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«No se extrañará nadie ahora con la facilidad para la demanda que tienen estos señores, sabiendo que con cada juicio ganan dinero.»
- Rinzewind sobre la (hasta ahora) última denuncia de la innombrable, saliéndose acertadamente por la tangente del desastroso y mal intencionado funcionamiento de nuestra justicia en tiempo de cleptócratas.
Ojo, el dinero no lo ganan con cada juicio porque los tribunales den la razón a la Innombrable (de hecho esto no sucede tanto), sino porque cada juicio que se celebra en este país se conserva obligatoriamente en formato digital. Formato digital sujeto a canon, claro.
El problema de las obras huérfanas (esas de las que es imposible determinar quién posee los derechos exclusivos de explotación, aka copyright aka derechos de reproducción o restricción de copia) es de sobra conocido. La mayoría de obras publicadas acaban perdidas en esa telaraña legal, tejida gracias a las ineficientes leyes de propiedad intelectual, en la cual se desconoce quién puede explotar una obra ni si ésta pertenece a dominio público, pero nadie se atreve a explotarla por miedo a que aparezca el legítimo poseedor del monopolio estatal de explotación concedido a esa obra. Hemos dedicado ya atención a El problema de las obras huérfanas.
En EE.UU., dos proyectos de ley preteden eliminar la incertidumbre que rodea a estas obras huérfanas, de forma que los editores puedan utilizarlas sin miedo a ser demandados. Tendría que leer los textos para saber exactamente qué pretenden, pero en principio suena a acercar las obras huérfanas al dominio público, y eso me parece una buena medida. Nos la cuentan en Ars, y con todas las reservas que manejan (respecto de los plazos y, por supuesto, respecto de sus propias cámaras de legisladores), es importante que leyes como esta vayan abriéndose camino no solo allí, sino también por nuestra tierra. Nuestros políticos, tan proclives a darnos la espalda y a copiar todo lo que venga de los Estados Unidos, podrían ir tomando buena nota. Esta medida es a todas luces insuficiente, pero sería un pequeño paso en la dirección correcta.
Hoy todo el mundo habla de lo bueno que es leer, incluso aquellos que fomentan una incultura rampante como medio para mantener a la población atontada y fácil de manipular. Incluso aquellos que se dicen dedicados a la difusión y la defensa de la cultura, como nuestro innombrable ministro, al que no le tiembla la mano para favorecer a la industria de la propiedad intelectual.
Lo que nadie va a decir es que tanto Shakespeare como Cervantes, dos de los máximos exponentes de la literatura universal (cada uno en su lengua) desarrollaron su obra en un mundo con imprenta y sin restricción de copia. Porque la restricción de copia como tal «protección del autor» (antes existía como control censor del Rey de Inglaterra que así evitaba que se imprimieran panfletos en su contra) no fue introducida hasta 1710, en lo que se conoce como el Estatuto de Anne. También Molière, uno de los mayores dramaturgos en francés de todos los tiempos, desarrolló su obra en este periodo.
Los que pretenden convencernos de que la restricción de copia persigue la excelencia y el progreso de la cultura deberían mirar al pasado, deberían analizar los hechos e intentar ser mínimamente rigurosos en sus afirmaciones, por una vez en la vida. Deberían ver qué sucedió cuando las leyes no prohibían las aplicaciones que la tecnología tenía para aumentar la difusión de la cultura entre todos. Es hora de reclamar un estatus similar para nuestro tiempo. Aunque a corto plazo será suficiente con que las leyes de propiedad intelectual se modifiquen hasta términos razonables; ahora son absolutamente grotescoss.
***Post-data curiosa:
Dicen que el día del libro (otra de esas tonterías que no quiero comentar) lo es porque tanto Cervantes como Shakespeare murieron un 23 de abril de 1616. Eso es cierto, lo que no es cierto es que murieran el mismo día. Ya que en 1616, la península ibérica y las islas británicas se regían por calendarios diferentes. Aquí el gregoriano (más exacto, origen europeo) y allá el juliano. Ambos calendarios vienen de antiguo y lo cierto es que para esas fechas acumulaban ya un desfase de 10 días (por entonces, el calendario juliano marcaba el inicio de la primavera el 11 de marzo). Por ello, traducido a calendario gregoriano (actualmente utilizado en occidente) Shakespeare murió un 3 de mayo de 1616, 10 días después que Cervantes.
El director de servicios de vídeo y entretenimiento de Microsoft ha anunciado que el 31 de agosto de 2008 los servidores de claves que validan los archivos con DRM descargados (previo pago) del servicio de microsoft dejarán de funcionar (Ars). Quien quiera seguir reproduciéndolos después de esa fecha tendrá que transferirlos a su destino final (digamos, una nueva computadora) antes de esa fecha y bajar la licencia que lo activa.
Si pasada esa fecha decides cambiar de computadora, o reinstalar windows. Díle adiós a tu música.
¿Recuerdan el cierre de la Google Video Store? Éste caso es idéntico, esta vez a manos de Microsoft. Aquel al final se solucionó «más o meno» debido a la presión blogosférica, pero había una solución más sencilla: que los archivos no trajeran restricciones.
Por supuesto, lo que consumes es lo que realmente estás apoyando. Creo que en España la tienda no funcionaba (no se sorprenderá nadie de que no haya comprado nunca), pero si te han cogido con música de este tipo en el pc, que sepas que no me da ni chispa de pena lo que pueda pasarle a tu música. Son los clientes, que acceden y pasan por el aro, los que sustentan estas imposiciones y este modelo tan restringido.
Hoy en día se lleva copiar más que crear, éste enunciado recoge lo que yo llamo la falacia de la copia. Siempre, en todas las etapas de la historia (y la prehistoria) se ha llevado copiar; no es algo nuevo.
Ya puedo imaginarme la situación: cuando el primer homínido invento el fuego, como quiera que lo hiciera -chocando piedras o frotando maderas-, el que estaba al lado no lo copió, sino que se puso a fabricar una lente de vidrio pulido que enfocara el sol sobre la madera. Porque copiar el sistema de las piedritas, ¿a quién se le ocurriría tal barbaridad si eso de copiar es un invento post-moderno?
En fin, lo que es moderno es querer impedir que los demás copien (por todos los medios). Eso sí es genuinamente propio de nuestro tiempo (bueno, no exactamente pero desde luego nunca como en nuestro tiempo se ha utilizado esta restricción, subvertida por los que no creemos en ella).
Muy rápido. Todo el mundo habla de Photoshop Express, Antonio Ortiz dice que mola bastante y no hay porqué dudarlo. Pero parece que no es oro todo lo que reluce, algo que era de esperar viniendo de quien viene este producto: y el problema viene como casi siempre de la mano de los derechos de autor de los contenidos almacenados en el sistema.
Adobe te da 2GB para que almacenes, cuelgues, compartas, ... fotos. Lo que te meten en la letra pequeña es que estás entregando a Adobe el control sobre todas tus fotos (via TheInq). No que Adobe quiera atribuirse la autoría (eso no podrían hacerlo en muchos países, entre ellos España, porque la ley así lo indica), es que cedes a Adobe una licencia global, libre de royalties, no exclusiva, perpetua, irrevocable y totalmente sublicenciable para distribuir, derivar beneficios o cualquier otra remuneración de la reproducción, modificación, adaptación, publicación, traducción, representación pública y reproducción pública de tus contenidos.
Estoy seguro que rectificarán esto. Ya lo han intentado otros (YouTube con los vídeos y MSN con ¡los archivos compartidos con tus contactos! -no sé si esto último es cierto o sólo lo he soñado-) que cuando se ha levantado la polémica han dado el paso atrás. Pero es el concepto: la sola idea de diseñar la licencia de esa forma es toda una declaración de intenciones.
Mucha miga tiene esto. Más aún cuando el principal valor de esto es que tiene «un gigante» detrás, cuando Flickr/Picnik (servició que dejé de usar) también tiene otro gigante detrás: Yahoo!
A mí, personalmente, me pueden ir esperando sentados. Pero espero que los que se decidan a usarlo tenga muy claro qué tipo de modelos está apoyando.
*** Relacionado:
Todos quieren ser digg
Nielsen y las marcas de agua
Pasar de un modelo de venta a un modelo de suscripción es la mayor de las ambiciones de la industria del copyright; su sueño dorado. Vende suscripciones siempre que puedas, dicen. Este modelo de subscripción es también conocido como el modelo de la jukebox o la jukebox global, en alusión a la clásica máquina de música en la cual se introduce una moneda y suena una canción a elección del pagante. En internet y en la actualidad el modelo de jukebox está encarnado en los sistemas de streaming, el mismo streaming que no nos gusta en absoluto (precisamente por este motivo).
El modelo de la Jukebox pretende, por otra parte, sustituir al DRM que poco a poco ha ido perdiendo apoyos y constituye una huida hacia adelante por parte de la industria. Pero un modelo tan terriblemente injusto por la desigualdad que crea tiene, necesariamente, que ser vendido adecuadamente: la simplicidad que ofrece el desentenderte de organizar los archivos es ese señuelo; ahora «simplemenente» los descargas de nuevo. Nadie te comenta que entonces dependes totalmente del proveedor, nadie comenta porqué precisamente ahora que para nosotros es más fácil almacenarlo todo (los discos duros son enormes y no hay que estar volcando todo en cd's ni dvd's todo el tiempo), por qué precisamente ahora, se impulsa estos sistemas de streaming con tanta fuerza mediática. Evidentemente alguien (la industria) guarda sus cartas y presiona nuestra jugada.
En el modelo convencional la opción por defecto sería siempre guardar los datos, sean datos de audio (como una canción, un programa de radio, o un podcast) o de vídeo (como una película, un pequeño vídeo de youtube o una noticia informativa). Una vez decidamos que no queremos volver a verlos tendríamos libertad para eliminarlos, pero si decidimos volver a verlos podremos hacerlo sin depender del nodo que nos sirve los datos.
En el modelo de la jukebox, cada vez que queremos oir algo tenemos acceso a ello de forma remota, por tanto hay un servidor que controla absolutamente la transacción. Además, el DRM que suelen incluir estos ficheros hace técnicamente inviable para muchas personas su disfrute, los subyuga a las condiciones del emisor y el precio deja de ser justo para ser impuesto.
Con el aumento de las capacidades de transmisión de datos a través de internet se ha potenciado en los últimos años la emisión de datos en streaming, amparándose en la idea de que no necesitas almacenar esa canción o vídeo ya que apenas tardarás nada en volver a acceder a la red y acceder a los contenidos de nuevo. Se oye una canción o se ve una película pero ésta no se almacena permanentemente en nuestro sistema. Si se alcanzara un punto en que nadie tuviera un almacén de datos local, para acceder a una determinada información habría que ceder a las condiciones impuestas por la industria. Por lejano que pueda parecer, el sistema de «la jukebox global» va ganando terreno poco a poco, aunque de forma inadvertida. Un ejemplo fue el anuncio, aplaudido desde muchos sectores, de Last.fm de permitir oir la canción que se quiera un número limitado de veces; estos archivos tienen DRM pero seguramente habrá quien acepte este sistema y deje de tener almacenada su propia copia no restringida del fichero. Otro paso podría tener lugar en los próximos días de confirmarse los rumores que apuntan hacia Apple ofreciendo un sistema de suscripciones a través de su servicio iTunes junto con la compra del iPod (ArsTechnica). iTunes actualmente permite descargas de pago de música con DRM sobre la que el que paga no tiene casi ningún derecho ni libertad de uso. Además constituye un nuevo intento de vender a una persona algo que no está intentando comprar: si quiero un iPod quiero un iPod, no pagar una suscripción para escuchar música cargada de DRM.
Este modelo, que puede parecer lejano a muchas personas, está más asentado de lo que parece y se consolida con cada reforma legal que tiene lugar en este ámbito. El problema es que una vez se cancela la suscripción se pierde todo acceso a los ficheros, incluso a los que tuvieras almacenados localmente, como sucedió con la Google Video Store. En aquel caso la presión popular y el daño a la imagen de la marca que conllevaron las protestas guiaron a Google hacia una rectificación, la próxima vez podríamos no tener tanta suerte.
Los modelos de suscripciones en general, y la jukebox en streaming en particular, son un modelo a evitar en todo lo posible. Un buen día podríamos no tener otra alternativa que la dependencia de muy pocos agentes que además demuestran no tener respeto por nada que no sea el dinero contante y sonante.