Itinerario


Miércoles, 27 January 2010 @ 01:34

Las islas en la red

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Tras leer Días verdes en Brunei, que me gustó muchísimo, ya tenía ganas de leer una novela completa de Sterling.

Lo cierto es que en Islas en la red Sterling desarrolla mucho más el universo que nos presentó en Días verdes en Brunei, para colmarlo de detalles. Este universo no es tan ciberpunk (en el sentido más literal: no es tan ciber, no tan futurista) como lo es el mostrado por Gibson, pero está más en contacto con la realidad actual y se beneficia, porqué no decirlo, de la mayor soltura de Sterling a la hora de escribir una novela.

El mundo de Islas en la red presenta a unos Estados que han visto cómo gracias a la red aparecían nuevos actores en la diplomacia global. Estos actores son, principalmente, grandes corporaciones que comparten el poder, la deliberación y la mesa de negociaciones con los Estados.

Sin embargo, el mundo tal y como Sterling lo muestra resulta inquietante. Caótico, violento, descontrolado, con toda la esperanza depositada en el triunfo de una suerte de gobierno global (una coalicción de Estados y corporaciones) que define el éxito en base a la asimilación de todas las regiones que no se han adherido a la coalicción.

La visión, un par de décadas después, podría parecer acertada en estos días en que bastas regiones de áfrica se muestran incapaces de frenar el control de unas tribus de piratas que obligan a los navieros a viajar con su propia defensa privada al mismo tiempo que una única familia se convierte en «el mal necesario» y es capaz de influir enormemente en la vida de miles de mexicanos. Ambos casos demuestran que cuando el Estado flaquea nuevas formas de organización surgirán para suplir esas carencias. Un problema es que los Estados suelen adaptarse lentamente y para cuando quieran darse cuenta ese tipo de situaciones pueden haberse hecho más frecuentes. Otro es que la lógica del Estado es la de reducir toda opinión disidente (pero eso es otra historia).

Evidentemente, esas nuevas organizaciones, en las que el rendimiento económico no se obvia pero no se coloca por encima del bienestar de sus miembros pueden tener oscuros trasfondos de «cártel mafioso» o, como en el caso de la Rizome de Sterling, ser admisible desde un punto de vista social.

La gran duda es: si damos por hecho que este tipo de ecosistemas de nuevo cuño pueden surgir (o están surgiendo) y que el reverso tenebroso va a desarrollarse aunque no se le dé cobertura legal (porque por eso es tenebroso y para eso van a desafiar al poder), ¿no valdría la pena dar mayor cobertura y facilidad para que las organizaciones que deban compensar la balanza no encuentren trabas para su desarrollo?

Sábado, 2 January 2010 @ 17:09

La ética del hacker

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Estos días releí La ética del hacker de Pekka Himanen. Es curiosa la perspectiva con la que contemplo ahora ese ensayo. No recuerdo con demasiado detalle lo que iba pensando cuando leí el libro la primera vez hará ya cosa de seis años, pero sí recuerdo cuál era la idea general: un texto con muchas ideas interesantes, muy aspiracional pero seguramente no muy traducible al mundo real, o no al que entonces era mi mundo real (el mundo real de un estudiante de químicas). Las sensaciones que deja esta relectura son bastante diferentes. Visto desde la perspectiva de 2009, el ensayo no deja de ser un ensayo filosófico que pretende responder a preguntas fundamentales (¿cómo podemos lograr ser más felices llevando una vida completa?) y contiene un conjunto de ideas que pueden y, quizá, deben verse trasladadas a nuestra vida diaria.

Viernes, 4 December 2009 @ 15:24

Días verdes en Brunei

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No leía nada de Bruce Sterling desde que hacía años (mucho antes incluso de comenzar este blog) leí La caza de hackers. Así que cuando decidí echar un rato leyendo Días verdes en Brunei apenas sabía qué me iba a encontrar.

Lo que me encontré es un relato tan breve (apenas 100 páginas) como encantador. No es que no sea un relato soñador, que lo es, pero lo es de una forma que te dan ganas de que algo de ese mundo pudiera llevarse a cabo.

Lo cierto es que de todas las lecturas recientes ha sido la que más gratamente me ha sorprendido. Si las últimas lecturas de Gibson (Neuromante aparte) han resultado poco menos que tortuosas y la tierra plana de Friedman resultó no ser plana en absoluto, los Días verdes en Brunei de Sterling ofrecen un poco de todo. Un poco de ese encanto hacker que nos estremeció en Criptonomicón, un poco de ese imaginar paisajes vividos cien veces, o incluso ponerle el rostro de algún que otro amigo a esos pasajes. Y, como anécdota, conocer el posible origen de la metáfora del bricolaje, a la que tantas vueltas hemos dado en tiempos recientes (y más que daremos).

Una lectura productiva de la que quieres un poco más, de modo que con seguridad volveré sobre Sterling más adelante, pero lo haré cuando tenga tiempo. De momento tengo en La Pila muchos libros y algunos llevan ya ahí demasiado tiempo.

Miércoles, 2 December 2009 @ 10:56

La tierra no es plana (digan lo que digan)

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Mundo poco plano

A estas alturas de la partida pocos se atreverán a negar que el mundo ha cambiado mucho los últimos años. La tecnología digital ha puesto el mundo de nuestros padres patas arriba y nos ha dejado otro bien distinto.

Sobre las implicaciones que este nuevo contexto tecnológico puede conllevar (y está conllevando) pudimos leer hace ya bastante tiempo en libros como El poder de las redes, de David de Ugarte. De la necesidad (en el sentido estricto) económica de aceptar el cambio y aplicarlo para sobrevivir pudimos leer de sobra en el (denso, en conceptos) libro de Juan Urrutia, El capitalismo que viene. Y yo mismo hablé de los beneficios de esta tecnología, no exenta de riesgos [de hecho, lo hago constantemente en el blog] que deberíamos poder controlar (remember Peter Parker, ya saben... lo del poder y la responsabilidad).

Quizá porque a uno le interesa el tema y ha leído alguna que otra cosa al respecto, cuando se pone manos a la obra con La tierra es plana de Thomas Friedman no puede sino verle pegas al asunto. ¿Friedman? ¿El tipo ése que se dedicó durante años a defender la guerra de Irak desde el NYT y el atril que le dieron sus premios Pulitzer? Y claro, La tierra es plana... para Friedman. Resulta que el hombre viajó a La india (sueño húmedo de los países angloparlantes) y lo vio claro, cristalino: la tierra es plana. Aquí todo el mundo habla inglés, imitan nuestro acento, visten como nosotros. ¡Ah, la globalización ha alcanzado hasta a los pobrecitos indios, con lo lejos que estaban! Se puede tener una visión más reduccionista de la realidad, pero es complicado.

Y, sin embargo, resulta que Friedman diagnostica, a mi entender con acierto, las implicaciones de muchas de las cosas que están sucediendo actualmente.

Estamos entrando en una época en que vamos a presenciar la digitalización, virtualización y automatización de prácticamente todas las cosas. (De ello me ocupo en detalle en el capítulo siguiente.) Aquellos países, empresas y particulares que sean capaces de asimilar las nuevas herramientas tecnológicas experimentarán un asombroso aumento de la productividad.

(...)

No se trata sólo de cómo se comunican los gobiernos, las empresas y la gente; no se trata sólo de cómo interactúan las diferentes organizaciones, sino de la emergencia de modelos sociales, políticos y empresariales completamente nuevos. (...) Si estoy en lo cierto en relación con el aplanamiento del mundo, el fenómeno será recordado como uno de esos cambios fundamentales, como el nacimiento del Estado-nación o la Revolución Industrial, que en su momento generaron cambios en el papel del individuo, en el papel y la forma de los gobiernos.

Y es cierto eso. Pero su empeño por ver un planeta plano, liso como una tabla, me pone nervioso. Y me pone nervioso porque sospecho que está íntimamente ligado a su visión cerrada del mundo. Yo he leído su libro [exagero, sólo leí el primer capítulo, leer más era demasiado pdf] en Málaga, escuchando a Los planetas y estoy escribiendo este post oyendo el contrabajo de un israelí sefardí que lo mismo no abre la boca que se arranca a cantar en ladino o en hebreo. Es cierto que en 2009 lo digital aumenta mucho la competencia, nivela las balanzas y disipa las rentas monopolísticas en numerosos sectores (cada vez más). Pero afortunadamente no, el mundo no es plano; no todo el mundo vive en Bombay y fuerza su forma de hablar para imitiar el acento de los Friedman de toda la vida. Por fortuna coexisten muchas visiones diferentes del mundo y más que van a surgir (como Friedman mismo apunta en su texto). Y que así siga siendo, aunque las balanzas se igualen cada vez más (que así sea, también).

No, el mundo no es plano: el mundo es un poliedro, como las cosas redondas cuando se renderizan mal, o no se disponen de suficientes medios, y nos quedan los polígonos demasiado grandes: imagino que hay caras suficientes para que todos vivamos a nuestro modo. Y, eso sí, quizá con la suficiente potencia de cálculo, y trabajo por nuestra parte, el mundo podrá volver a ser redondo [si renderizamos infinitos polígonos cada vez más pequeños], pero lo será de una forma que no hemos visto antes.

Y quizá si el chico hubiera usado otro símil yo no estaría aquí hablando de él, porque por lo demás no dice nada nuevo. Así que imagino que en el fondo hizo bien su trabajo (logró que se hablara de él).

Martes, 1 December 2009 @ 18:11

Quemando cromo

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Alentado por lo mucho que me gustó Neuromante, le metí mano a otro libro de Gibson: Quemando cromo, un compendio de relatos breves.

El resultado, sin embargo, ha sido diferente. Donde Neuromante desarrolla un escenario oscuro y atrayente, muy vinculado al Los Ángeles de Blade Runner y al universo oscuro del Cyberpunk que tantos dados nos hizo tirar, Quemando cromo muestra la inestabilidad e irregularidad propias de los libros de relatos breves. Así, se alternan momentos de gran interés (Mercado de invierno -quizá lo mejorcito del libro, Johnny Mnemonic) con una caravana de relatos muy, muy duros de tragar. Curiosamente, o acaso no tan curiosamente, los relatos que mejor pasan son los que están ambientados en ese universo oscuro, decadente y sórdido que ya conocíamos de Neuromante y que era precisamente el que me había empujado a Quemando cromo con tantas ganas.

En cuanto a la escena en sí, y una vez obviados los cuentos que no me gustaron, poco que añadir respecto a lo que ya hablamos al respecto de Neuromante.

En general, Quemando cromo es un libro sólo aptos para fans y es probable que se ponga cuesta arriba para la mayoría de personas que, aún así, se llevarán alguna que otra perla de su lectura (a elegir, que sobre gustos no hay nada escrito). Si piensas leer a Gibson, sin duda Neuromante es mucho mejor, aunque tengo pendiente leer la Monalisa acelerada...

Miércoles, 21 October 2009 @ 17:03

Neuromante

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Por fin me hago hueco para comentar uno de los librines que he leído últimamente: Neuromante, de William Gibson. Supongo que este libro es una deuda pendiente conmigo mismo (como en su día lo fue el Criptonomicón), pues se trata de un clásico de la ciencia ficción que no había leído.

La verdad es que el libro no defrauda, aunque el mundo ya nos es familiar a los que habíamos jugado a Cyberpunk (el juego de rol) y a los que ya habíamos leído otras historias del estilo como Quemando cromo (también de Gibson). Neuromante, al contrario que el compendio de cuentos cortos, no adolece de altibajos ni un nivel irregular: la historia te engancha y lo hace de forma constante, y es breve, con lo que se lee en muy poco tiempo.

Cyberpunk, Juego de rol

A destacar del libro, primer libro verdaderamente cyberpunk, el universo futurista, oscuro como el Blade Runner de Ridley Scott, en el que la inteligencia artificial (ahora que sabemos que los robots no serán hombres de lata se ve aún más creíble) se mezcla con la humanidad y comparte su destino, y en el que la vida en la red y fuera de ella están confundidas hasta el extremo. Siendo ésa la parte más válida del libro, si lo vemos como el cuento escrito en los ochenta que es: la ampliación del mundo en el que vivimos con todo lo que la red, internet, nos trae.

Y es que la red nos trajo infinitas posibilidades y se equivoca el que quiera desinventar la rueda, como también lo hace el que pretenda convencernos de que vivir en red (y seguramente eso implica desarrollar identidades propias más allá de las preestablecidas) no es vivir: vivir aquí (y así) también es vivir.

Y eso es cierto para cosas extraordinarias pero también para el día a día, como nos recordó Alexliam (con su peculiar estilo) hace unos días.

Dicho todo eso, un libro recomendable si te gusta esa ambientación, aunque no me llega a gustar como me gustó Criptonomicón. ¿Qué le vamos a hacer?

Lunes, 21 September 2009 @ 08:14

El Manifiesto Ciborg

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Estos días leí el Manifiesto ciborg de Donna Haraway. Sí: pese a su brevedad tardé varios días en leerlo. Son días ocupados, como también se percibe en la baja actividad de este blog.

El manifiesto ciborg de Donna Haraway contiene algunas ideas interesantes. Esto y su brevedad ya justifican su lectura. Pero esta lectura no ha sido, en mi caso, sencilla. Haraway acusa su academicismo en la construcción del texto, y lo hace farragoso a ratos.

Y luego está el feminismo. Al que hago un párrafo aparte por lo cansino y lo irritante. Afirmaré sin miedo a mentir ni a ser malinterpretado que toda mi vida he tenido con las feministas las mismas peleas que con mucha otra gente que se dedica a clasificar personas por lo que son y no por lo que hacen. ¿Eres blanco, negro, hombre, mujer, inglés o nigeriano? Pregunta errónea. Esas preguntas dicen más acerca del que pregunta que acerca del que responde. Tenía que decirlo.

El manifiesto ciborg de Haraway hace una interesante presentación de lo que ella llama identidades fracturadas (la parte más válida del texto, y justo la primera), en la que deja claro que pese a estar escrito en los años 80, Haraway ya percibe el modo en que las redes cambiarán las formas de organizarse y llevar a cabo las luchas por los derechos. Los que en 2009 aún somos veinteañeros y hemos trabajado en tres países diferentes sabemos que lo que tenemos por delante es un camino con muchas estaciones diferentes en las que la vieja construcción identitaria territorial, el nacionalismo tal y como se presenta a sí mismo, no es más que un estorbo. Una fuente de fricciones en tu quehacer diario hables con quien hables, incluso si te quedas en casa. Pero la deriva de Haraway y su afán por «desarrollar formas de lucha colectiva para las mujeres en puestos de trabajo pagados», por el simple hecho de ser mujeres y sin cuestionar sus méritos --y no pretendo destacar a los hombres, pues esa generalización sería igual de errónea, y hago esta aclaración porque puedo ver a los bienpensantes detrás del teclado y estoy harto de bienpensantes y bienpensantas-- puede llegar a ser exasperante.

Imagino que Haraway no contaba con el hartazgo del lector aburrido de palabrería barata profeminista (y pro-(*)-ista en general) y de reivindicaciones tan carentes de sentido, por cuanto el criterio escogido para ser objetivo de ayudas reivindicadas por todo tipo de colectivos es que se piden cosas para gente que nace algo y no que se hace algo a base de esfuerzo. Y es que será esa aversión mía, pero es una vez más el ser y no el hacer. El mismo criterio escogido por los que critican la envidia igualitaria, a los que seguro que Haraway, que mina su texto de referencias a un hipotético socialismo (supongo que el auténtico, que ya sabemos cómo las gastan los creyentes), no ve con buenos ojos... pese a las terroríficas similitudes de enfoque ser-hacer.

En ese sentido, y gracias al buen diagnóstico que se hace de la incidencia de las nuevas tecnologías en la organización de las comunidades, que son el punto realmente interesante del texto, el texto es una lectura breve y recomendable; y aún así no terminó de serme fluida. Una idea similar (mucho más acentuada en el caso de Haraway) a la que tuve cuando leí Mundo libre de Ash: un libro en el que Ash afirma cosas realmente interesantes que acaban perdiendo algo de fuerza por su incapacidad para enfocar la discusión más allá de una mirada nacional absolutamente incompatible con lo que afirma en su libro.

Volviendo al manifiesto, si nos limitamos a leer el texto fijándonos en el análisis que hace de las redes y del modo en que la tecnología cambia la forma en que nos relacionamos, difuminando nuestra identidad «a priori» y dotándola de nuevos atributos que nos permitirán definirnos más y de una forma más acorde a lo que queremos ser, el texto abandona ese estado de quiero y no puedo feminista para llegar a ser productivo. Y lo hace porque, piense Haraway lo que piense, la tecnología ayudará a todos a tener una vida mejor, y no sólo a las mujeres; y una pretendida mirada sexista a la misma no me parece relevante. A menos que queramos seguir definiendo esas clases que Haraway afirma que ya no pueden ser definidas... o que yo no haya entendido nada en absoluto. (Me pasa a veces.)

El libro:
La sociedad de control, Jose F. Alcántara
La sociedad de control
es el título de mi primer libro. Puedes ver algo de información sobre el mismo y descargar la edición digital en la página que le he dedicado.

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