De 11-S a 11-S, diez años y un futuro por delante

Mañana se cumplen diez años de los atentados contra el pentágono y Nueva York. De lo acontecido en la última década podemos hablar durante días enteros sin terminar (de hecho, llevamos años hablando del tema, conforme muchos cambios van aconteciendo), pero hoy quiero fijarme en esta gráfica que nos mostraba Overthinking It y que compara los presupuestos de la NASA y de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos.

Presupuesto comparado NASA-Inteligencia

Si interpretamos el gasto en la NASA como gasto en ciencia y el gasto en inteligencia como gasto en espionaje masivo a ciudadanos (básicamente, es como se enfoca la «inteligencia» en estos momentos), podemos sacar las siguientes conclusiones:

  • El presupuesto de la NASA crece de forma titubeante, incluso baja en algunos momentos. El presupuesto de espionaje crece constante y a buen ritmo.
  • El gasto en ciencia revierte nuevas tecnologías, el gasto en espionaje es una especie de guerra preventiva contra nosotros mismos que tiene tres puntos negativos: ejecutarlo supone gasto al llevarlo a cabo, almacenarlo supone más gasto y, para colmo, tiene una efectividad dudosa. Ya sabemos que la videovigilancia, el registro de nuestras comunicaciones y las demás invasiones de nuestra privacidad tienen valor como auditoría, pero rara vez frenan la agresión (recuerden la agresión en el metro de Barcelona).
  • La gráfica muestra datos desde 1998. 3 años antes del 11-S, y la influencia del 11-S no se reflejaría en datos anteriores a 2002 (probablemente, 2003).
  • Sin embargo, no hay influencia: el gasto en espionaje siguió subiendo al mismo ritmo que antes del 11-S.

¿Conclusiones? La última década ha cambiado el mapa de juego: los Estados habían subestimado la Red, y ahora la temen. Pero ya la temían desde los 90, cuando al mismo tiempo que Internet se hacía masiva aparecía Napster, primer sistema p2p.

Desde ese día los Estados son conscientes de algo que al principio habían subestimado: la importancia de una Internet que había llegado para transformarlo todo. Los Estados entendieron que la Red representaba una nueva estructura de la información y que su arquitectura piramidal de poder corría peligro. Y rápidamente actuaron en consecuencia, acosando nuestras libertades que, pese a haber sido reducidas, aún ahora no están garantizadas.

Y poco importa ya que los intentos de hacer negocios fueran tan burdos al principio que la burbuja puntocom haya llegado hasta nuestro día como un auténtico despropósito o que los intentos de censurar y frenar el p2p sirvan para dar nacimiento a sistemas cada vez más avanzados, más distribuidos y menos controlables.

Nada de eso ha impedido la creación de leyes sobre vigilancia intensiva de las comunicaciones, registro masivo de datos de las mismas, teatro de seguridad en los aeropuertos y… en paralelo, endurecimiento de la propiedad intelectual. Para luchar contra el terror se equiparó moralmente la copia de un archivo con un acto terrorista. Ambos son tratados, al final, como delitos contra el Estado.

No. La última década ha visto el alzamiento del deseo de control de los Estados, pero la culpa no fue del 11-S. Sabían bien lo que querían hacer, sólo necesitaban una excusa que hiciera de estas reformas algo creíble, justificado. Y los atentados contra el pentágono y Nueva York fueron tan sólo el capote con el que confundir a una opinión pública machacada por los medios.

Eso último es el resumen de la década: los Estados buscando cómo frenar el cambio, recentralizar la conversación y la agenda pública y las personas luchando por conseguir el cambio, por seguir avanzando, conectar entre sí, informarse libremente y (pese a la oposición del Estado) afrontar lo mejor posible un futuro que, si nos dejan en paz y tan sólo nos permiten ganarnos la vida, valdrá la pena vivir.