Una de las maravillas de la web es que resulta sencillo hacer aplicaciones interoperables entre plataformas. Esto es, podemos diseñar una página web, incluso una compleja aplicación web, y si nos atenemos al diseño con estándares, probablemente no habrá ningún problema para usarla, independientemente de que accedamos a la misma desde Linux, Windows, Mac, o nuestro móvil con Android o iOS. Como consecuencia de esto y del abandono al que Microsoft empujó a su Internet Explorer, se hizo un énfasis necesario en que lo que verdaderamente importa es el navegador, que es el cuello de botella que ha de ser capaz de entender los estándares.