décadas enteras en al persecución de una serie de promesas que nunca terminaban de cumplirse. Con frecuencia, aquellas visiones que más sienten el desapego de la población se identifican con las ideologías políticas clásicas.

Esta decepción con la política combina perfectamente con una visión de la clase política en la cual los políticos no son intrépidos visionarios capaces de producir enormes avances sociales, sino que son percibidos simplemente como administradores de la vida pública.

El miedo como restaurador del viejo poder

En el último medio siglo, sin embargo, se ha venido gestando una nueva forma de hacer política, que en las últimas dos décadas se ha extendido rápidamente.

La clase política ha descubierto el papel que el miedo juega en la restauración de su poder y su autoridad. Es por eso que, en vez de repartir sueños, cada vez más se recurre en la comunicación política a ofrecer protección contra incontables pesadillas. Estas pesadidllas incluyen peligros terribles que no podemos ver ni comprender.

El origen

En el corazón de la historia hay dos grupos con intereses inicialmente opuestos: los neoconservadores norteamericanos y los islamistas radicales. En plena post-guerra, en la década de 1950. Ambos pretendían salvar a sus respectivos mundos (el mundo islámico en un caso, los nuevos y triunfantes Estados Unidos en el otro) de una hipotética decadencia moral.

Ambos grupos estaban compuestos por idealistas que nacieron del fracaso de los sueños liberales de construir un mundo mejor y ambos tienen una explicación muy parecida sobre qué causó ese fracaso.

Terrores difusos, guerras eternas

El mayor de estos peligros es el terrorismo internacional. Una red poderosa y siniestra, con células asociadas en países de todo el mundo. Una amenaza que necesita combatirse mediante una guerra perpetua, de raices claramente orwellianas.

Sucede, además, que la mayor parte de esta amenaza es una fantasía que ha sido exagerada y distorsionada por el poder político, de forma que una realidad que para nosotros sería inofensiva cobre la envergadura necesaria para justificar su gestión, incrementar sus poderes y asegurar su reelección.

Se trata de una siniestra visión de las cosas que ha sido divulgada sin ser cuestionada entre gobiernos, agencias de seguridad y medios de comunicación.